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Full text of "Colección de documentos literarios del Perú"

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http://www.archive.org/details/coleccindedocume02odri 



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sjua^ü 



DE 



DOCUMENTOS LITERARIOS 



oit tmt. 



COLECTADOS Y ARREGLADOS 



POR EL CORONEL DE CABALLERÍA DE EJERCITO , FUNDADOR DE LA INDEPENDENCIA 



TOMO SEGUNDO. 



Establecimiento de tipografía y encuademación de Aurelio 

CALLE DE LA UNION [ ANTES BAQUÍJANo] NÚM. 31' 



JU 






ártK<lh 



DE LOS 



TáROH LA MAR DEL SUR 



EN LA ÉPOCA DEL COLONIAJE. 



AÑO DE 1567. 

Francisco Drak natural del Condado de Dúo, en Inglaterra, ó 
como otros quieren, nacido á bordo de un navio, fué el primer Pi- 
rata que infestó las costas del Sur. Este, mandando el navio el Dra- 
gón, que era uno de los de la escuadra de Juan Hawhins, saqueó la 
ciudad de Nombre de Dios, y robó muclios lugares de la Castilla 
del Oro, y habiendo hecho presas considerables de embarcaciones 



cargadas de oro, 



se retiró á 



Inglaterra. 



AÑO DE 1777. 

El mismo Dralc armó una escuadra de cinco navios, que se equi- 
paron en Plimouth, de donde salieron el 15 de Noviembre, fingiendo 
su destino á Alejandría, y volvió al Mar del Sur, entrando á él por 
el Estrecho de Magallanes. Eegistró las costas de Chile, y apresó 
en la altura de Valdivia un navio con 25,000 pesos en oro. Sin ser 
sentido, llegó al Callao, y de doce navios, que habia surtos en el 
puerto, se llevó uno cargado de plata, y cortó las amarras de los de- 
más. De aquí continuando sus hostilidades, sobre el Cabo de San 
Francisco, apresó una embarcación con 10 cajones de plata y 80 li- 



bras de oro. Con estas riquezas subió bástala altura de 40 grados al 
Norte, de donde descendiendo á las Molucas, hizo escala en las Is- 
las de Java. Después doblando el Cabo de Bueña-Esperanza, re- 
gresó á Inglaterra, y presentó a la Reina Isabel mas de 800,000 ps., 
habiéndose burlado de once navios de guerra, que, para contener sus 
insultos, habia mandado equipar por los años de 1580 D. Francisco 
de Toledo, Virey de Lima, con intención de que le esperasen á la 
boca del Estrecho. 



ANO DE 1581. 

Juan Ojenkan, inglés, armó en la Jamaica una embarcación 
con 85 hombres. Desembarcó su gente en uno de los puertos de la 
Ensenada del Darien. Construyó allí á la orilla de un rio, que de- 
sagua en el mar, un bergantín. Con él salió á piratear por los puer- 
tos de la costa. La primera presa que hizo, fué un navio en la Isla 
de las Perlas con 60,000 doblones en oro y otros con 100,000 pesos. 
Cargado de este tesoro, volvió al mismo río. Era su designio tras- 
portarlo al Mar del Norte, y asegurarlo en su primera embarcación. 
Pero no queriendo su gente conducirlo, por no haberse hecho la re- 
partición, lo ocultó en una choza, cubierta de hojas. Su intención 
era buscar en los bosques de Panamá algunos negros fugitivos y 
levantados, para que lo llevasen al destino que pensaba. Los prisio- 
neros españoles avisaron del hecho al Gobernador de Tierra-Firme. 
Destacó éste sin dilación á Juan Ortega, con 100 hombres. Dudando 
este oficial, por cual de las tres bocas del rio habia entrado el pira- 
ta, reconoció el rastro, que le demostraron las plumas de las aves, 
que cazaban sus compañeros para mantenerse. Guiado de estas se- 
ñales, llegó á la playa donde estaba anclado el bergantín y dos 
ingleses en tierra; los que aprisionados, descubrieron el tesoro que 
recogió Ortega con su gente. Se restituía esta riqueza á Panamá. 
cuando Ojenkan teniendo noticia del suceso, salió al camino con to- 
dos los suyos, y cortando el paso á los nuestros, los derrotó y quitó 
el tesoro. A este tiempo el Gobernador de Tierra-Firme habia des- 
pachado otro Cabo del Mar del Norte á la entrada del Darien. Es- 
te con su tropa tomó la embarcación y su artillería. Los piratas, per- 
dido el recurso de la retirada, se esparcieron por los bosques y espe- 
sura de la montaña. Así estaban divididos, cuando 200 hombres li- 
meños, que envió el Virey D. Francisco de Toledo y muchos de la 
Tierra-Firme que se le agregaron, lo destruyeron del todo, pagando 
en Panamá los principales caudillos de esta facción en una horca el 
atrevimiento y osadía de su atentado. 



—5— 

AÑO DE 1587. 

Thomas Candisch ó Cavendisch, inglés, que por los años de 
1585 habia infestado las costas de la Virginia y de la Florida, entró 
al estrecho con tres bajeles de á 120 hombres do tripulación, que 
armó en Plimouth, de donde salió el 22 de Julio de 1586. El pri- 
mer empeño de este pirata (que ya en Sierra Leona de la Costa de 
Guinea habia ejecutado considerables robos) fué registrar los pa- 
rajes. Con este designio recorrió la ciudad de San Felipe. Hallóla 
abandonada, y su artillería sepultada en tierra. Era un solo hombre 
que habia quedado vivo de los 40 de su guarnición. Llamábase este 
Fernando Gómez. Contóle al pirata, que en tres años no habian fruc- 
tificado las semillas que sembraban los nuevos pobladores; y que 
habían tenido que pelear con las fieras carnívoras que por instantes 
les embestían; y que consumidos los víveres que les habia dejado el 
Almirante Sarmiento, y no habiendo recibido socorro alguno de 
España ni del Perú, habían perecido sus compañeros de hambre, ne- 
cesidad y miserias. De los que 21 hombres y 2 mugeres tomaron la 
resolución de salir de estos parajes, y buscar su remedio en la pri- 
mera tierra que encontrasen, quedándose él con otro compañero, que 
pocos dias antes habia muerto. Añadió también, que cortando leña 
en el monte habia hallado un árbol, colgada una botella con una 
carta, que referia, que los tres navios del comando de Pedro Scixas 
de Alhema, habian perecido por los años de 1535. Movido el pirata 
de este infeliz suceso, tomó á su bordo al desdichado poblador, y 
costeando las riberas del Perú y Chile, que demarcó, navegó á los 
mares del Oriente. En ellos apresó el navio de China, que ricamen- 
te cargado venia de Manila á Acapulco. Después volviendo su rum- 
bo al cabo de Buena Esperanza, le dobló, saliendo á las costas de 
África, y entrando en Plimouth el 8 de Setiembre de 1588. Alenta- 
do este pirata con la felicidad de sus progresos, armó en Inglaterra 
cinco embarcaciones. Con ellas navegó segunda vez al Estrecho, pa- 
ra hostilizar nuestros mares y robar ios puertos abiertos, y tierras 
desnudas de guarnición y defensa, Pero habiéndole sobrevenido una 
cruel tempestad en la cosca del Brasil, pereció con toda su gente, y 
se acabó la iniquidad de su proyecto. 



AÑO DE 1593. 

Ricardo Achines, pirata inglés, pasó el Estrecho. Empezaba á 
cruzar las costas del Sur. Entonces el Virey de Lima, Marqués de 
Cañete, armó una escuadra de cinco navios, que entregó al mando 
de 1). Beltran de la Cueva, su cuñado. Este jefe, habiendo encon- 
trado al pirata en la altura de Valparaíso, le atacó y rindió, ha- 



— c>— 

ciéndole prisionero, bajo la real palabra ele concederlo la vida. Con- 
ducido á Lima, declaró la Audiencia, que, según la ley, que conde- 
na al enemigo, que viola la inmunidad de nuestros mares, era com- 
prehendido en la pena ordinaria. Apeló al Supremo Consejo de In- 
dias, donde valiendo sus excepciones, quedó libre del castigo. 



AÑO DE 1595. 

Francisco Dkak, que como hemos dicho, en los años de 1567 y 
1577 fué el primer pirata, que infestó el Mar del Sur, armó en In- 
glaterra, por disposición de la Eeyna Doña Isabel, 28 navios. Con 
ellos volvió á las costas Occidentales. Ejecutó en todos los puertos 
indefensos, crueldades que exceden la humanidad. Invadió la ciu- 
dad del Eio de la Hacha, que está ala parte del Norte á los 12 gra- 
dos y' 30 minutos. Con esta invasión y la que hicieron después los 
piratas Bartolomé Portugués, Boc.Bra Ulano, Francisco Loienois y 
Juan Morgan, se destruyó la famosa pesquería de las mas finas per- 
las de nuestra América. De aquí pasó el Drah á Portóveío, con el 
mismo designio, que habia estado antes. Pero, sin hacer desembar- 
que, murió súbitamente, estando fondeado á la vista de la plaza. 

En este mismo año Walter Baleigli, natural de Budley en De- 
vonshire, salió el 6 de Febrero de Plimouth, mandando cierto nú- 
mero de vajeles que le habia entregado la Beyna Isabel, con de- 
signio de que rentase su fortuna en nuestras costas Meridionales. 
Llegó el 22 de Marzo á Curiapan, y quemó en la Isla de la Trini- 
dad la ciudad de San José, habiendo hecho prisionero á D. Antonio 
Berreo, su gobernador. Continuó su viage hasta el Orinoco, de don- 
de salió á la G-uayana. Quemó la ciudad de Santo Tomas, y las ca- 
sas de los gobernadores de Cuinaná y del rio de la Hacha. Pasó á cu- 
chillo á muchos habitantes de estas costas, que no pudieron contri- 
buirle las sumas, que su ambición pretendía sacarles. Volvió á In- 
glaterra por los años de 1597. ISTo llevó otro fruto de su viage, que 
sus crueldades, sus tiranías y sus robos con un corto número de esta- 
tuas ó figurillas de oro, que presentó á la Reina, ponderándole las 
riquezas de los paises que habia visto. 

Este aventurero habia estado ya en nuestros mares por los años 
de 1588, y habia introducido la primera colonia inglesa en Mocosa, 
poniendo á la tierra el nombre de Virginia, por la doncellez de su 
Reina. Habia también mandado una escuadra de 15 navios de guer- 
ra, trayendo á su bordo á los Mrs. BorrougJij Forbislier, bien cono- 
cidos por su ardor militar y pericia náutica. Intentó con esta escua- 
dra apoderarse de nuestros Galeones, que retornaban de la feria de 
Cartagena y Portovelo. Atacólos con gran fuerza. Entre otros navios, 
perdieron los nuestros uno muy grande de construcción portuguesa, 
cargado (como dicen los ingleses en sus relaciones) de dos millones 



_7— 
de libras esterlinas. Muerta la Reina Isabel, le sucedió Jacóbo 7 por 
lósanos de 1603. A este tiempo fué acusado Ráléigh, de haber pre- 
tendido colocar en el trono de Inglaterra á ArbcUa Stuart, que se 
decia inmediata sucesora á la corona. Por este delito, que se le. pro- 
bó, fué condenado a muerte. Mas la piedad del Soberano, le conmu- 
tó el suplicio en una prisión de 13 años, que guardó en la torre de 
Londres. Para librarse de la perpetuidad de la cárcel, prometió al 
Rey Jacóbo montañas de oro y tesoros imaginarios, si le concediese 
una expedición para nuestra América. Vino el Bey en ello, y le 
mandó entregar doce bajeles, para que invadiese la Castilla del oro 
y costas de Guayaría. Los nuestros teniendo aviso ele este armamen- 
to, que empezó á navegar á 15 de Agosto de 1617, se pusieron en 
buena defensa. Así luego que llegó el Corsario, le resistieron ele mo- 
do, que lo primero que perdió, cuando se desembarcó en las playas 
•del Orinoco, fué á su hijo y á Mr. Kernish, uno de sus mas famosos 
capitanes y pilotos, que él mismo se degolló. Y burlado Raleigh de 
sus proyectos y esperanzas, se restituyó á Inglaterra. El Parlamen- 
to renovó la sentencia de muerte, que se le habia dado el año de 
1603. No le valieron los efugios con que pretendía salvarse. Asi le 
cortaron la cabeza en la plaza de Uvenstuinstet el 26 de Octubre de 
1618, siendo de edad de 66 ó 67 años. 

Se dice que nuestro Embajador de España ó Nuestra Corte, tu- 
vieron gran parte en este castigo. Si ello fué así, dieron motivo á tan 
justa venganza sus atrocidades con los nuestros, que viven pacífica- 
mente en aquellas tierras. 



AÑO DE 1598. ' 

El almirante Maliu salió de uno de los puertos de Holanda con 
cinco bajeles el 27 de Junio: su designio era infestar con piraterías 
las costas del Sur. Navegó al estrecho de Magallanes. En este com- 
batió con los salvages, qué habitan sus costas, así al Norte como al 
Sur. Mató muchos de estos habitantes; pero ellos no se quedaron 
sin venganza. Queriendo este almirante eternizar la memoria de sus 
aventuras en el Estrecho, fundó un orden de caballería, eon el título 
de León Desatado ó León Furioso. Para celebrar esta ceremonia, 
se desembarcó á una playa que está á la costa oriental del Estrecho, 
y en las cartas se conoce, desda entonces, por el nombre de la bahia 
de los Caballeros. En ella juraron todos lss oficiales sobre las manos 
del almirante, no hacer cosa que fuese contra las leyes de la patria. 
Como así mismo hacer triunfantes las armas de Holanda en las Amé- 
rícas, que contribuyen á España tesoros. Lo que acabado, se escri- 
bieron los nombres de estos nuevos caballeros en una tabla, que se 
colocó en un alto pilar que hasta hoy ven los bajeles, que por allí 
pasan. En fin, habiendo perdido mucha de su gente, sin haber sali- 
do al mar del Sur, se volvieron á Europa, sin otro fruto, que el des- 



—8— 
cubrimiento de algunas islas y puertos que notan en las cartas ho- 
landesas, con el nombre de las islas de Sebald de Uvert, que fué uno 
de los capitanes de la expedición, y la bahia de Soucis, la bahia 
Cerrrada, y la bahia de los Caballeros, como se ha dicho. 



AÑO DE 1599. 

Oliver de Nort, natural de Utrech, equipó en Plimouth cuatro 
embarcaciones. Navegó con ellas al Estrecho. Pasólo felizmente, y 
entró al mar del Sur por el año de 1600. Este pirata en la isla de 
Santa Maria aprisionó una fragata de nuestra armada del Sur. Era 
su capitán D. Francisco Ibarra, quien luego que reconoció la supe- 
rioridad del enemigo, arrojó al mar 52 cajoncitos de oro en polvo, 
con 4 arrobas cada uno, y 500 barretones del mismo metal. Compo- 
nían ellos la suma de 1200 libras. El pirata por las confesiones de 
los prisioneros supo que el Virey de Lima, Marqués de Salinas, ha- 
bia despachado un armamento, con órdenes secretas de esperarle en 
el cabo de San Francisco, donde se decia, que habia de pasar en 
busca de los navios mercantes del comercio del Perú, al tiempo que 
retornasen al Callao de la feria de Porto velo. Instruido en esto, mu- 
dó de ánimo. Entonces desde las mismas costas de Chile, hizo der- 
rota á las islas de los Ladrones, y de aquí á Filipinas. Pero D. Fran- 
cisco 3Ieneses, su gobernador, envió prontamente dos navios de guer- 
ra. Los que encontrándole, tuvieron tan fuerte ataque, que echaron 
á pique uno y apresaron otro, habiéndose escapado los otros dos, 
por la oscuridad de la noche, que no permitió el vijiarlos. La Capi- 
tana de la escuadra que envió el Virey, pereció con su General D. 
Juan de Velazco en una de las puntas ó cabos de California, restitu- 
yéndose al Callao los demás bajeles por los años de 1602. 



AÑO DE 1615. 

Jorge Spilberg, inglés, entró con seis navios por el Estrecho de 
Magallanes al Mar del Sur. Hizo en las costas de Chile muchos da- 
ños. El Virey de Lima con la noticia que le comunicó el Presiden- 
te de Chile, envió tres navios de guerra. Encontraron estos al pirata 
sobre las costas de Cañete, 50 leguas al Sur del Callao. Allí tuvie- 
ron un fuerte combate. El enemigo, no pudiendo resistir mas tiem- 
po á nuestras fuerzas, que eran superiores, hizo derrota á las islas 
Filipinas. En su altura dio con una escuadra que mandaba D. An- 
tonio Ronquillo. Este gefe lo derrotó y echó á pique. 



AÑO DE 1616. 

Jacobo Maire, mercader rico de Amsterdam, y Guillermo Schou- 
ten, famoso piloto holandés, salieron con dos navios del Téjelo á 
buscaren nuestras tierras nuevos descubrimientos. Costeando estos 
las riberas del Brasil, ¡casaron la boca del Estrecho. En la altura de 
54 grados, 64 minutos de L. A. descubrieron el Nuevo Estrecho de 
12 leguas de largo, y 8 de ancho, que está entre las Tierras del Fue- 
go y la isla que ellos llamaron Siateland. Pusiéronle el nombre de 
Maire, en atención á su descubridor. Registraron diferentes islas, 
que están á la enírada y á la salida de este Estrecho: y tomando po- 
sesión de ellas de parte de los Estados Generales, navegaron á las 
Molucas y Filipinas, de donde doblando el cabo de Buena-Esperan- 
za, se restituyeron á Holanda. Nuestra Corte instruida de este he- 
cho dio orden á Juan Morel, para que con dos carabelas pasase á re- 
conocer el Nuevo-Estrecho y elegir sitios que fuesen mas cómodos 
á una fortificación marítima. Desembarcó este piloto por los años de 
1617 en una de las tierras que median entre los dos estrechos. En- 
contró hombres de desmedida estatura, pero no gigantes. Uno de 
ellos le dio una barra de oro con media vara de largo. Y habiendo 
él demarcado la tierra y situación de aquel tránsito, regresó á Es- 
paña por los años de 1618. Con las instrucciones de Morel volvió la 
Corte á despachar- en este mismo año á Bartolomé García Nodal. 
Este hizo mas exactas diligencias de sus demarcaciones, y puso al 
Estrecho el nombre de San Vicente. A este mismo tiempo entró por 
él con una embarcación Guillermo Ezeten, inglés. No hizo este náu- 
tico otra cosa, que habiendo demarcado las costas y puertos de Chi- 
le y el Perú, restituirse á Londres, á dar cuenta de sus observacio- 
nes y viages. 



AÑO DE 1624. 

Jacobo Heremite Cleuk, holandés, armó en Amsterdam una 
escuadra de once navios, con 294 cañones y 1637 hombres de tropa 
disciplinada. Entró al Mar del Sur por el cabo ele Hornos. Llegó á 
las islas de Juan Fernandez y refrescó en ellas su gente. Aquí tuvo 
consejo de guerra. Su votó fué navegar al Callao con el alto desig- 
nio de tomarlo por sorpresa y saquear la ciudad de Lima. Siguié- 
ronle todos, y se continuó el viage. Tocó en el destinado puerto y 
se fondeó dos leguas afuera, en la Isla de San Lorenzo. El virey de 
Lima Marqués de Guadalcazar, con la noticia que le comunicaron 
las vigias de las muchas velas que se habian dejado ver en nuestras 
costas, guarneció las playas con las milicias del pais construyendo en 
los puertos muchas baterías. Levantó varios regimientos de caballe- 
ría para que impidiesen el desembarco. Coronó el j>residio del Ca- 



— 10— 
llao con las (ropas regladas de infantería española. Pasaban ya nues- 
tras fuerzas de mas de 20,000 hombres de armas entre oficiales de 
honor y nobles, paisanage y milicias. Puso el pirata sitio al puerto. 
S ■ mantuvo cinco meses en esta empresa. No le fué posible en todo 
este tiempo desembarcar un solo hombre. Desesperado mudó de in- 
tento. Destacó entonces de su escuadra algunos navios para que ro- 
basen los puertos abiertos de Pisco y Guayaquil. Pero sus naturales 
y vecinos les dieron tan buen despacho, que perdieron en el saco 
gran parte do su gente. Antes de enviar esta expedición, arrojó so- 
bre nuestro puerto un navio de fuego: máquina, que en el sitio de 
Ambcres inventó el flamenco Federico Támbelo. El viento y las 
corrientes llevaron á Sotavento este burlóte á las playas de Boca- 
Negra, casi media legua del Callao, y dos dé Lima. Reventó en 
ellas, sin mas efecto, que un ruidoso estremecimiento, é iluminación 
de la tierra. Conociendo el Herernice la vanidad de sus proyectos se 
encendió tanto en cólera que murió repentinamente en 2 de Junio ele 
162,3. Fué sepultado en la isla de San Lorenzo, donde yace para es- 
carmiento de piratas. Después tomó el mando de la escuadra Gben 
Muigen, otro holandés, que era su subalterno. A pocos clias se desa- 
pareció de nuestro puerto y siguió el rumbo del cabo de Hornos, 
que repasó con felicidad. . Regístramelo este las costas del Brasil, in- 
vadió y ganóla ciudad de la Bahía de todos Santos, que es la capi- 
tal de este Reino. Pero al año siguiente la recuperó D. Fadrique de 
Toledo. Así dejando él. libre los mares de nuestra América se resti- 
tuyó á Amsterdam, sin otro logro que la pérdida de su General y 
mucha de su gente. 



ANO DE 1633. 

Hexrique Breant, holandés, con una escuadra considerable sa- 
lió de Fevnambuco y entró al Mar del Sur por el Estrecho de Maire. 
Era su ánimo tomar el presidio de Valdivia y fundar allí una colo- 
nia. Habiendo, pues, desembarcado su gente y empezado á fortifi- 
carse en aquel sitio, el gobernador de la plaza y su guarnición, ayu- 
dados de los indios chilenos, lo desalojaron á cuchilladas, obligán- 
doles á abandonar el puesto. Noticiado de este suceso el Virey de 
Lima, Marqués de Mancera, despachó una escuadra de seis navios 
al cargo de 1). Antonio Martin de Toledo, su hijo, que fué después 
Presidente de Italia. Este Jefe reconoció los sitios, mejoró las de- 
fensas del presidio y levantó una fortaleza de su nombre. 

Encierran la bahía de Valdivia, como en un semi-círculo, cuatro 
castillos. Son ellos Amargos, Corred, Niebla j Mancera. Este últi- 
mo, que es el principal, se lia situado en una isla, que forman los 
rios Aganchilla, Ensenada che San Juan y el de Valdivia. Está co- 
ronado de 16 piezas de cañón de á 24 y 18. Su guarnición es de 
100 hombres, con un capitán de piquete que se muda cada mes. A 



—Il- 
la banda del Sur le hace frente una pequeña fortificación, que llaman 
el CastilUto. Los demás castillos no son tan considerables. Niebla 
tiene 12 cañones. Los mas de 18/ con 3 que miran á la costa de 
Chanhuin, que habitan los indios bárbaros. Su guarnición es de 100 
hombres. Corral tiene 4 cañones, con 20 soldados. Amargos 3 de á 
94, con igual guarnición. Se comunican estos castillos á la plaza 
por el rio de Valdivia, que dista siete leguas. En igual distancia, 
rio arriba, se ha construido un castillo de madera, que llaman de 
Cruces. Este con su guarnición, de 30 hombres, que cada mes se 
mudan, contiene las invasiones de los indios de Tolien, alto y bajo, 
y de la Maraquina. La entrada del puerto es una garganta tan es- 
trecha que apenas puede pasar un navio, sin que sus vergas dejen 
de tocar en la tierra. El muro del presidio es de piedra de sillería, 
con su rebellín de madera y cinco baluartes, que son Santiago, el 
Muelle grande, San Pedro, el Terrraplen y el Muelle chico. Le co- 
ronan 13 cañones de á 24 y 4 pedreros. La dotación de esta plaza 
debe ser de 500 hombres, sin entrar en este número los oficiales y 
gastadores, que son muchos.' Ha padecido, en el tiempo casi de siglo 
y medio, varios incendios. El mayor fué á 17 de Enero de 1748. 
No quedó en él templo ni fábrica alguna que no se redujese á ceni- 
zas. Solo salvaron los libros de registros parroquiales y contaduría, 
con las custodias de la Compañía, y Hospital Real. La plata y oro 
que guardaba el Gobernador, se fundieron de modo, que corrían por 
las calles derretidas. La materia de las casas es de madera con sus 
cubiertos de junquillo, que osuna especie de Enea. Ahora 120 años 
eran todas de adobe, ladrillos y piedra, con sus techos de tejas. En 
fin, este presidio es uno de de los que merecen mayor atención en el 
Ministerio de Indias, y que sus gobernadores sean, no como quiera 
celosos del Real servicio, sino muy justificados. 



ANO DE 1G39 ó 40. 

Pie de palo, corsario holandés, mandando una escuadra de ca- 
torce navios, encontró la nuestra que volvía de Cartagena á Cádiz. 
Fiado él en las ventajas de la suya, mantuvo con la nuestra un re- 
cio combate de cinco horas. Al fin de ellas pereció con siete de sus 
navios, que fueron echados á pique, y los otros muy maltratados. 
Este triunfo se celebró en Cádiz y en las Indias con luminarias y re- 
piques. Debióse él á la valerosa conducta de D. Carlos de Ibarra, 
que mandó la función. 



—12— 
AÑO DE 1656. 

Mu. Penn, almirante inglés, con una escuadra de doce navios sor- 
prendió y tomó la Jamaica. Es esta nna isla al Sur de Cuba y al 
Oeste de la Española. Descubrióla Colon por los años de 1494, y la 
pobló por los de 1509. Ha sido ella desde este tiempo el abrigo de 
nuestros enemigos y la mas fatal polilla de nuestro comercio. Mu- 
cho pudiera decir sobre esto. Pero mejor que -yo lo lia dicho (en su 
Aviso Histórico, pág. 168 y 1G9) D. Dionisio Alcedo y Herrera, Pre- 
sidente que fué de Quito y Panamá. Son sus palabras : La Jamai- 
ca en el dominio de la nación inglesa y en una inmediación tan 
próxima de los puertos de ambos reinos, que el mas distante está 200 
leguns de aquella fatal colonia; ha sido por espacio de 84 años, se- 
gura escala de sus escuadras en el tiendo de las guerras ; asilo y re- 
fugio de las naciones y -piratas enemigos de la España, sin distinción 
de tiempos. Almacén abastecido de toda especie de mercaderias, pa- 
ra fomentar el trato ilícito en las costas,- por los puertos estraviados 
del comercio público. Estrago de todas las provincias de ambos rei- 
nos y ruina, universal délos comercios de Europa, en el desbarato de 
flotas y galeones. 

En esto último el mas perjudicado lia sido el comercio de Sevilla. 
Todos los años le entraban de su negociación doce millones. En los 
galeones de 1723, 1728 y 1731, apenas le tocaron 100,000 pesos. 
Desde el año de 1574 hasta el de 1702, se habían despachado 45 ar- 
madas de galeones. Ninguna bajó de treinta millones. Tres de ellas 
que fueron de los años de 1645, 1659 y 1691, excedieron aquella su- 
ma: y la del año de 1708 (con haberse permitido el comercio fran- 
ecs^al mar del Sur) llegó casi á cuarenta millones. Consta esto de 
los registros é instrumentos auténticos que se guardan en las ofici- 
nas del Perú y Cádiz. Los menoscabos tan grandes que ahora senti- 
mos en esta parto, quizá se remediarán, volviendo los galeones á su 
antiguo pié, y castigando con perdimiento de bienes y condenación 
perpetua á las minas de Huancavelica ó presidios de África al que 
se mezclase con los ingleses en el comercio ilícito de la Jamaica, 
ú otras colonias desnaturalizando asi mismo á sus hijos y descen- 
dientes de los reinos de España y de las Indias. Mas hará esto que 
la horca y el cuchillo, junto con un Tribunal que solo entiende en 
causas de esta naturaleza, y que no permita en nuestros puertos va- 
gabundos, extranjeros ni ociosos, que son los que por lo común vi- 
ven del contrabando. 



ANO DE 1669. 

Enrique Morgan, que otros llaman Juan, natural del principa- 
do de Gales, siendo mozo, se embarcó para las islas Barbadas, don- 



—13— 

de fué vendido y sirvió de esclavo. Luego que consiguió su libertad 
se condujo á la Jamaica. En esta isla se juntó con los muchos pira- 
tas que se habían acojido á ella. Hizo cuatro viages en su compañía. 
No sufriendo su espíritu él ser mandado, compró un bajel para apro- 
vecharse él solo de las presas que tomase. Con esta embarcación, 
equipada de numerosa chusma de ladrones, habiendo saqueado las 
costas de Campeche y Maracaibo se restituyó á la Jamaica. Aquí 
se amistó con un viejo pirata, nombrado Mansuelt. Este le ayudó 
para armar una flota de quince embarcaciones y 500 hombres. La 
que formada, navegó á las islas ele Santa Catarina, siendo Masuelt 
el Almirante y Morgan su subalterno. Tomaron la isla. Mas no les 
fué posible mantenerse en ella por falta de socorro. Se retiraron en- 
tonces a la isla de la Tortuga. Murió en ella el Almirante, y 
Morgan le sucedió en el cargo. Hizo él equipar nueva flota, con do- 
blada tripulación y navios de mayor resistencia. Señaló el puerto de 
Cuba para que allí se juntasen. Salió de él y navegó al puerto del 
Príncipe, que saqueó. Como los despojos no cubriesen las deudas 
que habian contraído en la Jamaica sus compañeros los flibustiers, 
se desbarató el armamento. 

Con todo, Morgan á poca costa, armó una flotilla y con ella tomó 
á Portobelo. Le importó la presa mas de medio millón entre finas 
mercaderías y 250,000 pesos en plata que repartió á sus compañeros. 
Alentado de este suceso, aspiró al sacó de mayores plazas. Volvió á 
la Jamaica y recojió en ella 15 bajeles y 900 hombres. Con este ar- 
mamento saqueó segunda vez á Maracaibo, y robó á Gribraltar, ha- 
biendo desbaratado á unos navios españoles que se le opusieron. 
Partió de aquí á Panamá, teniendo ya aumentada su flota de 37 ve- 
las con 2,000 hombres de desembarco. En la toma de la isla de San- 
ta Catarina, perdió cuatro embarcaciones y empezó su gente á to- 
carse de escorbuto y disentería, mas él no desmayó de la empresa. 
Forzó á Chagre, y por el rio de este nombre subió á Panamá, que 
rindió en el tiempo de cuatro días de sitio, y quemó, después ele ha- 
berla saqueado y cometido crueldades, que exceden la tiranía de los 
mas bárbaros. Sobre la división de la presa, que fué de muchas ri- 
quezas en oro, plata y perlas, hubo_ entre los oficiales gravísimas di- 
senciones. Morgan, reconociendo que estas eran interminables, se re- 
tiró á la Jamaica con cuatro bajeles, donde nunca mas se mezcló 
en expediciones tan infames y de resultas tan peligrosas. 

El Virey de Lima, Conde de L'emus, informado de los atroces he- 
chos de Morgan, envió en su persecución la armada del Sur. A es- 
ta acompañaron las tropas de infantería, que por Guayaquil hizo 
conducir el Presidente de Quito. Llegaron fuera de tiempo estos so- 
corros. Ya Panamá era cenizas y el enemigo (como se lia dicho) se 
habia retirado' con la presa al antiguo albergue de sus robos. I)es- 
}3iies de orden de S. M. se mudó la ciudad al sitio que hoy ocupa, 
que es á los 8 grados 45 minutos de L. B„ 



—14- 

AÑO DE 1670. 

Carlos Henríque Clerk, con una fragata do 40 cañones, en- 
tró en el Estrecho de Magallanes al Mar del Sur. Traíalas órdenes 
del Ministerio de Inglaterra para observar y demarcar los puertos y 
lugares de la costa de Chile y el Perú. Lo que ya antes por los años 
de 1616' habia practicado Guillermo Ezeten, como se lia diclio. Pe- 
ro uno y otro con igual efecto. Esto es la poca seguridad que se de- 
be tener de estas operaciones, cuando se hacen desde el Mar. De^ 
terminó este demarcador tomar tierra, y se desembarcó en Valdivia. 
El Gobernador de esta plaza le aprisionó, matándole la mayor par- 
te ele su gente. Remitido á Lima, se le dio garrote en la plaza ma- 
yor por los años de 1682, siendo Virey el Duque de la Falata, no 
habiéndole valido los efugios y contestaciones de ser católico y estar 
ordenado de presbítero. 



AÑO DE 1679. 

Cokson Harris, Bournako, Saükins, Sharp, Cook, Allessox, 
Iíowe, Watliít y Macket, piratas ingleses y compañeros de Mor- 
gan, salieron de la Jamaica el 23 de Marzo con nueve bajeles, sien- 
do gefe de la escuadra el primero que hemos nombrado. Navegaron 
á la costa del Darien: y el 19 de Abril se apoderaron de la ciudad 
de Santa María. !No habiendo hallado en ella los tesoros que ima- 
ginaban, costearon á Panamá y echaron á pique varios navios de 
Lima, que habían anclados en su puerto y bloquearon diez días la 
ciudad, que no pudieron rendir. 

El gefe hizo dimisión del empleo de almirante. Sucedióle eí 
capitán Sawlcins. Pero habiendo sido este muerto (no sé si por los 
suyos ó por los nuestros) entró en su lugar Sharp, que por sus he- 
chos se ha distinguido entre todos los Flibustiers. Hizo velas para 
Arica, con ánimo de sorprenderla de noche. Pero repelido de sus na- 
turales y vecinos se dirigió al puerto de lio, donde recogió nuevas 
provisiones. Después se retiró á las islas de Juan Fernandez, ha- 
biendo robado y destruido todos los navios mercantes que encontró 
en el camino. Aquí fué depuesto del empleo, tomando el mando el 
capitán Watlin. Resolvió este segunda vez invadir á Arica. Mas es^ 
ta empresa le costó mas que la primera,- porque casi perdió la mitad 
de su gente en el asalto. Embistió también á Paita, que no fué me- 
nos vigorosa en su defensa. Como no hubiesen correspondido los 
efectos á sus vanas esperanzas, navegó a buscar el Estrecho de Ma- 
gallanes, que en mas de un mes, no pudo hallar; por lo que, sepa- 
rándose los demás con-piratas, se retiró (como dicen) á su país. 



— 15— 



AÑO DE 1679. 



Bartolomé Charps, Juan Guaelen y Eduardo Bolmenj in- 
gleses, acompañados de 150 bandidos y piratas, fueron introducidos 
por los bárbaros del Dañen al Mar del Sur. Estos en piraguas y ca- 
noas, los condujeron al puerto de Perico. En él había ancladas dos 
embarcaciones. Sorprendiéronlas repentinamente. Hallaron en la 
una 50,000 pesos y mucha provisión de harina, pólvora y otros per- 
trechos de guerra, que para el socorro de Panamá se habían remiti- 
do de Lima. Con estas presas y crecido número de gentes, así de su 
misma nación, como de otras, que se les habían juntado, saquearon 
los puertos y lugares abiertos de las costas del Perú y Chile. En es- 
tas piraterías, Eduardo Bolmen, necesitado de víveres, desembarcó 
en Tmnaco, puerto de la jurisdicción de Quito. Bobo las casas de 
campo, situadas en aquellas playas; j pareciéndole que no eran 
bastantes aquellas provisiones para la multitud de bandidos que le 
seguían, volvió por lo demás. A este tiempo I), Juan de Godoy, te- 
niente de aquel partido, llegaba al puerto. Así que lo descubrió pu- 
so toda su gente en emboscada, Luego que cuarenta de los piratas 
tomaron tierra, fueron sorprendidos repentinamente y muertos todos. 
Quedó solo Bolmen. Le embistió Godoy con espada y daga. Tenién- 
dole casi rendido le concedía la vida, con designio de enviarlo vivo 
al Virey de Lima. Pero lo acabó de matar á cuchilladas, porque él 
prefiirió morir piimero que rendirse. Este y sus compañeros habían 
residido mucho tiempo en Lima, con el nombre de Irlandeses, Viz- 
caínos ó Navarros, como hay muchos en la América. Habían he- 
cho allí observaciones que intentaban jjoner en práctica. 

Guarlen y Cha-r/ps con las instrucciones que les dejó Bolmen, y 
naves que habían armado, pasaron á las costas de Chile. En ellas 
robaron el puerto de Coquimbo y ciudad de la Serena, y se abriga- 
ron de la isla de Juan Fernandez. Descubiertos de uno de los navios 
de guerra, que el Virey, Arzobispo de Lima, I). Melchor de Liñan 
y Cisneros había despachado, se desaparecieron. Mientras los nues- 
tros les daban caza, usaban ellos la estratagema de navegar de<lia 
hacia la costa de Valdivia. Pero de noche mudaban el rumbo hacia 
Arica. Aquí se desembarcaron y aprisionaron algunos de los nues- 
tros, rompieron la trinchera, que les opuso Gaspar de Oviedo, Maes- 
tre de Campo de las milicias de aquel partido. Insolentados los pira-; 
tas, emprendieron osadamente tomar y saquear la ciudad. Pero Ovie- 
do oponiéndoseles segunda vez, al primer choque matóá Juan Guar- 
len y á su alférez, que llevaba la bandera inglesa, y á 23 soldados, 
haciendo prisioneros 19, que después fueron ahorcados. No le fué 
posible alcanzar álos que huian, por haber durado el combate siete 
horas, desde las ocho de la mañana hasta las tres de la tarde. Los 
otros piratas escarmentados de los sucesos referidos con dos navios, 



—16— 
y otros que apresaron á la salida de Guayaquil, entrando por el es- 
trecho de Maire, llegaron a Londres el año de 1681. 



AÑO DE 1682. 

Cook y Cowley, piratas ingleses y cabezas principales de los 
Bucaniers y Flibustiers, salieron de la Virginia el 23 de Agosto. 
Navegaron á las costas de Cabo Verde, y desembarcaron en el puer- 
to de Santiago. En él apresaron una fragata de 40 cañones, carga- 
da de víveres y provisiones, y saquearon la población, robando cuan- 
to se les vino á las manos. De aqni hicieron vela hacia las costas del 
Brasil: y habiendo descubierto á los 47 grados de L. una isla, que 
Cowley llamó Pépys, recorrieron en la Havra (capaz de mil bajeles) 
sus embarcaciones. Después dirigiéndose al estrecho de Magallanes, 
descubrieron á los 53 grados las tierras del Fuego. Pero no atrevién- 
dose á pasar el Estrecho de Maire, determinaron doblar el Cabo. 
En esta vuelta encontraron á los 47 grados de L. un navio ingles, 
qne mandaba Juan Eaton. Obligaron á este á seguirles, después de 
haberlos arrojado una tempestad hasta los 63 grados y 30 min. Al- 
tura, que hasta entonces ningún bajel habia tocado. Aquí siendo 
los fríos insufribles, reviraron al Nordeste. Continuando estos aven- 
tureros su viage llegaron á la isla de los Lobos, donde refrescaron y 
carenaron sus embarcaciones, Informados de uno de los prisioneros 
que el Realejo en nuestra costa septentrional era plaza desproveída 
de víveres y desnuda de guarnición, encaminaron á él su derrota. 
Pero se engañaron. Sus naturales y vecinos defendieron el puertojvi- 
gorosamente, y les obligaron á retirasse. Entonces ellos salieron al 
golfo de S. Miguel y se hicieron dueños de las islas de la Manguera 
y Amapalla. Aquí, con la muerte de Cook, se rompió la liga de los 
piratas, habiéndose movido grandes disenciones entre los capitanes 
Eaton y Da/vis. 

Cowley, seguido de Eaton, dejó estas islas y navegó á las cos- 
tas del Perú, donde tomó dos navios que estaban anclados en Pay- 
ta, y se retiró á la Gorgona, para hacerse de agua y leña. Siguien- 
do siempre al Oeste Nordeste, puso su rumbo á las Indias Orien- 
tales: v en la altura de 13 arados 2 min. de L. descubrió la isla de 
Guan, una de las marinas. Fingiéndose embiado de la Corte de 
Francia, engañó al Gobernador español, que le permitió desem- 
barcar, y dio todo lo necesario para su viage. Continuó de aquí su 
derrota y descubrió en la altura de 13 grados, 30 minutos de L. sep- 
tentrional, una cadena de islas al Norte de las de Luzon. Costeando 
estas, llegó á Cantón, y saqueó esta ciudad, En fin, después de otras 
muchas aventuras que no hacen á nuestro asunto, se apartó Cowley 
de sus compañeros, y embarcándose en un navio holandés, dobló el 



—17— 

calbo de Bucna-Esporanza, y se restituyó á Londres, habiendo- dado 
la vuelta al mundo. 



AÑO DE 1683, 

Eduardo David, pirata flamenco, entró por el Estrecho de Ma- 
gallanes, con una fragata de 36 cañones y otra de 16, ambas con 
tripulación inglesa. Salió él al Mar del Sur, y se le juntaron entre 
la isla de Santa Clara y punta de Santa Helena 264 flibustiers, in- 
gleses, que penetrando el tránsito del Darien, se trasportaron en ca- 
noas, que allí labraron, al rio de Boca-Chica. Con estas gentes y 
sus embarcaciones, que eran seis pequeñas, un burlot de fuego y un 
navio marchante sin artillería, empezó á infestar las costas del Pe- 
rú. Avisado el Virey de Lima, Duque de la Palaia, de los insultos 
que este pirata cometia en nuestros puertos y lugares abiertos envió 
contra él una escuadra de siete bajeles que mandaron en calidad de 
General D. Pedro Pontejos, y de Almirante D. Antonio Peas, con- 
duciéndose también a bordo de la Capitana P). Tomas Palavicino^ 
cuñado del Virey y General del Callao. Se avistó nuestra armada 
con la del enemigo en la ensenada de Panamá, cerca de las islas del 
Bey. Combatió con ella el 11 de Junio de 1685, y la tuvo casi ren- 
dida, á no haberse levantado entre los nuestros varias contiendas so- 
bro el mando. Mientras estas no se decidian se perdió el tiempo 
que, escapándose, logró el enemigo. 

Nuestra escuadra se retiró á Paita. Aquí por un gravísimo descui- 
do se quemó la Capitana con los jefes principales y 400 hombres de 
su tripulación, habiendo solo librado en una tabla D. Pedro Ponte- 
jos, hijo del General. La de los enemigos, que ya se habia separado 
de los filibusteros, registrando nuestras costas, saqueó los puertos de 
Zana, Santa y Casma. En este último, Eduardo David hizo pasar 
por las armas á D. Andrés de Estrada, su cura. Esto, por sospechar 
de que habia ocultado el dinero, que en realidad no tenia. No falta 
autor que diga que la pérdida de su caudal le ocasionó la muerte, 
consumiéndose á rigores de la pena. Enteramente es esto falso y 
contra el crédito ele un eclesiástico de virtud y mérito. Después el pi- 
rata, invadiendo á Huaura, aprisionó á D. Blas de la Carrera, Al- 
calde Provincial. Puso su rescate en una crecida cantidad. Como 
esta no se le hubiese remitido al tiempo señalado, lo mandó de- 
gollar y colgar su cabeza en un peñol. Lo que efectuado pasó á Pis- 
co y desembarcó en Paraca el 21 de Junio de 1686. Los nuestros sa- 
lieron del fuerte y le mataron alguna de su gente. Pero reconocien- 
do mayor fuerza en la del enemigo, se retiraron á la fortaleza. Des- 
de ella resistieron, hasta que no pudiendo mantener el puesto, por 
ser mayor el número de los contrarios, se rindieron y quedaron pri- 
sioneros. Concedióles la libertad por veinticuatro mil pesos, que pa- 

LlTER ATURA — 2 



—18— 
garon de contado, reduciéndose á esta suma, la de ochenta mil que 
pretendía sacarles. 



ANO DE 1685. 

Marceeti y veintidós de los filibusteros que hablan jugado la 
parte que les tocó de presas y robos, salieron de la isla de Juan Fer-> 
nández, en una pequeña embarcación. Su ánimo era perecer, ó arro- 
jarse á mayores empresas, que las que sus compañeros, habían he- 
cho. En las costas del Peni y Chile tomaron uno por uno, hasta 
cuatro navios mercantes. De estos escogieron el mejor. Pusieron en 
él todas sus presas y gentes y navegaron al Estrecho. En el medio 
de él fué destrozado el navio, por una fuerte tempestad. Ellos escapa 
ron, y con los fragmentos que arrojó el mar, construyeron un barco 
que les costó diez meses de trabajo. Los mas de ellos perecieron do 
hambre y miserias. Los pocos que quedaron se acojieron á la Cayen- 
ne, isla de la costa de la G-uayana, que está á los 4 g. 45 m. de lat. 
y 352 de long. al Norte, con 18 leguas de circuito. Aquí cuatro de 
ellos proyectaron pasar á Francia con buenas memorias, y volver á 
infestar el mar del Sur. Lo consiguieron. Entre estos era el princi- 
pal Marcerti. Habló él á Mr. de Genes que se agradó de las propo- 
siciones. Este, contemplándolas interesantes á su Corte, obtuvo del 
Rey el mando de una escuadra de seis bajeles. Salió con ella de la 
Rochela el 3 de Junio de 1695. No trajo otra cosa de los mares de 
América, que las demarcaciones y observaciones que trabajó Mr-. 
JÉroger-, restituyéndose el 21 de Abril de 1697 al mismo puerto do 
donde habia salido. 



ANO de 1687. 

Los Filibusteros ingleses que acompañaron á David en el primer 
combate, que tuvo con los nuestros en la ensenada de Panamá, se 
separaron á hostilizar las costas de nueva España. En ellas torna- 
ron la ciudad de Granada. Este pillage fué ninguno ó poco conside- 
rable. Asi determinaron lograr otro de mayor ínteres, apoderándose 
de Guayaquil. La que tomada por indefensa, les contribuyó cua- 
renta y dos mil pesos, á cuya cantidad se redujo el millón en que ha- 
bían puesto su tasa. Fuera de esto, hallaron en las Cajas del Eey y 
particulares 92,000 pesos y muchas mercaderías finas, perlas, dia- 
mantes, esmeraldas y plata en pasta y labrada, que su importe pa- 
só de mas de 200,000 pesos. Pero se manejaron tan villanamente, 
que, aun habiendo recibido la contribución, degollaron cuatro de los 
vecinos que tenían en rehenes, y remitieron sus cabezas á la ciudad,, 
para que siendo lastimoso espectáculo del pueblo, fuesen hasta hoy 
afrentoso padrón de su barbarie, crueldad, tiranía y torpeza. 



—19— 
Como la noticia de estos infames heclios llegase á Lima, varios ca-. 
talleros, hijos y vecinos de esta capital, armaron á su costa dos na- 
vios de guerra, que entregaron, el uno á Nicolás de Igarza, y el otro 
á Dionisio de Artunduaga, comerciantes vizcaínos, é inteligentes en 
la Náutica. El principal armador (como lo afirman los autores dé 
aquel tiempo, y yo guardo una Memoria impresa) fué D. Cristoval 
de Llano Jarava i caballero profeso en el orden de Santiago, Gober- 
nador y Capitán General de Santa Cruz de la Sierra en el Perú, 
Capitán de Gentiles-Hoinbres';Lansas y Tesorero de las Eeales Ca- 
jas de Lima. Este limeño sirvió entonces al Eey y á su patria, fran- 
queando mas de cien mil pesos de su caudal, asi por lo que le toca- 
ba de parte, como por lo que suplió en los gastos de los otros com- 
pañeros, que no fueron menos celosos en la equipackm de los baje- 
les. Salieron pues estos del'Caiiao, y entre la isla del Amortajado y 
punta ele Santa Elena, que están en tres grados de L. A. encontra- 
ron con la nota de los piratas. Combatieron con ella;, y en repetidos 
encuentros duró el combate desde 27 de Maja") hasta 2 de Junio. 
Los nuestros les desarbolaron dos embarcaciones, que abandonaron 
luego los enemigos. Y temiendo ellos que las demás padeciesen igual 
fortuna, favorecidos de la oscuridad de la noche, huyeron bien mal- 
tratados. Los dos bajeles de Lima continuaron su corso, hasta lim- 
piar el mar, como lo consiguieron, de estos tiranos y ladrones que 
desde entonces no se dejaron ver en cosía alguna. 



ANO DE 1696, 

Los Mrs. Poiistty y Cassé con once navios y muchas embarca- 
ciones pequeñas, salieron de Petis-Goave, conduciendo en ellas, fue- 
ra de las marinerías, 1,800 infantes para invadir á Cartajena. To- 
maron el castillo de Boca-Chica y desembarcaron en la playa que 
está éntrela Ciénega y el castillo de San Lázaro. Ganaron esta for- 
tificación y atacaron después la Medialuna, ocupando el arrabal de 
Gigimani, que les abrió el paso para tomar la plaza y saquear sus 
tesoros y riquezas. Importaron estos diez millones de pesos, siendo 
la mayor cantidad de los interesados del comercio de España. En 
el pillaje se halló una urna del Sanio Sepidcro, que era de plata 
maciza. Esta conducida á Francia, la mandó restituir la Magestad 
del Señor Luis XIV, advirtiendo á sus vasallos, que no los enviaba á 
profanar los templos, ni mezclar entre las presas los vasos sagrados 
ni cosa que tocase á los usos de la Iglesia. 



—20— 
AÑO DE 1699. 

Mr. Beauche Govin, navegante francés, entró al Estrecho de 

Magallanes y dio fondo en el calió do las Vírgenes el 24 de Junio. 
Continuó su navegación y ancló en el puerto de Famine, que en 
otro tiempo fué población de españoles. Aquí observó que (aun. 
siendo la estación mas rigorosa del Invierno en nuestro clima) el 
tiempo era tan templado como en Francia, Registró también un 
terreno llano, capaz de cultivo, que se estendia mas cié 20 leguas en 
lá isla de Santa Isabel. Visitó la Tierra del Fuego y comunicó con 
los indios bárbaros que la habitaban, habiendo recibido algunos á 
"bordo de su navio, que estaba anclado cinco leguas de la playa. Es- 
te manejo le hizo conocer que eran tratables y dóciles á la comunica- 
ción. Cuando él iba á tierra le venian tropas de 20 en 20 y de 50 en 
50, rindiéndosele en ademan de quien pide limosna. Ellos traían 
por todo vestido una túnica de pieles hasta la rodilla, y vivian en 
unas chozas cubiertas de lo mismo. 

Después siguió su rumbo al puerto Galante, donde tocó y descu- 
brió una isla con dos abras. Llamó á la mas principal Puerto Delfín 
y á la otra Puerto de Philipeaux. Tomó posesión de ella y le dio el 
nombre de Luis el Grande. De aquí, doblando el cabo de la Victo- 
ria, entró al Mar del Sur: y el 5 de Febrero se fondeó en la isla de 
Santa Maria Magdalena, que está en la costa de Arauco, donde di- 
cen, que hay un buen puerto, y que los navios se pueden amarrar en 
gruesos árboles, que pueblan sus orillas. En fin, costeando los puer- 
tos de Chile, hizo con sus habitantes un comercio útil y se restituyó 
á Francia, por el cabo de Hornos, habiendo entregado al Almiran- 
tazgo las memorias y planes que escribió y levantó eu el estrecho de 
Magallanes, donde estuvo siete meses el ingeniero Mr. Labat, que 
navegó en su compañía. La carta reducida de este estrecho, que pol- 
los años de 1753 publicó Mr. Pellín, que en su género no hay otra, 
es sacada de estas memorias. 



AÑO DE 1707. 

Wodes Kogees-, pirata inglés, salió con dos embarcaciones de un 
]3uerto cerca de Bristol el 2 de Agosto, trayendo en calidad de su pri- 
mer piloto á Guillermo Dampier, bien conocido por la relación de 
sus viages. Montó el cabo de Hornos y se acogió á las islas de Juan 
Fernandez. En ellas halló á Alejandro SelMrJc, escoces, á quien el 
capitán Pradlin (habia 4 años y 4 meses) que allí había abandona- 
do. Después de haber refrescado su gente dejó las islas el 14 de Fe- 
brero de 1709 y fué á invadir a Guayaquil, que tomó repentinamen- 
te. Esta ciudad le pagó por su libertad una gruesa contribución. 
Be aquí, cruzando nuestras costas, apresó varias embarcaciones pe- 



—21— 
quenas. Entre estas, en mi puerto de California, rindió el Graleoa 
de Manila, que le costó Lien cara su presa, porque perdió en el com- 
bate mucha de su gente. Lo que junto con las enfermedades y otras 
miserias, lo iban constituyendo en infeliz estado. Así determinó dar 
la vuelta al mundo y restituirse á la Europa, donde condujo de sus 
piraterías una carta española, con la descripción de todas las costas, 
radas, abras, rocas y bancos, desde Acapulco basta Chiloé, que pu- 
blicó al fin del tomo II de su Diario, y dio fondo en Dones el 11 
de Abril de 1711. 



ANO DE 1708. 

Tomas Colé, pirata inglés, con una piragua y 70 hombres, salió 
de los Manglares del Darien, donde estaba encubierto. Este, habien- 
do acometido á un bergantín que por el rio de Chagres convoyaba 
14 balandras, ricamente cargadas, las rindió y mató al capitán que 
las mandaba. Después en el mismo sitio apresó otras seis. La carga 
de unas y otras le reguló por mas de medio millón de pesos, que con- 
dujeron estos ladrones á la Jamaica, asilo de sus robos. 

En esto mismo año, Carlos Wager, Y ice-almirante inglés, salió 
de la Jamaica con una numerosa escuadra: y el 8 de Junio á las 5 
de la tarde, á vista de Cartagena, se presentó á nuestros galeones, 
que volvían á España con todos los tesoros, que en aquella ciudad 
se hablan recogido de la feria que se acababa de celebrar por los me- 
ses de Abril y Mayo. Combatieron unos y otros con grande fuerza 
desde el mismo instante que se encontraron hasta las cuatro de la 
mañana. Naufragó nuestra Capitana nombrada San José. Salvaron 
en ella solo cinco hombres, que recogió á su bordo el enemigo, ha- 
biéndose ahogado 578. Varó una ele nuestras urcas, que venia arma- 
da con la tripulación del navio de guerra la Almuclena, que se ha- 
bía echado al través. Se rindió el navio ele guerra nombrado el Go- 
bierno, que mandaba el Conde de Vega Florida. Este navio resistió 
solo á tres de los ingleses, inos de diez horas en continuo fuego. Pe- 
ro desarbolado y .yéndose á pique se entregó con cinco millones de 
pesos que cargaba. En este combate solo escapó libre la Almiranta. 
Estuvo ya para ser apresada de los enemigos que le siguieron. De- 
bió su seguridad á la inteligencia de su piloto, que gobernándola en 
el banco de Salmedina con una diestra y repentina evolución la me- 
tió en el puerto. 



AÑO DE 1709. 

Cruzando una escuadra inglesa de la travesía de Cartagena á la 
Habana, atacó á la Almiranta de España, que mandaba D. Miguel 



22 

AugusUn de Villcmueva. Acompañaban á esta dos navios franceses 
caí-gados de un grande tesoro nuestro. Persuadidos los ingleses, que 
este se conducía en la Almiranta, dejaron los franceses y aplicaron 
todas sus fuerzas al español, tomándole en medio de todas sus em- 
barcaciones. . Duró el combate cuatro ñoras. Pereció en él nuestro 
Almirante, sin dejar las armas ni el mando hasta que derramó la úl- 
tima gota de sangre, y perdió la mayor parte de su gente. En fin, 
rendida nuestra Almiranta, se hallaron burlados los enemigos con 
un vaso inútil y destrozado, á los golpes de su furia y ambición, y 
nuestro gefe (aunque muerto) con la inmortal gloria de haber él so- 
lo resistido á toda la escuadra inglesa. 

En este mismo año, Davipierre y Pioggiers, piratas ingleses, el 
uno con una fragata de 32 cañones y el otro con una embarcación 
de 24 y 450 hombres de tripulación, apresaron varios navios mercan- 
tes que uavegaban de Lima á Panamá. Saquearon la ciudad de 
Guayaquil que intentaban quemar, á no haberla redimido sus ha- 
bitantes del incendio que le amenazaba, pagando por su rescate una 
crecida contribución. Sabiendo el Virey de Lima, Marqués de Cas- 
iel-Dos-Piios, las hostilidades y robos que hacían los ingleses en 
nuestras costas, despachó contra ellos una escuadra de cinco navios 
de guerra, tres españoles y dos franceses. Uno y otros al mando de 
D. Pedro Ahamora Ursino, Almirante de la armada del Sur. Esta 
escuadra recorrió las costas del Perú, Chile, Tierra firme y Nueva 
España: y no habiendo encontrado rastro ni noticia de los piratas 
se restituyó al Callao por los años de 1710. 



AMO DE 1715. 

Dos piratas ingleses, infestando nuestros mares, apresaron en la 
altura de Payta dos embarcaciones de Lima, cargadas de mas de 
400,000 pesos en plata acuñada. Para atajar los daños que empe- 
zaban á ejecutar estos ladrones, el Virey de Lima, Obispo de Quito, 
D. Diego Ladrón de Guevara, cabo principal ele las armas del Perú, 
Virey que fué después de Santa Fé, fletó, por cinco mil pesos men- 
suales, una fragata francesa ele 50 cañones. Despachóla con tripula- 
ción nuestra, al mando ele Mr. de S. Juan, su capitán. Ayudado es- 
te de otra embarcación, que habla armado el Presidente de Panamá, 
apresó en el puerto de Pinas una de los piratas y su barca que huía,, 
llena de tesoros y gente. Condujo áLinia los prisioneros, que á po- 
cos dias fueron ahorcaelos los mas en la plaza mayor. Salió segunda 
vez Mr. de S. Juan, á su costa, á cruzar á nuestros mares. En esta 
campaña ahuyentó el otro navio, nombrado el Príncipe Eugenio, 
que pasando á las costas de Méjico, fué tomado por un bajel, que 



23 — 

li jibia firmado el Presidente ele Guadal ajara, donde experimentaron 
fñ. mismo castigo que sus compañeros habían sufrido en Lima. 



ANO DE 1720. 

Juan Cliperton, pirata inglés, pasó el cabo de Hornos con una 
fragata de 40 cañones. Empezó á hostilizar las costas del Sur. 
Apresó en la altura de G-uayaquil un navio que navegaba de Pana- 
má á Lima, conduciendo al Marqués de Villa Rocha que acababa 
•de servir aquella Presidencia. Acompañaba á este Ministro su mu- 
ger. Movido e] pirata de las persuasiones de ella, mandó desembar- 
carla en el puerto de Nicoya, con todas las alhajas y vestidos de su 
uso, quedándose á su bordo con el Marqués. Costeó después los 
puertos de Chile, de donde dirigiendo su rumbo á Panamá, tomó en 
las costas de Payta otro navio. En este se trasportaba á G-uayaquil 
la Condesa de las Lagunas, muger de I). .Francisco Ontañon, G-o- 
bernador de Popayan. Era la señora hermosa y discreta. Tratóla el 
pirata con singular respeto; y no permitió que le quitasen cosa al- 
guna de sus muebles y equipage. Así la volvió á uno de nuestros 
puertos para que continuase su viage, sin haber padecido otro que- 
branto, que el susto. 

D. Fr. Diego Morcillo, Arzobispo de los Charcas, que era enton- 
ces Virey de Lima, despachó tres navios ele guerra, al cargo de D. 
Bartolomé de Ordinzu. Siguieron á pocos días otros dos, que se jun- 
taron á los primeros. Pero ya el pirata se habia pasado á las costas 
septentrionales, habiéndosele escapado en las islas Marianas el Mar- 
qués de Villa Rocha, que era el prisionero de su mayor considera- 
ción, por el rescate que esperaba. La escuadra nuestra cruzó algún 
tiempo las costas de Panamá, Chile y Lima, y se restituyó al Ca- 
llao, dejando limpio el Mar de piratas y ladrones. 



AÑO DE 1726. 

Una escuadra de cuatro navios zelandeses de trato y guerra, sa- 
lió de Amsterdam para introducir su comercio en los puertos del 
Perú. Al montar el cabo de Hornos pereció uno de ellos. Los tres, 
que fueron S. Francisco, S. Luis y el Flissingués, pasaroix, no sin 
dificultad, por el mal tiempo en que emprendieron el viage y se aco- 
gieron á las islas de Juan Fernandez. De aquí partieron, habiendo 
refrescado su gente, á dar vista á las costas de Chile y el Perú. Ha- 
llábase á este tiempo exhausto el Peal erario y casi imposibilitado 
para equipar navios que embarazasen la introducción de aquel co- 
mercio. Entonces dos ilustres montañeses, vecinos de Lima, que 



—24— 
fueron D. José Tagle-Braclw, primer marqués de Casa-Tagle y D. 
Ángel Calderón, tio del primer Marqués de Casa-Calderon, armaron 
con licencia del Virey, Marqués de Castel— Fuerte , un navio de guer- 
ra. Entregáronlo á 1). Santiago Salavafria, vizcaíno hábil en la 
Náutica, á quien conocieron muchos de los presentes por los años 
de 1746, muy maltratado de la fortuna. 

Este se encontró con el S. Luis en la altura de Coquimbo. Pu- 
so bandera francesa, y habló á sugente en este idioma. Los oficiales 
de él, juzgando que eran franceses, se vinieron á bordo. Al instan- 
te los nuestros, que tenían las velas arriadas en falso, las izaron y 
navegaron al zelandés, rindiéndole, mas por el ardid que por la fuer- 
za. Importó la presa casi 600,000 pesos, que se dividieron entre el 
Bey y los armadores. El Flissingués, haciendo agua y no pudiendo 
mantenerse por falta de gente y víveres, se entregó en el puerto de 
la Nasca, al corregidor!). Manuel Negron. Este lo hizo conducir á 
Lima con toda su carga, que excedió la suma de 380,0000 pesos. El 
8. Francisco, oprimido de los contratiempos, dejó el Mar del Sur y 
pasó, doblando el cabo, á Curazao á hacerse de víveres. Después, 
cruzando las costas de Tierra firme, lo atacó el Conde de Clavijo é 
hizo prisionero, con casi un millón de pesos, que montaba su carga. 



ANO DE 1727. 

Hosier, almirante inglés, con una escuadra de 11 navios, salió 
déla Jamaica, y se dejó ver delante de Portovelo. Las órdenes que 
llevaba de la Corte de Londres eran embarazar el curso de la feria, 
bloquear los galeones, pedir el navio de permiso, y no dejar cruzar 
á nuestros guarda-costas. Se mantuvo esta escuadra á vista de Por- 
tovelo,, fué imponderable el comercio ilícito que se introdujo en to- 
das aquellas costas. Ajustadas las diferencias entre nuestra Corte y 
la de Londres, se retiró la escuadra por los años de 1728 habiéndose 
ejecutado á su sombra notables menoscabos álos intereses del Sobe- 
rano, y utilidades de sus vasallos europeos y americanos. 



AÑO DE 1735. 

Cornelio Andrés, tratante holandés, salió de Amsterdam pol- 
los años de 1734 cen una embarcación grande, llena de un millón de- 
pesos en mercaderías y armada en guerra. Montó el Cabo de Hor- 
nos, y se presentó á los puertos abiertos del Sur. El Yirey de Lima, 
Marqués de Castel-fuerte, envió en su seguimiento un navio de 60 
cañones, bien proveído de gente y municiones. El tratante, temien- 
do ser apresado, recorrió los puertos de Guayaquil, Tumaco y Pal- 



—25— 

nía Keal. De aquella costa se habían retirado los víveres y ganados; 
así mismo se habían remitido á Guayaquil dos mil libras de pólvo- 
ra. Estas últimas providencias se debieron al Presidente de Quito, 
que lo era entonces D. Dionisio Alcedo y Herrera que ya he citado 
en esta carta. Burlado, pues, el holandés y desesperanzado de sus 
proyectos, hizo derrota á los Molucas, sin haber logrado de esta em- 
presa sino miserias y trabajos. 



ANO DE 1740. 

Eduardo Wernón, almirante inglés, salió á fines de Febrero de 
la Jamayca, con la mas formidable escuadra que hasta entonces ha- 
bían visto las mares de nuestra América. Componíase ella de ocho 
navios de tres puentes, 28 de línea, 10 fragatas y paquebotes, de 20 
hasta 50 cañones, 2 bombardas, 6 brulotes y 130 embarcaciones de 
trasporte. Conducíanse en ellas nueve mil hombres de desembarco, 
que hacían los regimientos de Artesón Wenth, Wolses, liobinson, 
Loiothers, Winyares, Grccnts, Gooch, Lans, y dos mil negros de 
machete. Todos en tierra' al mando del brigadier Wentivorth. Diri- 
gió el almirante su rumbo á Cartajena. El 13 de Marzo á las nueve 
de la mañana, se dejaron ver por Punta de Canoa las primeras ve- 
las. Fueron ellas tres embarcaciones, que se ocuparon en sondear el 
puerto. Á los dos días, por la tarde, apareció toda la armada, y se 
fondeó entre los tres navios. Después los enemigos se desembarca- 
ron en la playa de Chamba, habiendo antes arruinado las baterías 
de San Felipe, Santiago y San José. Esta última resistió cuatro 
dias la multitud de bombas, que á cuatro morteros incesantemente 
le arrojaban dos bombardas. En el sitio donde estaban nuestras dos 
primerae baterías, pusieron ellos una de 12 morteros para granadas 
reales, atrincherando su gente á lo largo de la espresada playa. De 
aquí sin cesar noche y dia el bombardeo, destacaron varios piquetes 
que redujeron á cenizas las baterías del barredero y punta de Aba- 
nicos. 

Con estos pequeños triunfos alentados los ingleses, pasaron á ba- 
tir el castillo de Boca-Ohica. Los nuestros lo desempararon á los 
17 dias. No les fué posible resistir mas tiempo el continuo fuego de 
la escuadra, baterías y morteros, avanzándoseles en tres columnas 
las tropas de tierra, y acercándose á la playa 50 lanchas cargadas 
de gente, para reemplazar los 1,500 que habían muerto en los pri- 
meros ataques. No teniendo ya la escuadra fortaleza que le impi- 
diese el paso, entró en la bahía, y se fondeó en Punta de Perico. 
Desembarcó las tropas por tres partes, que fueron el Manzanillo, 
el Tejar de Grecia y el de Alcidia. Marcharon ellos hasta el Tejar 
de G-abala: aquí se fortificaron ocupando el convento de Nuestra Se- 
ñora de la Popa. Después ganaron el importante puesto de la Cruz 



—26— 
grande, que está en el camino de la Boquilla. Resolvieron entonces 
tomar el castillo de San Lázaro, que se sitúa al E. de la plaza, sobre 
un monte que la domina. Para esto dividieron en tres columnas cua- 
tro mil hombres que mandaba el brigadier Granst. Estos al abrigo 
del fuego do la escuadra y granadas reales que despedían los morte- 
ros, se arrojaron intrépidamente al avance. 

Los nuestros, no queriendo sufrir mas pasiva defensa que hasta 
entonces habian hecho, les salieron al encuentro. Trabóse el comba- 
te á bayoneta calada. Cedió el ímpetu inglés á la constancia espa- 
ñola: desordenóse el ejército contrario quedando en el campo cerca 
de mil muertos y doscientos heridos, con todas las escalas, mantele- 
tes y preparativos de asaltar. Acobardados los ingleses con este mal 
éxito de sus primeras tentativas, se embaí carón atropelladamente. Y 
desde el 8 hasta el 20 de Mayo empezaron á navegar á, la Jamayca, 
habiendo antes en 5 dias demolido los castillos que impedian la en- 
trada del puerto. Por los prisioneros se supo después que habian 
perdido en esta expedición mas de nueve mil hombres, entre epide- 
miados y heridos, y 17 embarcaciones, infiriéndose probablemente 
que ellos mismos habian quemado 6, según la observación de nues- 
tros vigías. 



ANO DE 1740. 

A tiempo que tan fuerte expedición empezaba contra Cartagena á 
poner en practica sus operaciones, se hallaban la plaza, sus castillos 
y fuertes con 1100 hombres de tropa reglada, 300 milicianos, 600 in- 
dios gastadores y dos compañías, una de pardos y otra de negros li- 
bres. La escuadra que debia impedir la entrada del puerto, se compo- 
nia de 6 navios de guerra con 400 soldados y 600 marineros. Se tuvo 
por conveniente barrenarlos, y con su gente completar la de los cas- 
tillos. Pero no se logró en el todo. La Galicia con su capitán, y 30 
hombres de su tripulación fué apresada de los enemigos. El San 
Felipe y la África se j>egaron fuego. El San Garlos se fué á fondo 
en medio de la canal. Con los otros dos navios de guerra El Dra- 
gón, y las embarcaciones del Comercio, se cerraron las bocas del 
puerto, echándolos á pique. Así no se aprovecharon los ingleses de 
las pocas fuerzas navales que teníamos en aquel puerto, ni menos 
lograron la artillería de los castillos y fuertes, porque toda se habia 
clavado antes de desamparar los puestos. 

Debióse el feliz éxito de defensa tan constante á la conducta, ex- 
periencia y valor de los Tenientes Generales D. Sebastian de Esla- 
ba, Virey de Santa Fé, que en la plaza mandaba las tropas de tier- 
ra, y D. Blas de Lezo, que con las de marina defendía el castillo de 
San Lázaro, asistiendo él mismo en la batería de la Media Luna. 
Estos jefes supieron á tiempo ordenar unas honorosas retiradas, ha- 
biendo hecho antes desalojar los sitios que no eran aparentes á re- 



—27— 
sistir las fuerzas enemigas, y juntar todas las suyas en un cuerpo. 
El autor de la relación de este suceso (que nuestro invicto Monar- 
ca el Sr. Don Felipe V hizo publicar en Madrid por los años de 
1741) alabando su acierto, en la página 22 dice así: "Sin exajerar 
"el poder, ni el número de los ingleses, son dignos de eterna ala- 
banza el valor, la constancia y la felicidad de los generales y de 
"las tropas del Rey. Si alguna ele estas circunstancias les hubiera 
"faltado, sin duda hubieran cedido al inmenso cúmulo de trabajos, 
"al estrago continuo del fuego y á los reiterados esfuerzos de un 
"ejército arrogante y orgulloso." 

No solo las tropas de España cumplieron con su obligación. Tam- 
bién las milicias del país no degeneraron del espíritu y constancia 
de ánimo que hasta aquí han manifestado los Meridionales y Pe- 
rv.ntinos en defensa de su Religión, ele su Rey y ele su Patria. El 
citado autor, ala página 1.* acreditan el o el valórele estos, espresa lo 
siguiente: "el dia-22, (habla del mes de Abril) intentaron los in- 
"gieses forzar el puesto de la Cruz grande, y fueron rechazados; y 
"el 24 quisieron hacer lo mismo con el del Manzanillo con una ba- 
landra, una lancha y dos botes sostenielos de un navio ele línea. 
"Pero después de dos horas de fuego se retiraron sin pérdida nues- 
tra por el valor con que resistió D. Baltazar de Ortega con 24 mili- 
cianos." En fin, la resistencia de mas ele dos meses costó á esta ciu- 
dad solo 200 hombres, habienelo sufrido de dia y ele noche sus mu- 
rallas, baluartes y castillos el continuo fuego ele la escuadra, mas de 
nueve mil bombas, y una multitud indecible ele balas rojas, ollas y 
flechas incendiarias. 

Llamóse ella en otro tiempo Oelemori, y está situada á los 25 
grad. 48 min. de L. B. Rodrigo Bastidas descubrió su bahia por los 
años de 1502. Funelóla por los de 1533 D. Pedro de Hereclia, que 
fué su primer gobernador. Ha sido saqueaela tres veces como se ha 
visto en esta carta, 



AÑO DE 1741. 

Joej !" Anso^, Vice-Almirante inglés, salió del puerto ele Santa 
Elena á mediados el el año de 740 con una escuaelra de cinco baje- 
les de guerra, una chalupa armada y elos navios ele trasporte. Eran 
estos el Centurión, que él mismo coman daba con 60 piezas ele ca- 
ñón y 400 hombres de equipaje, el Glocestér con 50 cañones y 300 
hombres almantlo de Ricardo Norris; el Severn de igual fuerza ba- 
jo las órdenes de Ecluarelo Legg, la Perla de 400 piezas de cañón y 
250 hombres, comandada por Mateo Mitchél el Vvrager ele 28 caño- 
nes y 60 hombres al mando de Dancly-Kield; la chalupa nombrada 
el Teyal montaba ocho piezas y 100 hombres, con su capitán Juan 
Murray. Los elos navios de trasporte eran el uno de 400 toneladas, 



—28— 

y el otro de 200. Ademas de la tripulación de esta escuadra, se con- 
ducían 470 inválidos y soldados do marina, con un teniente coronel 
que los mandaba. El Tice- Almirante con toda su escuadra hizo es- 
cala enla Isla de la Madera. Aquí, al tiempo de su partida, señaló 
la isla de Santa Catalina, en la costa del Brasil, para que se junta- 
sen en ella todos los navios, que en el viaje se hubiesen separado. 

Esperó Anson en esta isla la estación mas oportuna para montar 
el Cabo de Hornos, la que venida se encaminó á la bahía de San 
Julián. En ella se fondeó con toda su escuadra el 19 de Febrero de 
1741. Dejó este puerto el 27 del mismo, y navegó á buscar el estre- 
cho de Maire. Entró á ól con un tiempo feliz; pero á pocos dias se 
mudó en una tormenta tan tenaz, que duró mes y medio su conti- 
nuación. Se separaron los navios de la escuadra: el Severny la Per- 
la se refujiaron alJaneiro, perdida la mayor parte de su gente, ver- 
gas y masteleros. El Wac/er dio en la costa de los Patagones y se 
hizo pedazos casi á la orilla de tierra, donde salvó su tripulación 
como diremos en su lugar. 

Con todo Anson venció el estrecho, y pasando el Cabo entró al 
mar del Sur, y se ancló en las islas de Juan Fernandez el 9 de Ju- 
nio, habiendo este mismo dia descubierto el Tryal que le seguía, é 
igualmente se amarró enla bahia de Cumberland, que es la mejor á 
la parte septentrional de esta isla. En ella se le juntaron, según las 
instrucciones, que (al montar el Cabo) él habia dado á sus oficiales, 
el Clocester que llegó el 26 de Junio, y el pingue Anua el 16 de 
Agosto. Este habia estado en la isla do Yuchin y en una de las ba- 
hías desiertas de la costa de Chiloé donde refrescó su gente. Pero 
reconociéndolo Anson muy maltratado, é inservible lo mandó echar 
altravés y pasar su gente al Glocesier, que le habían quedado de 300 
hombres solo 82: también el Centurión y el Tryal habían perdido 
gran parte de su tripulación: el uno 292 hombres, y el otro 92; de 
manera, que estos tres navios que eran montados á la salida de In- 
glaterra de 961 hombres se hallaron reducidos á 335, entrando en 
este número los pajes y sirvientes. 

Cuando pensaba Anson dejar esta isla, después de mas de 50 dias 
que la habia habitado, y seguir el rumbo de su destino, descubriej 
ron sus vijias al £ford-Este el navio mercante nombrado el Carmelo., 
que por Setiembre había partido del Callao para Valparaíso: salió- 
le al encuentro, y le apresó sin dificultad ni resistencia. Su carga 
era 23 mil pesos, mucha plata labrada, azúcar y tejidos de lana, ó 
paños de Quito y 53 hombres entre marineros y pasajeros. Lo mas 
importante fueron las cartas. Por medio de ellas se instruyó en el 
número de navios que debían navegar del Callao a varios puertos del 
Sur, y en otras noticias bien interesantes á su expedición. Estas le 
animaron á armar el Monte Carmelo con la artillería del Pingue An- 
ua, y reforzar el Glocestér con 23 marineros españoles. Dio enton- 
ces orden que bajase este hasta Paita y subiese el Tryal hasta Val- 
paraíso; cruzando él con él Centurión y el Carmelo al E. de Chile. 



—29— 
No habían pasado cinco días de su salida cuando en la altura de 
Valparaíso se juntó con el Tryal, que había apresado el Aranzazu, 
otro navio mercante que venia del Callao buscando aquel puerto. 
La carga de esto era de ios mismos efectos que la antecedente, con 
mas de 25,000 mil pesos en plata, Este bajel que era de 600 tonela- 
das, y había sido mu chas veces armado en guerra, reemplazó al 
Tryal, que Anson mandó echar á pique porque hacia mucha agua 
por todas partes. Fué montado de 20 cañones, y se nombró desde 
entonces la presa del Trycd, entregándose su mando al capitán 
Saunders. 

Mientras que Anson estuvo ocupado en armar la nueva presa y 
mudar á ella la gente, pertrechos y municiones del Tryal, todos los 
navios destinados á Valparaíso, se aseguraron en el puerto. Conge- 
turando él, que en esta altura no lograría otras presas, porque ya se 
tendría noticia de su llegada, así por la tardanza de los dos navios 
que esperaban, como los demás que se les habían escapado, navegó 
hacia la isia de San Gallan, que está á los 14 grados de L. M. y 5 
millas al Norte de Morro-Viejo. Cruzando el espacio de Mar que 
hay entre esta altura y aquella isla, descubrió un navio nombrado 
Santa Teresa, que hacia viaje de Gruayaquil al Callao. En menos do 
Una hora le dio caza, y rindió á los 14 golpes de cañón. La carga de 
este navio, que era de 300 toneladas, le fué de ningún interés. Se 
componía ella de efectos del país y muy poca plata. Su tripulación 
eran 45 hombres y tres señoras que se trasportaban á Lima. Después 
cerca de la isla de los Lobos, se apoderó, sin mas que llamarle de 
otro navio nombrado Nuestra Senara del Carinen, que apenas habían 
corrido 24 horas de su salida de Payta. Era él de 162 toneladas, y 
traía á su bordo 43 marineros y algunos comerciantes, que traspor- 
taban al Callao gran porción de mercaderías de Europa. 

Se conducía en esta embarcación un estrangero, nombrado Wu- 
liams, de los muchos que, bajo de título piadoso, abrigan nuestras 
tierras y son sus mayores enemigos y continuas espías, como se hará 
demostrable con hechos históricos, siempre que convenga. Este, pues, 
informó á Anson, que Paita era un puerto desnudo de guarnición y 
defensa: que en él había muy grandes caudales, que pertenecían al 
comercio del Perú: que el corregidor pensaba despacharlos á Lima 
en un navio que ya estaba de partida al Callao y que los tesoros del 
Rey y los suyos, trataba de introducirlos tierra adentro, para asegu- 
rarlos de alguna sorpresa que él intentase. 

Con estas noticias le ocurrió á Anson sorprender á Payta. al otro 
dia se puso á la capa 12 leguas para no ser visto. Asi que vino la- 
tarde, en varías chalupas, al mando del teniente Brest, que se en- 
cargó de la empresa, envió 50 hombres, los mas escojidos de su tri- 
pulación y dos de nuestros pilotos prisioneros que les sirviesen de 
guia. Ellos llegaron alas nueve de la noche al puerto y entraron á él 
sin ser descubiertos. Apenas empezaban á desembarcarse, cuando 
gritaron de un navio: Ingleses, Ingleses. Las voces se oyeron en el 



fuerte que disparó alguüos pedreros que pusieron el lugar en mayor 
confusión. Los enemigos, luego que ganaron la tierra se formaron en 
una calle estrecha. De esta salieron marchando á la plaza de armas, 
haciendo grandes ruidos con los pífanos y cajas. Apoderados de ella 
y de la Tesorería no tuvieron que sufrir mas de una descarga de los 
nuestros que mataron uno é hirieron dos. 

Plasta el día siguiente en que llegó Anson con toda su fuerza, es- 
tuvo la ciudad á discreción de la pequeña tropa: se examinó el pi- 
llagc. Los ingleses lo hicieron subir á mas de treinta mil libras ester- 
linas. Los nuestros lo estimaron en millón y medio de pesos, sin 
contarse las alhajas de oro, perlas, diamantes, rubíes y esmeraldas. 
Después el Vico- Almirante mandó quemar la ciudad. Para que el fuego 
hieiese mas breve el estrago, sacaron délos almacenes todos los teji- 
dos y sacos de algodón, que untados de alquitrán colgaron é intro- 
dujeron en las casas. Así al instante que prendió el incendio fué 
tan activa su voracidad, que apenas se levantaron las llamas cuando 
se vieron las cenizas. Mandó asimismo clavar ios cañones del fuerte 
y echar á fondo cinco navios que estaban anclados en el puerto. So- 
lo salvaron de este estrago dos iglesias que sirvieron de cárcel á 80 
prisioneros que guardaba con cuidado. 

Ejecutado esto, dejó á Payta y navegó á la isla de Quibo, que es- 
tá cerca de la entrada de Panamá. Guando se encaminaba á ella, 
encontró al Glocester. Este traia dos presas. Eran ellas, la una un 
navio cargado de caldos, aceitunas y mas de seis mil pesos en plata 
acuñada; y la otra un barco grande que trasportaba mucho algo- 
don y otras drogas. Registrados los sacos de esta carga hallaron en 
cada uno grande cantidad de plata sellada, que subió á la suma de 
72,000 pesos. En esta derrota echó sus prisioneros en la punta de 
Manta. A este tiempo ya sabia Anson por las cartas del Carmelo 
el desbarato de la escuadra de Vuernon en el ataque de Cartajena. 
Sin embargo, siguiendo su destinado rumbo, se aprovechó de las 
calmas para quemar tres navios y quedarse con cinco de que compu- 
so una flotilla que tenia todas las apariencias de escuadra. Llegó á 
la isla que buscaba: aquí habiendo hecho aguada y demarcado las 
otras islas circunvecinas, navegó á las costas de Acapulco y apresó 
á la salida una pequeña barca que de Panamá pasaba á Cheripe. 

Emprendió esta navegación con el proyecto de tomar el galeón de 
Manila que ya habia llegado á Acapulco el 9 de Junio de 1742, se- 
gún le informaron tres negros pescadores que aprisionó de noche su 
chalupa, cuando él tocó en las cercanías de este puerto. Esta noti- 
cia dobló sus esperanzas. Así se mantuvo cruzando aquella costa, 
hasta el 15 de Marzo, habiendo dejado á Quibo el 9 de Diciembre 
de 1742. En esta larga navegación faltándole el agua y tocada casi 
toda su gente de escorbuto se favoreció del puerto de Chequetan ó 
Seguatanes que está á los 17 grados y 36 min. de L. S. y 30 leguas 
á la parte del Oeste de Acapulco. Perdidas aquí todos sus ideas de 
esperar mas el galeón de Manila, que se habia mandado detener en 



— ol — - 

ÁcapiilcQj por saberse que ya él hostil izaba aquellos mares, quemó 
las presas haciendo poner su carga en el Centurión y Glocester, y 
dejar en tierra los prisioneros, á escepcion de algunos marineros, ne- 
gros y mulatos, que llevó consigo. Entonces el 6 de Mayo hizo velas 
hacia las costas de Asia gobernando al Sudoeste. Como hubiesen 
corrido mas de 50 dias sin que soplasen los vientos que él esperaba, 
que eran los de Nordeste y se encendiesen otra vez en su tripulación 
el escorbuto y disentería, navegó á las islas Marianas, habiendo que-» 
mado en el paso el Glocester, último resto de su escuadra, que por 
instantes se iba á pique. Descubrió estas islas y escojió la de Tinian 
para refrescar y curar su gente. 

Para entrar á ella, hizo enarbolar el estandarte español. A esta 
señal vino á bordo una barquilla con cuatro indios y un español. Es- 
te se informó que la isla no tenia habitantes, á causa de una epide- 
mia que se encendió en ella y obligó á pasar á Guau los pocos que 
libraron del estrago: y que él había aportado allí con 20 indios para 
hacer carnes y cueros de las muchas vacas que se apacentaban en sus 
prados. Estas noticias fueron muy favorables á las ideas del vice-Al- 
mirante. Detuvo á los indios y al español que era un sargento de 
Gruan, recelándose que si los dejase ir, avisarían de su llegada á las 
otras islas. Con estas precauciones se fondeó en 22 brazas de agua al 
Sud-oeste, casi a media legua de la orilla, y desembarcó su gente que 
ya no eran mas de 70 hombres capaces de servir y el demás resto ca- 
si muerto y herido de muchos males. 

Empezaban los enfermos á restablecerse, cuando el 22 de Octubre 
levantándose una furiosa tempestad de viento por el Este, arrancó 
las amarras del Centurión y lo arrojó afuera? A este tiempo él, la 
mayor parte de sus oficiales y 113 hombres de su tripulación, pro- 
yectaban varias ideas para escaj^arse del trágico fin que les amena- 
zaba. Entre estas fué una á cargar la barca española, que habia 
apresado á la salida de Quibo y de quince toneladas que era, esten- 
derla hasta 40 para trasportarse con su gente á Macao. Habia' dado 
principio á esta construcción^ estaba en el mayor fervor de ella, cuan- 
do una de sus vigías descubrió al Centurión que volvía después de 
19 dias, en los que habia experimentado toda la furia de un deshecho 
y continuado huracán, habiendo solo perdido su grande chalupa que 
desdo la primera noche se hizo pedazos contra el bordo de un navio. 

A los cinco dias de haberse restituido el Centurión, partió el vice- 
Almirante de esta isla para la de Macao. Navegó á ella y entró con 
felicidad á su rada guiándole un piloto chino que por treinta pesos 
le ofreció sus servicios. Después, sabiendo que en Cantón habia cua- 
tro embarcaciones inglesas, pasó allí á hacerse de víveres y comunicar 
sus aventuras con los de su nación. Aquí habiendo tenido con el Vi- 
rey chino varias cuestiones sobre el anclage y otras etiquetas, consi- 
guió al fin lo que deseaba. Pero deteniéndose en aquel puerto mas 
tiempo que el que sus magistrados permiten por la ley, le obligaron 
á salir, con prohibición que en adelante no se le aprontasen víveres, 



En este sistema de cosas, se dio á la vela el 19 de Abril do 1743, 
fingiendo irá la Batavia para después regresar á Londres. Mas es- 
tando en alta mar, reveló á sus oficiales y tripulación el proyecto que 
maquinaba. Era este esperar en el Cabo del Espíritu Santo el Na- 
vio de Manila, por ser la primera tierra que reconocen los nuestros, 
cuando vuelven de Acapulco á Filipinas. 

Con esta idea dirigió su rumbo á aquella altura. Al mes que lia- 
bia tocado en ella, descubrió muy de mañana al Sud-este el Galeón, 
nombrado Nuestra Señora de Cavadonga que mandaba D. Geróni- 
mo Montero, portugués de nación. Este oficial, que también le ha- 
bia reconocido, hizo fuerza de vela para darle caza. Asi que estuvie- 
ron á tiro de fusil y en preparación de abordaje, aseguráronlas ban- 
deras y. se principió el combate. A este tiempo, en nuestro Galeón, 
prendieron fuego los parapetos de las redes ele combate. Subió tan 
alta la llama, que casi llegaba al medio del palo de mesana. Mien- 
tras que los nuestros se ocuparon en apagarlo y cortar las redes que 
lo sostenian, se aprovechó el enemigo de aquel accidente, logrando 
la ocasión. En esta sus fusileros, haciendo continuo fuego, mandó el 
Yice-Almirante disparar varios cañonazos cargados de metralla, 
que hicieron estrago bien considerable en la minería del Galeón. 
Después con 'cinco golpes que no erraron en el tiro, acabó de 
rendirlo, matándole 70 hombres, y hiriéndole 84, siendo de los su- 
yos solos muertos dos y heridos 24. La presa montó un millón tres- 
cientos trece mil ochocientos noventa y tres pesos: y treinta y cinco 
mil seiscientos ochenta y dos onzas de plata en barras, y una grande 
porción de esta labrada, cochinilla y otras drogas do menos cuenta. 

Habiendo el vioe- Almirante entregado el mando de nuestro Galeón 
á Saumarez, su primer teniente, trasportado el tesoro á su navio y 
asegurado los prisioneros en la bodega, volvió á Cantón y se fondeó 
en su rio entrando por el estrecho de Boca-Tigris. Aquí, en respues- 
ta de una carta que envió al Yirey, avisándole de los motivos de la 
entrada por este estrecho, le llegaron tres mandarines y dos pilotos 
que despachó aquel Ministro. Su comisión era conducirle á la segun- 
da Barra y proveerle cada dia de cierto número de víveres. Esto se 
ejecutó con la mayor puntualidad. Pero estuvo sin audiencia del 
Yirey, desde 16 de Junio de 43 hasta fines de Setiembre en que se 
la concedió, permitiéndole cuanto le pedia. Lo que efectuado á su 
satisfacción, salió de esta Barra el 10 de Diciembre, habiendo antes 
á instancias de los magistrados chinos, dado libertad á los prisione- 
ros españoles que quedaron en Cantón. En realidad deseaba él 
este descarte. Asi, obsequió á los mandarines (dejándose rogar con 
lo mismo que quería. A los dos clias tocó en Macao y vendió el Ga- 
león por 6,000 pesos que le contaron los mercaderes orientales. De 
aquí el 15 hizo velas al Estrecho de la Sonda, y se ancló el 
3 de Enero en la isla del Príncipe para hacerse de agua y leña. Par- 
tió de esta el 8 á buscar el Cabo de Buena Esperanza, de donde, ha- 
biendo llegado á principios de Marzo y descansado tres semanas en 



—33— 
la colonia holandesa, navegó á Inglaterra y se fondeó el 15 de Junio 
del expresado año en la rada de Spithead, después de un viage de 3 
años y 9 meses al rededor del mundo. 

Los ingleses de Wager, que (como liemos dicho) salvaron en una 
de las islas de los Patagones, recogieron los fragmentos y víveres, 
que de su destrozada embarcación arrojó el Mar. Con ellos se prove- 
yeron de casa y sustento. Pero, como este último empezase á esca- 
sear, fomentaron contiendas que desconcertando la armonía de la 
unión, pararon en una continuada discordia, hasta dividirse en han- 
dos y matarse unos á otros. Para evitar estas cuestiones sangrientas^ 
que cada instante movia aquella infeliz grey, los oficiales subalter- 
nos despojaron del mando á David Cheap, que habia sido capitán 
del bajel, y lo dieron áBecms, su teniente. Este con una grande bar- 
ca, nombrada el Speedwel (que sus compañeros habian construido 
de las ruinas del Wager durante su naufragio) la lancha y la chalu- 
pa, salió de esta isla el 13 de Octubre de 1741, conduciendo en ellas 
81 hombres. Dejó en tierra al capitán Cheap con algunos oficiales y 
seis desertores. Entre estos deben también contarse otros, que en las 
canoas de los Indios Patagones habian ya pasado á la Tierra-Fir- 
me de nuestro continente. Apenas él habia dado principio á su na- 
vegación, cuando soplando un viento muy recio, hizo pedazos en el 
Spedivel, la vela del palo de mesana. 

Para remediar este daño, despachó la lancha á la isla con 9 mari- 
neros. Como estos tardasen en volver, siguió su rumbo. En él, te- 
niendo á cada momento un nuevo peligro que evitar, perdió la cha- 
lupa que arrebató la violencia del mar, aun trayéndola amarrada á 
la popa de su embarcación. Asi mismo desertaron once de su tripu- 
lación, que valiéndose de la fuerza, se hicieron poner en tierra. Con 
todo, venciendo él innumerables dificultades y riesgos, salió por el 
estrecho de Magallanes, llevándole las corrientes hasta la emboca- 
dura del Rio-Grande, donde entrando, se ancló en frente de la ciu- 
dad. Aquí el, con toda su gente, recibió de los portugueses aquel 
buen trato, que en tales casos saben comunicarse las naciones ami- 
gas. Después Beaus y los suyos, por varias vias, se restituyeron á 
Londres desembarcándose en Spithead, unos el 20 de Diciembre de 
1742, y otros á 4 ele Enero de 1743. Pero todos fueron ásperamente 
reprendidos y privados del servicio y sueldos devengados, por haber 
desamparado y desobedecido al capitán, á quien (aun en aquella mi- 
serable situación) debían seguir y obedecer, según sus ordenanzas y 
reglamentos de marina. 

David Cheap, habiéndose proveído de yerbas marinas y algunos 
zurrones de cebo, que de la carga del desbaratado Wager baraban 
en la orilla de su estéril isla, se entregó al mar con la lancha que ha- 
bia vuelto de buscar las velas, y con el esquife que él reservaba, Su 
tripulación eran 12 remeros y 4 oficiales. Ocho de estos remaban 
en la lancha y cuatro en el esquife, compartidos los subalternos. Vo- 

LlTEKATUKA — 3 



—34— 
gabán de dia, dejándose llevar á discreción de los vientos. De noche 
amarraban sus embarcaciones y dormían en las pequeñas islas que 
encontraban. Al cabo de mes y medio de tan penosa navegación, ha- 
ber perdido su esquife y estar los suyos (no menos que él) consumi- 
dos de hambre, frió y desnudez, determinó volver á su antigua isla, 
que miraba como una segunda patria. Restituido á ella, á pocos dias 
le llegaron en dos canoas varios indios. Entre estos había uno natu- 
ral de Chiloe, que hablaba algo el idioma español. Propúsole, que 
lo conduciría á aquella isla, con tal que le diese la lancha y cuanto 
traia á su bordo, luego que tocase en el destinado puerto, Cheap 
convino en ello, y navegó con su guía. A los tres dias llegó á una 
grande bahía, donde halló en una choza la muger del indio y dos de 
¡sus hijos, ya grandes, que tomó á su bordo, y volvió al mar después 
de dos dias. En esta navegación entró por la embocadura de un rio,, 
que le fué preciso saltar, venciendo asi la violencia de sus corrientes. 
Casi muertos él y los suyos délas fatigas que les causó este tránsito, 
junto con la inacción y falta ele fuerzas, solo hallaron. en la tierra un 
poco de berdolagas y algunos pequeños mariscos, con que pudieron 
engañar el desesperado hambre que los acababa. 

El indio, con su muger y sus hijos, se apartó á buscarles víveres, 
habiéndoles antes señalado un sitio abundante de mariscos. Seis de 
sus compañeros tomaron la lancha para hacer esta pesca, y no se 
vieron mas. Quedó Cheap con sus 4 oficiales sin armas, sin ropa y 
sin auxilio humano en aquel desierto, que no era mas que bosques y 
peñas. Así pasó muchos dias, hasta que volvió el indio con su mu- 
ger, trayéndoles algunos víveres. A poco tiempo vinieron otros, y 
tomando cada uno á su inglés, arribaron á Chiloe. De aquí avisaron 
los indios al corregidor dé la ciudad de Castro. Este envió por ellos 
y los trató muy humanamente, haciéndolos poner en los colegios de 
los padres jesuítas. Después fueron conducidos en una embarcación 
k Valparaíso y entregados al gobernador de esta plaza. Este oficial 
los remitió al Presidente de Santiago, que era entonces D. José 
Manso de Velazeo, primer Conde de Super-Unda, que después fué 
Vire y de Lima. Compadecido este Ministro de sus infortunios les 
dio por cárcel la casa de un inglés rico, vecino de aquella ciudad, 
que se portó con ellos con benignidad y esplendidez. Vivieron en su 
compañía un año. A este tiempo, ajustadas bis paces entre nuestra 
Corte y la de Londres, les concedió el Conde de Super- Unda la liber- 
tad para que se restituyesen á su patria, cuando mas les conviniese. 
Entonces, Cheap, Hamilton y Beyon, se condujeron á Europa en un 
navio francés, que salió ele Valparaíso por los años de 1744 y Cham- 
flieel, en el navio nombrado el Asia, de que trataremos después, ha- 
biendo muerto Elliot en estas aventuras. 

De los ocho ingleses que habían desertado á la costa de los Pata- 
gones, quedaron cuatro, porque dos se bailaron degollados, y otros 
dos no parecieron mas. Estos fueron tomados una noche por los in- 
dios que los llevaron al interior de la tierra, donde varias veces fue- 



—35— 
ron vendidos por espuelas, plumas y otras bagatelas. En estas ven- 
tas ó cambios, como iban pasando siempre á nuevos señores, viaja- 
ron cuatro meses por estas tierras. Al fin de ellos tocaron en los tér- 
minos donde reside el Rey ó cacique de estos bárbaros. Sabiendo es- 
te que habia cuatro prisioneros blancos, dio orden que los conduje- 
sen á su presencia. Sin dilación fueron presentados delante de este 
pobre Soberano, que los tuvo ocho meses en calidad de esclavos, 
bien que los trató con humanidad. Después, vendidos tres á los es- 
tancieros de Buenos-Ayres, los rescató el Gobernador de esta plaza 
y envió á Montevideo á servir en el navio el Asía. El otro de ellos 
que era de color oscuro fué vendido á un bárbaro que le trasportó en 
su compañía mas adelante de este pais. En fin, estos tres ingleses 
con los otros de su misma nación, que fueron los que desertaron del 
Speewel, y ya habían sido aprisionados, se restituyeron á la Europa 
por los años de 1746, arribando á las costas de España, después de 
casi cinco de trabajos y aventuras. 

Antes que Jorge Anson hubiese partido de la isla de Santa Cata- 
lina á buscar el estrecho de Mayre, el Yirey de Lima, Marqués de 
Villa Garda, por noticias que se le comunicaron de Buenos-Ayres, 
sobre el destino de la escuadra inglesa, armó cuatro navios de guer- 
ra. Fueron ellos la Concepción con 50 cañones, San Fermín y el Sa- 
cramento con 40, y el Socorro con 24. Estos se equiparon con tripu- 
lación escojida y oficiales europeos, inteligentes en la Náutica. Salie- 
ron ellos del Callao (si bien me acuerdo) á mediados de Abril de 
1741. Mandábalos en calidad de gefe el General del Mar del Sur. 
Este trazó la altura de la Concepción y la de Juan Fernandez, don- 
de estuvo anclado algunos días. Pero considerando como imposible 
que pudiese Anson haber montado el cabo en aquella estación, re- 
gresó al Callao, dejando la isla el 6 de Junio, donde el 9 como ya se 
lia visto, llegó el inglés sin gente, sin víveres y su embarcación in- 
capaz de resistir, no digo á una escuadra de cuatro navios, pero ni 
aun á una fragata bien armada. No falta autor español que afirmo 
que el General del Sur no observó en esta expedición las órdenes del 
Yirey. Esto no sé, porque no he visto los originales de la instrucción. 
Lo que sé es, que este oficial murió repentinamente, habiendo reci- 
bido del Yirey cierta reprehensión, después que el Yice- Almirante 
empezó á infestar nuestros mares, apresando varias embarcaciones 
mercantes, que navegaban con el seguro de que no habia pasado el 
cabo. 

Así mismo completó el Yirey las compañías del Callao, y levantó 
en Lima tres regimientos. De- estos eran dos de caballería y uno de 
infantería. Los coroneles de los primeros fueron D. Diego de C'havez 
Gobernador de Castro-Yireyna, y D. Diego de la Presa Carrillo de 
Albornoz, que después heredó el Condado de Monte-Mar y del úl- 
timo el Marqués de Monte-Rico. Igualmente mandó acuartelar las 
milicias del pais que pasaron de doce mil hombres, y en caso de ne- 
cesidad subirán á veinte mil, siendo el mayor número de caballería. 



—36— 

Éstas tropas debían militar bajo el mando del Mariscal de Campa, 
Marqués de Mena-Hermosa, que entonces era cabo principal de las 
armas del Perú y después Gobernador de Tarragona. Con estas pro- 
videncias se aseguró Lima de cualquiera invasión enemiga, guar- 
dando la caballería las costas de sus contornos y estando las vigías 
en continua observación y centinela. Después expidió el Virey otra 
escuadra igual á la primera, que navegó con víveres, municiones de 
guerra y tropas á Panamá. Salió ella del Callao al cargo del almi- 
rante del Sur, D. Pedro Medrando,, á fines de Abril de 1742, y se 
fondeó en el puerto de Perico el 22 de Mayo, cuando ya el enemigo 
habia dejado en aquella costa la isla de Qnibo (como hemos dicho) á 
9 ele Diciembre del año antecedente. 

También nuestra corte, al mismo tiempo que la de Londres, des- 
pachó otra escuadra para que embarazase los proyectos que la in- 
glesa intentase en nuestra América poner en práctica.. Se compo- 
nía ella de cinco navios de guerra y un Patache. Fueron estos la 
Asia, montada de 60 cañones y 700 hombres; la Guipuscoa, de 74 
é igual número de gente á la primera, la Eermiona ele 54 y 500 
hombres, la Esperanza, de 50 cañones y 350 hombres; el San Estevan 
de 40, con igual tripulación á la antecedente, el Patache con 20 
cañones y 100 hombres. Ademas de esto se conducía un regimiento 
de infantería para guarnecer los presidios en las costas del Sur. Par- 
tió esta escuadra de Cádiz á las órdenes de D. José Pizarro, que 
montaba la Asia, á mediados de Octubre de 1740. Cruzó algunos 
dias entre la isla de la Madera y las otras de las Canarias. A prin- 
cipio de Noviembre dirijió su rumbo al Rio de la Plata y se fondeó 
á 5 de Enero de 1741 en la bahia de Maldonado que está en la em- 
bocadura de este rio. Aquí tuvo noticias nuestro gefe, que Anson 
que estaba anclado con su escuadra en la isla de Santa i Catalina 
desde 21 de Diciembre, se preparaba á montar el cabo. No esperó 
los víveres que habia aguardado 17 dias, y navegó al cabo con su 
escuadra el 22 ele Enero. En este tránsito se hallaron las elos escua- 
dras tan cerca una de otra, que la Perla, bajel inglés, casi fué apre- 
sada por la Asia, que teniéndole por el Centurión, se acercó á ella á 
tiro ele cañón. 

Navegando Pizarro con su escuaelra en busca del Cabo se halló á 
poco' mas de un mes en estado ele doblarlo. Pero el 7 de Marzo, que 
fué el dia después que los ingleses pasaron el estrecho ele Mayre, se 
levantó por el Noroeste una fuerte tempestad, que arrojándole al Es- 
te, volvió á tomar el Rio de la Plata, íxabiéndosele antes separado 
la Guipuscoa, la Eermiona y la Esperanza, De estas embarcaciones 
pereció la Eermiona con tóela su gente, y la Guipuscoa se fué á 
fondo en la costa del Brasil diez leguas al Sur ele la isla de Santa 
Catalina, con pérdida de 300 hombres, que acabaron á rigores de 
todo género ele plagas. 

Salvaron muy maltratadas las otras embarcaciones. Con los palos 
de la esperanza y algunas maderas, cjue ella conducía á su bordo^ 



—37— 

se compusieron el San Este-van, y la Asia. Volvió segunda vez el 
gefe á tentar el Cabo. Empezaba á salir del Kio de la Plata, cuando 
el San Estevan, dando en un bajo perdió el timón y quedó incapaz 
de seguir el viaje. Mas él no desistió continuándolo con solo la Asia. 
Esta embarcación, estando ya en la altura del Cabo que habian toca- 
do felizmente por descuido del oficial de guardia y por su mala ma- 
niobra, perdió los palos y ganó otra vez muy maltratada y coxi bas- 
tante dificultad, el Eio de la Plata. 

A este tiempo se armó la Esperanza, que estaba en Montevideo: 
partió con ella D. Pedro de Mendinueta que Labia mandado la Oui- 
pioscoa. Venció este el Cabo y salió al Mar del Sur sin haber expe- 
rimentado perjuicio alguno, ni en la embarcación ni en su gente. Se 
ancló en Valparaíso, donde por tierra, transitando las pampas de 
Buenos Ayres y superando la cordillera de Chile, llegó D. José Pi- 
zarra con otros oficiales de la destrozada escuadra. Entre éste y Men- 
dinueta, se movieron algunas disenciones sobre el mando del navio. 
El uno alegaba que á su conducta se debia el feliz arribo. El otro, 
que él era gefe y que siempre él debia montar la última embarca- 
ción que quedase. El Presidente de Santiago, que era el expresado 
D. José Manso de Velazco, sosegó estas alteraciones, declarando que 
el mando tocaba al gefe. Así tomó este la embarcación y navegó al 
Callao. Después, ajustadas las paces entre las dos coronas, dejó la 
Esjieranza en aquel puerto con los oficiales correspondientes, para 
que sirviese de guarda costa de aquellos mares. Como ya el tiempo 
le instase para restituirse á España, se condujo á Chile, y de aquí 
por tierra á Buenos Ayres, por el mismo camino que habia hecho 
antes. 

Estaba entonces en Montevideo, en disposición de navegar, el na- 
vio la Asia, último resto ele la escuadra. Solo faltaba tripulación, 
por ha,ber muerto casi toda la gente de la armada y desertado los 
mas. Para suplir este defecto se pusieron á su bordo todos los pri- 
sioneros ingleses, los contrabandistas portugueses, muchos indios pa- 
raguayos y once de los bárbaros, que llaman Pampas, que habia tres 
meses que en una salida habian aprisionado los milicianos de Bue- 
nos Aires. Con estas gentes y la marinería de España, que no era el 
mayor número, salió de Montevideo D. José Pizarro, á principios 
■de Noviembre de 1748, seguía su destino sin contratiempo alguno. 
Pero una noche como á las nueve, estando todos los oficiales sobre 
el alcázar, envistieron los indios Pampas armados de cuchillos fla- 
mencos y mataron veinte españoles, hiriendo mas de cuarenta. Los 
oficiales que ignoraban los cabezas de este motin, se refugiaron á la 
cámara. La demás gente en tal confusión, unos se precipitaron de 
los corredores al combés y otros volaban á las cofas. Dueños ya los 
indios del xxlcazar, no hallaron en una caja los sables que presumían 
encontrar, para con armas mas ventajosas forzar la cámara de los 
oficiales. A este tiempo D. Pedro Mendinueta de un golpe de pisto- 
la mató al indio Ovellana, que era el capitán de los amotinados,, 



— 38— 
Los otros, viendo muerto á su caudillo, se arrojaron al mar, ahogán- 
dose á un tiempo todos. Así acabó aquella sangrienta conspiración, 
y repentino tumulto de los indios, llegando D. José Pimrro á Es- 
paña, á principios de Enero de 1746, después de casi cinco años de 
trabajos y tormentos en el mar y en la tierra, que se le recompensa- 
ron con el grado de Teniente General y el Vireynato de Santa Fé 
que sirvió. 



ANO DE 1744. 

Juan Pink, inglés, con un navio bien proveído de artillería y 
gente, se fondeó en el Rio de la Plata, Desde allí, burlándose de las 
prohibiciones que le embarazan esta libertad, hacia comercio con los 
contrabandistas de aquellas costas. Entre estos había un Andaluz 
que llamaban Girado. Este por sus delitos había sido pregonado en 
las calles públicas de Buenos Ayres. Determinadamente una noche 
se presentó al Gobernador de aquella plaza, que lo era el Teniente 
General D. Domingo Ortiz de Sosas, primero Conde de Poblaciones, 
y le dijo: que corno se perdonasen sus delitos entregaría el navio in- 
glés, que tenia por nombre el Elias. Convino en esto el Gobernador 
y le dio para ello una lancha grande y algunos pesos. 

Girado buscó once Andaluces de iguales aventuras, y care'ó la lan- 
cha de ganado mayor y menor, algunos zurrones de cuero vacíos en 
que sus compañeros iban escondidos y armados de pistolas y sables. 
Con estas prevenciones partió de noche al navio, que estaba algo 
distante del surgidero. Llegó á él y se atracó á su costado, previnien- 
do que luego que oyesen su voz, matasen todos los que encontrasen. 
Subió él solo al navio. Como el capitán lo conocía, creyó que eran 
verdaderos víveres los que traia, y mandó echar los aparejos para re- 
cibirlos. Estaban en esta faena cuando Girado. en la puerta de la Cá- 
mara alta mató de dos puñaladas al capitán, é hizo la señal á los 
suyos que intrépidamente se arrojaron y mataron diez ingleses, hi- 
riendo mas de veinte que se oponían. Entonces se apoderaron de la 
embarcación que vendió al Rey, y volvieron á tomar otros ingleses, 
navegando para España. Su presa fué de mas de 100,000 pesos, que 
en la mayor parte se dieron á los Andaluces que emjDrendieron la 
aventura, quedando Girado absuelto déla pena ordinaria á que esta- 
ba condenado por sus culpas. 



AÑO DE 1763. 

Macnamara, comandante ingles, y Hugo Stachkouse, su teniente, 
salieron del Rio Janeyro á mediados de Diciembre de 1762 con una 
escuadra de 11 bajeles, que componían dos ingleses y nueve portu- 
gueses. Los primeros eran el Lord-Olive, navio de 64 cañones, y la 



—39— 
Ambuscada, fragata de 50. Los demás, un navio de 60 y seis ber- 
gantines de 18 á 20, armados en guerra, y dos embarcaciones de 
trasporte. Su tripulación era numerosa, con casi mil hombres de 
desembarco, entre los que ochocientos eran portugueses. Dirijieron 
pues su rumbo hacia el Rio de la Plata. Su designio era sorprender 
la ciudad de Buenos Ayres, según proyecto del inglés José Reez, 
que siete años liabia vivido en ella; y á que algunos comerciantes de 
Londres habían concurrido con cien mil libras esterlinas, 

Navegando con buen viento, descubrieron en la altara de la Bar- 
ra de Santa Lucía, una goleta nuestra que montaba ocho cañones y 
dos pedreros. Atacóla con tres lanchas Hugo Stackhouse y la rindió 
á las dos horas do combate. Su oficial, conducido al comandante, 
le informó que el Brigadier D. Vicente de Silva Fonseca, Goberna- 
dor de la Colonia del Sacramento la había capitulado el 30 de Oc- 
tubre, esto es, después de haber resistido 24 días de sitio y continuo 
fuego de tres baterías, con bien reglados atrincheramientos, que la 
tuvieron expuesta al asalto por dos brechas, la una en el baluarte del 
Carmen y la otra en la cortina inmediata. Con todo siguió el co- 
mandante su rumbo y ancló la escuadra á vista de Buenos Ayres, 
habiendo antes sacado al Lord- Olive la primera andanada de su ar- 
tillería, y "alijándole la aguada y lastre á causa del poco fondo que 
halló en el rio. 

Después de algunas tentativas inútiles sobre nuestras embarcacio- 
nes, tomó la derrota hacia la costa, del Rosario. Envió á tierra dos 
botes con 50 hombres. Sentidos estos del piquete de caballería que 
guardaba la playa, huyeron precipitadamente á la espesura del mon- 
te, quedando muertos tres, y prisioneros cuatro. A los ciernas no se 
les pudo cortar la retirada, porque les valió para salvarse la oscuri- 
dad de la noche. Entonces se hizo á la vela y dio fondo no lejos de 
Montevideo. Aquí en un bergantín portugués le llevaron varios plie- 
gos de D. Gomes Freyre de Andrade, General del Janeyro. En ellos 
le prevenía este gefe, que sin embargo de haberse desvanecido (con 
la pérdida de la colonia) el proyecto de sus respectivas Cortes, se 
mantuviese hasta nueva orden, cruzando la altura del Rio de la 
Plata; y que pusiese su principal objeto en la restauración de aquella 
plaza que facilitaba el práctico inglés que le remitía. 

Macnamaru, después de haber hecho consejo de guerra pasó aba- 
tir el baluarte de San Pedro Alcántara. Después se puso al frente 
de Santa Pita, en donde pereció incendiado juntamente con el pro- 
yectista José Eeez. Se salvaron solo 85 que naufragando hizo reco- 
jer el General. Las demás naves, á vista del estrago de su capitán, 
se retiraron muy maltratadas. Defendía la colonia el Teniente Ge- 
neral D. Pedro Zevallos, Gobernador de Buenos Ayres y Capitán 
General del Rio de la Plata. Era el mismo gefe que la habia rendi- 
do y se portó no menos activo en esto que vigoroso en lo otro. Ganó 
en una dos victorias que dobló el laurel en un triunfo. Aun enfermo 
no se rindió á la gravedad del mal. Se hizo poner sobre un caballo, 



—40— 
y con solo su presencia alentó oficiales y soldados, mandando las ba-? 
terías con el mismo ardor que cuando sano las hacia jugar. De este 
modo á la gloria de vencer añadió el honor de conservar. 



Estas son las noticias que he podido recoger consultando los autor- 
res originales de ellas, y cotejándolas con los mas auténticos manus- 
eritos que conserva la curiosidad de críticos y juiciosos. Van ellas 
colocadas según la serie de los años en que han existido los sucesos, 
De este modo forman una breve cronología que ha sido bien difícil 
reducir á un cuerpo y ceñirle á los estrechos límites de un papel. 
Quizá faltaran algunas: no serán ellas muy principales; ni menos so 
harán notables donde es grande el concurso de hechos de mayor 
monta. He omitido las de la América Septentrional y sus islas. Es- 
te cuidado toca á los de Méjico; ellos desempeñarán el asunto, bas- 
tante campo dá á sus plumas el presente sistema de cosas. 

En este no es poco lo que hay que desenredar para la exactitud 
de la historia y sencillez de la verdad. A mi solo me resta ahora 
concluir un papel, lo acabaré con unas ligeras reflexiones; no serán 
ellas fuera del caso, si se contemplan sin pasión las vigorosas defen- 
sas que han emprendido en todos tiempos los Españoles y Meridio- 
nales, guardando los puertos, costas y plazas del Perú, Tierra- firme, 
Buenos Ayres y Chile. 

Es pues un engaño de nuestros enemigos, cuando sueñan que fá- 
cilmente invadirán las posesiones españolas en la América Meridio- 
nal. Este es un delirio bien manifiesto: no pocas veces (como se ha 
visto en esta cronología) han experimentado su locura á costa de su 
misma ruina. Son espaüoles los que defienden guardan y conservan 
estas tierras. Han heredado los que acá nacen la nobleza de espíritu 
y valentía de ánimo de los que allá viven. En el siglo que corre die- 
ron prueba de esto los ilustres limeños que ahora me ocurren á la 
pluma y que á esfuerzos de su espada sufrieron muy dignamente 
ceñirse el laurel de Marte, son ellos: 

El Marqués de Valde-Cañas. 

El Marqués de Casa-Fuerte. 

El Marqués del Surco. 

El Conde de San Donas. 

D. José Vallejo. 

D. Juan de Cobarrubias. (*) 

D. Pedro Corbete. 

Este último fué Capitán General de la Real Armada de España; 
Los dos primeros Capitanes Generales de los Reales Ejércitos, Vi- 

(*) Fué natural de Santiago ele Chile. 



—41— 

reyes y Gobernadores de las mas importantes plazas y reinos de una 
y otra monarquía. Los otros Tenientes Generales, y no menos carac* 
terizados en honores dignidades y empleos. 

Entre estos deben contarso otros ilustres, que aunque no son lujos 
de Lima han nacido en el suelo meridional de que es cabeza este 
emporio del nuevo mundo, Son estos: 

D. Antonio de Irrazabal, 
D. Lope de Armcndariz. 
D. Rodrigo ele Orozco. 

El uno nació en la ciudad do Santiago, capital del Reino de Chi? 
le, fué Marqués de Valparaíso y Vizconde de Santa Clara. Gobernó 
en calidad de Yirey y Capitán General, los Reynos de Treme- 
zen y Navarra, habiendo sido muchos años Consejero de Estado y 
Guerra. El otro fué el primer Marqués de Cadreyta; debió su cuna 
á la ciudad de San Francisco de Quito. Mandó los galeones de Es- 
paña con el carácter de General, y gobernó á Méjico con el alto de 
Virey, siendo sus servicios bien señalados en haber desj>oseído á los 
holandeses de la isla de San Martin que empezaban á guarnecer con 
casi dos mil hombres entre marineros y soldados. El último tuvo 
por patria á la ciudad de la Plata en la provincia de Chuquisaca 
del Perú. Fué Marqués de Montara, y ascendió por todos los gra- 
dos al Supremo de la guerra, habiendo sido Generalísimo de las tro- 
pas de España en tiempo del Señor D. Felipe IV. Las hizo inven- 
cibles en Flándes, Italia, Fuente-Rabia y otros países de la Euro- 
pa. Se ven sus hazañas esculpidas en mármoles, grabadas en bronces 
y estampadas en libros. Estos en diferentes idiomas, levantando su 
mérito á la mas sublime esfera del heroísmo, le colocan en el templo 
de la fama. Justo merecimiento a quien supo ganarse las glorias por 
su brazo. Mas merece el Perú por solo este hijo, que por los fecun- 
dos partos de sus minas. El solo basta á engrandecerle, y no la opu- 
lencia material de sus tesoros. 

Hay otros limeños que sin haber tocado tanta altura, se han acer- 
cado á rejistrarla. Son estos: 

D. Fernando Dávila. 
D. Eugenio Alvarado. 
D. Alvaro de I barra. 
D. Miguel Nuñez. 

El primero sirvió con el grado de Mariscal de Campo en la guer- 
ra pasada, y fué Presidente, Gobernador y Capitán General en el 
Reyno de Tierra-Firme. El segundo, gozando de igual grado en es- 
ta, que acaba de terminar la paz, ha acreditado su conducta y valor, 
como lo publican los Mercurios y Gacetas de Holanda. Desempeñó 
la confianza de nuestrro Soberano, gobernando con acierto la impor- 



—42— 
tanto plaza de Chavez, que las armas castellanas tomaron á los Por- 
tugueses, en la provincia Tras los Montes. Los dos últimos fueron 
Capitanes Generales del Perú, en vacante de Vireyes, por haberse 
hallarlo en aquella sazón presidiendo como Decanos la Real Audien- 
cia de Lima, Estos Ministros no solo autorizaron el Senadocon.su 
respeto, y concertaron el gabinete con su política, sino ilustraron la 
escuela con su ciencia. 

Los Monarcas Españoles tienen en sus vasallos del Perú mas que 
su valor y sus riquezas, su lealtad y su obediencia. Ellas defenderán 
estos reinos manteniéndoselos como hasta aquí en pacífica posesión: 
no es vasallaje el de estas gentes, es adoración á nuestros Soberanos. 
En parte lo hacen el clima y la antiquísima sangre castellana que 
circula en las venas, si no de todos de los mas ó ele algunos, que con 
su ejemplo mueven á los otros. A propósito de esto, ha dicho en 
nuestros dias el docto limeño Fray Alejo de Al vites del Sagrado Or- 
den Seráfico: El sol monarca de los astros, influye con mas activi- 
dad en la mayor distancia, cuando liedla especied disposición como 
se vé en el cristal donde la luz es fuego, y el amor á sus reyes, siendo 
en. otros vasallos sujeción en los genios del Perú, distantes un mundo 
de su sol, esféque casi declina en idolatría,. 

En fin, el Padre José de Acosta, en su historia natural y moral de 
las Indias, lib. 7. cap. 28. pag. 532, que experimentó esto igualmen- 
te que yo lo he visto, adviértelo siguiente: No piense nadie, que 
diciendo Indios, ha de entender hombres de troncos; y si no lleguey 
pruebe. Y mas arriba á la pag. 531, habia dicho: Quien estima en 
poco á los indios, mucho se engaña. 



COLECCIÓN 



m i?süñ ¥ wiiis 



SERIAS, JOCOSAS Y SATÍRICAS, 



DEL ILUSTRE LITERATO 



i* cstvy* c@ 






TRAJEDIA FAMOSA 



U.K3'^&ZZ<%&T&Uíi¿£±££)<£X 




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<& 

# CAPIÍULARIS COETüsfoV 
|f LIMANÜS 

| PERUVICO TIFOTETAR 
| ET TIPoEABRO 

PRIMO 
TADEO LÓPEZ [O, 

ANtfO 1813. 



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fe 
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Verdadero Retrato de la medalla lupina. 
sin mas diferencia que tener un toro en lugar de la águila, Vetó 
á bien que todos son animales de Dios. 



MttMMAft til UJUtál* 



LÓPEZ I. galán y amante de 

TINA MOZITA pórtalera, cuyo nombre se ignora, y que hace ve- 
ces de primera dama, aunque es criada en su casa. 

ANTUCO, liberal 1. c 

PERICO, liberal 2. G 

CUCHO, liberal 3. ° 

CUATRO IMPRESORES, que no se nombran porque interesan 
tan poco en la tragedia,, que aunque se quitaran, nadÁe los echa- 
ría menos. 



ACTO PKIMERO, 

Se levanta el telón y aparece LÓPEZ en bu casa con su vestido oscu- 
ro bordado de seda del mismo color, con su medalla puesta y 
mirándose al espejo. Entra 

Á-NTTfco y dice: 

Pues amigo: mas ¡qué veo! 
j Sales al iin con medalla? 

López con voz 7)tagestuosa, 

Hoy ha de ver la canalla 
El sitgeto que es Tadeo. 

ANTUCO, 

Lo estoy viendo y no lo creo. 
¡Hay locura semejante! 

lopez mirando la medalla 
¡Qué bien brilla este diamante! 

ANXTJCO. 

Hombre: tú el juicio has perdido, 

' LÓPEZ. 

Cae muy bien sobre el vestido 
La medalla, ¡voto alante! 

ANTL T CO. 

¡ Qué bien se ha de reir de tí 



Afí. 

— uo — 

El viejo, el mozo, el muchacho! 
í)esde hoy todo el populacho 
Te tendrá porbaladí. 

López encogiéndose de hombros, 

Y ¡ qué se me dará á mí ! 

ANTUCO. 

Con que ¿con medalla vas? 

lopez saliendo de su casa, 
Acompáñame, y verás. 

ANTUCO, 

Que te acompañe el demonio, 

LÓPEZ. 

Pues á Dios amigo Antonio. 

ANTUCO, 

Me voy, y no vuelvo mas. 

ANTUCO tira para la Concepción; LÓPEZ se dirije para Sanio 
Domingo, llevándose tras de la medalla todos los muchachos 
que encuentra, en el camino, y cae el telón. 



ACTO II. 

8 e presenta LÓPEZ en la esquina del jamón, rodeado de innúmera* 
bles muchachos, en el momento de encontrarse con 

perico que dice asombrado', 

¿Qué significa, hombre, aqueso 
Que al pecho llevas colgado? 

LÓPEZ. 

La medalla que me ha dado 
De la ciudad el Congreso. 



—49— 

perico riéndose: 

No te la dio para eso. 
Te la dio para gitardalla. 

López enojado: 

Es: no seas tonto; calla. 

¿Te cabe eso en la mollera? 

¡Si para guardalla fuera, 

Me mearía en la medalla. 

Pero hombre: ¡cuanto me asienta (mas tranquilo) 

Y cual me pone de bello ! 

PERICO. 

Y dime ¿no fué Cabello 
El que fabricó la imprenta? 

lopez vuelto á enfadarse y con razón: 

Aqueso no es de tu cuenta, 
Ni de otro ningún canalla. 

perico también enfadado: 

Es que entonces la medalla 
De él debia ser blasón. 

lópez muy serio : pero queriendo ocultar su incomodidad? 

Ya saldrá la procesión: 
A Dios. 

perico en tono sambático. 

A Dios Barandalla. 

PERICO tuerce por la calle de Bodegones. LÓPEZ sigue por el 
portal de botoneros, acompañado de innumerables muchachos 
que le hacen por detras algunas morisquetas ; y cae el telón, pe-* 
ro no encima de LOPEZ: porque entonces se Volvería á su casa: 
y no seria fácil encontrar quien representase su papel en los tres 
actos que restan. Es de advertir que el número de muchachos que 
le siguen se aumenta un 50 por 100 en cada media cuadra. 



Literatura — 4 



—50— 



ACTO III. 

;S'e levanta el telón muy despacio para dar tiempo á LÓPEZ que sé 
ha metido en un callejón del portal de escribanos á hacer una di- 
ligencia que por puerca no se dice. Debe medirse el tiempo de 
manera que se descubra el portal al tiempo que LÓPEZ, segui- 
do siempre de los muchachos, pasando por la puerta de la cárcel, 
se encuentra con la mocita portalera, de quien dijimos que se ig- 
noraba el nombre. 



lopez tirándole la saya y haciéndose un caramelo. 

Mas que nunca. 

mozita hecha una vívorá. 

¡Qué lisura! 
Poco tirarme la saya. 

lopez medio formal y enseñándole la medalla: 

Tú no has visto esta medalla, 
Cuando te muestras tan dura. 

mozita después ole dar una carcajada. 

Ay! ¡qué pieza! 

lopez oonservando la misma media formalidad y sin soltarle la saya. 

Mi ventura 
En ella tengo cifrada. 

mozita haciendo fuerza para safarse, dándole de manotones y en voz 
muy alta. 

No me tenga usted parada. 

lopez sonriéndose, haciendo unos movimientos con la cabeza como si~ 
su pescuezo fuera de melcocha, con los ojos dormidos y con una 
voz melosa y muy pausada: 

Pues díme siquiera un si. 
Que la medalla sin tí, 
No me sirve para nada. 



—51— 

mozita con una risita picaresca y contono remolón'. 

¡Hay casito! 

lopez después de dar dos suspiros y dehaber lieclio esfuerzos para to- 
marle una mano que ella huye, y medio lloroso : 

Ya valor 
Falta para el sufrimiento. 
Yo pedí al Ayuntamiento 
La medalla por tu amor. 
Creí templases el rigor, 
Al verme con este arreo. 

mozita con resolución y tono varonil: 

Se engañó usted Don Tadeo. 
Hoy que está con ese herrage, 
Me parece mas salvage^ 
Mas ridículo y mas feo; 

Hace la MOZITA Un esfuerzo extraordinario, safa de las manos de 
LOPEZ y se vá riendo á caquinos para la calle de Mercaderes. 
LÓPEZ la sigue algunos pasos, vé que se le cae un papel ) lo to- 
ma, lo besa, se lo arrima al pecho, y encontrándose con el origi- 
nal del poema intitulado REVERSO DE LÁ MEDALLA es- 
crito de letra y puño de su rival, á quien habia encontrado con 
ella la noche antecedente: dá algunas patadas, rompe el papel, 
se tira los < abellos, y haciendo entre dientes mil juramentos de 
no volver á hablar á la tal MOZITA, camina p>ara Santo Do- 
mingo hecho un tigre. Es de advertir que los muchachos no de- 
ben desampararle un punto. Guando él vaya por el café de San- 
to Domingo, debe caer el telón con el mismo cuidado que ántes^ 
porque faltan dos actos. 



ACTO IV. 

Este acto es el día siguiente á las siete de la mañana, cuando se le 
acababa de despojar á nuestro LOPEZ de su adorada meda- 
lla. Guando se alza el telón, vá LOPEZ saliendo del palacio 
muy desconsolado, cabizbajo, con el calzón caído, parándose de 
trecho en trecho y echando algunos votos. Vá tan ciego, que no 
repara en el pilón de la plaza, dá un porrazo contra él, se cae 
y se rompe la cabeza. Pero es tal su sufrimiento, que no hace 
mención de esta, cosa en toda la tragedia. En las mistureras en- 



—52— 
cuentra á la MOZITA portalera ; entonces se entona un poco, ol- 
vida algo la medalla y los juramentos que Jiizo, la quiere con^ 
viciar, ella no le admite; le habla; no le contesta, se vuelve á in- 
comodar, y sigue su camino. En la esquina de Bodegones en- 
cuentra con 

cucho que le dice: 

Y ¿la medalla qué se lia hecho? 

LÓPEZ echando algunos lagrimones, no se sabe si de cólera ó de pena. 

El diablo se la llevó. 

Tan solo un dia duró 

Ennobleciendo mi pecho. 

Estoy en ira deshecho. (Aquí rompe el bastón} 

CUCHO. 

López: tu espíritu aquieta. 

lopez mas enfurecido. 

¿Quien contiene la rabieta, 

El corage y el furor, 

"Viendo el signo de su honor (Aquí le falta poco 

Debajo de una silleta? para tirar piedras.} 

CUCHO. 

¡ Quien tal hubiera creido 
De una medalla tan bella! 

lopez enjugándose las lágrimas. 

j Cielos! ¡qué fatal estrella 
Es la que á mi me ha cabido ! 

CUCHO. 

Ya con medalla has salido: 

Y aunque te cueste una muela ..., 



lopez mas bravo que nunca.- 
Basta: juro por mi abuela, 



—53— 

Que otra vez el "bien que adoro, (Hace relación á la, 
Me ha de ver con plancha de oro, mozita portalera.) 
Sobre el muerto y quien lo vela. 

CUCHO se despide en la esquina de Bodegones: y LÓPEZ sordo con 
la furia, no le oye y sigue por los Judíos sin contestarle. En la 
puerta de la botica vuelve la cara atrás y entre los infinitos mu- 
chachos que le siguen, ve a uno que le estaba amarrando en un bo- 
tón del fraque, con un hilo acarreto, un papel donde estaba la ins- 
cripción de la medidla escrita con carbón, y un gallinazo en 'lugar 
de la águila. Corre tras él para darle un cocacho, y cuando ya le 
iba dando caza, se unde LÓPEZ por un escotillón. Pero no: me- 
jor será que el muchacho se desaparezca por un vuelo rápido: por 
que LÓPEZ pudiera maltratarse, y seria una lástima que la tra- 
gedia quedase sin concluirse. Después del acto quinto, mas que se 
lo lleven los demonios. Aquí es preciso que el telón caiga muy bre- 
ve: porque LÓPEZ se ha puesto á orinar en la puerta de su tien» 
da y pasa mucha gente. 



ACTO Y. 

Se levanta el telón: y aparece la imprenta de la calle de los Judíos, y 
en ella cuatro impresores jugando alas tejas. Entra LÓPEZ 
en mangas de camisa, muy sofocado, y dice: 

LÓPEZ. 

¡Como traigo la cabeza! 

Y ¡qué! ¿Ustedes, no hacen nada? (repara en los 
¿Por qué esa prensa parada? impresores') 

¿El Peruano no se empieza? 

impresor I.° 
¿Qué ruido es ese? ¿Es calesa? (viene un temblor) 

impresor 2.° 
No: temblor. 

impresor 3.° 

Temblor es, sí. 

IMPRESOR 4.° 

Corran todos por aquí. (saliendo por el callejón.) 

Los cuatro impresores salen á la calle. LÓPEZ tropieza con una 
forma del Peruano liberal, la desbarata, se cae, y queda tan 
adolorido de la rodilla, que no puede correr. El temblor apura, 
y dice 



—54— 

LÓPEZ, 

A Dios diablos! Esto es hecho. 

Ahajo se viene el techo. 

Ya cae: me pilló: ¡ay de mi! 

Cae él techo sobre la pierna izquierda de LÓPEZ, y se la quiebra, 
Este, reducido cd último abatimiento, tumbado en el suelo, lleno 
de tierra, y con la pierna metida debajo del tedio, dice: 

LÓPEZ. 

¡Infeliz LÓPEZ! tu suerte 
Ha decidido el temblor; 

Y te habría hecho favor, 
Sí te hubiera dado muerte. 
Venga otro temblor mas fuerte, 

Y acábete de una vez; 
Pues morir, menos mal es 
Que tener una medalla, 

Y no poder pasealla 

Por faltarle á un hombre pies. 

Aquí por cuatro escotilllones, salen cuatro diablos, todos con meda- 
lla, y se ponen á bailar el sorongo, encima del teelw. Como LÓ- 
PEZ tieno su pierna metida debajo, siente con el peso de los dia- 
blos unos dolores muy fuertes: dá unos gritos descomunales: y 
cae el telón por la última vez. 



PEKSONAS QUE HABLAN. 



López. 

El cojo Prieto. 



Un escribano. 

El platero que hizo la medalla. 



Se alza el telón y aparece López sentado tras su mostrador y recostado 
sobre su brazo; y el cojo Prieto parado delante de él, y tomando 
un vaso de aguardiente. Entra el Escribano, y poniendo sobre el 
mostrador el lazo de la medalla envuelto en un papel, dice: 

el esceibano muy serio 

Esta orden traigo. 



—55— 

LÓPEZ. 

¿Qué espeso? 

ESCRIBANO. 

Es el lazo. 

LÓPEZ. 

¿Y la medalla? 

ESCRIBANO. 

Se destinó á la gen talla 
De la cárcel. 

LÓPEZ. 

Y ¿de aqueso 
Que hago yo ahora? 

COJO. 

Si al pescuezo 
Lo pones, soga ahorrarlas 
Para ahorcarte. 

Entra el PLATERO con cara de herrero mal pagado, y dice: 

Yeinte dias 
He venido. 

lopez dando un porrazo en el mostrador. 
No hay dinero. 

PLATERO levantando el bastón. 
Pues habrá palos. 

LOPEZ quitando una muleta al cojo y dando al platero con ella. 

Primero 
Ten. 

cojo cayéndose por la falta de la muleta. 

¡Pobres costillas mias ! 

Siguen dándose de palos el PLATERO y IjOPEZ', y hasta que LO- 
PEZ no tenga cuando menos dos costillas rotas no cae el telón. 



—56— 

NOTAS. 

1. * La música ele la tonadilla debe componerse de cuatro ó seis 
marimbas, dos tambores destemplados y nueve flautas de cañas. 
Hemos creído ti til al público poner aquí la letra, que es la siguiente: 

jAy López! la medalla 
Cuanto te cuesta! 
¡O maldito Peruano, 
Maldita imprenta! 

Tal paradero 
Tiene el pieza que quiere 
Ser caballero. 

2. * No faltaran críticos adocenados que digan que López debía 
morir para que estuviese este drama según las reglas del arte. Y por 
eso me parece conveniente advertirles que la medalla muere: y que 
basta su muerte para una verdadera y completa tragedia. 

A mi nada me costaba hacer morir á López. Con la misma fa- 
cilidad que le hago caer el techo sobre la pierna, podia hacer que le 
cayese encima de la cabeza, Pero López es un hombre muy intere- 
sante: y si lo matamos, privamos al público de los diversiones que 
puede proporcionarle en lo futuro. Porque ¿qué no se debe esperar 
de un hombre que se ha presentado en la plaza con MEDALLA? 

3. tó La forma del Peruano liberal en que tropezó López, fué la 
que estaba armada para el Domingo último. Como el impresor la 
compuso apurado para que se tirase en ese día, salió el tal Peruano 
como el público ha visto. 



EXORDIO. 



Canto del grande López la medalla 
al son de mi Incido monacordio : 
canto la envidia de la vil canalla; 
y catate acabado ya el exordio, 

INVOCACIÓN. 

¡O vosotras, carachas, que nadando 
Estáis en el gran Eimac noche y diaS 
pues ya la invocación se vá acabando^ 
prestarme breve vuestra melodía. 

CANTO 1.° 

López que en las pasadas elecciones, 
fuistes de los bulleros el encanto, 
dieron fin tus siniestras intenciones, 
y aquí dio fin también el primer canto. 

CANTO 2.° 

Cantaré la tu ciencia prodigiosa 
que en los albaceazgos se eterniza: 
traslado á tu cuñada siempre hermosa; 
y aquí el segundo canto finaliza. 

CANTO 3.° 

Canto la herida que en el brazo hiciste 



—58— 
al fuerte Diaz con tu diestra brava: 
canto la "bofetada que sufriste; 
y mi tercero canto aquí se acaba. 

CANTO 4.° 

Canto tu imprenta, canto el Peruanote 
que á todo Lima tiene ya tan harto: 
canto tu tan bordado vestidote; 
y tenemos concluido el canto cuarto. 

CANTO 5.° Y ULTIMO. 

Canto el fatal y digno paradero 
que tuvo tu medalla el otro dia 
de habértela plantado; y aquí quiero 
que el poema concluya, musa mia. 



DT 



Tiene el cabildo grandes ocurrencias 

para premiar servicios importantes; 

él sabe bien pesar las excelencias 

de los sucesos mas interesantes: 

¡O López! pues á Lima hoy evidencias 

que hay cabeza en cabildo que no hubo antes, 

disfruta, ¡o sucesor de Barandilla, (*) 

de su ayuntamental grande medalla, 



(*) Negro palangana, á quíea el Virey Aniat, por divertirse, le dio una medalá- 



SEG-XJNDA PAETE. 



EXOKDIO. 

Para cantar las glorias ele Tadeo, 
tomo segunda vez mi ronca lira, 
que ronca debe ser para este empleo, 
que aquí el exordio sin remedio espira, 

INVOCACIÓN. 

Venga toda caracha y bagresito, 
pero no : deteneos : poco á poco : 
seguid nadando; ya no os necesito; 
á tí mismo Tadeo, á tí te invoco. 

CANTO 1.° 

Canten otros con suave melodía 
de verdaderos héroes las proezas, 
en tanto que tú cantas, musa mia 
al mas solemne y grande de los piezas : 

CANTO 2.° 

Canta el que sucitó grave tumulto, 
allá en la Santa el liberal Tadeo: 
canta que le guardaron bien el bulto, 
por ser ele liberales corifeo. 



— GO— 

CANTO 3.° 

■Canta su cara torya y tan vinagre, 
sus cortos brazos y su cuerpo tieso: 
canta su boca, que es boca de bagre, 
sus ojos tuertos y nariz sin hueso. 

CANTO 4.° 

Cántalo por tu vicia vcsticlito, 

con uniforme azul de cabildante 

que llegó á pretender este maldito, 

por la imprenta de que otro es fabricante, 

CANTO 5.° 

Canta que tales señas y colores 
prestaba este solemne mentecato, 
cuando pensaba que los regidores • 
colgasen en cabildo su retrato. 

CANTO 6.° 

Canta la multitud de bofetones 
que proj^ectaba dar con su medalla, 
en estas inmediatas elecciones 
á todos los que él llama vil canalla. 

CANTO 7.° 

Canta mas, musa: pero no, detente, 
y prepara despacio muchos coros, 
para adornar con ellos dignamente 
las listas y listines de los toros. 



O historia de D. Gaspar Rico, Ángulo, Tríelo, Querejazu, lulz de 
Lovera, Aragón, Torres y Villasana, Ministro honorario de la 
hacienda pública, Director Genera! de la Lotería Nacional de la 
America Meridional, escritor del Depositario. 

ABODEFGHlJKLMNOPQErSTVXZ, 



DEDICATORIA A TITO LIVIO EMPERADOR ROMANO Y CONQUISTADOS 

DE JERUSALEN.- 



ílube pensado apenas 
escribir esta historia, 
cuando ¡o Señor veniste á mi memoria 
alegando derechos de Mecenas. 
Y ¿quién podrá negarte 
el que tienes justicia en esta parte? 
Pues si el héroe que canto en mi Angulada,, 
no viene á ser por nada 
mas célebre y famoso 
que por sus grandes bolas de Lotero; 
confesar es forzoso, 
que debe su grandeza 



— G2— 
;i la feliz cabeza 

de aquel mortal que combinó, el primero, 
tan armonioso juego y tan bonito. 

Y ¿ese no fuiste tú ¡o ilustre Tito! 
hijo digno del grande Vespasiano, 
que del pueblo Romano 

queriendo hacerlas fiestas mas lujosas, 

según nos dice Dion entre otras cosas, 

arrojaste tú mismo con tu mano 

del mas alto lugar del anfiteatro, 

no dos, ni tres, ni cuatro, 

sino diez mil bolitas de madera, 

en cada una de las cuales era 

señalado un presente que se daba 

á cualquier aragan que la pillaba? 

Presta, pues, acojida favorable 

jo sucesor de Rómulo y de ISTuma! 

á un rasgo de mi pluma 

á que tienes derecho indisputable; 

y yo en pago Señor te pronostico, 

que serás tan eterno como Rico. 

Y que si antes te lia dado gloria tanta 
la gran conquista de la tierra Santa, 
ha de darte desde hoy mas nombradla 
la invención de la nueva lotería; 
pues hablando, Señor, sin disimulo, 
te honran mas esas bolas de madera 
con que elevaste á superior esfera 

al inmortal Ángulo, 
honor y gloria de los países godos, 
que esa espada de acero y esos bríos 
con que en el sitio que sabemos todos 
hiciste pedir pita á los Judíos. 
Nadie dudo jamas que es mas portento 
hacer un héroe que destruir un cuento; 



Del célebre varón canto las glorias 
á quien buscarle par en las historias 
perder el tiempo es, cansarse en vano; 
pues de non anda en el linaje humano: 



—63— 
De aquel que con el ruido 
de su nombre que vá de zona en zona, 
tiene atónito al orbe, y aturdido, 
y á quien la fama sin cesar pregona 
con tal fuerza y tesón que cada dia 
rompe un clarín, trompeta ó chirimía. 

Al fenómeno canto mas estraño 
que natura abortó desde que baymundo; 
al béroe sin segundo, 
aquel béroe tamaño 

de quien pava encerrar los grandes becbos 
los límites del orbe son estrecbos. 
Canto al bombron famoso, cuya vida 
á la de otro ninguno parecida 
tiene tanta aventura rara y bella 
que para bacer de ella 
un compendio ó estracto muy conciso 
tantos siglos viviera, era preciso 
cuantas estrellas bay en la alta esfera^ 
incluso Capricornio, el León, la Osa 
con las siete cabrillas 
y los astros de cola y de barbillas. 

Era también indispensable cosa, 
que tuviese las plumas y cañones, 
de todas las putiUas y gorriones, 
lecbuzas, gallinazos, papagayos, 
alcatraces, cernícalos y gallos^ 
y de cuanto volátil ba existido, 
en el aire, en la jaula y en el nido, 
de toda edad, y clase, y nombre, y pinta; 
tanto bembras como macbos, 
desde que el Dios que babita el fírniamentoj 
pobló con ellos la región del viento; 
inclusos los que encerró en el arca 
el célebre Patriarca 
á quien tanto veneran los borradlos, 
porque el árbol plantó del aguardiente; 
y en fin, que se volviesen derrepente, 
papel los cielos, y los mares tinta. 

A aquel canto que en todas las edades 
tendrá á la jente absorta: 
para cuya memoria y nombradía 
toda una eternidad es cosa corta, 
pues que durar debia cuando menos 
catorce eternidades. 

Canto al pasmo, al asombro 
de todo bombre, así grande como cbico 5 



—64— 

Canto por fin ¿Le nombro? 

Canto á Gaspar Ángulo, canto á Rico. 

¡Válgame Dios! ¡qué empresa 

tan ardua y peliaguda! 

¡ Adonde ocurriré por una ayuda 

que saque de este aprieto á mi cabeza! 

Vamos á ver. — Ensíllenme el Pegaso 

que me voy hasta arriba del Parnaso, 

y pónganme en la alforja un gran porongo, 

ó bien unas alcuzas, 

para beber de paso un gordo trago 

de la agua cristalina 

de la sagrada fuente caballina. 

Estoy montado Pero ¿qué es lo que hago? 

¡Vaya, vaya, que soy un majadero! 

Voy á darme un penoso y largo trote, 

y lo que es peor muy mucho, que me expongo 

á que este animalito, 

que antes era tan manso y tan galano 

manejado por ruin y torpe mano, 

de tanto poeta bárbaro y maldito, 

se haya vuelto mañoso y pajarero; 

y brinque derrepente, y zas, me bote, 

y me tire tal vez una patada. 

Y ¿para qué todo esto? para nada. 

Por mas que templen las humanas musas' 

sus cítaras de plata, 

solo pueden subirlas hasta el punto 

en que se cantan siempre las hazañas 

y glorias y trofeos, 

de los héroes enanos y pigmeos : 

pero cuando se trata, 

de un tan sublime, delicado asunto, 

como es cantar las glorias tan tamañas 

de aquel héroe gigante, 

que si las piernas abre lo bastante, 

un pié puede poner en cada polo y 

me parece un trompeta el mismo Apolos 

Solo tú mismo, insigne Villasana, 

solo tú puedes, si te dá la gana, 

sacar con bien al hombre 

que, osado intenta celebrar tu nombre ; : 

haciendo que se eleve hasta las nubes, 

á donde solo tú, tú solo subes. 

Ven, pues, Ángulo mió, sé mi númen^ 

inflama mi cacumen: 

haré versos: mil versos mas felices 



—65— 
que aquellos que hizo el Venusino Poeta; 
y serán para mi niños de teta 
los cantores de Eneas y de Ulises. 

Ven por vida tuyita Mas ¿qué es esto 

que estoy sintiendo y á explicar no atino? 

¿Qué cosa viene á ser la que me ha puesto 

en una especie de deliquio grato, 

cual suele Una botella de moscato, 

ó mas bien, del sabroso Marrasquino? 

¿Qué fuego es este cuya activa llama 

penetra de mi cuerpo los rincones; 

que las tripas me inflama; 

me abraza los ríñones j 

que se me entra en la misma calavera, 

y mis sesos calienta de manera, 

que será maravilla 

no los haga torrejas ó tortilla? 

¡O! ¡cuantos pensamientos diferentes^ 

á mi alma cercan, y eii tropel la asaltan! 

¡ Qué de imágenes bellas y excelentes 

van viniendo á ocupar la fantasía! 

jQué es esto en que me veo! 

Mi cerebro se ha vuelto un jubileo; 

y todo es confusión y algaravía. 

Me brincan las ideas y me saltan; 

cosas muy grandes sin cesar me fluyen ¡ 

y los versos así de ciento en ciento 

entre mi cráneo bullen, 

cual bullen los frijoles, 

cuando hierven las pailas ó peroles 

en la cocina de cualquier convento: 

ó bien, cual los gusanos en la fruta, 

ó en un queso podrido de Calcuta. 

El poético furor debe ser este, 

si acaso no me engaño. 

Este es el don celeste 

concedido á muy pocos 

á quienes pone así como Unos locos, 

y los conceptos métricos les sopla 

y sin el cual ninguno hará una copla, 

aunque esté trabajando todo un año: 

este es el entusiasmo 

que vuelve al hombre tonto, 

un Cisne tan cantor como el del Ponto. 

Tú me le has inspirado insigne Tricio; 

y permite te diga, que me pasmo 

Literatura— 5 



—66— 
de que guardes un fuego 
con que abrasas, y qUemas, y devoras,- 
en las nevadas Sierras donde moras. 
Yo las gracias te doy 
porqué á mi invocación veniste luego. 
Y supuesto que estoy, 
asegurado ya de tu alto auspicio, 
con el cual hacer puedo tanto verso 
que deje sonso á todo el Uní verso j 
sin perder un momento, 
Voy á empezar tu historia. — Vá de cuento. 



Cuando el finado Dr. Larn'va dio á luz el primer canto que antecede, 
se nos informó que todo el Poema lo tenia concluido; ignorarnos las 
razones que le impidieron publicarlo, contentándose tan solo con impri- 
mir la parte que ahora insertamos. 

Editores. 



I 



jSi r 



NUMERO 1. 
Bel Sábado 18 de Agosto de 1821. 



PROSPECTO EN FORMA DE DIALOGO 

ENTRE EL EDITOR Y UN AMIGO SUYO. 

Tum; tüm, tum, Deo gracias — ¿Quién? — Yo — Adelante — ¡Qué 
milagro en casa tan temprano! — Acabo de llegar: y me vuelvo á ir 
al momento — Adonde vas tan apurado — A casa de la joven mas 
interesante que en mi vida he visto. Si tú la vieras.... — Yo no quie- 
ro ver á esa ni á. ninguna. ¡Qué no has de pensar en otra cosa! — 
Pues si señor: Hoy la he conocido en casa de una amiga suya y mia; 
y en él discurso de la conversación, que me fué bastante deliciosa, 
me dijo que era muy aficionada á jugar la lotería. Yo la ofrecí un 
juego que aquí tengo. He venido por él; y voy á llevársele volando. 
Seguramente le apreciará ella muchísimo, porque es todo de marfil: 
y yo tengo ya un pretesto para entrar en su casa diariamente. — 
Siempre que oigo mentar lotería, se me viene Rico á la memoria. 
¿En qué región se bailará? — ¡Quién diablos sabe! — ¿Si habrá es- 
crito algún Depositario? — Habrá escrito cincuenta. — Y ¿sabes que 
estoy tentado de escribir un nuevo Depositario? — ¡Tentación ver- 
daderamente diabólica! ¿Con qué piensas en tirar tajos y reveces 
contra todo el género humano, para hacerte, como Rico, desprecia- 
ble y odioso? — ¡Qué! ¿Estoy yo loco? Lo que pienso es escribir un 
periódico que parezca escrito con la pluma de Rico; no porque con- 
tenga insultos y dicterios; sino porque imite en un todo su lenguaje 
— Ni los demonios del infierno son capaces de imitar el lenguaje de 
Rico. Se me figura esa cabeza al caos de los poetas, ó á la torre de 



_e¡s— 

Babilonia cuando se confundieron las lenguas. — Apostemos á que 
yo le imito? — ¿Apostemos á que no? — Ahora misino voy á mi casa 
á escribir. — No te vayas. Escribe aquí no mas, mientras yo voy á 
llevar mi lotería. ¡Muchacho! Toma ese cajonsiío; y ven conmigo, 
Eh: Abur. En aquella mesa tienes papel y tintero. — Muy bien. 
¿Con qué comenzaré?.... ¿Con una Sobre nota embetunada? No..., 
¿Con un Intercalante? Tampoco.... Vaya un 

VARIANDO SIN VARIAR LA VARIACIÓN. 

Sí vale una noticia, se dice y se cree que D. G-aspar Rico y Ángu- 
lo que, no -por miedo, sino por vergüenza, salió de Lima escoltado 
por las tropas españolas; perdió todo su equipage en el rio de Cañe- 
te. Si valen dos noticias, se dice y se cree que, poco antes de Coillo, 
se cayó del caballo; y díó un costalazo mas que regular. Si valen 
tres noticias, se dice y se cree que eí caballo no pudo resistir el for- 
midable peso de la alforja en la cual iba la imprenta y los globos de 
la L otería; y se cayó muerto al llegar á P acaran. Si valen cuatro 
noticias, se dice y se cree que prosiguió su viage en un borrico viejo 
que caminaba muy despació y de muy mala gana. Y si valen cinco 
noticias, se dice y se cree que ha gastado hasta hoy como trescientas 
resmas de papel, y algo mas de una arroba de tinta. 



NO DECIMA EN LOA DE D. GASPAR RICO Y ÁNGULO, 

¡O genio el mas peregrino, 
Que ha producido la España, 

Y que estás hoy en campaña 
Montado sobre un pollino ; 
Quiera Júpiter divino 

( Ya que te vas y nos dejas,*) 
Que te maldigan las viejas 
Desde el lunes cd domingo. 

Y que el burro dé un respingo, 

Y te eche por las orejas! 



NO OCTAVA EN QUE SE DA AL BURRO UN CONSEJO 

SALUDABLE. 

¡O burro venerable por lo anciano! 
¡O burro, burro, burro sin segundo, 
Destinado por Jove soberano, 
A cargar á otro burro en este mundo! 



—69— 
Métete por tu vida en un pantano 
De fango bien espeso y bien inmundo; 
Para que allí trabaje, noche y dia, 
Ángulo con su imprenta y Lotería, 



DIALOGO INTERMEDIARIO ENTRE EL BORRICO 

Y RICO, Ó ENTRE RICO Y EL BORRICO QUE TODO VIENE Á SER LA 

MESMA COSA. 

Rico Amigo D. Jumento; camine un poco mas vivo, que ya las 
tropas van muy lejos; y si los montoneros, que nos vienen pi- 
sando los talones, nos llegan á pillar por la nuestra desgra- 
cia, no nos dejan ni para zapatero de viejo. 

Borr. Si no se me aligera la carga que llevo á cuestas, no hay san- 
to que me saque de este paso en que voy. ¡ Que demonio de 
carga tan pesada! Yo he cargado muchas veces unos capa- 
chos tamaños llenos de arena, ele cal, de ladrillos, de piedras 
y ¡Qué cosa no habré yo cargado en esta vida! He carga- 
do hasta diablos. Pero nunca he sentido tanto peso como 
hoy. Diráme U., por su vida, lo que llevo en las alforjas? 

Rico Así que te lo digamos, te tendrás por el mas venturoso de to- 
dos los borricos de la tierra, tanro presentes como pretéritos 
y futuros, exceptuando solo á aquel que tuvo la dicha incom- 
parable de recibir sobre sí al Redentor del mundo; y condu- 
cirle á Jerusalem en el dia que entró triunfante en aquella 
ciudad: pues puedes lísongearte de que, después de ese bur- 
ro que nos habla el evangelio, ningún otro, ni antes ni des- 
pués del diluvio universal, ha llevado una carga tan impor- 
tante y tan preciosa como la que tú tienes hoy la dicha de 
llevar. 

Borr. Mas valía que fuera menos importante y menos preciosa; y 
que pesara menos. 

Rico Tú; como burro al fin, no sabes lo que te hablas. Oye, y ca- 
lla.- En uno de los lados de la alforja, que creo es el izquier- 
do, van los admirables globos de la LOTERÍA NACIONAL 
DE LA AMÉRICA MERIDIONAL, de cuyo seno mágico 
ó fecundo ha salido ó emanado la felicidad y la abundancia 
de mil y mil familias honradas ó no honradas "que han hecho 
un principal mas ó menos estenso, mas ó menos ingente con 
los productos líquidos, es decir, con los premios máximos ó 
medíanos de metálico efectivo proporcíonalmente conformes 
á las mas ó menos opciones que tenían de los sorteos ante- 
riores, ó á las cantidades mínimas de un cuartillo, dos cuar- 
tillos, tres cuartillos, ó cuatro cuartillos. En el otro lado, eg 
decir, en el derecho, va una famosa imprenta destinada á 



—70— 
servir para la confirmación del célebre periódico llamado De- 
positario, de quien puede decirse, sin mentira, que ha sido 
la lumbrera ó antorcha del Perú. 

Borr. Depositario y Lotería Muy bien.... Según eso U. debe de 

ser el señor D. 0-aspar Rico y Ángulo. 

Rico El mismo que viste y calza. Nos somos aquel escritor meli- 
fluo que tanto trabajó en enseñar ó instruir á los limeños ó no 
limeños con escritos estensos ó profundos. Con los cincuenta 
Depositarios que escribimos, dimos á Lima una cuarta parte 
de -ilustración. Si hubiéramos llegado á escribir cincuenta 
mas, le habríamos dado media ilustración. Si ciento mas, 
tres cuartos de ilustración. Y si ciento y cincuenta mas, una 
ilustración íntegra ó completa; es decir, no mediana ni pe- 
queña. Y ¿cual ha sido la recompensa que liemos recibido 
por tantas y tantas veladuras, y por tantos y tantos calenta- 
mientos de cabeza? El odio, la aversión y el desprecio de to- 
dos y de todas. Y ¡quién sabe cuanto mas habríamos recibi- 
do, si no andamos de patitas, y tomamos con tiempo, el tro- 
te del cochino. Nos conocemos, tú conoces, y todos conoce- 
rán la falta que nos hacemos en la ciudad de Lima. Pero la 
conocerán tarde, tarde y tarde. Tenemos, sin embargo el 
consuelo hondo y extenso de que llevamos con nos la Lotería 
nacional que nos dá dinero sin trabajo ó fatiga, y también 
nuestra imprenta con la cual podemos acabar con los tontos 
de capirote; y desquitarnos de todos los que nos. han insulta- 
do, nos insultan ó nos insultarán. Tenemos en la cabeza un 
variando excelente; y estamos ya rabiando por escribir el 
número cincuenta y uno del Depositario. 

Borr. Basta, basta y basta Señor Don Gaspar Rico y Ángulo, di- 
rector general de la Lotería nacional de la América meridio- 
nal, ministro honorario de la hacienda pública, y escritor me- 
lifluo del gran Depositario : hágame U. el gusto de apearse 
en el momento, y de quitarme de encima sus preciosos é im- 
portantes trebejos; que yo, desde pollino, he vivido siempre 
con la mayor conducta y borriquía de bien: y no es razón que 
deshonre éstas canas que peino, cargando al cabo -de la vejez 
instrumentos de maldades sobre estos lomos cubiertos de ma- 
taduras á fuerza de cargar tanta alfalfa para mantener á mis 
hermanos: tanto trigo y tanto arroz para el sustento de los 
hombres: y otras mil y mil cosas honestas y benéficas. Los 
globos de la Lotería nacional de la América meridional, no 
tienen otro objeto que estafar á los pueblos; y los caracteres 
de esta imprenta solo son para insultar á los hombres de 
bien. Si yo prosigo llevándolos, concurro á las ladroneras y 
y á los libelos de U; y me echo encima un rea o que me ten- 
drá por siempre atormentada la conciencia. No faltará en el 
ejército algún borrico tunante que se los lleve á U. Cata 



—71— 

aquí por qué pesaba tanto el diablo de la alforja. No hay co- 
sa mas pesada que un pecado mortal. Y ¡cuantos y cuantos 
se habrán cometido por U. con estos globos y con esta im- 
prenta! Esos globos que parecen vacíos, están llenos de las 
maldiciones de tantos miserables cuya ruina han causado: y 
esas letras de imprenta que parecen ele plomo, son de abomi- 
nación, de execración, de iniquidad y.... ¡qué sé yo que iba á 
decir! Apéese usted yolando, y silencio, silencio y silencio. 

Rico No sea insultante el jumento, ni se meta en honduras. Calle, 
calle, calle; y prosiga su camino; porque sino, trancasg 
con él. 

Borr. Dejémonos de historias, Sr. Eico. Si usted no se apea pron- 
tito, meto la cabeza entre las piernas; comienzo ádar respin- 
gos; y trum, trum, trum, salvaje en tierra. 

Rico Éste animal, aunque cu drupedante, parece de carácter; y co- 
mo lo dice, lo hará. Nos no estamos para sufrir un porraso 
en las costillas. Perdámosla sencilla, y no doble. Hagámo- 
nos desentendidos de los insultos del borrico; porque lo que 
no ha de ser bien castigado, sea bien callado. ¡ O Gaspar Ri- 
co y Ángulo! ¡O ministro honorario de la hacienda pública! 
¡O director general de la Lotería nacional de la América 
meridional! ¡O escritor melifluo del gran Depositario \ A 
qué estado tan triste te miras reducido! Si te vinieran ahora 
las ansias de la muerte, pudieras exclamar con el León de 
la fábula. 

Este es doble morir: no hay sufrimiento; 
Porque muero insultado de un jumento. 

No hay remedio. Vamonos apeando. Vengan mis alforjas. 
Caminemos á pata; y para divertir el camino, entonemos la 
cantinela que entonamos cuando fuimos á pata hasta el Ca- 
llao, por no haber encontrado un demonio en forma de agui- 
lucho que nos llevase por los aírese— Tara rara No era 

así. Tara rera Tampoco. Tara rira. Tampoco. Tara 

rora Tampoco. Tara rura. Menos 

Tran laran. Este es el compás de dos por cuatro que yo 

buscaba 

Tran, laran, laran, lan; tran laran lamín; tran, laran, la-r 
ran, laran, lan; tran larun, larun. 



NOTA EMBETUNADA. 

Distaba Rico del ejército una legua, dos leguas, cuatro leguas, 
las que se vio precisado á caminar un poquito á pié, y otro andan-? 



—72— 
do. Se dice que el borrico (que no debia ser de los mas tontos) al 
verle ir con su alforja al hombro, le compuso, de cálamo cúrrente, 
la siguiente 

DÉCIMA ASNAL. 

Ahoi*a si que vas Angú- Que te exceden en talen-' 

A tu, destino copfór* Mas, con su suerte conten- 
Puesto que vas con alfor- Cargan alfalfa y adó- 

Y no con papel y plú- Y nunca han sido cscritó- 

Yo conozco muchos bú- Ni han pisado las impren- 



ADICIÓN RONCADORA. 

Al salir Rico de Lima con las tropas españolas, se despidió del 
público en un Depositario, (porque no era regular que un personage 
como él escurriese el bulto sin decirnos— a¿¿¿ quedan las llaves; y 
nos ofreció que volvería entro de quince dias, entro de dos meses, 
entro de tres meses. Nos opinamos acá, acá en nuestra opinión hon- 
da ó íntima que volverá entro de cincuenta años, entro de cien añoa, 
entro de doscientos años: y bien podríamos puntualizar mas y mas 
la fecha próxima ó remota en que nos hemos de volver á juntar con 
él, si algún almanaque nos dijese si el dia del juicio cae en lunes, en. 
martes, en miércoles, en jueves, en viernes, en sábado ó en domingo. 



ADICIÓN TRANSEÚNTE. 

Nos creemos, y todos creen, con toda la credibilidad creible, que, 
en todos los puntos en que hacen alto las tropas españolas, hace D. 
Gaspar Rico y Ángulo que la prensa se arme, y que se eche en ca- 
jas la letra de la imprenta volante. De manera que tiene á los po- 
bres impresores en un continuo tragin; de cuyas resultas han enfer- 
mado los mas, y van dando al diablo la tal expedición. 



TRANSITO VINDICATIVO. 

Dizque un soldado de las tropas españolas, al ver á mi B. Gas- 
par que llegaba al campamento a pié, fatigado, todo lleno de lodo, 
y con su alforja al hombro, le preguntó á un sargento que tenia á su 
Jado, ¿qué hombre es ese? Y el sargento le dijo. 

Aquel ministro honorario 

Que con bolitas y globos 



—73— 

Engañó en Lima á los bobos, 

Y les sopló el numerario. 
Este es el DEPOSITARIO 

De tu plata y ele la mía. 
Este es aquel que escribía 
Contra el universo entero ; 

Y á quien, aun siendo LOTERO, 
Le cayó la LOTERÍA. 



CONTRA-ADVERTENCIA. 

Después de haber trabajado el dialogíto de arriba, estábamos du- 
dosos ó indecisos sobre si le imprimiríamos, ó no lo imprimiríamos; 
porque eso de hacer hablar á los borricos, no nos parecía á la ver= 
dad muy en el orden: cuando en esto, zas, cae en las nuestras ma- 
nos un impreso en folio que comienza diciendo, con letrones muy 
gordos— EL TEATRO AL ILUSTRE PUBLICO DE LIMA; y 
al punto dijimos, imprimamr: pues si los teatros hablan, ¿por qué 
los borricos no han de hablar también? Los burros tienen tamaña 
lengua y tamaña boca con que hablar; y los teatros necesitarían ha= 
blar por la casuela, ó por alguno de los palcos. Tenemos ademas el 
ejemplar de la burra de Balaan que nos sabemos, y todos saben que 
habló; y ni sabemos nos, ni sabe nadie que haya hablado teatro al- 
guno desde que el mundo es mundo. ¿Pali- versamos? Pali-verse- 
mos. 

Con su alforja ó su maleta 

Iba Gaspar, pico a pico, 

Hablando con su borrico, 

Cual otro Balaan profeta: 

Cuando suena una corneta 

Por aquellas pampas solas; 

Y, diciendo ¡carambolas! 

Pegó tan fuerte carrera, 

Que rodó en una ladera 

Con su burro y con sus bolas. 



— 74— 

CQRRESPQNDENCIA OFICIAL ENTRE DON GASPAR 
Rico y D. José Bohorques, aquel cajonero que está frente á la ci- 
garria de E. Mariano Tramarria } y que vendía B s cp ostiarios y 
asentaba Botería. 

OFICIO DE EICO Á BOHORQUES. 

Habiendo naufragado, en el rio de Cañete, el nuestro equipaje 
donde iba toda la moneda contante y sonante que habíamos reunido 
ó colectado de las últimas loterías; hemos quedado tan pobres, que 
no conocemos una blanca. En esta virtud, se servirá U. remitirnos, 
en primera oportunidad, todo el dinero que tenga en su poder re- 
sístante ó procedente de los nuestros Depositarios. Dios guarde á 
U. muchos años. — Cuartel general en fuga 19 de Julio de 821. — 
Gaspar Rico y Ángulo. — Sr. D. José Bohorques. 



OFICIO DE BOHORQUES A RICO. 

Desde la fuga de- TI. 110 se lia vendido uii solo Depositario. Pero 
prevengo á JJ. que no espere le remita un cuartillo; pues por mu- 
chos que se vendan para empanadas y pasteles, hoy que tenemos 
abundancia de trigo; nunca alcanzará su producto para devolver sus 
reales á los. que me echaron lotería en la última semana. Dios guar- 
de á U. muchos años. — Cajoncito 16 de Agosto ele 821. — -José Bo- 
horques.— :Sr. D. Gaspar Rico y Ángulo. 



o 



% HUEVO DEPOSITARIO, 

NUMEEO 2. 
Bel Jueves 30 de Agosto de 1821. 



INTERMEDIO MAÑOSILLG. 



Tran, lavan, lavan, lan, tvan, lavan, lavum. ; tran lavan, l^y-nn, 
lavan, lan; tvan,lavuni, lavum. Divertido muy mucho iba nuestro Án- 
gulo con la suso-inserta cantinela que es la misma, mismísima que en- 
tonó ahora meses en el camino del Callao, cuando por falta de Dia- 
blo y balancín, hizo su viaje á pata, corno no los dice él mismo en 
el número 43 del su difunto depositario. Marchaba á veces de fren- 
te, y á veces con paso oblicuo, semejante ó igual á aquel con que se 
metió en el café de Bodegones, aquella célebre mañana en la que 
solo con hacer uf, uf, uf, se encajó en el ventrículo tres panecillos 
regulares ó irregulares, con mas ó menos mantequilla, y una tasa 
no grande de café con leche, por lo cual tuvo que sacar de su bolsi- 
llo, según las cuentas buenas ó malas que el mozo le ajustó, siete 
reales de moneda corriente completos ó cabales, es decir, catorce 
medios; es decir, veintiocho cuartillos. Habría caminado una legua 
ó legua y media; es decir, tres millas castellanas, ó cuatro millas y 
media, cuando derrepente el cielo se encapota, bomita agua por 
castigo, lanza pedazos de granizo como huevos de avestruz; y co- 
mienza á tronar y retronar, allá allá en sus altas bóvedas cóncovas 
6 profundas. Oreyó al principio nuestro Rico que era el traquido 



ii) 

estrellante del carbónico sulfuroso que despedían ó bostezaban 6 
erutaban las bocas circulares; hondas ó íntimas los cañones ó pe- 
dreros del ejército real, á quien por ser di-a miércoles, se juzgaba 
próximo, ó mis próximo. Pero después conoció que eran guerrillas 
aereas; es decir que las nubes mas ó menos inmediatas, mas ó me- 
nos preñadas se batían unas con otras, y se tiroteaban entre sí mas 
abajo ó mas arriba déla atmósfera terrestre, es decir, en la región 
del fuego ó ignífero sulfurante.. Como las sustancias metálicas na- 
turalmente atraen á la materia eléctrica, llovían los rayos sobre la 
alforja de Kico que, aunque no llevaba metálico con tante llevaba 
el plomo de los caracteres de la imprenta. Sin embargo de que el 
terror pánico, excesivo ó extenso crecía en su alma un grado, dos 
grados, tres grados, cuatro grados, y... él proseguía su camino; has- s y 
ta que al fin rendido del cansancio, echó á tierra las alforjas; y se 
sentó sobre los globos. Ya entonces olvido el compás de dos por 
cuatro; y mudando de tono hizo el siguiente — 

SOLOLOQUIO SIMBÓLICO. 

Después que la comparsa refundente 
Nos ha tundido desde el pié al cogote 
Después que en muladar puerco, indecente 
Nos ha enterrado el picaro chingóte: 
Después que tanto y tanta malqueriente 
Nos ha forzado á huir á todo trote 
Sufriendo soles, lluvias y serenos: 
También ¿Trurn, trum, relámpagos y truenos? 



CONTRA NOTA INTERMEDIA. 

Largo rato prosiguió nuestro Rico parli- versando y parli-prosan- 
do sobre su triste situación, tanto mas dura para él, cuanto que la 
comparaba con los tiempos de sus prosperidades pasadas; con la 
época sobre todo, en que siendo el arbitro absoluto de la casa de 
los Gremios, disponía á su antojo del metálico sonante que había 
en abundancia. Iba ya. á ponerse el sol, y el cielo se habia serena- 
do cuando vio que un hombre á caballo se dirijia al lugar en que 
él estaba. Al principio tembló; porque juzgando fuese algún mon- 
tonero de la patria, creyó que era llegada la fin de sus dias; y que 
iba á pagar allí las hechas y por hacer. Pero conoció después ser 
un lancero délas tropas españoles; y comenzó á llamarle con la ma- 
no. Cuando el soldado estuvo cerca, entabló con él el siguiente 



—77— 
DIALOGO HIPERBÓLICO. 

Sold. ¡Aquí el Sr. Rico! ¿Qué novedad es esta? 

Rico ¡Ola! ¡Conque me conocía el buen soldado! 

Sold. Toma si le conozco á U. Le conozco mas que á mis maños. 
Pues si yo Le sido asentador de lotería mas de dos años. 

Rico En medio de las nuestras desventuras, no deja de ser consue- 
lo encontrar un conocido y de buen natural como tú nos lo 
parece ó nos lo representas. 

Sold. ¿Pero qué hace U. aquí? 

Rico Eso es para mas despacio. En el camino té impondremos de 
todo; por ahora lo que conviene es que tratemos un negocio 
que á ambos interesa. 

Sold. ¿Y cuáles? 

Rico El que te apees del caballo para poner sobre 61 la nuestra al- 
forja y el nuestro individuo, y que nos acompañes á pata, 
dándonos conversación, que nos te prometemos, aseguramos 
y juramos hacerte Director déla Lotería Nacional de la Amé- 
rica Meridional. Y cuenta que tú serás el primer asentador 
que haya subido al rango de Director desde que se inventó 
este juego noble y sublime. 

Sold. Convengo en ello.... Ya estoy abajo.... Monte U.... Cuidado 
con la alforja. 

Rico Ay! ay! ay! ay! 

Sold. ¿Qué es eso? ¿Se ha lastimado XJ.? Pues la silla está buena. 

Rico ¡ Qué importa que la silla esté buena, si las nuestras asenta- 
deras están malas. Un maldito jumento mas trotón que to- 
dos los demonios nos hizo un par de llagúelas, que por mas 
sebo que les untamos, no quieren cicatrizarse ¡Qué hemos 
de hacer! Paciencia, paciencia, y paciencia. 

Sold. ¿Están buenos los estribos? 

Rico Todo está corriente y moliente. 

Sold. Pues andando se hacen chancacas. 

Rico En el primer paraje en que encontremos papel y tintero, te 
daremos tu título en forma. 

Sold. ¿Con que ya yo soy director general como TL? 

Rico General nó. Eres Director particular ó singular, ó indivi- 
dual, ó parcial, ó como quieras llamarte. 

Sold. ¿Y en que se distingue el general del particular? 

Rico Oye y sabrás. Los Directores particulares, son varios ó mu- 
chos, y cada uno de ellos solo dirije la lotería de un pueblo, 
lugar ó provincia; cuando el Director general, que es solo ó 
único, dirije las loterías de todos los pueblos ó provincias de 
la América meridional. Yo, yo, yo, y no otro ninguno soy el 
• tal Director general que también pudiera llamarse uni- 
versal. 



—78— _ 

Sold. ¿Y, yo podré usar ahora ese mismo uniforme que U. usaba 
eii Lima. 

Kico 2$o puedes: ni podrias aunque fueras director general; por 
que has de saberte que por descuido ó desidia ó abandono, 
no tienen hasta hoy los directores uniforme señalado. Nos 
usábamos en Lima y usaremos eri todas partes ese q'ué nos 
viste, por ministro honorario, que somos, de la hacienda 
pública. 

Sold. Pues hágame U. también ministro honorario. 

Rico No alcanzan á tanto las nuestras facultades. , 

Sold. ¿Con que mayor cosa es ser ministro honorario que Director 
ele lotería? 

Rico Lo primero es ma8 alto ú honorífico: lo segundo mag lucra- 
tivo ó mas útil. Nos, hemos mezclado lo uno con lo otro, lle- 
vándonos de Horacio que dice — Omne tullit puncturrí qui 
■miscuit titile dulcí... Mas adonde estamos, que estoy viendo 
ranchos ó casuchas? 

Sold. En el pueblo de Pacaran.- 

Rico Gracias' á Dios. Apeémonos aquí rio nías... ¡Aaaaaay! ¡Que 
cansado vengo, y que adolorido! Trae la alforja para aden- 
tro. Muchacho, buenas noches te dé Dios; 

Muc. Téngalas U. muy buenas. 

Rico ¿Si habrá aquí papel y tintero? 

Muc. Sí, Señor. Hay Uno y Otro. 

Rico Venga, pues, pronto, pronto y pronto. 

Sold'.- VeámoS primero lo que hay que cenar; 

Rico No¿ mi amigo. Queremos que sepas que hemos quedado tan 
reconocidos á la fineza que nos hicisteis dándonos el tu ca- 
ballo, que aunque el estómago nos está llamando histérica ó 
nátülentaffieiite, nos hacemos sordos á sus voces ó insinua- 
ciones íntimas; y queremos que la primera diligencia sea 
despacharte el título de Director. 

Muc. Aquí está, Señor mío. 

Rico Tomia pues la pluma y escribé; 

Sold. Diga IL 

Rico Nos D. Gaspar Rico y Ángulo ; 

Sold. Ángulo. 

Rico Director general de la lotería nacioned de la América Me- 
ridional.... 

Sold; Meridional. 

Rico Ministro honorario de la hacienda pública, &c. &c. 

Sold. &a. 

Rico Hallándose vacante la directuría parcial de la provincia ó 
pueblo de.. i. 

Sold. De — 

Rico Deja allí un blanco como de medio renglón para poner des- 
pués el nombre de la provincia: porque no nos podernos 



—79— 
fijar en ninguna, Hasta que las cosas se asienten ó se en- 
tablen. 

Sold. Muv bien: siga U. 

Rico Hemos venido y venimos y vendremos siempre en nombrar ; 
como en efecto, hemos nombrado y nombramos para llenar- 
la.... 

Sold. Para llenarla; 

Rico ¿Cómo te llamas ote nombras? 

Sold. Gaspar de Castro. 

Rico Muy bien. Eres mi tocayo. Pon pues. A I). Gaspar de 
Castro: 

Sold. Castró. 

Rico Y le transferimos ó trasladamos ó conferimos todafy cada 
una de las nuestras facultades, para que pueda vender bille- 
tes de á cuartillo, de á medio, de á real, de á dos reales y de 
á peso; 

Sold. De á peso.- 

Rico Para que pueda fijar carteles impresos ó manuscritos... 

Sold. Manuscritos. 

Rico Imprimir manifiestos y números y todo lo que conduzca, pró- 
xima ó no próximamente, al mejoramiento progresivo ó rá- 
pido del ramo.... 

Sold. Del ramo. 

Rico Dado en Pacarán á Í9 de Jidio de 1821. 

Sold. 1821. 

Rico Á ver para firmar — Gaspar Rico y Ángulo. Ahora falta 
una cosa esencial ó precisa) y es que el escribario del ramo 
aiítorize el nombramiento. Y ¿cómo lo haremos si está en 
Lima? 

Sold. U. que puede hacer Director á cualquiera, también podrá 
habilitar á cualquiera de escribano. 

Rico Dices bien ¡Muchacho! ¿Cómo te llamas? 

Muc. Basilio Yeguas, Señor. 

Rico Pues bieií. Yo. te habilito, ó Basilio Yeguas, para que pro- 
visional ó provisoriamente, autorizes ó puedas autorizar to- 
do lo que nos firmemos ó rubriquemos. Firma aquí.... Está 
bueno. Toma tu nombramiento; y guárdale mas que si fue- 
ra reliquia; porque con las reliquias no se come, y con él, 
morirte no has de hambre. Empero para que tu puedas cum- 
plir con tú obligación, eg necesario que estés impuesto en la 
pauta variable ó no variable de la acumulación de los fondos. 
Has de saberte, pues, que hay sorteos generales; frecuentes; 
medianos é intermediarios: que el mayor no debe exceder de 
cuarenta mil cuartillos; y que el menor no debe bajar de cua- 
tro mil. Es preciso advertir que las cantidades intermedias 
de cuatro á ocho, y de veinte á treinta son divisibles ó dis- 
tributibles. Por lo que hace á la teoría de las opciones, de 



—SO- 
los premios máximos 6 mínimos, de los cupos, de los bille- 
tes y valores es algo enredadilla. Pero te daremos Una car- 
tilla ó Catón No Cristiano; y allí te impondrás de ¿Qué; 

polvadera es aquella? 

Sold. Parece gente de armas... Y se vietíe arrimando para acá... Yo 
me largo. Abur. 

Bico ¡Hombre! ¿Es posible que me dejes en las bastas del taro?... 
Ya se fué con título y caballo. Muy bien. Ha hecho conmi- 
go el soldadillo lo que el diablo con las brujas. Paciencia y 
barajar, - 



COMPENDIO Ó EXTRACTO Ó QUINTA ESENCIA 

DE LA VIDA DE D. GASPAR RICO Y ÁNGULO ESCRITO POR EL MISMO 

EN LA SIGUIENTE 

DECIMA Ó NO DÉCIMA. 

Yo nací pobre y desnú- 

Como nacen los borri- 

De un hombre llamado Bi— 

Y de una mujer Angú- 

Desde joven la fortú- 

Me sopló muy favorá- 

De Gremios mandé la Cá^ 

Fui Director de la suér- 

¿ Y hoy que soy? Hoy soy un cuér- 

Seré alcahuete mañá- 



EPISTOLA CHIMBADOBA DEL DIFUNTO COJO 

PRIETO, DÍRIJIDA Á SU ALBACEA. 

Sr. D. N. de N„ 

Purgatorio 2 de Julio de 1821. 
Muy Sr. mío: 

Jamás le creí á U. capaz de abusar de la confianza de un amigo 
que tanto le distinguió mientras estuvo desterrado en ese valle de 
lágrimas. Esos preciosos manuscritos que puse en manos de U. en 
los últimos momentos de mí vida, dije á U. que eran la cosa única 
que amaba sobre la tierra: y cuando yo pensaba y esperaba la no- 
ticia de que andaban corriendo en esos mundos impresos á mi nom- 
bre, me encuentro derrapen te con un periódico llamado Deposita- 



Si- 
rio, en el que veo copiadas á la letra mis frases y mis cláusulas, y 
si no me equivoco, mis pajinas enteras. Es imposible que U. haya 
dejado de franquearlos á alguno. U. me lo negará seguramente; pe- 
ro yp tengo esperanza de . saberlo por la misma boca del editor del 
periódico: porque es regular que pase por estas inmediaciones cuan- 
de vaya á ocuparía habitación que se le está preparando mas abajo, 
por si acaso perece eñ la contienda á que está desafiado, en toda for- 
ma, por el Ministro de Marina de aquel apostadero. Entre tanto 
mande U. á su difunto amigo 

Antonio Prieto Lazo de la Vega. 



YABIANDG; 

vexta. — -Quieii quisiese comprar una calesa nías ó menos nueva, 
nías ó menos barata, ocurra ala imprenta del Nuevo Depositario. 



Literatura — 6 



EL NUEVO DEPOSITARIO 

NUMERO 3, 
DelJueves 20 de Setiembre de 1821. 



ÍNTEBCALANTE. 



Turru, ru, ru, ru, ru, ru, ru, ru, ru, ru, ru, rú, rii, ni, ru, YUj 
ru. — -Muchacho: — Sino. — Tuerce por aquí— -Iti calle no poré pa- 
sa — ¿ ¿Por qué? — ¿No vé esa burico mueta? Muía poré pantá— 
Tuerce, demonio, mas que te lleve la trampa á tí y á la calesa. — - 
Turru, ru, ru, ru, ru, ru, ru, ru, ru. — Calesero, para. Adiós ami- 
go.- ¿Adonde en calesa por aquí?— Voy á la imprenta del difunto 
Buiz, á ver si ya me han armado el número tercero del Nuevo Depo* 
sitario,-—ííombre ) déjese U. por Dios, de escribir Depositarios,-— Y 
¿por qué? Le han disgustado á Ü. los dos números que tengo pu- 
blicados? Están malos? HáblemeÜ. con confianza. — *]Sfc están ma- 
los, A mi me han divertido infinito: y sí XJ. no fuera tan mi amigo., 
desearía muy mucho que jamas se acabase el tal periódico. Pero me 
es muy mucho que jamás se acabase el tal periódico. Pero me es 
muy sensible que dé Ü. margen, con papeles, á que le tiren y le 
muerdan. Amigo mió :' permítame U. que le diga que no todos han 
recibido bien el tal Depositario.— 1$ o tenga Ü. cuidado pof eso, Yo 
tampoco le escribí para todos: y si U. me apura, no le escribí para 
nadie. Yo escribo para mi solo: imprimo mis escritos, porque me 
agrada verlos de letra de molde; pero á nadie he forzado jamás á 
que los lea. Harto conocen todos lo que mí pluma sabe hacer. 
Aquellos que no gustan de sits rasgos ¿para qué los compran? ¿Pa- 



—83— 
ra qué los leen? Nadie les pone, mi amigo, ningún puñal en los pe- 
chos. Y en suma ¿qué es lo que dicen? — Dicen que es una lástima 
que gaste U. el tiempo en escribir bufonadas: y en esto tienen, mi 
amigo, muchísima razón. — Cada vez que oigo esta COsaj me quiero 
desbautizar. ¡Hay empeño de la laya! ¿Qué cuenta tiene ninguno 
con ^ue yo gaste mi tiempo en lo que mé diese la gana? ¿Yo gasto 
el tiempo de nadie? ¿No es mió el que gasto? Si yo, para escribir, 
pidiese á Fulano prestada uña noche, á Sütano un dia, y á Menga- 
no una semana, entonces si que tendrian fundamento para hablar. 
Pero, gracias á Dios que puedo dar una vuelta eri redondo, sin que 
nadie pueda señalarme con el dedo y decir que le debo ni un minu- 
to.— Está U. muy equivocado en ese punto. Ningún ^lombre consti- 
tuido en sociedad es arbitro absoluto de su tiempo. Él debe respon- 
der á los demás de una hora que gaste malgastada. Asi como cada 
uno disfruta ó participa de las ventajas que proporcionan al público 
los otros con el buen uso que hacen de su tiempo; así, también, en 
recompensa, está obligado cada uno á hacer buen uso del suyo, para 
proporcionar al público ventajas de que participen los demás. Por 
manera que esto viene á ser una especie de comercio en que cada in- 
dividuo compra, Con su tiempo, el tiempo de los otros. Asi, aquel 
que se aprovecha del tiempo de los demás, y no paga con el suyo, 
es un deudor público que debia ser severamente castigado por las 
leyes. —Y yo, en resumidas cuentas ¿á quien debo pagar el tiempo 
que consumo en hacer Depositarios? V- ^A mi, y á todos los individuos 
de la sociedad á que U. pertenece. — -La restitución es algo griega: 
i Lástima que ño haya bulas de composición de tiempo! — Ya sale 
Tj. con sus chanzas. Si U. quiere restituir, ó á lo menos no aumen- 
tar la dependencia, yo le daré urt arbitrio. — ¿Cual es? — Tener par- 
te en un periódico qUe vamos á trabajar entre varios amigos. — Es- 
toy pronto— Con que ¿ya no habrá mas Depositarios? Le empeño 
á U. mi palabra de que este número tercero será el último — Mejor 
fuera que no se publicase— Eso no. U. me ha convertido con su plá- 
tica. Yo estoy resuelto á pagar todo el tiempo que debo. Pero ya 
tengo trabajado este Depositario, y no me quedo con él entre el cuer- 
po — Me convengo. — Pues, Señor, adiós, que es tarde. Mañana nos 
veremos. — Adiós — Muchacho, tira — Turrururu, rururu, rururu, — 
Para. ¡Don Juan! ¡Zapata! — Señor — ¿Estamos listos? — Si señor. 
Cata aquí está la proba. — Muy bien. La cabeza estará buena. Va- 
mos adelante. 



DIALOGO ATRASADILLO. 

Cuarenta y cinco miiiiiiil, ochocieeeeeeeentos, noventa y sieeeeeee- 
te., — Para, muchacho. Dígame U. mi amigo, ¿qué significan estos 
gritos musicales ó armónicos? — La rifa ó el sorteo de los números ó 
billetes de la lotería nacional. — ¡Hola! Con qué aquí se hacia. — Pues 



—84— 
si esta es la casa del director general. — ¿Cual es el director? — Aquel 
de levita yerdc y gorro negro que está bajo del docel — ¿Y porque 
usa docel? — Espere U. un poquito que van á pregonar otro núme- 
ro. — Veintiocho miiiiiiil, quinieeeeeeeentos sesenta y uuimuuuno. — 
Yo eché ayor cuatro números. Tal vez habré sacado alguno de estos 
dos premios. — No lo crea U. Ambos han sido de la casa, — Y díga- 
me U. ¿como está la casa con las obras pías? ¿Paga corrientemen- 
te? — Oigamos — Treinta y cuatro miiiiiiil, tfescieeeeeeeentos, cua- 
renta y dooooooos. — Si este será mió — No señor: de la casa — ¡Qué! 
¿Todo lo saca hoy la casa? — Si, Señor — Y ¿U. eomo lo sabe? — 
Por que lo mismo sucede en todos los sorteos asi intermediarios co-- 
mo semanales y frecuentes — Entonces, ¿para qué son esos globos, 
esas bolitas y todo ese aparato? — Para alucinar al vulgo que no sa- 
be el tejemadeje de la casa. Sin embargo, hagamos justicia al direc- 
tor. El no se queda con todo, hablando rigurosamente; porque salen 
siempre de casa algunas cantitades, aunque pequeñas 6 mínimas. Si 
se sortean, por ejemplo, ochenta mil cuartillos, quedan en la direc- 
ción setenta y cinco, y los cinco restantes circulan por el pueblo; pa- 
ra evitar hablillas de malsines, y taparles la boca. — ¡Cuanto me ale- 
gro de saber esta cosa, para no botar mas reales á la calle ! ¡Qué di- 
rector tan lindo ! No puedo irme de aquí, sin arrimarle una 

NO OCTAVA, SINO DÉCIMA Y MUY DÉCIMA. 

¡ O director general 
de nacional lotería 
que yo mejor llamaría 
ladronera nacional ! 
¿Como, di de tanto real 
harás la restitución, 
Cuando te dé un torozón, 
ó se te pudra una entraña; 
si ya no vienen de España 
Bulas de composición? 

A Dios mi amigo. — Adiós, Señor mió. 



VARIANDO, 

Lo que es del agua, el agua se lo lleva. Así dizque dijo un leche- 
ro á quien v al pasar un rio, se le fué al agua el sombrero que cabal- 
mente había comprado con los derechos que cobraba por ios bautis- 
mos de la leche. jA qué vendrá este cuento!— ¿A qué vendrá? A 
que D. G-aspár Bico y Ángulo, después de haberse puesto á jugar 
en Coyllo con un par de tunantes que asi nianipuleaban los dados, 



—85— 
corno él las bolas de su difunta lotería, y vomitando basta el último 
de los innumerables cuartillos que entraron en su poder para el sor- 
teo ordinario de la última semana que no se verificó; debió decir 
también: Lo que es de la trampa, se lo lleva la trampa. Y nos aña- 
dimos que estuvo bien llevado; porque no debió meterse con los cu- 
bos quien toda su vida ha comido á beneficio de las esferas ó las 
bolas: como se lo diremos, muy bien dicho en la siguiente 

OCTAVA. 

Conservo en la memoria, ó Graspari- 
que cuando andabas con la capa ro- 
te ganabas el pan de cada dí- 
en el juego que llaman de peló- 
manejaste después la loterí- 
y pillaste muchísimos dobló- 
Si, por las bolas, te sopló la suer- 
¿For qué dejas las bolas? Yete á un cuer- 



NO CUARTETA, 

Asi que noticias tu- 
te ganaron á la má— 
O Gaspar Rico y Angú- 
Dije, para mi, ya el Día- 
se llevó lo que era sú- 



VARIANDO SIN VARIAR. 

¿Adonde diablos dejamos al nuestro D. Gaspar en el número an- 
terior, para continuar su historia graciosa y verdadera? ¿Adonde? 
En Pacaran. ¿Que haciendo? Echando por esa boca zapos y cule- 
bras contra el bribón del soldado que le jugó la puerca de alzar con 
título y caballo. Y ¿qué le sucedió allí? ¿Qué le sucedió? ¡No es 
nada! Que, cuando él mas descuidado estaba, siente entrar caballe- 
ría en el pueblo. Eran cuatro desertores de las tropas españolas 
que iban á buscar que comer para seguir su contra-marcha. Pero 
como él no sabia si eran ó no sus amigos, metióse hasta el corral 
del rancho en que se hallaba; y se tumbó sobre el pesebre. Dos ham- 
brientos borricos que allí había, se alegraron muy mucho con el co- 
lor verde de su levita; y se tiraron á ella como gato á bofes. En un 
dos por tres, le dejaron desnudo: y algo mas le debieron de hacer; 
porque se vio precisado á dar un grito que alborotó el rancho. Enr 



—86— 
toaron los soldados, y no podían contener la risa, al ver á nuestro 
Eico en mangas de camisa, con su gorro negro y con su barba de 
dos dedos, forcejeando con los burros que se lo querían comer. Pe- 
ro en fin, á sablazos, los separaron del pesebre. Preguntaron enton- 
ces á Rico ¿qué significaba aquello? Y él les contestó así: — Habéis 
de saberos ó soldados, mas ó menos valientes, que Nos venimos ó 
hemos venido á este pueblo mas ó menos miserable por un tejido ó 
complejo de accidentes raros ó casuales que yo sé, que otros saben, 
y que á vosotros nada interesa saber. Estábamos, pues, viendo for- 
ma ó manera de largarnos de aquí, cuando, placatan, placatan, pla- 
catan, oímos el ruido de las patas de los vuestros caballos; y para 
asegurar el nuestro individuo, dimos una carrera no despaciosa, sino 
rápida y mas rápida; y echamos sobre este pesebre la nuestra huma- 
nidad no perpendicular, sino horizontalmente. EJ resto de la histo- 
ria vais á oírle en la siguiente décima. Pero es preciso que sepáis 
que Nos, nos hemos visto muchas veces comidos de gusanos: pero 
jamás, hasta hoy, comidos de borricos. 



NO OCTAVA. 

Como era verde-esmeral- 
la nuestra leva ó ievi-. 
creyeron estos borrí-. 
que eramos tercio de alfál- 
cual nos desguasa una fál- 
cual nos rompe los botó-r 
y después de que en peló- 
nos dejaron insolén- 
quisieron con los sus dién-^ 
morder la nuestra persó- 

Mucha risa causó á los soldados el razonamiento de Ángulo; y á 
nosotros nos la causa también, y nos da gana de hacerle el elogio 
que sigue: 

OCTAVA. 

Don Quijote el manchego ;vaya vaya! 
llamóse d Caballero de los Leones, 
porque intentó con dos una batalla 
que se quedó tan solo en intenciones. 
Y tú que entraste, con burral canalla, 
en efectiva lid de mordiscones, 
¿Derecho no tendrás, aunque hecho añicos, 
El Caballero, á ser de los borricos? 



Pasaron los soldados con nuestro Eico como una media hora; co- 
mieron con él; y después le llevaron consigo para divertirse en el 
camino. Luego que estuvo montado en un burro que ellos le propor- 
cionaron, en mangas de camisa, con sombrero de picos y con la bar- 
ba muy larga; porque es de advertir que, á su salida de Lima, pro- 
metió no afeitarse hasta la vuelta; uno de los soldados, que habia si- 
do capi-gorron, y preciaba de poeta le 

DIJO. 

Es cierto que vas, Eiquí- 
de retrato ó de pintú- 
jamás he visto figú- 
que mas me provoque á rí- 
¿ Quién por las calles de Lí- 
pudiera pasearte ahó- 
para que tuvieran bo- 
los viejos y los muchá- 
y fueran, tras tí, en coplá- 
cantando Juan de la Có-f 



VAEIANDITO. 

Ya esto queda corriente: que lo tiren pronto. — Señor: una nove- 
dad me han contado hoy de D. Gaspar Eico. — ¿Cual es?— Que se 
le perdió la A y la B de la imprenta que llevó: y que no ha podido 
publicar ningún papel. — Ya me pone U. en precisión de escribir otro 
Depositario, para enseñarle á Eico á escribir sin A y sin B — ¿En 
todo el Depositario no se pone ninguna A ni B. — Ninguna. — Y ¿co- 
mo es eso?— U. lo verá. Adiós. — Turru rurururururururururum. 



EL NUEVO DEPOSITARIO. 



NUMERO 4r. 



Lima 30 de Octubre de 1821. 




Verdadero retrato de la persona de D. Gaspar Rico y Angu- 
lo, Director general de la lotería nacional de la Améri- 
ca meridional, ministro honorario de la hacienda pú- 
blica y escritor melifluo del Depositario. Los que le co- 
nocieron aquí tan lozano y tan robusto, estrañarán el 
verle tan seco y macilento. Admira, con efecto, el des- 
figuro tan grande que han causado en su semblante las 
intemperies y malos alimentos de la sierra- También 
le pone avejentado lo muy crecido de la barba que ha 
jurado no cortarse hasta volver á Lima. 



RICO INMORTAL. 



¡Loor eterno alamor, al embeleso 

de las almas sensibles; 

á ti niño travieso 

que hacer nos haces cosas imposibles! 

¡Loor eterno otra vez! porque tú fuiste 

quien, viendo á un joven aburrido y triste, 

por que á su prenda amada no sabia 

como enviarle la forma de su cara; 

le aconsejaste un dia 

que en la pared su sombra delineara; 

inventando asi el arte del dibujo, 

por cuyo grande y poderoso influjo, 

se nos hacen presentes 

los personajes muertos, los ausentes, 

Por él, hoy conocemos á Tibulo, 

á Cicerón, á Horacio y á Catulo, 

á Virjilio el mantuano, 

y á todos los demás del siglo de oro, 

Por él, vemos la imagen de Diodoro, 

y también la de Homero 

que disfrutó el primero 

el favor de las musas soberano. 

Por él, la edad futura 

conocerá de Rico la figura: 

y cuando alguno de los rasgos sabios 

de las sus obras lea, 

contemplado estará su cara fea, 



—92— 
lo tosco de sus labios, 
sus ningunas patillas, 
y sus cortas, membrudas pantorrillas. 
¿Qué desgraciados fueron 
los héroes que existieron 
antes que la pintura se inventara! 
Por mas que se empeñaron 
en pintarnos su cuerpo y aun su cara 
diestros historiadores, 
en lugar de colores, 
de su elocuencia con los rasgos bellos; 
sus imágenes y ellos 
£n los mismos sepulcros se enterraron. 
Es muy débil y efímera la gloria 
que puede, sin dibujo, dar la historia. 

Y tú ¡escritor jamás bien alabado, 
que, si el papel se suma 

que ha consumido tu meliflua pluma, 

en tercio y quinto excedes al Tostado ; 

y que á la prensa hiciste 

así gemir con obras esquisitas ? 

como al bolsillo triste 

con los números, globos v bolitas 

de la tu lotería; 

mil veces te gloría 

de que tu madre hubiera 

acertado á parirte en una era 

en que, á la par de la literatura, 

á su ápice ha llegado la pintura! 

Tú no necesitabas, es muy cierto, 

de la ayuda de este arte, 

para inmortalizarte, 

y triunfar del sepulcro y sus horrores. 

Aunque hábiles pintores 

en el mundo no hubiera ni pinceles, 

bulla habias de meter después de muerto. 

Bastaban tus papeles 

para hacerte vivir eternamente. 

Pasar de gente en gente, 

hasta la fin de las generaciones, 

tu nombre ufano y ducho se veria: 

mas nada se sabria 

del tu gracioso talle y tus facciones. 

Y ¿quien seria aquel que no deseara 
conocer por la cara 

al que supo escribir Depositarios, 
al célebre Gaspar Rico y Ángulo, 



—93— 
asi como, de Yulo, 
nosotros, al presento, 
deseamos conocer al descendiente, 
al leer sus comentarios; 
y saber si fué manco ó si fué cojo, 
orejón ó visojo, 

si tuvo color blanco 6 de mulato,- 
y si fué narigón ó si fué ñato? 
Marcha, pues, escritor el mas famoso 
de cuantos hasta el dia, 
con prosa y coii poesía, 
sudar hicieron tas peruanas prensas. 
Las distancias inmensas 
de los siglos futuros 
impávido atraviesa y orgulloso,- 
en el jumento obérd 
que tu pintor te dio por compañero: 
que, si á pié te retrata, en mil apuros 
te ves para llevar sobre él tu hombro, 
en carrera tan larga, 
de imprenta y globos la pesada carga. 
Marcha tú de peruanos, pasmo, asombros- 
de castellanos viejos flor y nata, 
marcha y ninguno intrépido te ataje: 
En tu glorioso viage 
muchos encontrarás claros varones 
á la inmortalidad marchando á pata. 
Mas tú los tus talones 
arrima á los hijares del pollino ) 
y á toditos los deja en el camino, 
y llegado que seas 

de la fama eternal al templo augusto, 
¡ cuanto será tu gusto ! 
cuando á la entrada leas, 
en caracteres de oro muy bien puestos" 
sobre cuatro magníficos armarios — 
Estos, de Kico son depositarios. 
Estos, de Eico son los manifiestos. 
Después, del comandante 
Escandon las lindísimas poesías 
verás en un estante : 
cierto papel que corre en estos dias : 
décimas infinitas y un soneto 
de tu digno rival, el Cojo Prieto : 
las obras todas que escribió Terraya ; 
y muchas otras de la misma laya. 
Luego te subirás por una escala, 



—94— 
á una larga y anchurosa sala : 
en cuyos altos muros, embutidos 
muchos héroes verás esclarecidos; 
Toditos, casi, son de infantería : 
aunque de haber no dejan Unos que otros 
qUe montados están sobre sus potros-. 
Mas como no se encuentre otro jumento 
que el del gran Sancho Panza y este tuyo ) 
pues que tan solo [por personas tales, 
allí se admiten estos animales j 
el tu glorioso y eternál asiento 
será, G-aspar Ángulo, desde lUegOj 
en un nicho que esté frontero al suyo I 
para que así hagas juego, 
y guardes proporción y cimetríá 
con el mas benemérito escudero 
que jamas tuvo andante cabaíleroi 
Allí genios alados, por el aire, 
aunque la tu persona mucho pesa 
te subirán Gaspar : verás cual vuelas^ 
sin aplicar al burro las espuelas^ 
Entre tanto, las ninfas Con donaire 3 
quitárante el de picos derrepente : 
y ceñirán la frente 
de la tu rara singular cabeza 
cotí UUá gran corona 
tejida de verbena y de congona. 
Después, en dulce y armonioso coi'ój 
entonaráse un himno en tu alabanza • 
y una gran contradanza 
Cerrará la función con llave de oro. 
\ Oh felice Gaspar ! cosa de zumba 
Viene á ser para tí la horrible tumba,; 
Tú te puedes reir del garrotilloj 
del dolor de costado y tabardillo í 
y también de la angina, 
mas que nunca en el mundo hubiera quina. 
Que se mueran ios bobos 
cuyas almas escasas, 
contentas con vivir en el reposo, 
nada hicieron estraño ni ruidoso. 
Mas tú, que con tu imprenta y con tus globos, 
unas cosas hiciste tamañazas, 
imposible es Ángulo que te mueras, 
aunque tú mismo, tú morirte quieras. 
Aunque todos los males 
que á los tristes mortales 



—95— 
en cadáveres tornan ó en difuntos, 
hoy se conspiren juntos, 
aun inclusive el vicho 
y la disentería, 
para acahar contigo; 
tú con el burro tu mejor amigó, 
tu imprenta, lotería 
y tus escritos bellos, 
te burlarás de ellos; 
y orondo y hueco llegarás al nicho 
dó, á pesar de malsines y vestiglos, 
vivirás por los siglos de los siglos. 



VARIANDO, 

En el número cincuenta y dos del Depositario de Rico, impi'esó eií 
Jauja el diez y ocho del corriente, se lee lo que sigue; 

sobuenota embetunada. 

Después de ordenado y dispuesto todo lo concerniente á la im- 
presión del nuestro periódico, llegaron á las nuestras manos los tres' 
números del Nuevo Depositario publicados en Lima por. .-..Cono^ 
cemos á su autor; muchos le conocen; y todos le conocerán, cuando 
le demos a conocer. Apenas les dimos una ojeada rápida 6 violen- 
ta * Contestaremos ó no contestaremos __.,* en el número que si- 
gue ó en los subsiguientes *. ¡ Eeeeeeeeeeh ! ¡Sucios! Nada puede 

haber de común entre Gaspar Rico y Ángulo y los cofrades existen- 
tes y por existir de la tripilitrapala. 



VACIANDO SIN VARIAR LA VAÍfclAClOH, 

Se dice y sé repite que el General Serna, atendiendo ó no aten- 
diendo á los méritos y servicios mas ó menos grandes, mas ó menos 
importantes del ministro honorario de la hacienda pública y no sé* 
creta, D. Gaspar Rico (no de plata) y Ángulo; vino en concederle, 
como en efecto le concedió, la Intendencia de Huancaveliéaí y que 
el susodicho Hico pensaba reconcentrar allí la dirección general de la 
lotería nacional déla América meridional ; con cuyo objeto, Cfttisa ó 
motivo, había consumido, en la impresión de manifiestos y billetes, 
todo ó casi todo el papel que llevó para los Depositarios* Siempre 
que hablamos ú oimos hablar de la tal intendencia, se nos viene á la 



— 9G— 
memoria sin poderlo remediar, la ínsula de Sancho; y nos dá gana 
tte gritar: 



Viva el nuevo Sancho; 
y obras mil 'imprima-: 
viva el Intendente 
de Huancavelica. 

Viva el nuevo Sancho, 
para que haga rifas : 
viva el Intendente 
de Himncavelica. 

Viva el nuevo Sancho 
que nació en Castilla: 
viva el Intendente 
de Huancavelica. 



Viva el nuevo Sancho; 
viva su levita: 
viva el Intendente 
de Huancavelica: 

Viva el nuevo Sancho; 
mil leguas de Lima: 
viva el Intendente 
de Huancavelica, 

Viva el huevo Sancho ; 
su borrico viva: 
viva el Intendente 
ele Huancavelica. 



NOTICIA CONTRARIA Ó NO CONFORME A LA 

ANTERIOR. 

Por muchos de los pasados del ejército real en su segunda retira- 
da, sabemos y otros saben que el General Cántente quiso obligar á 
Rico á que asentase plaza de soldado en el escuadrón de granaderos 
montados; y que habiéndose Rico lamentado, no dulce, sino amarga- 
mente, : dé que se quisiese abatir tanto ía sil benemérita j>ersona; y 
alegando eii su pro, para eximirse del tal alistamiento, los incompa- 
rables servicios practicados en las dos direcciones de gremios y lote- 
ría; y principal ornas principalmente en la jornada de la sierra que 
él no emprendió por miedo que tuviese. de quedarse en Lima; sino 
con el fiíi dé calentar, con el fuego de sus Depositarios, el entusias- 
mo real que era natural se enfriase en las nevadas cordilleras ; hubo 
la de San Quintin entre los dos; y estuvo en un tris él que la cosa 
hediera: 



CONTRA-NOTA PERPENDICULAR, 

Estamos esperando noticias circunstanciadas de la llegada de Ri- 
co á su ínsula ó Intendencia; para dar al público una relación exac- 
ta de las funciones que se hagan corí el motivo de su recibimiento. 



t m: ^ 



iSTUMERO 5. 

Sábado 1.° c?e Diciembre ele 1821. 



¿Escribiré ó no escribiré -„_- ¡ Válgame Dios! _No sé qué ha- 
cerme Yo prometí al público no escribir mas Depositarios. Pe- 
ro ¡ como be de perder los preciosos materiales que acaban de venír- 
seme á las manos ! - Yo escribo No hay remedio aunque 

quede en el concepto de poco escrupuloso en cumplir mi palabra. 
Estoy seguro de que el público me perdonará fácilmente esta badu- 
lacada plumaria que le proporciona leer la siguiente 

ANÉCDOTA PERPENDICULAR. 

Estando anoche en casa de unas mozas á donde concurren diaria- 
mente varias personas de humor que solo se ocupan en buscar mate- 
rias de que reirse; entró derrepenteun mocito de aquellos que el vul- 
go llama Volantusos, armando tanta bulla, y con una cara tan de 
pascua, que parecía estar mas contento con un papel que llevaba en 
la mano, que el rey con sus alcabalas. Aquí traigo (dijo, parado en 
medio de la sala y levantando en alto su papel) aquí traigo la cosa 
mas preciosa que se ha estampado hasta el dia desde que Lima es 
Lima. ¿A qué nadie adivina lo que es? — Será el retrato de esta se- 
ñorita (dije yo entonces, señalando á una joven que estaba junto á 
mí.) — No es negocio de retratos, me contestó el mocito. Es un ma- 
nuscrito incomparable que acabo de desenterrar de cierto archivo. 

Literatura— 7 



—98— 
Ya yo sé lo que es, dijo entonces un lego de esos que llaman confi- 
tados. Es seguramente alguna glosa del ciego de la Merced. — No es 
sino algún soneto del célebre Cabiedes, replicó un monigote. — Nada 
de eso es, respondió el mocito. — Pues diga U. lo que es, con mil de- 
monios (dijo la muchacha que estaba á mi lado) porque si no, me 
levanto y le rompo el papel. ¡Es buena que nos tenga U. devanán- 
donos los sesos, para salir después con alguna bobería! — Entonces 
el mocito se acercó á la luz, desdobló su papel, y después de haber 
dicho á la muchacha, 

Oiga U. señora mia: 

Y verá si es bobería : 

leyó: — D. Gaspar Rico de Ángulo, Tricio y Querejazu, Peynares, 
Huiz de hovera, Aragón, Gonzales, Torres y Villasana: Ministro- 
honorario de real hacienda y capitán de granaderos de la 3. e com- 
partía del regimiento de voluntarios distinguidos de la Concordia es- 
pañola del Perú. Por cuanto con arreglo á la planta, del cuerpo, de- 
bo nombrar quien desempeñe los cargos subalternos de la compañia / 
nombro para sub-brigadier 2. ° de ella, á D. José Suarez Inclan, 
de este comercio; por concurrir en su persona notoriamente, cuan- 
tas circunstancias se requieren al intento. — Lima y Marzo 18 de 
1811. — Gtaspak Rico. 

Aqui nos reimos todos á caquino tendido, y una de las mucha- 
chas saltó y dijo, repasándosa los decios: Rico, uno. Ángulo, dos. 
Tricio, tres. Querejazu, cuatro. Peynares, cinco. Puiz, seis. Lovera, 
siete. Aragón, oclio. Gonzales, nueve. Torres, diez y Villasana on- 
ce cabales son. — Aquí interrumpió la madre délas muchachas, y di- 
jo: Todavia conservo en la memoria un versecito que aprendí bien 
muchacha, y que aquí viene de perilla. Óiganle ustedes. 

Una declena,. 

de tena, cadena, 

de rabo de Cuco, 

de San Seruco, 

de vida, vidon: 

cuéntalas bien, que las once son. 

¡Caramba (continuó la mocita) en la cáfila de apellidos que tenía 
el Señor del gorro negro l Bien necesita poner á su borrico un par 
de alforjas mas, si los quiere llevar todos consigo. — Si ensarta algu- 
nos mas (añadió otra) á pique que se hubiera remontado hasta en- 
troncarse con Adán. — ¡Ay niña! la dijo su madre. ¡Pues qué! 

¿Adán tuvo apellido? Dice muy bien la señora Doña Juliana,. 

añadió un Reverendo que, entretenido con su malilla, no habia chis- 
tado hasta entonces. Ni Adán, prosiguió) ni sus hijos, ni sus nietos 
tuvieron apellido. Y yo soy de opinión que hasta después del dilu- 
vio universal, no hubo apellidos en el mundo. *De modo que si el 



—99— 
apellido Torres, que es uno de los once del señor D. G-aspar, trae su 
origen (como es mas que probable) de la torre de Babilonia, se pue- 
de apostar una oreja á que es el mas antiguo de todos los apellidos 

de la tierra La ocurrencia fué celebrada por toda la tertulia. Y 

el Reverendo que (según me impuse después) habia sido, aquí en 
Lima, de uña y carne con Rico; y habia estado siempre con él á par- 
tir de un confite; quedó muy horondo de haber llevado tan lejos la 
cuna de su amigo, que estuvo en un tris la hiciese nadar (como la 
arca de Noé) sobre las aguas del diluvio. Las muchachas me supli- 
ron entonces que dijese alguna cosilla en verso sóbrelos once apelli- 
dos. Y yo, que no hallo en mi conciencia, haberme resistido jamás 
á ruegos mujeriles, les hice en el tiro la siguiente 

OCTAVA Ó NO DÉCIMA. 

¡ Qué lástima Gaspar, que sean once 
los tus nobles, antiguos apellidos 
que han de durar, en láminas de bronce, 
per sceculorum scecula, esculpidos! 
Agrega por tu vida León ó Ponce 
que son también bastante distinguidos. 
O si no, yo te agrego Berengena; 
y tienes ya completa la docena. 

Infinito fué lo que dio que reír mi octava á tocios los concurren- 
tes, exceptuando solo al religioso que, aunque por razón natural, ha 
de ser 

Aficionado mucho á berengenas, 
Y mas si son allomadas y rellenas. 

tuvo muy á mal el que yo hubiese mezclado una con los apellidos de 
Rico. Así es que, dejando la malilla y acercándose á nosotros, dijo: 
cosa es bastante estraña que unas personas sensatas estén haciendo 
chacota de la nobleza de un hombre, mas estimable müVeces que 
el oro y que la plata. Pero es preciso confesar que esto proviene de 
ignorancia. Y estoy íntimamente persuadido de que si ustedes tu- 
vieran en la punta de la uña, como yo, la ilustre genealogía del se- 
ñor D. G-aspar; y supieran el origen claro de sus once apellidos; bien 
lejos de reírse de ellos, los pronunciarían con respeto. Los apellidos 
de Rico ño son apellidos como todos. Son apellidos de un orden y 
gerarquía superior. Y yo no encuentro razón para que los haga ridi- 
culos el número de once, como dan á entender los versos que se aca- 
ban de repetir. 

El once nada tiene de indecente, 

por mas que llamen once al aguardiente. 



—100— 
Antes por el contrario, es un número privilegiado y singular al 
cual parecen circunscribirse las cosas mas altas y sublimes. Once son 
los millares de las vírgenes que acompañan á Santa Úrsula en el co- 
ro celestial. Once son los domingos consagrados al culto religioso del 
gloriosísimo patriarca Santo Domingo de Guzman. Y hasta los man- 
damientos de la ley de Dios., aunque parecen diez, no son sino once, 
según el poeta que dijo: 

Cuatro son las tres Marías, 
cinco los cuatro elementos, 
ocho. las siete cabrillas, 
y once los cliez mandamientos. 

Si otros son caballeros por los cuatro eostados; el señor D. Gaspar 
lo seria por los once, si acaso los tuviese. Y para explicarme en tér- 
minos matemáticos, viene á ser como el centro de un círculo á don- 
de se juntan once rayos que tocan á la gran circunferencia en que 
anclan revoleteando poetas, oradores, filósofos, juristas y hasta prín- 
cipes y reyes. — ¿Príncipes y reyes? dijo admirada una de las ni- 
ñas. — Si señora, le contestó. Príncipes y reyes, ¿De donde piensa 
usted que le vienen á D. Gaspar los apellidos de Aragón j de An- 
gido? El primero le viene de la célebre Juana de Aragón, esposa 
del grande Ascanio príncipe de Taglicozzi, que existió en el siglo 
sexto de la era cristiana. Y el segundo, del famoso Angalo, rey de 
una comarca de Gemianía, el cual conquistó la isla de la Gran Bre- 
taña; y dio nombre á los Anglos. — 'Alto ahí, dije yo entonces. El 
conquistador de la Gran Bretaña no se llamó Angula, sino Angul, 
según me acuerdo haber visto en el diccionario de Moreri. — Es cier- 
to, me respondió. Pero me coje muy de nuevo el que un hombre 
que sabe hacer octavas, se ande parando en una letra, y principal- 
mente en una O, que en su propia figura está diciendo que es lo mis- 
mo que un cero. — Cálleme yo la boca; y él continuó diciendo: el 
apellido hovera, aunque no viene de reyes, no deja de ser por eso, 
de los mas distinguidos: pues el sabio Simón Lovera, que estuvo 
preso en Madrid por razones de estado, fué uno de los primeros per- 
sonajes del siglo diez y siete.— Aquí saltó el mocito conductor del 
papel y dijo: 

¡Quien le Jiabia de decir al tal Simón 

que, al cabo de dos siglos, un Gaspar 

Jicibia, juntamente, de heredar 

su apellido, su sangre y su p>rision! 

Ninguna necesidad habia (dijo el relijioso) de que se sacase aquí 
la prisión de Eico. Pero ya que U. la trajo á colación, es preciso 
que sepa que no es la prisión sino el delito el que degrada al hom- 
bre: y que aquel que tiene limpia su conciencia, como la tenia D. 
Gaspar cuando le prendieron en Madrid, queda siempre en su misma 



—101— 
fama y opinión, aunque se le vaya sucesivamente encerrando en to- 
das las cárceles del mundo. — El mocito alegó las razones que tuvo 
la justicia para meter á Rico en la cárcel de Madrid. El padre las 
rebatió. Y yo, por cortar una conversación que se iba ensangrentan- 
do, le pregunté cual babia sido el héroe de quien heredó nuestro 
Gaspar el apellido de Rico. — Es el único (me dijo) de que no tengo 
noticia. Aunque no dejo de pensar que sea un flamenco llamado 
Justo Bieldo que nació á fines del siglo diez y seis:: y que, con el 
trascurso de los tiempos, se haya corrompido el apellido., — Si es ne- 
gocio de corruptela (dijo un venerable anciano que estaba sentado 
en un rincón) es mas creíble que sea el alemán Pablo Ricio; ya por 
que el apellido se diferencia menos del de Rico, y ya, principalmen- 
te, porque fué judío; aunque hay graves autores que aseguran que 
se convirtió después, y que murió en el seno de la religión cristia- 
na. — El padre hizo un gesto muy estraño cuando oyó el cuento de 
Judio: y yo creo que se hubiera largado sobre la marcha, si otro no 
le pregunta que si el apellido G-onzales había sido heredado de Ma- 
nuel G-onzales Telles, célebre profesor ele .Derecho en la Universidad 
de Salamanca. A lo que el contestó: no señor mió. Ese apellido, 
tal vez el mas ilustre de los once, viene de un español llamado Thir- 
so (ronzales que fué en el siglo diez y seis Greneral de los Jesuítas. — 
j A ve Marial gritó una muchacha. ¡Qué! ¿También los generales 
de los Jesuítas tenían descendencia? — -Y bien larga añadí yo,, — Rié- 
ronse todos de la especie: 

Y tanto incomodóle lu risilla 
al padre, que al momento, 
calóse su capilla; 
y mandóse mudar á su convento. 

Cuando iba por la puerta de la sala, dije en voz alta, para que él 
oyese. — ¡O nobilísimo Gaspar que, con las infinitas ramas de tu fron- 
doso árbol genealógico, te hallas enredado con todos los siglos, pues 
tienes encada uno, un pariente cuando menos! oye esta décima que 
me ocurre en tu loa, 

DÉCIMA, 

Si en los siglos delanteros 
has de vivir por tu ciencia; 
por la tu noble ascendencia, 
ya has vivido en los traseros. 
Rompe ya los tus tinteros, 
y tu pluma de alcatras: 
pues aunque no escribas mas, 
y te metas en un cuerno; 
serás, Villasana, eterno 
por delante y por detras. 



—102— 
Cayóle muy en gracia la décima al monigote ele quien hablamos 
antes; y después de haberla celebrado, dijo que supuesto eramos on- 
ce los individuos de la tertulia, podia tomar cada uno un apellido y 
hacer un acróstico con él. Todos adaptamos la idea. Y era cosa de 
ver á las muchachas pelear á la rebatiña por el apellido mas bonito. 
Esta decia: Yo quiero el Trido. Aquella: el Villasana que es me- 
jor. Esotra: yo me agarro el JReynares. Y la de mas allá: pues ven- 
ga para mi el Ruiz de Lovera. Yo tomé el Ángulo: hice un acrós- 
tico de que no me acuerdo: y mándeme mudar para mi casa, á don- 
de me puse inmediatamente á escribir la siguiente: 

NOTA ACHAROLADA. 

Aunque no nos hacemos mucho favor en imajinar que haya quien 
dude de la autenticidad del nombramiento de Inclan hecho por Ri- 
co; sin embargo, si hubiere alguno, ocurra al cajón de D. Camilo 
Liceras, le verá original, 



VARIANDO. 

i Zapata! — Señor. — ¿Como estamos? — Faltan siete renglones pa- 
ra llenar el pliego. —¿Siete? Pues vaya una 

SEGUIDILLA ABOLERADA. 

Once las letras son 
del aguardiente: 
y once los apellidos 
del Intendente. 

¡Once felice! 
Mas que el doce y el trece, 
catorce y quince. 



L NUEVO DEPOSITAR 

NUMERO 6. 
Sábado 15 de Diciembre de 1821. 



loa Gaspar de Vülasana en marcha para su Intendencia. 



ADVERTENCIA. 



Hasta aquí liemos estado circunscriptos á dos apellidos solamen- 
te, para nombrar á nuestro héroe. Pero en lo sucesivo, usaremos in- 
distintamente de cualquiera de los ©¿¿««^consabidos. Así, para evitar 
las confusiones y las dudas que pudieran nacer de tanta variación 
sin variar (porque, sin variar en la sustancia, hay once variaciones 
de voces ó palabras) es indispensable que todos los aficionados á 
leerlos nuestros Depositarios, se aprendan de memoria el encabeza- 
miento del despacho de Inclan; y sepan que 



Ángulo, Torres, Querejazu, y Ricio, 
Reynares, de Lo vera, Ruiz, y Tricio, 
Vülasana, Gonzalos y Aragón, 
Once cosas parecen y una son. 



—104— 

SOBKB ADVERTENCIA. 

Hasta aquí nuestro D. Gaspar solo lia sido Caballero de los bor- 
7'icos. Pero desde hoy será también conocido por el nombre de Ca- 
ballero de los once apellidos: 

Imitando al manchego Don Quijo- 
Que, según Benengeli, fué primé- 
De la triste figura Caballé— 
Y después Caballero de los Leo- 



CONTRA ADVERTENCIA. 

¡ Con qué rasgos tan bellos y graciosos, 

en los tiempos antiguos se escribieron 

las vidas de los héroes fabulosos 

que dizque se dijeron 

Don Quijote y Gil Blas de Santillana! 

Y ¿teniendo yo un Tritio ó Villasana, 

héroe real y efectivo, 

y tanto, que los dos, mas afamado, 

cuanto vá de lo vivo á lo pintado; 

por qué causa no escribo 

con mas sal que Cervantes y Le-Sage? 

¡ Vaya, vaya, que soy un gran salvage ! 



VARIANDO SIN VARIAR LA VARIACIÓN. 



Chiiitum, chitum, chitum, chiiiiiitum, tum, tum, tum, chiiiiiiiií- 
tum, tum, tum, tum, tum, tumtumtum, chiii, chiii, tum, tum, tum, 
tumtumtum, tum, tum, tum, tum, chitum, chitum, chiiiiiiiiii, 
tum, tum, tum, tum, tum, tumtum. 

Magníficos fueron los fuegos con que recibió Huancavelica á su 
Intendente; el cual quiso presenciarlos montado en el caballo en que 
acababa de llegar. Pero, por desgracia, un maldito cohete acertó á 
reventarle entre las patas: 

Y el diablo del obero 
que fué, desde potrillo, pajarero, 
un respingo pegó con tanta gana, 
que voló por los aires Villasana, 
Mas quiso su ventura 



—105— 
sobre un montón cayese de basura. 
Que si así no sucede ¡Ave María! 
No la cuenta, tal vez su Señoría. 

El porrazo sin embargo, debió de pillarle algo de la cabeza ó del 
cerebro; porque se mantuvo privado basta el siguiente dia en que 
amaneció sin novedad, á favor de una jeringa y dos ventosas sajadas 
que le bizo aplicar, en el tiro, el proto-médico de allí. A las diez de 
la mañana, el cabildo pleno se presentó en su casa; y su Señoría, el 
señor Intendente tuvo la bondad de recibirle en la cama. Uno por 
uno le fueron saludando con la cabeza, y el alcalde de primer voto, 
abrióla boca y dijo: Señor: No hay voces con que explicar lo sensi- 
ble que ha sido á este ayuntamiento el porrazo de anoche: y querría 
mas bien que hubiese recaído en uno cualquiera de los individuos de 
su seno, que en la persona de Useñoría.— Aquí interrumpió el In- 
tendente, diciendo: Por muy sensible que baya sido á este ayunta- 
miento el nuestro porrazo de anoche, mas sensible nos fué á Nos; 
porque cosa vieja es, que nadie siente el mal como aquel que le pa- 
dece. Nos, sin embargo, agradecemos mas ó menos sus lisonjeras 
expresiones. Y en prueba de la consideración que nos merece, le 
protestamos, con aquella ingenuidad que nos es característica ó mas 
característica, que damos por bien empleado el susodicho porrazo; y 
que sufriríamos, gustoso, otro igual ó desigual, por tener el honor 
estenso ó incomparable de mandar á un pueblo tan heroico ó genero- 
so. — El Intendente hizo una pausa; y el segundo alcalde tomó la 
palabra y habló así: Señor, todo está dispuesto, en la iglesia mayor 
para la solemne misa de acción de gracias que debe celebrarse por la 
feliz llegada de Useñoría á esta su intendencia, y venimos á saber si 
acaso se halla Useñoría en estado de asistir. La nuestra llegada á la 
Intendencia, contestó Aragón, nada ha tenido de feliz. Antes, por 
el contrario, ha sido desgraciada ó mas desgraciada. Y si conforme 
caímos en blando, hubiéramos caido en duro, nos hubiera costado la 
torta un pan. Sin embargo, el golpe no fué de los mas tenues ó li- 
vianos. Y si hemos amanecido tan alentados, es por el influjo mas ó 
menos benéfico de la jeringa y las ventosas. Pero principal ó mas 
principalmente, por un milagro de la Virgen de los Remedios, en cu- 
yas manos nos pusimos anoche. Por lo cual j)egaba, mucho mejor, 
una misa de salud, que no de acción de gracias. Porque esto de dar 
gracias por haberse pegado un porrazo en las costillas, no nos pare- 
ce nada natural; á menos que entendamos, rigurosa ó mas riguro- 
samente, aquello de gracias á Dios por todo. En cuyo' caso, debere- 
mos hacer misa de gracias por cada robo que nos hagan y por cada 
pedrada que nos den. Sea de esto lo que fuere, tengan Usías la bon- 
dad de esperarnos afuera, que vamos á ponernos el nuestro vestido 
para asistir á la función. — Se retiraron á la sala todos los individuos 
del Cabildo, y al poco rato salió ya vestido Querejazu y se dirijió con 
ellos á la Iglesia, donde se hizo una fiesta cual su persona requería. 



—106— 

Después del evangelio, subió al pulpito un tapado á quien llaman 
allí Pico de oro; y dijo el siguiente 

SERMÓN. 



Señor: 



Obiuierunt ci muñera, avrum, thus, et mhjrram. 
Le ofrecieron oro, incienso y mirra. 

San Maleo cap. segundo. 



Allá en los tiempos de atrás en que Herócles mandaba la Judea, 
se aparecieron derrepente, en la ciudad de Jerusalen, tres reyes ma- 
gos, llamados Melchor, Gaspar y Baltazar, que guiados por uua es- 
trella de un resplandor extraordinario, venian desde el Oriente, bus- 
cando como locos al Redentor del mundo, cuyo nacimiento sabian 
por celestial inspiración. Informados allí, ele que según el oráculo 
del profeta Micliéas, debia nacer en una aldea de la tribu de Judá, 
qne llamaban Belén, tiraron para allá, y en un pesebre humilde, en 
que liabia á la sazón una muía y un buey, hallaron al Mesías recien 
nacido, á quien adoraron prosternados, y le ofrecieron oro, incienso 
y mirra: Obtulerunt ei muñera, aurum, thus, et mhyrram. Y ¿quie- 
nes fueron, por ventura, los que ofrecieron la mirra y el incienso? 
Melchor y Baltazar. Y ¿por qué le ofrecieron cosas tan pequeñas? 
Porque eran pobres sin duda: y así cumplieron con dar lo que te- 
nían. Y ¿el oro quien le ofreció? Ofrecióle Gaspar. ¿Por qué Gas- 
par ofreció una cosa mas preciosa 'que sus dos compañeros? Porque 
era Rico el tal Gaspas. ¡Hola! ¡Gaspar y Rico! Muy bien. Y 
¿ Useñoría cómo se llama? ¡Qué semejanza entre uno y otro! Pues, 
hay mas todavía. Aquel Gaspar venia del Oriente. Y ¿de donde 
vino Useñoría? ¿No vino de Castilla la vieja que está al oriente de 
nosotros? Aquel Gaspar venia trayendo oro: Aurum. Y ¿Useño- 
ría no trae esa famosa Lotería que produce mas oro que el Tipuá- 
nis y el Chocó? Aquel Gaspar era Mago. Y ¿no es una majia ver- 
dadera la que ejerce Useñoría, haciendo que unas bolitas de madera 
paran onzas y pesos corno tierra? Aquel Gaspar era rey del Oriente. 
Y ¿qué viene á ser Useñoría cuando, sentado magestuosamente de- 
bajo de su docel, dicta leyes á la fortuna y á los hados que ha con- 
seguido encerrar en tres pequeñas esferas que hace jirar á su arbi- 
trio, y que gobierna y manda, como señor absoluto, no solo en el 
Oriente, sino también en el Poniente, en el Septentrión y el Medio- 
día? ¿Quiere Useñoría parecerse mas á su tocayo? Es muy difícil 
mayor parecimiento. Cualquiera confunde á un Gaspar con el otro 
Gaspar, y cree que el Intendente de Huancavelica fué uno de los 
Magos, ó que uno de los Magos es hoy dia Intendente de Huanca- 
velica. Nadie dirá que Useñoría se parece al rey del Oriente, como 
un huevo á una castaña. Antes por el contrario, todo el mundo gri- 
tará qne se parecen los dos, así como un huevo se parece á otro hue- 
vo. Yo encuentro, sin embargo, una pequeña diferencia ventajosa á 



—107— 
Useñoría. La diré: El otro Gaspar era Rico de oro solamente: Au- 
rum-. Pero Useñoría es Rico de talentos, Rico de luces, Rico de in- 
genio, Rico de arbitrios, Rico de proyectos, y es en fin, Rico de tan- 
tas y tantas cosas, que si conforme le pusieron en la pila el nombre 
de Gaspar, le ponen el de Pedro, por fortuna, pudiera decirse á sí 
mismo, como aquellos verdosos paj arillos que se crian en las monta- 
ñas vecinas á Guayaquil, Periquititito, Rico, Rico, Rico, de Puer- 
to-Rico. ¡O Huancavelica! ¡Qué ventura la tuya! ¡Cuanto te en- 
vidiarán todas las provincias de la Sierra! Ahora si que mereces el 
nombre de Villa-Rica; mas bien que el año de quinientos setenta y 
dos en que te le dio tu fundador Francisco de Toledo. Y Useñoría, 
también, merece ya mejor que antes el primero y mas precioso de 
sus once apellidos: quiero decir, que aunque Useñoría fué Rico des- 
de que su madre le parió, nunca fué tan Rico como añora. Ya ha- 
béis visto, oyentes mios, el plan de mi discurso. En la primera par- 
te os haré ver que Villa-Rica, es mas Rica desde que es mandada 
por Rico. Y en la segunda, que Rico es mas Rico, desde que manda 
á Villa-Rica. Ave María. 



CONTRA NOTA. 

No copiamos el sermón entero, por no fastidiar á los lectores. El 
exordio basta para conocer el mérito de la pieza, según aquel adajio 
que dice: Por el hilo se saca el ovillo. Concluida pues la función, 
el señor Intendente se dirijió para su casa, acompañado del Cabildo. 
Y una nube que en el camino habia, se abrió cuando pasaba y arro- 
jó sobre la cabeza de su Señoría, entre mistura y otras cosas, una 
porción de papeletas en que estaban escritos, con letras de molde, 
los versos siguientes: 

1.° 

Todo esquilón y campana 

y cuanto tenga badajo, 

hasta que se venga abajo, 

repique hoy por Villasana. 

2.° 
Por fin, con ojo propicio, 
nos miró el Omnipotente, 
dándonos por intendente, 
al incomparable Trido, 



Tus talentos singulares 
y la tu pluma elocuente, 
de esta provincia intendente 
Te hicieron grande Rey nares. 



—108— 

4.° 
Envidie la tierra entera 
la suerte de Villa-Rica, 
que, á pesar de ser tan chica, 
encierra á un Ruiz de hovera. 

5.° 
Ya se acabaron los males 
de esta generosa villa: 
pues se ha sentado en su silla 
el intendente Gomales. 

6.° 
¿ Di, pueblo, cómo no corres 
y das brincos de alegría, 
al ver que ha llegado el día 
en que te gobierne Torres? 



DIALOGO. 

•¡Zapata! — Señor. — ¿Hoy también faltan siete renglones para lle- 
nar el pliego? — Hoy faltan ocho. — Bien. Fon pues esta octava 
que mandó Villasana á una joven de Huancayo, al partir para 
Huancavelica. 

OCTAVA. 

Listo tenemos ya nuestro caballo 
para partir: ¡O Rosa! ¡O cruel destino! 
Partimos: mas dejamos, en Huancayo, 
el nuestro corazón fino ó mas fino. 
No sea que fiero, tremebundo rayo 
penetre el nuestro cuerpo en el camino, 
y quémela tu imájen ¡Oh tirana, 
homicida de Tricio y Villasana! 



NUMERO 1.° 



Escrita con el objeto de mandársela á 1), Gaspar Rico, residente m 
el castillo del Callao, por un correo estraordinarísimo, aereo-meíá- 
lico— sulfúrico— tronante. 



Lima I. ° de Mayo de 1825. 



ENTRADA DE PAVANA, 



¡ Quién como tú, Depositaría mía, 
Feliz Depositaría! 
Que, conducida por lijera "bomba. 
Que vá, con su espoleta, 
Hendiendo el aire en luminosa comba, 
Cual un tiempo le hendía 
El pequeño farol ó luminaria 
Que llevaba en el rabo mi cometa, 
Con mas celeridad que la del viento, 
Vas á trepar al alto firmamento: 
Y, después de correr rej iones bellas 
Pobladas de planetas y de estrellas, 
Ver de cerca á Saturno con su calva 
Y al lucero del Alba, 



—110— 

A Febo conocer que da los días, 

Y á las Cabrillas siete y tres Marías, 

Y pasar junto á Virgo y el Cangrejo 

Y el dios terrible de la cruda guerra, 
Descender otra vez sobre una tierra 
Do la gloria tendrás inapreciable 

De saludar al CASTELLANO VIEJO: 

A aquel varón ensine, incomparable. 

Sin par entre la jente 

Que habita del un polo al otro polo: 

A aquel héroe famoso y prepotente 

Que, del Callao en pié mantiene, solo, 

Los altos torreones 

Que, á no ser por su pluma tan de fuego, 

Hubieran sucumbido, desde luego, 

A pesar de sus muros y cañones, 

¡O Villasana! ¡O Rico! 

¡O Aragón! ¡O González! 

¡O Querejazu! ¡O Tricio! 

¡O Torres! ¡O Bey nares! 

¡O Gaspar ele Lo vera! ¡O Ruiz! ¡O Ángulo! 

¡O sí! Me congratulo 

De poder dirijirte este mensaje. 

Y al cielo plegué que el volante paje 
Que le va á conducir con tanta bulla, 
Tan junto caiga á la persona tuya, 

Que á entregártele, llegue en propia mano, 
Envuelto cual cartucho ó cual barquillo, 
A tí que eres dos veces castellano 

Y honor déla Castilla y del Castillo. 



DIALOGO INTERCALANTE. 
Don Gaspar Rico. — El impresor Don José Masías. 

Impr. ¿Qué milagro señor Rico tan temprano en la imprenta? 
Aun no son las seis de la mañana. 

Rico Falta un cuarto, tres minutos, diez y siete segundos y mas ó 
menos terceros. 

Impr. ¿Qué papeles son esos? 

Bico Es el número 160 del nuestro Depositario que hemos concluí- 
do ahora cosa de cinco, seis, siete, ocho, nueve ó diez minutos 
y medio. Óigale U. y verá que, Jurando ó no jurando, congra- 
cia ó sin chiste, alas claras ú oscuras, anunciamos, con el idioma 
de la claridad divertida, verdades que aprovechan mucho á mu- 



—llI- 
cLos, y quo hitar avinta.niicidan.... tanto.... á tantos. Dice pues: 
El Depositario. Número 160. Callao 1° de Mayo de 1825. In- 
vitatorio antifonado. Molestados, toda la noche, próxima ó 
mas próxima, por un cierto calórenlo insinuante ó intenso 
que nos hizo arrojar por los minutísimos poros de la nuestra 
epidermis ó cutícula, hasta el humor linfático convertido en 
sudorífico, y por una comparsa de zancudos mas ó menos can- 
tores, mas ó monos punzantes, que se empeñaron en llenar 
la nuestra cara de esos tumorsillos pruriginosos que piden 
pronto ó mas pronto el auxilio de las uñas, y en amolar los 
tímpanos delicados de las nuestras orejas con el infernal dia- 
pasón de su música ingrata ó descompasada, no nos ha sido 
posible ó fácil saludar siquiera al poltrón de Morféo. Dieron 
las tres en el nuestro cronómetro: y los nuestros miembros, 
no secos ni descansados, aunque tendidos á la bartola, no en- 
contraban mayor ó menor refrigerio en las vueltas y revuel- 
tas que daban en la cama, Entre tanto, la nuestra imagina- 
ción vagaba por esos mundos de Dios, no ocupándose en 
asuntos peculiares ó privativos al nuestro individuo particu- 
lar ó particularizado, ni tampoco en especies lividinosas ó su- 
cias, sino en verdades de mayor cuantía que penetran muy 
pocos, que buscan muchísimos y que interesan á todos. Des- 
pués de catorce minutos y medio de una meditación mas 
profunda ó menos superficial, en que consultamos al consejo 
de la nuestra sesera peculiar ó privativa sobre futuros con- 
tingentes ó no contingentes, condicionales ó no condiciona- 
les, relativos ó no relativos á la suerte próspera ó adversa de 
quince millones de individuos personalisados ó de personas 
individualizadas, iguales en idioma, en religión y en costum- 
bres: pero mas ó menos desiguales en sexo, en inclinaciones, 
en opiniones, en designios, en vicios y virtudes, me rasqué la 
cabecilla por lo peliagudo del negocio. Y resuelto á trasla- 
dar al papel, á proporción de mi incapacidad relativa, mis 
ideas zumbáticas salpicadas con un trocito de risa sardónica, 
para darlas al público de un mundo ó de dos mundos con to- 
d 's sus inducciones, conecciones, aducciones y deducciones, 
me calé el gorro y los botines: y así en mangas de camisa, 
como suelen estar los mozos de pulpería para vender los plá- 
tanos y el queso, puse los huesos de punta y me arrimé al 
bufete. La primera dilijencia fué subir al Parnaso á conver- 
sar un rato, por vía de desahogo reírijerante, con mi amigo 
Apolo y con sus hijas, y decirles algunas quisicosas envueltas 
en chufletas. Y apenas descendimos para olvidarnos de nos 

y pensar en otros y en otras cuando Buurrrruum 

el sonido ronco ó grave del bronce mas ó menos hueco me 
anuncia la venida próxima ó mas próxima de una bomba 
enemiga. Pero nos que lanzamos con semejantes plumas, y 



— 112— 
que sabemos que el tal sonido no es mas que el traquido-es* 
tattantc-carbónico-mlfuroso, contestamos, histérica ó flatu- 
lentamente con otro sonido semejante ó idéntico; expeliendo 
con mas 6 menos tuerza, por el intestino recto, la fracción at- 
mosférica apretada ó comprimida en su mayor ó menor elas- 
ticidad, entre las-sinuosidades intercalantes de las tripas del 
nuestro mondongo. Bien tajada la pluma y despabilada la 
vela para parir á todas luces, opiniones ignífero^sulfurantes 
y conceptos corroentes, que, aunque concebidos á oscuras y 
entre sábanas, no eran espurios ni sacrilegos, sino lejítimos ó 
mas lejítimos, comenzamos á escribir por la siguiente nota pa- 
bólica. 

Impr. Cierto que pone U. á los artículos de su Depositario unos ró- 
tulos ó epígrafes que el diablo que los entienda. ¿Qué cosa 
significa Nota parabólica? 

Rico La palabra nota es demasiado vulgar ó vulgarizada para que 
nos detengamos nos en pronunciar sobre ella nuestras defec- 
ciones tácitas ó implícitas, derechas ójibadas. Por lo que to- 
ca ó tañe ala palabra 'parabólica, es hija lejítima, lejitimada 
y lejitimable de la voz matemática parábola, que es una de 
las tres, cuatro ó cinco secciones mas ó menos cónicas. Ya 
que tiene U. la belígera incomprehensibilidad de averiguarlo 
todo, luego que oiga los tiros, no de la hermandad del tripñli 
trápala, sino de las trincheras enemigas ó mas enemigas, ob- 
serve el rumbo corvo ó torcido que las bombas traen, y ya ha 
visto parábolas hechas y tuertas con todas sus insidencias^ 
pertenencias, anexidades y conexidades. 

Impr. A buen seguro que las vea. Harto hago, cuando oigo tiroSj 
en buscar agujero en que meterme. 

Rico Esa es puerilidad encampanada en cobardía. Buscar aguje- 
ros es bueno para los débiles ratoncillos cuando los persiguen 
los gatos juguetones, 

Impr. Y ¿habrá quién tenga serenidad para hacer una observación 
tan diabólica? 

Rico Yo, yo, yo, yo, yo. 

Impr. ¿Usted? 

Rico Siiiiiiiiiiü. Lo mismo miramos nos esos globulillos ferrugino- 
sos que escupen las bocas metálicas con que nos saluda de 
cuando en cuando la cortesía Colombiana, que aquellos de 
agua y jabón que los muchachos fabrican soplando como se 
hacen las limetas. Cuando la cuatrvpedante curbatilidad de 

la linea ¡Barajo mi plata, padre! Este bombazo me ha 

llegado hasta la médula oblongada. Parece que los enemi- 
gos, como quien no quiere la cosa, se nos van arrimando mas 
ó menos. 

Impr. ¡Virgen santísima! ¿Si estaré seguro debajo de esta mesa? 

Rico Alcánzame, muchacho, ese perol para resguardar siquiera la 



— 113— 

parte príncipe clel nuestro cuerpo, encasquetándonosles á ma- 
nera de morreon ó de birrete. 

Impr. Ese perol tiene tinta. 

Kico Aunque tenga diablos coronados. Mas vale ensuciarnos con 
tinta ó con otra cosa peor ó mas peor, que el que un maldito 
casco, bien ó mal dirijido, nos desbarate las narices, ó nos lle- 
ve algún pedazo de la glándula pineal. Muchacho del demo- 
nio; dácale mas ó menos pronto, mas ó menos lijero. 

Impr. Ya escapamos. A Dios gracias. Allá caiga el rayo. Ya pue- 
do salir de debajo de la mesa. 

Bico Y nos podemos quitarnos este perol que nos ha echado una 
polaina, bañándonos, desde la coronilla de la nuestra cabeza 
hasta las plantas da los nuestros pies, con esc líquido gluti- 
noso ó fétido que, si bien es precioso en el papel, es inaguan- 
table en la ropa y en el pellejo. 

Impr. ¿No decía U. que no temia las bombas? 

Rico Lo dijimos, lo repetimos y lo repetiremos. Pero eso es por lo 
tocante al nuestro individuo singularizado: que por lo corre- 
lativo al mismo individuo jeneralizado, es otra cosa diferente 
ó estraña. Si á U., por ejemplo, le cayera un casco errante 
en el occipucio, poco ó nada se perdia: porque impresores 
hay muchos ó varios, y una hormiga no hace verano. Ade- 
mas, el arte tipográfico es el huevo de Juanelo que le entien- 
de cualquiera. Pero si la nuestra persona fracasara, haria 
falta á millares y millones de vivientes actuales y futuros, 
existentes aquí y allá y acullá; como se verá en las cinco no- 
tas perpendiculares que deben salir hoy á luz. 

Impr. SsñorRico: ahorrémonos de voces. Yo me he comprometido 
mucho con imprimir los malditos Depositarios. Ya basta. 
Yo le veo á esto cara de borrico, y mañana ú otro dia se rin- 
de el castillo y 

Rico ¿Qué es eso de rendirse el castillo? Escupa esa herejía. El 
castillo se rendirá cuando anos, nos falte ]a esencia ó existen- 
cia. ¿U. piensa que es la espada de Rodil la que conserva el 
Castillo? Pues no es sino la pluma de Rico. Esta es la que 
mantiene firmes á los muchos y buenos esperanzantes que es- 
peran con esperanzas fundadas en las previsiones conniven- 
tes del nuestro anteojo político. Si no hay un Ángulo en el 
castiilo, ya la opinión pública estaría enterrada en el pan- 
teón de las bursatilidades. 

Impr. ¡Temblor señor D. Gaspar! ¡Qué hacemos ahora! 

Rico Si como hay edificios á prueba de bomba, los hubiera á 
prueba de temblor, allí deberíamos meter las nuestras perso- 
nas. Pero supuesto que no los hay, corramos á la plaza. 

Impr. Corramos. 



Litebatura— 8 



—114— 

GRAN DESCUBRIMIENTO. 

Ya podemos ir á Europa sin necesidad de embarcarnos. ¡Loa 
perdurable al inmortal Ángulo que nos ha procurado esta ventaja, 
juntando, con la su cabeza singular, estos dos grandes continentes 
que la naturaleza había separado con tanto perjuicio de la especie 
humana! En comprobación de esta verdad tan importante, damos 
al público la siguiente representación que hemos copiado del núme- 
ro 10 del Sol del Cuzco. , 

EXCMO. SEÑOR. 

Necesito pasaporte para transferirme á Europa, y V. E, se ha de 
servir expedírmelo "para que pueda hacer el tránsito por mar en 
"cualquier buque nacional ó estranjero que se me proporcione, ó 
"por tierra, desde cualquier pueblo ó lugar donde le emprendiere." 
Hoy no puedo designarlos por el estado y situación en que me ha 
puesto f la necia debilidad de haber defendido la causa española en 
estas rejiones, de la manera mas singular que V, E. sabe y es noto- 
rio, aun habiendo previsto que en el Congreso habría diputados que 
adoptasen medidas opuestas á nuestra conservación y sosiego, mas 
nunca imajiné que fuesen tan parciales, inconsecuentes, injustos é 
inhumanos. Me acompañan dos domésticos. 

Dios guarde á V. E. muchos años. — Cuzco 11 de Abril de 1822. — 
Excmo Señor. — Gaspar Rico. — Excmo. Señor Virey, Gobernador 
y Capitán Jeneral del Perú. 



VARIANDITO. 

O bomba sulfurosa y retronante, 
Que vas á conducir este rasguillo, 
Memorias dale á Júpiter tonante, 
A quien verás metido entre su anillo. 
Diviértete con Venus un instante: 

Y cayendo después sobre el Castillo, 
Busca por su detras á Villasana, 

Y clávatele en forma de almorrana. 



OCTAVA 



Los Virgilios y Horneros son muchachos. 
Poetas miserables que sin fuego 
Y sin gracia cantaron por borrachos 
En malos versos el enojo griego. 
Yo valgo mas, aunque jamás mi lira 
Osé templar; mas mi entusiasmo es tanto 
Que un Dios sin duda con su rayo inspira 
El grande asunto que atrevido canto. 



EPITAFIO 



Que se puso en el castillo del Callao, sobre la losa que cubre el 
sepulcro de D, Gaspar Rico. 



Deten esa tu planta presurosa 
caminante: y sacando tu denario 
híncate de rodillas en la losa, 
y resa devotísimo un rosario; 
pues el alma de cántaro aquí posa 
del que el mundo llamó Depositario. 
Toda su vida la pasó de pillo: 
en Castilla nació, murió en Castillo. 



■116— 



Aquí un tremendo enjambre de gusá- 
hinca feroce su agusado dien- 
en el cuerpo de aquel que el suyo infá- 
en las almas hincó de tantas gen- 
Aquí yace podrido Villá- 
saltad, ó pasajeros, de conten- 
ya de la activa se volvió en pasi- 
¿Le visteis mordedor? — Yedle mordí- 



? 7 Ci 



i A ¡ : 11 Üj . 



El Alto Perú, que era antes 
El centro de las riquezas, 
Se ha quedado entre las manos, 
¡Pobre! Tocando tabletas. 
• Porque Ayacucho, 

Diestro muy mucho 

En estos juegos, 

Manda talegos 

A Guayaquil, 

De mil en mil, 

Para que Roca 

Los guarde allá. 

¡Muy bueno vá] 

ESTRIVILLO. 

Sucre el año de veintiocho 
Irse ásu tierra, promete. 
¡Como permitiera Dios 
Que se fuera el veintisiete. 

II. 

Parece á cada moneda 

Que le han puesto un par de alas, 

Porque todas han volado 

A las orillas del Guayas.. 



—118— 
No se halla medio 
Para un remedio, 
Ni hay un ochavo 
Ni hay un centavo 
Estando'allí 
El Potosí 
Que, como tierra, 
La plata dá. 
¡Muy bueno vá! 

Sucre, en el año veintiocho 
Irse á su tierra promete. 
¡Gomo permitiera Dios 
Que se fuera el veintisiete! 

III. 

Todo el lujo alto-peruano 
Se lo ha llevado el demonio. 
No ha sido el demonio, miento, 
Que ha sido Don José Antonio. 

No vé manillas 

Ni gargantillas 

Ni prendedores 

Ni apretadores 

Que no despache 

Para Macuache 

JL quien toditos 

Sabemos ya. 

¡Muy bueno vá! 

Sucre, el año veintiocho 
Irse ásu tierra promete. 
¡Gomo permitiera Dios 
Que se fuera el veintisiete. 

IV. 

En Chuquisaca las leyes 
Bajo de los sarracenos 
Se respetaban muy poco : 
Pero hoy se respetan menos. 

Va un comerciante 

Para adelante. 

¿Muías? Embarga: 
• Y que la carga 

Se quede á pié 

Y esto ¿por qué? 

Porque á los baños 



—119— 

Vaya la tal 

jMuy bueno vá! 

Sucre, en el año veintiocho 
Irse á su tierra promete. 
¡Como permitiera Dios 
Que se fuera el veintisiete! 

V. 
Nuevo nombre se le dio 
A la tierra alto-peruana: 
Se le dio constitución: 
Pero y ¿libertad? ¡Caramba! 

Hay extorciones, 

Contribuciones 

Todos los dias. 

No hay garantías, 

Seguridades 

Ni propiedades. 

Cual mal esclavo 

Todo hombre está. 

¡Muy bueno vá! 

Sucre, en el año veintiocho 
Irse á su tierra promete. 
¡Como permitiera Dios 
Que se fuera el veintisiete! 

VI. 

La ciudad que de la Plata 
Con razón llamóse un dia, 
La ciudad del fierro hoy 
Llamarse muy bien podría. 

¿Quien tiene ahí fondos? 

Limpios, morondos 

Están yá todos; 

Que nuevos godos 

Los han saqueado. 

Y ¿qué han dejado? 
Grillos, cadenas 

Y esposas \ Ah ! ! ! 
i Muy bueno vá! 

Sucre en el año veintiocho 
Irse á su tierra promete. 
¡Como permitiera Dios 
Que se fuera el veintisiete! 



—120— 

VII. 

Los pobres alto-peruanos, 
Después do fatigas tantas. 
Solo lian logrado hasta hoy 
El cambiar mocos por babas. 

Los chapetones 

Eran bribones, 

Mucho ruines, 

Mucho malsines. 

;Qué despotismo! 

Pero ¿hoy lo mismo 

O peor el dengue 

!No corre allá? 

Muy bueno vá ! 

Sucre en el año veintiocho 
Irse á su tierra promete. 
¡Como permitiera Dios 
Que se fuera el veintisiete! 

VIII. 

Hubo en el réjio gobierno 
Sus pillos de siete suelas: 
Pero hay también en la patria 
Sus pollos de mucha cuenta. 

Hay un Infante 

¡ Bravo danzante ! 

Y un Alar con 
¡Lindo pichón! 

Y un Calvimonte 
Que en Amatonte 
¡Lengua maldita! 
Ño digas mas. 
¿Muy bueno vá? 

Sucre en el año veintiocho 
Irse á su tierra promete. 
¡Como permitiera Dios 
Que se fuera el veintisiete! 

IX. 

Ya no ere?, no, ni tu sombra 
¡Opulenta Chuquisaca! 
Perdido has sin duda el Chuqui, 
Pora ue eres ya toda saca. 
"El Vitalicio 
Te saca el juicio, 



— 121— 

Saca escuadrones 

Y batallones, 
Saca vestuario 

Y numerario, 

Y hasta las piedras 
Te sacará: 

l Muy "bueno va ! 
Sucre, en el año veintiocho 
Irse á su tierra promete. 
¡Cómo permitiera Dios 
Que se fuera, el veintisiete! 



Los mandones ele Boiivia 
Todito lo lian trastornado : 
Y han puesto la religión 
Por los pies de los caballos. 

Les causa risa 

El que oye misa, 

Odian al clero 

Mas que al ibero. 

El sacramento, 

Cosa de cuento 

Es, y Dios mismo 

No existe ya. 

¡ Muy bueno va ! 
Sucre, en el año veintiocho 
Irse á su tierra promete. 
¡Cómo permitiera Dios 
Que se fuera el veintisiete! 

XI. 
¿ Perú alto por qué te quejas 
De que Sucre te ha quitado? 
Dime ¿no te ha dado nombre? 
¡No es nada lo que te lia dado! 

Tus campos razos 

Están sin brazos 

Que los cultiven: 

Los que en tí hoy viven 

JSto ven un peso; 

Mas j qué importa eso 

Cuando Boiivia 

Te llamas ya! 

¡Muy bueno va! 
Sucre, en el año veintiocho 
Irse á su tierra promete. 



—122— 

¡Cómo permitiera Dios 
Que se fuera el veintisiete! 

XII. 

¡Buena laya de comercio 
Se lia descubierto en Bolivia! 
¡Cierto que se están viendo hoy 
Cosas que no están escritas! 
Los Alar cernes 
Como melones 
Muy baratitos 
Los billetitos 
Compran y (cuerno) 
Luego el gobierno 
Los amortiza, 
Que t-a-1-tal: 
¡Muy bueno va! 
Sucre, en el año veintiocho 
Irse ásu tierra promete. 
¡Gomo permitiera Dios 
Que se fuera el veintisiete/ 

XIII. 

Permita el cielo piadoso 
Que el barco en que Sucre vaya 
Camine al puerto derecho 
Y no tropiece con nada. 
Zéfiro suave 
Te lleve ¡o nave! 
Huya remoto 
El crudo noto: 
Feliz navegues 
Y al puerto llegues. 
Pero á mi Sucre 
No traigas mas. 
Ja , ja, ja, ja. 
Sucre, en el ano veintiocho 
Irse á su tierra promete. 
¡Cómo permitiera Dios 
Que se fuera el veintisiete! 



¿ Con que llegó el correo de Valles ? — Nada sé. — Sí señor: lia 
llegado cosa há de dos horas. — ¿ Y qué se ruge por ahí ? — Solo he 
oido decir que Bogotá se ha arruinado. — ¿ Cómo Bogotá ? Será 
Popayan. — No señor. Es Bogotá. Ya lo de Popayan está hasta ol- 
vidado. Y dizque el estrago ha sido tal, que es preciso echar abajo, 
por lo ruinosas que han quedado, las pocas casas que pudieron resis- 
tir á la furia del terremoto. — ¿ Si desgraciad amenté estaría allí el 
Libertador ? — No señor : se hallaba en el campo. — Muy bien. Me 
alegro, ¿ y qué dia fué la tragedia ? — No he oido hablar de eso, pe- 
ro puede que nos lo diga este periódico de Guaqaquil que acaban de 
prestarme. — ¿ Qué periódico es ? — El número tercero del Colom- 
biano del Guayas. Aquí hay una proclama del General Flores á su 
ejército. — Léamela U. — Soldados: Yo saludo con vosotros á este 
dia de gloria y de respeto. Hoy el santo de la fama celebra la pági- 
na primera de la historia, y el regcijo colombiano quiere subir al 
cielo, llevando el hechizo de las gratitudes. Soldados: entre los mu- 
chos períodos ilustres que embellecen la vida del Libertador, ningu- 
no parece comparable á la época presente, por -que la gloria de los 
grandes triunfos y de los grandes hechos, no puede ser superior á la 
gloria de haber servido á la humanidad en sus dolencias. El Liber- 
tador es la antorcha que ha brillado en el espacio de las disenciones: 
él ha avergonzado á la esperanza, haciendo renacer á la patria de 
las cenizas de la conflagración. Victoriemps, pues, las delicias de la 
concordia en este dia memorable: no manchemos el pensamiento con 
la memoria del daño. Soldados: cuando los recuerdos son grandes , 



es permetido vivir de ellos. Una serie de victorias, los rasgos del he- 
roísmo, la libertad de un mundo, no puede mencionarse sin tributar 
alabanzas á su autor. Levantemos en nuestros corazones monumen- 
tos de sublime admiración hasta que la 'posteridad cubra con sus ca- 
lías los prodigios del genio colombiano, si es que la posteridad pue- 
de resistir el tropel de tantas glorias y virtudes. Guayaquil, Octubre 
28 de 827— ¿Qué tal le parece á U? — Vuelva U. á leer que me he 
quedado cu ayunas ; y todo me parece un despropósito de la cruz á 
la fecha— Soldados: yo sedudo con vosotros este dia de gloria y de 
rcsp>cto.— Sepamos, ante omnia, qué dia es el saludado. — Aquí no 
lo dice.— Lo dirá mas atrás. Vuelva U. la hoja — Será este. — ¿ Có- 
mo dice ?— Dia de San Simón ó aurora colombiana. Ese es segu- 
ramente. Pero observemos de paso, que es bonito modo de honrar al 
Libertador, el reducir á aurora ó crepúsculo matutino, que es lo mis- 
mo, su dia de natalicio. Si se le hiciera siglo, lustro, olimpiada, año, 
aunque fuera bisiesto, mes, aunque fuera sinódico, ó siquiera sema- 
na, se le engrandecería : pero hacerle aurora, es menguarle, y no asi 
como quiera : porque de veinticuatro horas que tenia se le ha redu- 
cido á una y doce minutos, que es lo mas que dura la aurora en las 
regiones ecuatoriales, como Gruaj^aquil. Que si fuera en el polo, ya 
duraría dos meses : pero siempre es mengua para el dia convertirse 
en crepúsculo, por largo que este sea ; porque su luz, aunque muy 
brillante respecto de la noche, siempre es escasa y mezquina, compa- 
rada con la del dia. Asi es que luego que esta comienza á brillar, 
huye aquella avergonzada á las playas occidentales. Vamos ahora á 
la proclama. Eso ele saludar al dia, me parece una cosa absoluta- 
mente inútil, porque saludar no es otra cosa que desear á alguno la 
■salud ; y como los días nunca enferman, por la misericordia de Dios, 
desearles la salud, es desearles una cosa deque no han menester. LT. 
saluda á un hombre diciéndole : Tenga U. buenos dias. ¿ Y á un dia 
cómo saludará U ? — Le diría , ten^a U. buenas horas ó buenos mi- 
ñutos. — También se llama saludar, el hacer salvas con tiros de ca- 
ñón: pero esas salvas no se hacen á los dias, sino á las personas, cuyas 
grandes acciones se recuerdan en ellos.— - Aplicar por los impostores 
remedios vanos para la curación de la rabia ú otros males, también 
se llama saludar. — Cierto. — Pero ni los dias padecen de rabia, ni 
al Greneral Flores se le puede llamar saludador, por mas que el ex- 
ceso de su cortesía le obligue á saludar al dia de S. Simón. Pasando 
mas adelante, eso de dia de gloria está corriente: pero en lo de dia de 
respeto no me convengo. No puedo concebir como se acate y se re- 
verencie y se rinda obsequio á una fracción pequeñísima del tiempo, 
que no es mas que la duración sucesiva de las cosas. — Diga U. lo 
que quiera, para mí el dia de San Simón será siempre de muchísimo 
respeto. — ¿ Cómo así ? — ¿ No ha oido U. decir: una arma de fue- 
go infunde respeto, que quiere decir, infunde miedo ? Pues asi es el 
respeto que yo le tengo al dia de San Simón. Le temo mas que á un 
toro bravo : le ayuno las vigilias ; y siempre que me acuerdo de él 



—125— 

me sucede lo mismo que le sucedía á San Gerónimo cuando se acor- 
daba del dia del juicio : todos mis miembros se estremecen.— Quo- 
tiescumqm illius dice recordor, omnia mea membra contremiscunt— 
Respeto, en lengua germánica, significa espada. — Pues entonces, 
dijo muy bien el General que el dia de San Simón era dia de respe- 
to ; porque es dia de espada. El Señor la desenvainó en él : y nos hi- 
zo una herida muy profunda : Dixi irae dies illa. — ¿Y de donde le 
viene á U. tanto temor para ese dia ? — ¿ De donde ? de la ruina 
que nos trajo el año 46, en que se vino abajo mucha parte de Lima: 
y á no ser joor el Señor de los Milagros, quien sabe sino queda pie- 
dra sobre piedra.— Ese es un fenómeno físico que puede suceder en 
cualquier dia. — Bien : pero no me negará U. que hay dias aciagos. 

Pero aun fuera de esto, 
El tal San Simón 
Nunca lia sido Santo 
De mi devoción.— 

¿ Y por qué ? ¿ No es un Santo como los demás ? — El bien pue- 
de ser muy Santo : pero eso de anclar siempre con Judas, y caer siem- 
pre juntos me dá muy mala espina, por aquello de Dime con quien an- 
das, te diré quien eres) cada cual con su cual, y cada oveja con sup>ct- 
reja. — El Judas que anda con S. Simón, es también Santo como él. 
No es aquel Judas Iscariote que vendió al Redentor.— Antes dije á 
U. que habia dias aciagos : y ahora le digo que hay también nom- 
bres aciagos, "Ahí tiene U. El Libertador no es San Simón, el que 
nos trajo la ruina á nosotros. Pero, por llamarse Simón, apenas pi- 
só, esta última vez, el territorio de Colombia, cuando, zas ; dos rui- 
nas consecutivas: la de Popayan y la de Bogotá. — Esos son acci- 
dentes. Siga XJ. leyendo.— Hoy el Sanio de la fama celebra la pri- 
mera página de la historia. — Alto ahí ¿ cuál es el Santo de la fa- 
ma ? San Famo no hay en el repertorio.— A mí me ocurre que pue- 
de ser San Vicente Ferrer ; porque es el único Santo que tiene trom- 
peta como ella. Ademas que lo de Ferrer, puede derivarse de /ero 
fers, que significa llevar : y todos sabemos que la fama solo se ocu- 
pa en llevar y traer.— ¡ Está buena la etimología ! Adelante — Y 
el regocijo colombiano quiere subir al cielo, llevando el hechizo de las 
gratitudes.— ¡ Es cuanto puede dar el naipe en despropósitos ! 

¡ Oh proclamista insigne y elegante ! 
Tu eres el que hasta el cielo te levantas 
Y con solo una pluma ( ¡ Ay qué brillante ! ) 
Vuelas mas que los pájaros con tantas. 
Tu hablar es fresco, tu pensar flamante, 
Tus frases, novedades con que encantas 
Mas ¿ cómo no dirás diez mil primores, 
Si es natural que Flores paran Flores ? 



_12G— 

Mastuerzo pare mastuerzo, 
Alhelí pare alhelí, 
Floripondio floripondio 
Y suche suche, y así. 

Cierto que seria un espectáculo "bastante peregrino ver al regocijo 
colombiano, á quien es preciso figurarse como un pajarraco, subien- 
do por esos aires de Dios, y llevándose en el pico ó en las garras el 
hechizo de las gratitudes, que debe ser una carga mas pesada que la 
plata y el oro. — A mí me parece mas natural que el hechizo lleve 
al regocijo, que no que el regocijo lleve al hechizo. — ¿Y por qué?-- • 
Porque el regocijo no tiene alas para poder volar ; y el hechizo sí las 
tiene, como que es cosa allá de las brujas.—- Yo no sé qué es lo que 
me hace mas gracia, si las originalidades de la proclama ó las obser- 
vaciones de U. — ¿ Y dígame U., eso de querer llevar hechizos al 
cielo, no es un atentado que castigaría con la mayor severidad la an- 
tigua inquisición ? Si digo yo que la religión anda hoy por los pies 
de los caballos — ¡ Hombre de Dios ! Aquí no se entiende por he- 
chizo esas yerbas ó untos de que usan los hechiceros ; sino la perso- 
na ó cosa que arrebata las potencias y sentidos. — ¿ Y las gratitudes 
arrebatan las potencias y sentidos ? — Al autor de la proclama con 
esa pregunta. ¿ Qué sigue ? — Entre los muchos períodos ilustres 
que embellecen la vida del Libertador, ninguno parece comparable á 
la época presente. Veamos qué pero le pone TJ. á esta cláusula. — 
Primeramente, aquí se confunden época y período, siendo así que el 
período es un espacio de tiempo que puede ser de muchos siglos, co- 
mo el período Juliano ; y la época es un punto solo donde comienza 
el período. En segundo lugar, los períodos no embellecen las vidas 
de los grandes hombres ; antes por el contrario, las vidas de los gran- 
des hombres embellecen á los períodos. Nadie dirá que los principios 
del siglo diez y nueve embellecieron la vida de Napoleón , y sí dirá 
todo el mundo que la vida de Napoleón embelleció los principios del 
siglo diez y nueve. ¿ Y dá la razón de eso ? — Sí señor. — ¿ Cuál 
es ? — Porque la gloria de los grandes triunfos y de los grandes lie- 
chos, no puede ser superior á la gloria de haber servido á la huma-' 
nidad en sus dolencias. — Según eso, 

Cualquiera partera, 
Cualquier barchilón 
Tiene mayor gloria 
Que el gran Napoleón. 

Adelante. — El Libertador es la antorcha que ha brillado en el es-< 
pació de las disenciones. ¿ En donde está ese espacio ? — En la es- 
fera de las curvatilidades de que habla Kico en sus Depositarios.--* 
Y será muy oscuro, una vez que necesite antorcha que lo alumbre. 



—127— 
ü mí me parece que debe ser muy claro ; porque siempre oigo decir 
la llama de la discordia, que es lo mismo que disencion — ¿Sigo? — 
Sí. — Él ha avergonzado á la esperanza, haciendo nacer á la patria 
de las cenizas de la conflagración. — Muchos lian hecho al Libertador 
Simón Macabeo ; pero el General Flores le hace Simón Mago : por- 
que eso de avergonzar á la esperanza ó, lo que es lo mismo, hacer 
que, de verde que ella es, se ponga colorada, es solo. obra de la ma- 
gia. ¿ Qué mas ? — Victorianos pues las delicias de la concordia 
en este dia memorable — Victoriemos mejor al autor de la proclama. 

Hoy de los conventos 
Salgan las mulatas, 
Oon cajas, clarines 

Y sendas matracas : 

Y todos á una, 
Con grita, algazara, 
Entonen mil veces 
Aquesta tonada. 

Catay del que se decia 
Que nada escribir sabía. 
Pues catay como escribió, 
Y una proclama forjó. 
Vitar que á Colombia ha dado 
Un nuevo César fortuna, 
Que ansí como la su espada, 
Ansí maneja la pluma. 

Catay el que se decia 
Que nada escribir sabia. 
Pues catay como escribió 

Y una proclama forjó, 

¿ Se acabó ? — No, señor, sigue. No manchemos el pensamiento 
con la memoria del daño. — Cuidado que tina mancha de memoria, 
sobre una tela de pensamiento, será peor que una de aceite sobre te- 
las de lana. Acabe U. ele una vez. — Voy allá. — Soldados: cuando 
los recuerdos son grandes es permitido vivir de ellos. — Eo lo entien- 
do. Adelante. — tina serie de victorias, los rasgos del heroísmo, la 
libertad de un mundo, no puede mencionarse sin tributar alabanxas 
á su autor, — Eso está corriente.— Levantemos en nuestros corazones 
monumentos de sublime admiración.— Esta es una especie de estu- 
co espiritual. Siga U.— Hastu que la posteridad cubra con sus ca- 
nas los prodigios del genio colombiano. — Esta cláusula hace muy 
poco aire á Colombia ; porque para que la posteridad pueda cubrir 
con sus canas, los esfuerzos del genio de sus hijos, preciso es que es- 
tos esfuerzos sean tan pequeños, como piojos., que es lo único qu© 



—128— 
cubren las canas.— También cubren el cerebro. Sed cicest que en el 
cerebro está la glándula pineal donde reside el alma con el genio y 
sus esfuerzos: ergo. Muy bien. Acabe U. por Dios. — Vamos á la 
última cláusula.— Si es que la posteridad puede resistir el tropel de 
tantas glorias y tantas virtudes. 

Cerraste con llave de oro : 
Echastes el resto. al fin ; 
Por eso en lugar de Flores, 
Llamarte quiero Jardin. 

Cómo no ba de poder posteridad 
Las glorias colombianas resistir, 
Cuando he sido capaz yo de sufrir' 
Tu tanto disparate y necedad. 

Adiós, señor. — Adiós amigo. 



REMITIDO DE BOLIYIA, 

Ya el destino se extinguió. 
De sacristán en Solivia ; 
Porque ya no hay que guardar 
En iglesias ni en capillas. 

No hay un hachero 

Ni un candelero 

Ni una naveta 

Ni casoleta. 

ISÍi un relicario 

Ni un incensario 

Ni custodia una 

Ni un viril ; 

Que a Guayaquil 

¡ Ay qué fortuna ! 
Voló todo con mayas y blandones 
Cálices y patenas y copones. 

Las iglesias de Bolivia 
No hay para qué las cerrar, 
Y así es que están, noche y día, 
Abiertas de par en par. 



EL FUSILICO 



Estando la otra noche en casa de ciertas jóvenes en que se reúnen 
varias gentes de humor á pasar el rato con una partida de rocambor 
y otra de fusilico, amenizadas con intervalos de música y de baile, 
entró derrepente un mocito muy envuelto en su capote de barragan; 
y dijo en voz alta—Aquí traigo una cosa muy bonita, muy elegan- 
te, muy mona, muy graciosa, en una palabra, un fililí. ¿A qué na- 
die adivina lo que es? — Una de las muchachas, medio vizca, se puso 
mas contenta que una pascua; y dijo: Yo adivino. Es la barajita 
que U. me ofreció para el fusilico. — Otra de ellas, muy chata pero 
graciosa, repuso — No es eso, sino mi peineta que quedaron de aca- 
barla para hoy — Tampoco es eso, replicó una tercera mas fea que la 
necesidad. Seguramente es mi retrato. — En fin la madre, mas impa- 
ciente que las hijas como buena vieja, desembozó al mocito; y ha- 
biéndole visto un impreso en la mano, gritó — ¡Malhaya sea Judas! 
Una oreja pongo á que es la Cotorrita (*) — Cerca le andas, contes- 
tó el mocito: Y desdoblando su papel dijo — Esta es la célebre pro- 
clama del General Flores. ¿Quieren ustedes oiría? — Todos le res- 
pondimos que sí; y él leyó. — Compatriotas: los crímenes de la fac- 
ción peruana llaman al Libertador hacia nosotros. Su venida se 
anuncia tan respetable como el trueno; y hasta la tierra se conmueve 
con su nombre. Dispongámonos á recibirle con lágrimas de gozo, en 
los transpones de la gratitud. — Aquí exclamó un señor abogado, 

(*) Periódico que se publicaba en aquella época. (1828) 

LlTEBATURA 9 



—130— 
poniendo sus cartas en la mesa— ¡ Lindo el ojio del Libertador, poi" 
cierto! Si alguno se pusiera de intento á pintar horrible á S, E. pa- 
ra hacerle aborrecible á los pueblos, no diría mas seguramente. Si yo> 
me hallara en el pellejo del Libertador, le jugara una buena al di- 
choso Flores, para que supiera como debe escribir. — Pero ¿Qué es. 
lo que dice, le preguntó la vízca, para tanta ponderación? — Que es : 
lo que dice, señorita, respondió el abogado? ¡;No es; nada lo del ojo 
y le llevaba en la mano! Primeramente dice que los crímenes llaman 
al Libertador: que es lo mismo que si dijera que S. E. tiene voca- 
ción á ser malvado; así como la tiene á ser virtuoso- aquel á quien 
llaman las virtudes. Yo no tengo al Libertador en tal concepto. — 
Y aunque así fuera, añadió un quídam desconocido para mí, no le 
tocaba á Plores el decirlo; porque al fin es su jefe; le sacó déla na- 
da; le hizo gente: y le dio el grado de General sin merecerlo. Amen. 
—Dice después-, prosiguió el señor abogado, que la venida de 8. E. 
se anuncia tan respetable como la del trueno. Como U., señorita, 
no ha salido de este pais privilegiado, no sabe, felizmente, como se 
anuncia la venida del trueno. Pues sepa U. que. por lo regular, la 
anuncian un cielo muy encapotado con nubes negras y parduzcas; 
una fuerte nevada ó granizada, un huracán violento y un horizonte 
oscuro, iluminado, á ratos, por la luz de los relámpagos mas melan- 
cólica y horrible que la misma oscuridad. Decir, pues, que así como 
la de este meteoro espantoso, así se anuncia la venida del Liberta- 
dor, es decir que la melancolía, la tristeza, la angustia, la aflicción, 
el miedo y el espanto preceden siempre á S. E. en sus marchas; y 
forman como un cuerpo de vanguardia que vá anunciando su próxi- 
ma llegada á, pueblos horrorizados y atónitos que aborrecen tanto 
sus excelentísimas visitas, como aborrecen las del trueno. — Y ¿quien 
ha de apetecerlas ? exclamó cierto doctor que jugaba fusilico 
con las jóvenes. ¡Cáspita en el par de huéspedes! Sin embargo, esto 
rne parece nada comparado con lo que sigue, á saber, con aquello de 
que hasta la tierra se conmueve con su nombre; porque el terremoto, 
á lo menos para mí, es el mas tremendo de todos los fenómenos de 
la naturaleza.— Y p-ara todo el mundo añadí yo: principalmente pa- 
ra aquellos que han presenciado uno tan fuerte como el del 30 de 
Marzo.— ¡Caramba en el temblorazo! dijo la coja. Y tomando la 
guitarra, cantó la siguiente coplilla: 

Si, á mas de la cruda guerra,, 
Nos trae truenos y temblor, 
De nuestro Libertador 
Huyamos cielos y tierra. 

De manera que Plores, continuó el abogado, tomando un polvo de 
rapé, temió quedarse muy corto con dar al Libertador la terribilidad 
deí trueno solamente; y le arrimó también la del temblor, para hacer 
á S. E. la mas terrible ele las cosas terribles, así como Aristóteles hi- 



■ — 131— 

zo á la muerte: Terribilium terribilísima.^— Aquí se puso en pié un 
religioso anciano, mirón perpetuo delfusilico, diciendo: Señores, yo 
no hallo nada de estraño en la pintura que hace el General Flores 
de la venida del Libertador; pues veo que es la misma mismisima 
que hace el profeta Isaias de la venida del Señor, cuando vaticina la 
ruina de Jerusalem. Eq el cap. 29 ver. 6, dice así A domino exerci- 
tuum visitabitur in toniiruo et conmoiiore terre. El señor de los ejér- 
citos la visitará con el trueno y el temblor.-^-; Vaya! dije yo: Cual- 
quiera cosa apostaría á que Flores topó por ahí con alguna de las 
muchas biblias castellanas de que nos han atisbado los ingleses; y se 
le vino á los" ojos este texto que le pareció de perlas para dar á su 
proclama una entrada imponente y magestuosa.— Pero ustedes no 
han estado en lo mejor, dijo el doctor. Después de pintar Flores a 
S. E. con los colores mas negros, quiere que se dispongan á recibirle 
con lágrimas de gozo. Habrá quien lloré de gozo, cuando oye tronar 
el firmamento, y cuando siente extremecerse los fundamentos de la 
tierra? Si al señor Flores le alegran estos dos hórridos fenómenos, 
tiene su señoría un gusto muy particular. — También quiere, dije yo, 
que le reciban en los transjiortes de la gratitud. ¿El trueno y el tem- 
blor nos hacen algunos beneficios, por ventura, para que les estemos 
reconocidos? Si señor, me contestó el doctor. Hacen beneficios y 
grandes, principalmente el segundo. Porque oiga U.; hay un tem- 
blor; la gente se atolondra, y corre sin saber á donde vá, abandonan- 
do sus casas y sus cosas: y entonces los valientes, que no le temen, 
se meten en las casas de los cobardes que huyen, y se arman de sus 
cosas. Algunos se habilitaron el 30 de Marzo; pero mas se han habi- 
litado en otras épocas. 

Y es muy regular que Flores 
Uno de estos haya sido, 
Puesto que está agradecido 
A los truenos y temblores. 

Ganancia de pescadores 
A rio vuelto siempre hay. 

Y por eso en el Azuay 
Agotada ya la pesca, 
Armar con nosotros gresca 
Ñor Flores quiere, catay. 

Y ¿no es cosa muy graciosa, añadí yo, que Flores llame facción 
á nuestro lejítimo gobierno, solo porque no está como antes, subordi- 
nado al de Bolívar? De modo que cuando nosotros pensamos que 
en Ayacucho se firmaba la carta de nuestra libertad, no se firmaba 
sino la escritura de nuestra venta. Así es que los peruanos ó hemos 
de ser esclavos de Bolívar ó facciosos. ¡Miserable alternativa! — To- 
dos suplicamos á la coja que dijera alguna cosa sobre esto, porque 
tiene la gracia de improvisar; y tomando ella la guitarra, cantó así: 



—132— 
Cuando do España las trabas 
En Ayacucho rompimos, 
Otra cosa mas no hicimos, 
Que cambiar mocos ])or babas. 
Nuestras provincias esclavas 
Quedaran de otra nación. 
Mudamos de condición; 
¡solo fué pasando 

;;do 

Ipbd' - d ■ aon. 

Triunfaron los peruanos 

Del rey ibero. 

Mas ¿para qué triunfaron? 

Paralo mesmo: 

Que á su hado plugo 

Quedaran de Bolívar 

Bajo del yugo. 

Este yugo rompióse 
Ya felizmente. 
Ahora si somos libres 
E independientes. 
Y antes juramos 
Morir que el que nos mande 
Ningún tirano. 

Todos celebramos la prontitud de la muchacha.. Y el mocito, 
después de haber pedido permiso al auditorio, continuó leyendo: 
¡Compatriotas! Parece que se acerca la vindicta del amor patrio. 
Los pérfidos que han mancillado nuestra gloria, responderán de su 
sacrilega maldad en al terrible tribunal que la justicia del cielo les 
vrepara. Nos lian sublevado los ejércitos: han tentado los medios de 
usurpar nuestro territorio: han mandado á nuestras costas la cala- 
midad que deploráis: quieren estender sus límites funestos con la vio- 
lenta refusion de una república virgen, que nació en los campos de 
Ajacucho á la sombra cielos laureles colombianos: y aun se han atre- 
vido á flamear su bandera de rebelión en un pueblo del Azuay. ¿Qué 
debemos esperar de los atroces que hollan el derecho de las naciones, 
de los ingratos que dañan á sus generosos bienhechores? Nada. Los 
traidores no tienen que ofrecer. ¿Vengaremos el baldón? Soldados: 
Colombia ha recibido un nuevo ultrage. ¿ Vosotros os brindáis d re- 
pararlo? ¿ Volvereis á surcar la tierra movediza del Perú? — Alto 
ahí, dije yo. Aquí á sus soldados los vuelve gañanes; porque solo 
estos surcan la tierra. Pero ¿por qué llamará movediza á la tierra 
del Perú? — ¿Por qué? me contestó la vieja. ¿No ha sentido U. sus 
movimientos en los días pasados? ¡Caramba! A moverse mas, no 
habría quedado una casa parada. — El mocito se rió y continuó: La 



—133— 

planta de la justicia seguirá por las huellas del honor que marcaron 
vuestros pasos? El tiempo lo dirá. — Y si no, lo diré yo, dijo un mo- 
nigote que entraba á ese tiempo.— Los pueblos, prosiguió el mocito, 
son amigos? — ¿De qué? preguntó la tuerta. ¿Délas cadenas dicta- 
toriales? Conocí mucho. — Tres treses dijo la vieja. — ¿Cual menos? 
le preguntaron. — El dé oros, contestó.— A ese palo, añadí yo, esta- 
mos todos fallos el dia de hoy. Ta se vé: lia marchado tanto para 
Colombia, que con razón se queja el General Flores de que hemos 
mandado á las Gostas de Colombia la calamidad que deploran sus 
pueblos. Aunque el está muy equívoco: porque nosotros no hemos 
mandado nuestro oro; sino que nos lo han llevado. — Si señor, agre- 
gó el abogado. El oro es una verdadera calamidad. Díganlo, si nó, 
los españoles que continuamente se estaban quejando de que la con- 
quista de la América los había perdido. Y se quejaban con justicia. 
Mientras ellos se manejaron con sus ochavos y sus cuartos de cobre, 
fueron sobrios, activos y valientes en la guerra: pero lo mismo fué 
verse con onzas de oro, que el lujo se extendió; se corrompieron las 
costumbres; y el diablo se llevó la sobriedad, la actividad y el valor. 
Asi vemos que los españoles de hoy dia no son aquellos de Sagunto 
y de Numancia. — Lo mismo sucedió á los romanos con la conquista 
del Asia, dijo el mocito; y siguió leyendo la proclama. — La fuerza 
de un partido los oprime. Ellos están taciturnos. Compadezcamos 
su dolor. — i Qué señor tan compasivo! exclamó la coja. ¡Qué lásti- 
ma nos tiene! Dios se lo pague por su buen corazón. En el cielo ha- 
lle la caridad. ¿Ya se acaba la proclama que me tiene fastidiada?— 
Si señora, le contestó el mocito: y leyó — y victoriemos desde ahora 
su infalible redención que ofrecen vuestras armas. — Juan José Flo- 
res. — Cuartel general en Guayaquil á 18 de Abril de 1828. — El 
mocito se despidió y se mandó mudar; y la vieja saltó y dijo: ¡como 
me gusta este señor Flores por amigo ele victoriar! Todas sus pro- 
clamáis las acaba con vítores! ¡Que bueno había sido para mulata de 
monjas! ¡Como hiciera hablar á la matraca por esas calles, cuando 
hubiera abadesazgo en su convento!— Y hay algo de cierto, me pre- 
guntó el monigote sobre esos cargos que hace á los peruanos de que 
han sublevado los ejércitos de Colombia; tentado los medios de usur- 
par su territorio; mandado la calamidad á sus costas; tratado de ex- 
tender sus límites con la violenta refusion de la república boliviana; 
y flameado en un pueblo del Azuay su bandera de rebelión?— Nada, 
nada, le contesté. Todo esto es una reverenda mentira. Primeramen- 
te: Los peruanos no tuvimos arte ni parte, como es público y noto- 
rio, en el suceso del 26 de Enero en que la división 3. =? por si sola, 
se pronunció en favor de la Constitución de su pais que Bolívar que- 
ría derribar; y estos son todos los ejércitos que se le han sublevado 
en el Perú. En segundo lugar, ¿quien podrá persuadirse que noso- 
tros, que tenemos uno de los suelos mas feraces, y el mas rico, sin 
disputa, en oro y plata de todo el mundo conocido y muy extendi- 
do, por otra parte, para el número de sus pobladores, vayamos á 



—134— 
usurpar un territorio ingrato y miserable? En tercer lugar: nosotros 
no hemos mandado otra cosa á sus costas que sus mismos soldados, 
con la única diferencia de que fueron vestidos; habiendo venido los 
mas como Adán estuvo en el paraíso. Pudiera suceder mny bien que 
el señor Flores llamara calamidad al vestido que debe ser bien mo- 
lesto en un pais tan caliente; y principalmente, á unos hombres que 
no estaban acostumbrados á llevarle. Por lo que respecta á la repú- 
blica Boliviana, no hemos hecho mas que aparejarnos para no ser 
sorprendidos; porque nunca nos ha inspirado la menor confianza la 
conducta sospechosa de su presidente Sucre. Finalmente aquello de 
haber tremolado (y no flameado como él dice) nuestra bandera de 
rebelión en un pueblo del Azuay, seguramente debe entenderse por 
Jaén sobre que tienen antiguas aspiraciones, sin presentarnos el me- 
nor derecho. Aquí no hay mas sino que Flores no puede llevar en 
paciencia el que no dependamos de Bolívar; y nos gobernemos por 
nosotros mismos. Se le van los ojos por las minas de Pasco, por las 
chirimollas y por otras cosillas que no hay por allá. Y como no es 
regular que, sin mas ni mas, se meta de mano armada en nuestras 
tierras, diciendo esto es mío, como quien arrancha un sombrero ó una 
capa en medio de la calle, porque eso sería un escándalo á los ojos 
del mundo cuya opinión aun respeta un poco, se esta agarrando de 
pelillos, ó buscando, mas bien, pretestos falsos para cohonestar el 
robo con la apariencia de conquista; dando á la injusta agresión, que 
intenta hacernos, todo el carácter de una guerra lejítima y en forma. 
De manera que esto viene á ser lo mismo, ni mas ni menos, que lo 
que hizo el lobo de la fábula para mamarse al inocente corderlllo; 
buscarnos, como dicen, cambalache.— Aquí ha de estar ese libro, di- 
jo entonces el dueño de la casa; y tomándolo del estante, le abrió y 
leyó: 

Ad rívum eundem Lupus et Agnus vénéranf, 
Siti compute i: superior etabat Lupus, 
Longeque inferior Agnus: tune f atice improba 
Latro incitatus jurgii causam iniulit. 
Qur, inquit, turbulcntam fecisti mihi 
Istam bibenti? Laniger contra Umens . 
Quipossum, queeso, faceré quod queereris Lupe? 
A te decurrit ad meos haustus liquor 
Repulsus Ule veritatis viribus, 
Ante Jios sex menses mole, ait; dixisti mihi, 
Respondit Agnus: equidem natus non ero/m. 
Pater liercule tuus, inquit, maledixii mihi. 
Atque ita correptum, lacerat injusta nece. 

Ucee propter illos scripta est hominds fábula 
Quifictis causis inocentes oprimunt. 

¡Malhaya los latines de ustedes y quién los inventó! exclamó la 



—135— 

fe&er'ta. ¿No hay quien nos diga esto en castellano, para entenderlo? 
• — $i señora, le contestó el doctor.; y tomando el libro, dijo.: 

Se refiere que antaño, 
Un iobaso tamaño 

Y un cordero tan tierno., 

^Que aun no pensaba en apuntarle el cuerno», 
Cierta mañana fuerte del estío, 
Llegaron á apagar su sed ardiente 
En los frescores de la misma fuente: 
Aunque algunos opinan que fué rio, 

Y no falta quien diga que cliarcasp; 
Pero todo es lo mismo para el caso. 
Pues, señor, como digo de mi cuento, 
El lobo que de sangre mas sediento 
Mil veces mas estaba que no de agua, 

Y que apagar resuelve la gran fragua 
De su vientre con ese corderito, 

C!on la cabeza gacha, 
Le mira 'de hito en hito, 
-Jurándole de echarle á la capacha: 

Y los pies al tunante 

Le comen por correr á echarle el guante. 
Pero como el mas ruin, el mas malvado, 
Avergonzándose de parecerlo, 
Para que, tal cual es, no puedan verlo, 
Se presenta por siempre disfrazado; 

Y á su acción mas infame y la mas fea 
De la justicia con el trage arrea, 
¿Qué- hace nuestro hábil lobo, 

En astucias tan diestro 
Cual la mas vieja zorra, 

Y ya por experiencia padre maestro 
En el carnericidio y en el robo? 

Su lid empieza por buscar camorra, 
Para dar colorido al atentado 
Que ejecutar pretende: 

Y poder sin escándalo, en el prado, 
Del sencillo rebaño 

Y de tanto animal que >no le entiende 
La maña y el engaño, 

Proceder hostilmente 

Cíontra un inerme, mísero inocente 

'Que no habia cometido mas delito, 

Ño habia delinquido en otra cosa 

Mas que en nacer con carne muy sabrosa, 

Capaz de provocar el apetito 



— 13G— 
Del animal hambriento 
Que, de llenar la panza en siendo cuento, 
Ño se para en pelillos: 
Se abalanza á los tiernos corderinos, 
Los persigue, los pilla y les dá muerte, 
Sin tener mas razón que ser mas fuerte. 
¡Dicho y hecho! Se finge muy zañudo: 

Y la voz dirigiendo á mi lanudo, 
¿Por qué, le dice, en tono altisonante, 

Me enturbias la agua de que estoy bebiendo? (1) 
¡Enturbiarte yo la agua! No lo entiendo, 
Responde el corderillo cabisbajo; 
Pues, estando yo abajo 

Y tú arriba del rio, 

El agua corre de tu labio al mió. 
La razón era fuerte; 
Pero ¿valióle? Nada; 
Porque estaba su muerte 
Irrevocablemente decretada. 
Convencióse el rapaz: pero el instante, 
Otro pretesto busca al muy tunante, 
Para hacer criminal al corderillo; 
Porque el asunto era 
Que por fas ó por nefas él muriera. 
Porque su gorda carne ¡hay picardia! 
Cebara su voraz glotonería. 
Sí, que agora seis meses, dijo el pillo, 
Tú, contra mí, insolente, 
Echaste pestes por aquesa boca (2) 
Mi edad aun es muy poca, 
Responde, muy cuitado, el inocente. 
Yo ahora seis meses nacido no habia. 
Tu padre, entonces, fué por vida mia, (3) 
Dijo el lobo por fin en tono horrendo: 

Y diciendo y haciendo, 

Sobre el cordero mísero se lanza, 
Sin que le pueda hacer ninguna mella 
La justicia y razón con que le arguye. 
Corre tras él; le atrapa, le desuella, 
Le muerde, le golpea, le despanza, 
Le mata, le destroza y se le enguye. 

Hablan los versos estos 
Con la perversa gente 



(1) Nos han sublevado los ojércitos. 

(2) Han tentado los medios de usurpar nuestio territorio. 

(3) Se han atrevido á flamear su bandera de rebelión en un pueblo del Azuay. 



—137— 
Que mentidos pretestos 
Buscan para oprimir al inocente. 

Después de haber aplaudido todos, como era muy regular, la 
oportunidad de la fábula y la gracia de la traducción improvisada, 
saltóla tuerta y dijo — ¿Con que Flores piensa de veras en venir? 
¡No le cueste al pobre la torta un pan! ¡No venga su señoría por 
lana y salga trasquilado! — Así lo creo, añadió el doctor. 

Porque Flores es lobo, no lo niego; 
Pero el Perú, señora, no es borrego. 

Estoy firmemente persuadido de que él va á llevarse un clavo de 
ala de mosca. — Como el que yo me acabo de llevar, dijo el abogado. 
Eché un solo nada menos que con cuatro matadores; hallé reunidas 
todas las espadas; y me han dado codillo. — Como Flores, le dije yo,, 
encuentre reunidos á los peruanos, saldrá tan bien parado de su 
campaña, corno U. de su solo. En la reunión está todo el negocio.— 
El monigote suplicó á la coja que dijera algo sobre esto, para cerrar 
la noche con llave de oro; y ella, tomando su guitarra, cantó: 

Si olvidamos los rencores, 

Y nos unimos en masa, 

No ha de hacernos una basa 
Con sus espadas ñor Flores. 
Entre con mil matadores: 
Pues tiene tanto malulo ; 
Que yo le aseguro al pillo 
Le hemos de hacer la mamola; 

Y pensando darnos bola, 

Se ha de hallar con un codillo. 

Aquí dieron las diez; y la tertulia se acabó. 



T 

L 



A ARAÑA. 



3^S ®LT ILi ^SBL «. 



i Que ligera memoria es la mía, 
que ni pesa tan solo un adarme! 
de mil cosas quisiera acordarme, 
mas con ella no puedo contar. 

No se donde, ni cuando lie leído, 
que en los tiempos de antaño vivia 
una astuta muger, que tenia 
gran destreza en el arte de hilar. 

Que, tejiendo á las mil maravillas, 
por instinto, el que siempre conserva, 
se atrevió á desafiar á Minerva, 
apocando su inmenso saber. 

Que en castigo la diosa mudóla 
en araña asquerosa insolente; 
lo que prueba en el caso siguiente 
que el maligno infeliz ha de ser. 

¡Qué tupida, que fuerte y pareja 
es mi tela, esta araña decia, 
apostarle á cualquiera podría, 
que mejor no hay quien sepa tramar! 

¡Cuantas moscas, mosquitos, moscones,, 
he de ver en el aire colgando! 
avechucho que pase volando, 
no podrá de mi tela escapar. 

Eeconoce, repara, refuerza 
los extremos de todo su estambre; 
trasijado, impelido del hambre 
sube y baja el inmundo animal. 



— 139 — 

Al fin para, se pone al asedio 
en su tela agachado, encojido; 
calla, ronca, se finge dormido, 
aguardando una presa cabal. 

Ya de golpe y zumbido cayeron 
una abispa, una mosca, un zancudo, 
tres moscones de vientre peludo, 
y otros cuantos ele igual calidad. 

Densas nubes al fin de esos mosquitos, 
que, vagando en las tardes de estío, 
buscan siempre, del abarco del rio 
la insalubre continua humedad; 

Dan mil vueltas, la tela se cubre 
de esa turba importuna y molesta 
y la araña sus zancos apresta, 
se prepara á pelear ó morir. 

Ahí se traba un reñido combate; 
á infinitos la tela enmaraña, 
y lar astuta insidiosa alimaña 
ya no sabe á que parte acudir. 

Mas y mas vá creciendo el barullo 
mas y mas se encarniza la lucha, 
quien sacude, quien pica, quien lucha 
con las alas, la trompa, los pies. 

Se desquicia, se rompe el urdimbre, 
La contienda ya vá de vencida, 
ya la araña estropeada, rendida, 
en su tela vá dando traspiés. 

Y con tela, mosquitos y moscas, 
dando en tierra un horrible porrazo, 
sofocada se encuentra en el lazo, 
que ella misma esforzóse en armar. 

Sin aliento en su dura agonía, 
ya sintiendo su muerte vecina, 
tarde llora la propia ruina, 
tarde siente su acerbo penar. 

Mete grima el ver ciertos pedantes 
escritores é insulsos poetas 
que consiguen con maña y con tretas 
de los necios hacerse aplaudir; 

Que deslumbran con dichos falaces 
al incauto que de ellos se fia, - 
sin preveer la infundada osadía, 
con que intentan lo falso encubrir. 



Aquel que clá coscorrones 
de fraile, de misa y olla; 
aquel que todo lo embrolla 
con ridiculas razones, 
piensa imitar espresiones, 
que son en Isla y Cervantes 
muy chistosas y picantes; 
pero insulsas en su boca, 
en que la sal es tan poca 
que son los vomi-purganies. 



Estos no se crea, no, 
que son cualquier cosa: vaya- 
que apostólico Matraya 
por Le Roy les preparó: 
con ellos vomi-purgó 
á todo el género humano, 
como hace el viejo cristiano 
de nuestro criticador, 
ó mas bien rebuznador, 
en método car montano . 



—141— 

PREGUNTA SUELTA 

Del autor del Diccionario analítico, al medico incré- 
dulo de quien se quejó el Dr. D. Abel Brandin, por 
haberle negado abiertamente la posibilidad de que 
las mugeres paran por el ombligo, siendo así que 
el Dr. D. Abel asesura en el numero 8. ° de sus 

o 

"Anales Medicales," haber asistido á una de esta 
naturaleza. 



DÉCIMA. 

Ad medicum incredulum. 

Tú que, de Abel enemigo, 
otro Caín vienes á ser; 
¿No crees lo de la muger 
que parió por el ombligo ; 
á pesar que hay un testigo, 
y de circunstancias tales? 
Pues si en partos de animales 
entiendes tanto, me di : 
¿por donde pare Brandi 
los Anales Medicales? 



OCTAVA. 

Aquí falta una letra consonante 
dirás, Brandi cuando leas mañana. 
Llámase esta figura, que es brillante, 
apócope en la lengua castellana. 
La fuerza me apuró del consonante; 
y la ene entera me comí sin gana. 
Mas ¿qué importa una letra yo le coma, 
á quien le come tantas á mi idioma? 



—142— 

DICCIONARIO ANALÍTICO O BRANDO-HiSPANO. 

Dispuesto para la inteligencia de los "Anales Medica- 
les que está publicando en Lima, periódicamente, 
D. Abel Victorino Brandin, doctor en medicina en 
la Universidad de París, Caballero de la orden real 
de la Legión de honor en Francia, de las academias 
de Europa y América, y autor de muchas obras. 
Dale a luz F. 1). y le consagra al licenciado Carmo- 
na, de la familia real de obras y bosques, bachiller 
por el rey, y autor del "Método racional de curar 
los sabañones." 



OCTAVA DEDICATORIA. 

i O predilecto de tu padre Apolo 
que, con sabios quirúrjicos renglones, 
hiciste resonar de polo á polo 
tu nombre, honor de Hespéridas regiones. 
Solo á tí insigne médico, á tí solo, 
que enseñaste á curar los sabañones, 
Se debe consagrar un diccionario 
Anali-mcdicaí y boticario! 



Ad Abelis Brandim excellentissirai medid opas íam materia quan forma 
jastis laadibas concelebrandum. 

EPIGRAMMA. 

Quis neget aúnales medicales qiiemqae legentem 

mirari, quanti ponderis hoc sit opus? 
Quis lepor in titulo ¿Q1103 quanta facundia dictis! 

Qualis apollineo fiamine venafiuit! 
Id porro utilius quan grcecam discere linguam, 

Quam legere Hippocratem moconiunique mélos. 



—143— 

TRADUCCIÓN LIBRE. 

Los anales medicales 
son dulces como la mié], 
viva el doctor don Abel 
para que nos dé panales. 



OTRA. 



Abel y Abeja, en línea diferente. 
Trabajan cosas dulces igualmente, 
Las de esta denomínanse Panales, 
Y las de aq uel Asnales Medicales. 



A HERACLITO. 

OCTAVA. 

¡ O ! Si vivieras en el siglo mió, 
eterno llorador del mal ageno, 
cuanto te rieras, como yo me rio 
al ver al mundo de escritores lleno! 
Leyeras á Brandin, y del sombrio 
humor, quedaras al instante bueno. 
Y entonces don Abel á sus anales, 
con razón les llamara Medicales. 



DE OTRO MODO. 

¡O si vivieras en eí siglo mió, 
eterno llorador de ágenos males, 
cuanto te rieras como yo me rio, 
leyendo los anales medicales! 
De aquel humor tan tétrico y sombrío 
sanaras sin geringas ni cordiales. 
Y tan bueno quedaras, conceptúo, 
que á Demócrito hacer pudieras dúo. 



—144— 

DÉCIMA. 

En la importante cuestión 
que la Crónica examina 
se halla de ciencia una mina, 
un corral de erudiccion, 
Bentham, Salas, Ancillon, 
Martens, Constant, Reyneval, 
hacen el gasto total 
de este escamen eminent, 
que muestra self evident, 
que hay derecho natural. 



EPIG-RAMMAS APOLOGETICO-MEDICAL. 

Si fueron los animales 
los maestros de don Abel, 
pueden escribir como él 
sus anales medicales. 

Dices cura, por la plata, 
sin licencia don Ventura, 
¡hombre de Dios! ¿A quien cura, 
si á cuantos le llaman mata? 



MAGMS ALEXANDER 
CORPORE PARVÜS ERAT. 



Yo soy aquel Moreno, aquel Mariano 
que fué al remoto pais del Europeo, 
á rellenarse del saber humano, 
y volver á su patria hecho un Liceo. 
El ornato del suelo ayacuchano, 
el Filósofo, en fin, Epicúreo; 
que compuso, durmiendo como un muerto, 
mejores leyes que Solón despierto 



apología del filosofo epicúreo, 



Sin dar yo en mi cama ni una vuelta, 
dormia á pierna suelta, 
tal que tan aina no me recordaran, 
aunque carretas sobre mi pasaran; 
no sé cual noche del corriente Mayo, 
en que llegué cansado de Huancayo. 

Literatura — 10 



__14(j_ 
Cuando á eso de las dos de la mañana, 
¡ lo pieza que es Morfeo ! 
¡ Guay ! ¡ Cómo disparata y desatina í 
¡Y cómo con nosotros se divierte! 
Belojero me creo ; 

y de hacer un reloj me dio la gana. 
¡ Sus ! — ¡ Al negocio. Está la Catalina 
y la cuerda y el pelo y el volante. 
Está la esfera. En menos de un instante, 
sin menearme del lecho, 
tengo ya mi reloj hecho y derecho. 
Tin, tin, tin, suena ya. ¿Qué hora? Las trece. 
Todititito el cuerpo me estremece 
la postrer campanada. 
Eecuerdo, y me hallo sin reloj y sin nada. 
¡Las trece! dije entonce. ¡Hay tal portento! 
Quedado he con mi máquina lucido. 
Pero ¿quién es aquel que monstruos no hace, 
por mas genio que tenga 
y mas conocimiento, 
siempre que á la cabeza se le venga 
el trabajar dormido 
en unas obras de cualquiera clase? 
Asi le aconteció ni mas ni meno, 
al célebre Moreno 
con su código grande, que á fe mia, 
es obra tan maestra 
como lo fué mi muestra 
que dio unas horas que no tiene el dia, 
No faltará por ahí quien me critique, 
y no quiera creer me despertara 
sonido de reloj imaginario. 
Mas yo á ese tal le preguntara: 
El ruidoso repique 

de dó campanas no hay ni campanario, 
del Monasterio de Jesús Maria, 
¿ísTó despertó á Moreno el otro dia? 



DIALOGO. 
DON JOSE-DON ANTONIO. 



D. José — ¡Eso es, amigo inio! Date a deseo, olerás á poleo. 
Un siglo hace que no se le vé á U. entrar por estas puertas — 
¡ Qué se me había de ver, si lie estado metido en cama, y casi, 
casi, me lleva Jesucristo! ¿ISTó lo ha sabido U! — Ahora me 
acuerdo que oí decir se habla U. caido con caballo y todo, en 
ese caño de la esquina de Santo Tomas — Eso no fué lo princi- 
pal. Solo me tuvo de costo dos sangrías.— Y ¿ cómo fué esa 
caida? — Cómo habla de ser i pasaba por allí en mía noche muy 
oscura, no vi el precipicio y el caballo se me fué de bruces. — '■ 
Si U. se hubiera caido en un caño recien abierto, no me causa- 
ra estrañeza; pero en ese que está asi hace años y siglos ¡vaya, 
vaya! ¿quién hay en Lima que no sepa de semejante agujero, 
y que tan demarcado en la imaginación no lo tenga, para no 
hundirse en él en medio de sus tinieblas, cual el piloto tiene 
en sus cartas hidrográficas, al peligroso banco ingles en el 
Atlántico, para libertar á su nave de que encalle en sus arenas! 
— ¿ Quién ? yo que ha un puñado de tiempo que no ando por 
ahí. El cruel porrazo que me pegué en las costillas me dio la 
primera noticia de la existencia de ese abismo. Y dígame U. 
una cosa, ¿ese banco ingles que acaba U. de nombrar hacia 
qué parte viene á estar situado? — ¿Por qué preguntaba U? — 
Porque como U. ha dicho que estaba en el Atlántico, se me 
vino al pensamiento el que pudiera fracasar allí el buque que 
conduce á mi querido Bernardo; y quedarse Lima sin las lu- 
ces con que debia venir á iluminarla; y yo sin el gran placer 
de darle un abrazo á su regreso, diciéndole: 



—148— 
Amigo, mi amigo, 
Ya te vuelvo á ver; 
Pero ¡ olí cuáii famoso, 
Civil y cortés. 
— Cierto que esa seria una pérdida deplorable en extremo. — 
Todos debemos interesarnos en la felicidad del viaje de Ber- 
nardo, que es para nosotros mucho mas interesante que lo fué 
el de Jason para los habitantes de Atenas ; pues si Jason fué á 
la Cólquida á conquistarles y llevarles el vellosino de oro, Ber- 
nardo va á la Europa á conquistarnos y traernos otra cosa mas 
preciosa incomparablemente— la sabiduría. U. en especial, que 
es tan su amigo, debe dirigir continuamente á la nave que le 
lleva, aquellas palabras que Horacio dirigió á la que condujo á 
Atenas á su amigo Virgilio que iba á buscar, como Bernardo, 
las fuentes de las luces. — Dice así: 

Sic te Diva potens Cipry, 
Sic fratres Helence lúcida sidexee 
Ventoriimque regatpater ; 
Obstrictis alus, prceter yapiga, 
Navis, qitce tibi creditiim 
Debes Virgüium flnibiis Atticis 
Redas incohtmen precor, 
Et serves anima dimidium meoe. 
■ — Dígame U. eso en castellano, porque me he quedado en 
ayunas: — Óigalo U. pero no traducido literalmente, sino apli- 
cado á Bernardo — 

¡ Oh nave venturosa, 
oh venturosa nave, 

que cuando á olía un zurrón, un tercio, un fardo, 
á tí se te ha confiado de Bernardo 
la carga tan preciosa ! 
Yo te ruego que vueles como una ave, 
y le lleves robusto y bueno y sano 
á las costas de Iberia 
en la opuesta ribera 
del Atlántico océano; 
y que le hagas surgir en claro dia, 
á ese que es la mitad del alma mia. 
En cualquier de los puertos andaluces, 
de dó pronto vendrá lleno de luces. 
Eíjate asi la madre de Cupido, 
la diosa de las bellas, 
tan poderosa en Chipre como en Guido 
y los hermanos de la hermosa Elena, 
mientras Eolo encadena, 
y encierra en sus profundos calabozos 



—149— 

los notos y aquilones impetuosos, 

sin que á otro viento alguno libre deje 

que al zéflro apacible 

que en medio de una mar muy bonancible, 

de nosotros te aleje 

soplándote muy suave por la popa, 

y no te desampare basta la Europa. 
— Pero volviendo al banco ingles, por lo que hace a él nada 
hay que temer de Bernardito: el Atlántico es muy grande, co- 
mo se extiende de Occidente á Oriente, desde las costas de las 
dos Américas hasta las de África y Europa; y de Norte á Sud, 
según algunos, hasta los mismos polos ; asi, aunque Bernardo 
lo atraviesa, pasa distante del banco ingles muchos centenares 
de leguas. El banco está situado en frente de la boca del Rio 
de la Plata, entre los 34 y 35 grados de latitud austral. Y Ber- 
nardo debe haberse embarcado en Porto-Belo que está en los 
10 grados de latitud Boreal, dirigiéndose al Norte ; porque aun- 
que trató de pasar por el estrecho de Bering, no le fué posible 
por estar el mar enteramente helado: y se dice que un buque 
extranjero le encontró de regreso para el Sud, en frente de la 
punta Borrica. — ¿Con qué estaba el borrico en frente de la 
borrica ? — Mófese U. de Bernardo ; U. le verá volver, y si le 
conoce, entonces que me asjien. — ¿Y esa punta Borrica en qué 
parte está? — Cierra por el Occidente la boca del Golfo Dulce, 
al Sud del Istmo del Darien, en cuyas aguas termina la linea 
divisoria de las dos ¡Repúblicas Centro América y Colombia. 
Por eso creo que debe haberse desembarcado en Panamá y 
reembarcado en Porto-Belo : pero después de todo, U. no ha 
llegado á decirme cual ha sido la enfermedad que le ha emba- 
razado venirme á ver, supuesto que no fué el resultado de la 
caída en el caño. — Ha sido mía disenteria que me puso á pique 
de liarlas. — Y ¿de qué le vino á 1T. esa cosa, estando en una 
dieta tan estricta! — |De qué! de lo que lia venido á casi todo 
Lima; del pan podrido.... ¡ Válgame Dios ! cuando comere- 
mos pan de buen trigo — eso va muy largo. El trigo de Chile 
se lo van llevando para el Janeiro, para Montevideo y hasta 
para la Nueva Holanda. — ¿Hasta allá? Eso no es una isla con 
honores de Continente, pues que es casi tan grande como la 
Europa ; y á quienes algunos geógrafos llaman la quinta parte 
del mundo! — Eso es. — Pues no creo que está muy cerca de 
Chile. — ¡ No es nada la distancia ! Es casi la mitad del globo ; 
porque la Nueva Holanda no está muy distante del Quersone- 
so de Oro ó Península Extracangen, en donde se halla situado 
el reino de Siain antípoda del Perú. — Pues ¿por qué no traen 
mejor los trigos al Callao? — Yo no lo sé. Pero el hecho es que 
no los traen, y si los traen los dejan picarse, como ha sucedido 



— 150— 
con esas doce mil y mas fanegas que están en Bellavista, man- 
dadas botar al mar por él Gobierno Superior, aunque 13. Do- 
mingo Derteano pretende comprarlas para cebar cochinos; y 
creo se las vendan porque son ventajosas las propuestas 
que él hace, y porque asi estamos muy seguros de que se venda 
alguna parte para pan y para bizcocho, como sucedería muy 
probablemente si se llegara á botar. — Eso es seguro. No hacen 
muchos dias que se mandaron botar al rió trescientos costales 
de harina podrida*que había en una panadería de abajo del 
puente; y en esa corta distancia se desaparecieron siete, pues 
¿ cuántas fanegas se desaparecerían desde Bellavista hasta el 
Callao? aj ústeme U. la cuenta. Pero, pregunta ahora mi cu- 
riosidad: si ya no vienen trigos ¿qué se va á moler en ese gran 
molino que se está haciendo cerca del puente? — Se molerá 
viento, y entonces se realizará lo que se cantaba hace algunos 
años, á saber: 

Agua raspada, 

Viento molido, 

Que el molino este 

íío muele trigo. 
— ¿Y ya está esa obra muy adelantada? — ISTo lo sé. Muchos 
dias hacen que no paso por allí. — Pues ya las aguas están cer- 
ca y ese rio trae á veces su regular corriente. — Ahora me 
acuerdo de que U. no llegó á explicarme lo que era la corrien- 
te trópica sino las polares. — ¿ Quiere U. que se lo explique aho- 
ra? — ísTo seria malo. — Pues oiga U. Dije á IL, en dias pasados, 
que de cada polo iba sin cesar una corriente hacia el Ecuador ; 
pero que en llegando á los 30 grados variaba de dirección, y se 
dirigía al Occidente; con lo que se formaba una tercer corrien- 
te llamada trópica ó también ecuatorial : esta viene á ser como 
un gran rio cuya madre es ancha de 60 grados, cuyas márge- 
nes son los paralelos que pasan por las latitudes de 30 grados 
tanto !N"orte como Sud, que está dividido por el Ecuador en 
dos partes iguales, y que continuamente corre en una direc- 
ción contraria á la de la rotación del globo. — Eso está bueno. 
¿Pero cual es la causa de que las corrientes polares muden de 
dirección en los treinta grados y formen la trópica? — Allá voy. 
Ya sabemos que en la zona tórrida hay mucha mas evapora- 
ción que en las demás, ya por su mayor calor provenido de la 
perpendicularidad de los rayos del sol, que jamas traspasa los 
trópicos, y ya también por la inmensa extensión de la superfi- 
cie de las aguas, pues que hay en ellas 5t7 de mar contra 2^7 de 
tierra. Ahora pues : las aguas de las zonas templadas y glacia- 
les que corren á reemplazarlas, para conservar siempre el 
equilibrio del globo, pesan mas que ellas incomparablemente, 
asi porque el frió las tiene mas compactas, como porque están 



—151— 
mas cerca del centro de la tierra. Ellas están también anima- 
das de un movimiento de rotación muclio mas lento que el de 
aquellas porque se hallan describiendo círculos menores. Y, 
como en virtud de la fuerza de inercia no pueden despojarse 
en un instante de aquel grado de movimiento que una vez ad- 
quirieron, no es posible .que sigan la rotación del globo. Pesa- 
das y casi inmóviles, ellas caen de repente en la esfera de la 
mayor movilidad, y conservan por algunos instantes su carác- 
ter primitivo. Pero la parte sólida del globo se mueve sin cesar 
al Oriente con la misma rapidez con que huye de estas aguas, 
que quedándose siempre un poco atrás, parecen moverse hacia 
el Occidente y retirarse de las costas occidentales de los conti- 
nentes, mientras que en las orientales la tierra se avanza ha- 
cia las aguas, que no pudiendo seguirlo por la celeridad de su 
rotación parecen avanzarse hacia ella. — ¿ Y no hay en el mar 
otras corrientes que estas tres? — Si no se encontrara tierra al- 
guna en la superficie del globo, si fuera toda ella ocupada por 
los mares, no habria mas corrientes que las tres generales; las 
dos polares y la trópica. — Pero los continentes y las islas, opo- 
niendo al curso de las aguas unos muros invencibles en sus 
riberas orientales, las obligan á refluir en aquella dirección 
que las localidades determinan. De aqui nace una multitud de 
corrientes particulares que no son mas que modificaciones di- 
versas del movimiento general. — Dejemos para otro dia las 
comentes particulares. — Dígame U. ahora: ¿esa corriente 
ecuatorial no será un obstáculo á la pronta venida de nuestro 
amado Bernardo 1 — Todo lo contrario. Le es sumamente favo- 
rable. Cuantos navegan de la Europa paralas Amérícas, bajan 
hasta la latitud de las Canarias, es decir, hasta los 30 grados 
donde ya encuentran la corriente trópica que los trae al Occi- 
dente. — ¡ Muchas ganas tengo de ver á Bernardo ! ¡ Cómo no 
vaya á venir como aquel que después de haber gastado yo no 
sé cuanto tiempo en educarse fuera de su pais, volvió por fin 
tan ilustrado, que estando comiendo ^con sus padres el dia de 
su llegada, tomó una gran corbina que se puso en la mesa: 
sirvió á su padre la cabeza, á su madre la cola, á sí mismo to- 
do el cuerpo, diciendo: Caput Pater, Cola Mater — Corpus 
meum : ó como el otro que diz que entró en su casa diciendo á 
un perico que estaba á la puerta: ¿ Periquitis nostris non cono- 
ces mihi f Ego sum de casa. ISTo señor. Bernardo vendrá de 
otra laya. Esos no pasarían el Atlántico como nuestro Bernar- 
do. En las guias de este mar está toda la virtud. O, sino, vea 
U. : vino aquí Moreno, el autor del sueño Epicúreo, sin haber 
estado en Eunma mas que cuatro dias que gastaría en diver- 
tirse; y al instante dictó leyes al Perú, y habrían sido perfec- 
tas, si en vez de prohibir en ellas el comercio del té, que á na- 



—152— 
die perjudica, hubiera prohibido el de la harina podrida que 
mata tantas gentes, cuando Solón y Licurgo se estuvieron 
tanto tiempo en paises extranjeros, para poder dictarlas á su 
vuelta á Atenas y Esparta. ¿Y, por qué esta diferencia! — Por- 
que Moreno pasó el Atlántico, cuando Licurgo no atravesó 
sino el Mirtao y el Orotico, y el Eojo y el Indiano; y Solón el 
Egio y el Escarpado y Egipciaco. — El dia que llegue Bernar- 
do le he de dar un buen convite. Ya me parece que estamos 
comiendo con él. ¡ Yaya ! tome U. esa copa y eche un brindis. 
— Yo no hago versos de cálamo ocurrente, qué versos ni qué 
versos; ya los versos se retiraron de las mesas junto con las 
empanadas y los chupes; pues asi como me gustan las empa- 
nadas y los chupes, mas que otros muchos platos que se sirven 
en las mesas del dia, asi también me gustan mas los brindis en 
verso que en prosa. — Brinde U. como quiera, haciendo de 
cuenta que yo soy Bernardo. — Allá vá; salga pato ó gallareta: 
Yen Bernardito á regar 

El patrio suelo querido 

Con las luces que has bebido 

En el Atlántico mar. 

Yen Bernardito á abismar 

Al que estudió en el Perú 

Con lo que estudiaste tú 

En el Atlántico mar. 

Yen Bernardo á dictar 

Esas que aprendiste leyes 

Allá con los peje-reyes 

En el Atlántico mar. 

Yen Bernardito á entonar 

Esas canciones tan buenas 

Que robaste á las sirenas 

En el Atlántico mar. 

Yen Bernardito á enseñar 

Nuevas costumbres y usos 

Con tus talentos infusos 

En el Atlántico mar. 

Yen Bernardo á desterrar 

Añejas preocupaciones, 

Con las que oiste lecciones 

En el Atlántico mar. 

. Bravo, bravísimo. — Me parece que oigo cañonazos; estará 

entrando algún buque de guerra. — ¿Si vendrá en él Bernardo! 
—Pudiera suceder muy bien. — Pues voy ahora mismo á ave- 
riguar. — Y venga U. á avisarme si acaso ha llegado. — Como 
no, — Al instante. 



SEGUNDO DIALOGO. 
DON JOSE-DON ANTONIO- 



Don José — ¡Por donde ha salido hoy el sol! — He venido 
tan temprano por salir de mía curiosidad que no me ha deja- 
do dormir en toda la noche — ¿Cuál es esa? — -¡Con que habia 
ya trece planetas, y U. nada me ha dicho, sabiendo mejor que 
nadie mi afición tan grande á la ciencia astronómica! — Yo no 
sé una palabra de eso: ahora lo oigo. ¡Trece planetas! — <Sí, 
señor, trece planetas — Después de los cuatro que descubrieron 
Olbers y Piazi en 1801 y 1802, á saber ; Testa, Juno, Cores y 
Palas, no ha llegado á mi noticia el que se haya descubierto 
otro ninguno — ¡Cómo no!— ¡Sí, señor !— Hay dos mas que no 
tiene la menor duda — ¿Cuáles son los trece planetas?— Va- 
mos á ver — Son : Mercurio, uno ; Venus, dos ; la Tierra, tres ; 
Marte, cuatro; Vesta, cinco; Juno, seis; peres, siete; Palas, 
ocho; Júpiter, nueve; Saturno, diez; Urano, once; Libertad, 
doce; y Orden, trece — ¡Libertad y Orden planetas! — ¿Quién 
los descubrió? — »'| Cuándo? — ¿Cómo? — ¿En qué lugar? — ¿Con 
qué nuevo instrumento! — ¿Qué tiempo gastan en sus revolu- 
ciones periódicas en derredor del sol? ¿Giran sabré su eje? 
¿Tienen satélites? Cuánto distan del sol ? ¿Qué tiempo gasta 
en llegar hasta ellos la benéfica luz de este monarca de los as- 
tros? ¿Salen por fortuna fuera del Zodiaco ó solo se mueven 
dentro de él? ¿Están sus órbitas muy inclinadas sobre el pla- 
no de la elíptica? Pertenecen á la ciase de los planetas Telús- 
tricos, á la de los planetas Asteroydes, ó á la de los grandes 
panetas?— Yo no senada de eso: lo único que sé es, que son 
planetas.— ¿Y cómo sabe U. qué son planetas? — Porque lo he 



—154— 
leido anoche en el Conciliador. — ¿En el Conciliador? — Sí, Sr.j 
en el Conciliador del miércoles de la semana pasado. ¡Ya! ¡Si 
el Conciliador lo dice, así será! ¿ Cómo dice el Conciliador? — 
Dice así: "En los pueblos robustecidos bajo la atmósfera, de 
la Libertad del y Orden.... Y ya ve U. que teniendo atmósfera, 
lian de ser planetas precisamente — ¡ Vaya, vaya, vaya, que el 
paso es para llorar! pero á mime causa risa; ¡nombre de Dios! 
Eso no quiere decir otra cosa, sino que el Editor del periódico 
no sabe lo que es atmósfera, que á haberlo sabido, no se la hu- 
biera plantado tan desatinadamente á la Libertad y al Orden. 
Pero aunque realmente tuviesen atmósfera, no por eso serian 
precisamente planetas: tienen atmósfera los cometas, las es- 
trellas fijas, y aun muchos cuerpos terrestres como todos los 
odoríferos. Tienen atmósfera el blanco jazmin, tiénela el ama- 
rillo tulipán, y tiénela también la matizada rosa. — Pero la Li- 
bertad y el Orden, ni son cometas, ni estrellas fijas, ni cuer- 
pos terrestres. — Entonces, qué atmósfera es esta? — Esa atmós- 
fera solo existe en la cabeza del Editor. Y esto no es nuevo en 
él. Desde el número primero nos encajó el orden con atmós- 
fera. Al fin' del prospecto dice: (hablando de los peruanos) 
"Es preciso que respiren constantemente bajo la atmósfera 
del orden." Pero lo mas lindo es que poco mas arriba ha di- 
cho, hablando de las facciones: "Han minado sordamente los 
cimientos del orden." De modo que el orden es un comodin. 
Ya se le da atmosfera, ya se le dá cimientos, ya se le hace pla- 
neta ; ya se le hace edificio. Seguramente en esa atmósfera 
del orden se formará el hielo. — De la razón de que habla el 
Conciliador en el número sexto. También se engendrarán allí 
otros muchos meteoros racionales, como relámpago de la ra- 
zón, rayo de la razón, trueno de la razón, granizo de la razón 
y nieve de la razón — ¡ Qué buenos serian unos helados hechos 
con esa nieve! ¡El hielo de la razón! ¡Apenas puede decirse un 
igual despropósito ! Yolo creería el mayor de cuantos se han 
dicho hasta ahora, si no acabara de ver por mis ojos eso de la 
atmósfera de la libertad y del orden. Dejando lo uno por lo 
otro, ¿ha visto ■ U. las Miscelánea del Sábado? — Yo no veo 
ninguna. — Allí se le dice á U. una cáfila de insultos. — Eso es 
natural. — Natural? — Sí señor. — Natural y muy natural. ¡Qué 
quiere U. que hagan unos hombres que no caben en el pelle- 
jo de tanto orgullo que tienen, al ver criticadas sus obras que 
ellos creían tan maestras; y criticadas de un modo que les es 
imposible componer los desatinos garrafales que se les echan en 
cara. ¡ A cualquiera se la doy ! ¡ Perder su crédito literario ! 
¡No es nada lo del ojo¡ Si pudieran contestar, ya se desaho- 
garían: ¿pero quiere U. que revienten de cólera? Meta U. la 
mano en su pecho, póngase en el lugar de ellos y les dará la 



—155— 
razón. Todos hacen lo mismo. El insulto es el arma de la ig- 
norancia. El que se ve atacado y no puede contestar con ra 
zones, contesta con desvergüenzas. Esto dio ocasión á Iriarte 
para componer aquella fábula, en que el orgulloso pavo, vién 
dose vencido por el cuervo, en el desafio que tuvieron á volar, 
le dijo, lleno de furia que era negro, que era muy feo, que era 
puerco y que tenia por costumbre comer cuerpos muertos. El 
cuervo triunfó pero fué á costa de oir de boca del pavo unas 
cosas tamañas. Cada uno se defiende como puede, el perro á 
mordizcones y el borrico á patadas. ¿Y nada mas trae la Mi- 
selánea que desvergüenzas"? — También se mofa de la Geogra- 
fía. ¡ Estupenda ignorancia ! Sin la Geografía no se puede ab- 
solutamente escribir ni leer cosa alguna. O si no, tome TJ. 
de la mesa el papel que le dé la gana. ¡Vaya este! ¿Qué co- 
sa es? — Es el número 71 del Conciliador — Lea U. el artículo 
editorial en la parte qué guste — Dice: "Dos son los grandes 
ejes sobre que giran la ciencia de la administración de hacien- 
da. El primero la contabilidad y el segundo la libertad.'' — Ya 
U. lo vé ! Al primer taj)on zurrapa. Si el editor hubiera apren- 
dido la geografía matemática, sabria lo que es eje, y verla que 
es una cosa imposible el que algo pueda girar sobre dos de 
ellos. Si á la bola de las suertes, verbi gracia, cuando está gi- 
rando al rededor de su eje, se le atraviesa otro eje en una di- 
rección cualquiera, y se tija en sus polos ¿qué sucedería! Que 
la bola no podrá girar ni para una parte ni para otra; y se 
quedará parada — Precisamente sucederia así. ¡ Girando sobre 
dos ejes! ¡No lo ha dicho ni el diablo! Según eso la ciencia de 
la administración tendrá cuatro polos, dos en cada eje. — Asi 
debería ser. ¿Pero U. no ha reparado una cosa! — ¿Cuál es? — 
Que acabamos de ver á la libertad con atmósfera, como plane- 
ta en el número ochenta y uno : y ahora lo vemos en el sesen- 
ta y uno y convertida en eje — ¿ Qué tal! — ¡Como una perla! 
— Cuánto deseo que llegue Bernardo para que ilustre el pais, 
y no escriban tantos despropósitos que hacen formar á las na- 
ciones extranjeras una idea tan poco favorable de la nuestra ! 
— ¿Y qué es de Bernardo?- — Llegó á Valparaíso y yo lo espero 
en Lima por momentos. Aquí le he compuesto esta cancionci- 
ta que haré poner en solfa, para que cante el día que llegue. 
Léala U. — Dice: 

Llega, llega ¡ Bernardo del alma! 

Llega, llega á tu suelo natal, 

Dó te espera los brazos abiertos 

Todo el pueblo que te ansia estrechar. 

Si es tan grata la aurora en el polo, 

Porque solo se mira rayar 

En después que seis meses enteros 

De tinieblas cubierto se está. 



—150— 
Que no mira en todo ese tiempo 
Un momento siquier disipar, 
A no ser por auroras boreales 
O benéfica luz zodical, 
¡ Cuanto á Lima seraslo ¡ oh Bernardo f 
Que hoy la vienes bondoso á alumbrar^ 
No de meses después ni de años, 
Ni de siglos de noche fatal. 
Los primeros peruanos vivieron 
Vida errante y feroz y animal. 
Eeligion no tuvieron, ni leyes, 
M tuvieron tampoco moral, 
En los cárnicos y bosques vivian, 
Sin que nadie mandara en la paz : 

Y jefes que las tribus rigieran 
En la guerra nombraban no mas. 
Sus costumbres, sus usos, sus juegos; 
Era todo en extremo brutal: 

Y, en lugar de cazar animales 
Unos á otros se vian cazar: 

Y en sus grandes banquetes ponian,. 
Como el mas exquisito manjar, 
Cual nosotros la grande empanada 
Grande posta de carne humanal. 

A vivir en poblado aprendieron 

Y otras cosas, de Manco-Capac: 

Y el carácter feroce también 
Con sus leyes llegóse á domar. 
Mas de ciencia ninguna pudieron 
Los profundos arcanos sondear; 
Aunque algunas pequeñas nociones 
Garcilaso en su historia les dá; 
Como son conocer los solsticios 
Que sus fiestas debieran reglar, 

La carrera mensual de la Quilla (1) 

Y del Intip (2) el circulo anual. 
Los iberos después conquistaron, 
W imperio de Huayna-Capac 

Que el Quita (3) alcanzaba hasta el Maulli (4) 

Y del mar (5) alcanzaba hasta el mar. (6) 
Por tres siglos sobre él ha pasado 



[1] La Luna, 

[2] El Sol 
[3] Quito.* 
[41 Maule. 

(5) El Pacífico. 

(6) El Atlántico. 



—157— 
De los reyes el yugo fatal; 

Y en tres siglos de su infamia débil 
No salieron las ciencias jamás. 
Los tiranos fundaron escuelas 

Do su idioma enseñaron á hablar; 

Y colegios fundaron también; 

Y les dieron de estudios el plan. 
Sus cadenas, empero, no vieron 
Los peruanos fué todo su afán; 
Porque así, sin saber las train, 

Las llegaron por siempre á arrastrar. 
Los derechos del hombre, por eso, 
ISTo dejaron jamás estudiar: 

Y prohibieron el leer cuanto libro 
Enseñaba lo que es libertad: 

Se prohibieron con penas tremendas 
Por un monstruo, por un triqunal. 
Que al talento paraba on su vuelo, 

Y hasta el genio llegó á encadenar; 
Que á las luces feroz perseguia; 

Y que al fin las llegaba á encerrar 
En hondos calabozos, do nadie 
Nunca, nunca las viera brillar, 
Que el saber castigaba de muerte, 
Mas que el crimen de lesa deidad. 

Y que vivos quemaba á los hombres 
Que estudiaban su gran dignidad. 
De este modo logró mantenernos 
Tantos tiempos el déspota real 

En grosera ignorancia sumidos 
Ya que no fué en total ceguedad. 
El coloso cayó por el suelo, 
Para no levantarse jamás : 

Y sus fierros odiosos, pesados 
Hechos trozos ha un lustro que están. 
Eaudo vuelo emprendieron las ciencias 
Con alas que les dio Libertad : 

Y, apesar de lo corto del tiempo , 
Sus progresos miramos ya ; 
Los progresos que espera la patria 
Del talento y de aquel singular 
Ingenio, que á sus hijos natura 
Siempre quiso tan pródiga dar, 
Si la guerra, por mas que hános dado 
Tanta gloria y honor nacional, 
No dejara estampada su huella 



—158— 

Que primero pensóse en borrar. 
Mas j qué importa, Bernardo, si tú 
Ya de luces hidrópico estás: 

Y vienes á quitamos las sombras 
Cual las quita brillante fanal ! 

Mas ¡ que importa, Bernardo, si vienes 
T)e la opuesta ribera del mar: 
Y, á manera del astro del dia, 
Nos conduces la luz oriental ! 
; Tu llegada en la América toda 

Una época muy grande abrirá : 

Y tu siglo, será siglo de oro, 

Y bien siglo será de Bernard. 
Llega, llega ¡Bernardo del alma! 
Llega, llega á tu suelo natal 

Dó te espera, los brazos abiertos 
Todo el pueblo que te ansia estrechar. 

— Qué tal? — Magnifica. Yo me la llevo á casa de unas seño- 
ras muy apasionadas de Bernardo, y que tendrán en leerla la 
mayor complacencia. — Llévela U. pues. Adiós. — Adiós. 



DESCRIPCIÓN 

De un Museo de la lengua Latina que se ha 
establecido en esta capital, bajo los auspi- 
cios del Gobierno j á dirección de D. José 
Pérez de Vargas, inspector general de es- 
cuelas de primeras letras y de latinidad. 
Hízola el Dr. D. José Joaquín de Larriva. 



El año veintiséis se ha visto señalar, en los primeros clias de 
su círculo, con uno de aquellos acontecimientos grandiosos 
que sirven de época, después, á los fastos de la historia. Es la 
apertura de un museo de la lengua latina que puede competir 
con los primeros de Europa, ora por el aseo y el gusto que rei- 
nan en su edificio, donde ha sabido concillarse la sencillez con 
la elegancia, y ora, principalmente, por los talentos y las luces 
de su digno director, D. José Pérez de Vargas que, aunque 
hijo de padres americanos, nacido y educado en la patria de 
los Médicis, hizo un estudio el mas profundo de la bella lite- 
ratura, y aprendió á hablar el idioma de Horacio con la mis- 
ma propiedad que el del Ariosto. Es el museo un largo y an- 
churoso salón, capaz de contener doscientos jóvenes, y en cu- 
yos altos muros ha imitado el pincel, con la mayor perfección, 
una arquería magnífica que por todos lados le cerca, y le em- 
bellece. Sobre hermosas columnas de orden dórico, descansan 
estos arcos: y en cada intercolumnio se deja ver, copiada de 
los mejores modelos, la imagen venerable de uno de los prin- 
cipales oradores ó historiadores ó poetas de cuyas plumas di- 
vinas se formaron las alas con que han volado hasta nosotros, 
y seguirán volando hasta las últimas edades, los nombres muy 
gloriosos de aquellas dos repúblicas antiguas, las mas guerre- 
ras, sin duda, y las mas poderosas, y las mas ilustradas de la 
tierra. No se puede entrar en el museo, sin sentirse penetrado 
de un religioso respeto, al mirarse circundado por los prime- 



—100- 
ros maestros del género humano. So creería estar en el santua- 
rio del templo de la inmortalidad, donde viven á un tiempo los 
varones preclaros de los climas y de todos los siglos. Apesar 
de las grandes distancias de tiempo y de lugar que separan 
entre sí á los talentos rivales de griegos y romanos, están jun- 
tos allí Homero con Virgilio, Tucídides con Tácito, Jenofonte 
con Oésar, y Deinóstenes con Tulio. 

Después de haber visto y admirado á estos jjortentosos fe- 
nómenos del mundo intelectual que la naturaleza ha produci- 
do por medio de los grandes y extraordinarios esfuerzos que se 
complace en hacer de cuando en cuando, para excederse á sí 
misma se tiene la satisfacción de oirlos hablar, y conversar 
con ellos, acercándose á un estante que se halla en el fondo 
del salón, y que, entre otros muchísimos volúmenes, guarda 
sus escritos, aquellos célebres escritos que podemos llamar las 
lámparas eternales del mundo; aquellos jefes de obra del en- 
tendimiento humano en que se agotaron de una vez, con las 
gracias todas del arte de escribir todos los primores del gusto, 
Y todas las riquezas del iu genio. No es muy fácil decidir si 
este presente de luces, que sus autores nos mandaron, haya si- 
do ventajoso ó funesto á su posteridad, y si son acreedores por 
él á nuestra gratitud ó indignación. Nos dieron en ellos, es 
verdad excelentes modelos; pero nos los cobraron con usuras; 
quitándonos con ellos, para siempre, el mérito de la originali- 
dad. Nada nos ha quedado que crear, nada que inventar: y la 
de imitar sus rasgos con alguna perfección, es toda la esfera á 
que han circunscrito los últimos esfuerzos del genio, y toda la 
gloria literaria á que nos han dejado derecho de aspirar. 

Por «radas de mármol blanco se sube á la alta cátedra donde 
se dictan las reglas que enseñan á descubrir los tesoros escondi- 
dos en la Eneyda y la Farsalia, y sobre la cual se advierten dos 
"randes ventanas de cristal que parecen destinadas á alumbrar 
el sa orado monte de Apolo que por en medio de ellas se levanta, 
y á cuya falda se ven, presididas de ese Dios, aquellas nueve 
hermanas que con su mágico poder trasmitieron al Taso el estro 
de Virgilio; y hacen vivir entre nosotros, después de tantos si- 
o-los á Aquiles y Alejandro. Al ver allí á la fama armada de sus 
alas' y acompañada de un héroe á quien va conduciendo de la 
mano hacia el templo de la gloria que se descubre á lo lejos en- 
tre la abra (pie separa al Helicón del Parnaso, es imposible cosa 
dejar de acordarse de BOLÍVAR á quien solo falta un paso para 
entrar en el santuario, y de rendirle el homenaje de admiración y 
gratitud á que tantos derechos Mirle dado sus triunfos inmorta- 
les; esos triunfos tan ventajosos á nosotros que, alejando por siem- 
pre del Perú al despotismo hispano, hacen ya aparecer sobre su 
suel o los gloriosos rastros de las letras que, acompañadas de las ar- 



— 161 — 

tes y seguidas siempre de las ciencias, solo marchan tras del carro 
que conduce á la libertad. 

Aquí la imaginación que habia reculado tantos siglos para admi- 
rar los grandes hombres de las épocas pasadas, vuelve otra vez hasta 
el dia para admirar al grande hombre de la época presente: y volan- 
do en un momento desde el Pindó hasta los Ancles, descubre, desde 
la cima de sus eternas nieves, los venturosos campos que presencia- 
ron los combates en que la tiranía, derrotada, huyó para siempre ja- 
mas, de la victoriosa independencia: mira, con un placer inexplicable, 
la nueva faz política que hoy presentan los pueblos del Perú, y se 
pasma al contemplar que se hiciera tamaño cambiamiento mientras 
la luna discurrió cuatro veces solas por su órbita de plata. 

El Museo es el primer santuario que Lima independiente ha fa- 
bricado á Minerva. La tiranía prohibió el culto de esta diosa á las 
generaciones pasadas, y nuestros padres se ocultaban para quemarle 
inciensos, como los primeros cristianos para quemarlos á la Divini- 
dad. Los gabinetes de América eran las catacumbas de Eoma. La 
generación actual va á ocuparse enteramente en levantarle templos, 
y consagrarle sacerdotes. Y, en la generación que nos siga, será la 
hija de Júpiter mas adorada en Lima, que la hija del Mar lo fué en 
ditera. Bolívar es sabio y es guerrero, y no puede dejar de protejer 
el culto de la que es, al mismo tiempo, diosa de la sabiduría y dio- 
sa de la guerra. 

Antes de dar principio á las tareas del Museo, trató su director de 
hacer con solemnidad la ceremonia de su estreno: y el Consejo de Go- 
bierno, de cuya orden se emprendió, y bajo cuyos auspicios se fundó 
esa importante escuela en que deben comenzarse á formar los legis- 
ladores de la república y sus primeros magistrados, con asistir aquel 
dia, quiso darle la honra que recibió en promoverle. Luego que llegó 
S. E. y ocupó la cátedra, el señor Dr. D. Miguel Tafur, rector de la 
Universidad de ¡San Marcos, dejando el asiento que ocupaba entre 
un lucido y numeroso concurso, dijo: 

"Excmo. Sr.— Se abre el museo de latinidad y humanidades, en el 
sexto año de nuestra independencia, cuando ya respira el Perú de las 
fatigas de la guerra, después del sangriento choque para arrancar de 
sus tiranos la palma de su libertad. ¡Qué época! ¡ Qué sucesos! ¡ Qué 
gloria estaba reservada por el Supremo Arbitro de los destinos de los 
pueblos, al héroe que nació en Colombia, y pertenece á toda la Amé- 
rica, porque su triunfante espada ha roto los grillos de todo el conti- 
nente! Después de la derrota de nuestros enemigos, nada se habría 
hecho por la causa de la libertad, sin el fomento de las luces. V. E. pe- 
netrado de esta verdad, cerrado el templo de Marte, abre el santuario 
de Minerva con la llave de la lengua de los Césares, en la que se de- 
positaron los tesoros de la sabiduría de Grrecia y de la misma Eoma 
heredada del legado precioso de Atenas y de las demás repúblicas 
que sobreviven en los grandes hombres que en sus escritos continúan 

Literatura — 11 



-rI62— 

siendo los mentores del género humano. ¡Oh! ¡Quiera el cielo que 1 
las nuevas repúblicas del orbe reciente, oscurezcan el esplendor do 
las del antiguo globo! Que instruidos por las desgracias que les hi- 
cieron perder su libertad, conservemos la nuestra en medio de las vir- 
tudes. ¡Que los Fabricios, Camilos y Catones, la ilustren á la par de 
los Tulios, .Virgilios y Libios ! Que compitan la providad y las luces, 
y que cimentadas en el bien y las letras, se consuele la humanidad 
de los desastres que ha sufrido, y que manchan con sangre el triste 
libro' efe la historia. Tocio, Excmo. Sr., puede hacerse por un gobier- 
no ilustrado, contando con la voluntad general, con los esfuerzos del 
genio de la América, y con el patrocinio del cielo de donde descien- 
de el bien y las luces. Que esta consoladora esperanza aliente á la 
juventud que va á sucedemos, y á la que esperan tiempos mas tran- 
quilos y gloriosos para que recuerde siempre que á la generación pre- 
sente es deudora de los bienes que disfruta, y que en sus himnos de 
júbilo repita siempre el nombre dé Bolívar, y que los oradores y poe- 
tas que engendren la libertad y las luces, ensalcen' sus hazañas con 
solo enumerarlas. '• 

Cuando el señor rector hubo acabado de hablar, D. Manuel María 
Freyre, joven alumno del museo, subió á una pequeña cátedra qué 
se habia colocado con este objeto á la derecha de la grande, y pro- 
nunció la siguiente elegía, que puso fin á la función, y que sería 
bastante para dar á conocer al director del museo, si él no fuera co- 
nocido tan de antemano por sus muchas composiciones de este gé- 
nero. 



18 MUSiEl LATINI AüSPICATISSIMA DEDICATIONE. 



ELEGÍA. 

Siquis ab incoeptis educitur exitus ipsis 

Principium quoties nobile rebus inest ; 
Hcec erít illa dies, qua non felicior ulla 

Addiderit pulchris Artibus omne decusjj; 
Mitibus et studiis teñeras advertere mentes 

ínvitans, Musís áurea soscla parat; 
Perqué novas gentes romana facundia robur 

Humene Palladio proferet aucta suum,- 



—163— 
Ignibüs et nimbis Thaumantias ® orbe ñigatis, 

Adducit Phoebum, firmaque ab axe micat t 
Iam. iam desist'unt insignia pectora bello, 

Quíb dedit in pugnis pülcnra America suis: 
En foribus clausis, pacate Marte, Bifrontis 

Iani Libertas erigit almacaput; 
Imperioque iacens legun furialis Erinnys 

Proiicit invisas exululata faces. 
Arma togce cedant; Cyllenius, orbe redempto 

IjfFundat gazas, Periedesque vocet. 
Pindarus et Xenopnon, Deniosthenis oraque Tulli 

Ne desint; superant inclyta gesta Ducum- 
Quíe iam sint quamvis latum vulgata per orbem, 

Tempus credibili forte minorat feret. 
Sextilis sic sexta dies, sic terna Decembris 

Ter geminata, sito nomine quemqne notet; 
Et memoret qüantos hosti rapuere triumphos 

Marte sub ancipiti ne quoque bella forenti 
Crédito posteritas; nobis Victoria tantis 

Se dedit auspiciis, ne sit habenda fides; 
Mars ipse obstupuit. G-eminatis viribus hostis 

Imminetj at fractus cedit, et ense caditw 
Castra, duces, acies, tormén taque, signaque^ et Urbes; 

E pugna, nostrse iam ditiones erant. 
Ni Patrias viguisset amor sua colla catenis 

Heu! Populi imbelles turpius icta darent. 
Heu! Pede calcasset miseranda cadáveres victor, 

Unde lúes nobis perstet, honorque sibi. 
Ni Patrias tetigisset amor pia pictora, clausa 

Finibus et Latti Roma fuisset adhuc. 
At quas nunc Ithaci, quee nunc Pelidis in armis 

Gloria, Mseonidis ni intonuisset epos? 
Quidve per inmensas Romana potentia térras, 

Quas inmmisit fasces, signa, aqúilasque suas, 

* Septem Iridis colores socia vexilla discrlminant 
De Peruviano proesens liceat subjicere. 

EPIGRAMMA. 

Ex albo et rubro deprendes signa Peruvi; 

Hoc hostis metuas, illud ainicus ames. 

SEXTILLA. 
De! Perú, mira, la bandera és esta 
Que de blanco y de rojo se compone, 
Este, sangrienta guerra manifiesta; 
Aquel, pureza en la amistad supone ; 
Asi inviolable fé guarda al amigo, 
Y terriole escarmienta al enemigo, 



—164— 
Ni Crispns, Tacitusve suis annalibus ipsam 

Ornassent? Certe nomen inane fluat. 
Artium amatorcs, si non Augustus amasset 

Quam tennis clarís Artibus esset honos! 
Áurea non actas cumulum tetigisset bonoris, 

Scriptaque Komuliduin condita nocte forent. 
Si non Mcecenas coluisset nobile carmen, 

Quid Maro, quid Flaccus, quid modo Naso fores? 
Omnia tempus edax tenebrosis inmolat umbris, 

Moenia cuín que suis urdíbus alta ruunt; 
Ingenii dotes, vera et sapientia nusquam. 

Temporis insidiis, invidiasque iacent. 
Id bene tu sentís hominum, Vir máxime Simón, 

Quem Mars ipse aluit, Pallas et edocuit 
Terribilis bello quantum, sic pace benignus, 

Extequas studiis ingeniisque vias; 
Quaque manu gladium stringis, que iura tneris 

Divibus, ostendís nobile lionoris iter. 
Gande America, Viro per quem iam libera perstas T 

Inscribe etfastis nomina digna tuis; 
Limaque plaude Viro per quem tua lecta inventus 

Se totam studiis tradere gestit ovans. 
Hic tibi recludit Musís ad pertile templum. 

Que Patrife natos Gloria, Honorque vecant. 
Quantum Martis bonos valeat, Sapientia quantum,. 

Virtutem a tanto doctaque dísce Duce; 
Vive igitur fellx Poebi lumeusque decusque, 

Hisque diu intersis gentibas, atque inves. 
Vive diu felix, felix tua gloria crescat 

Máxima, si quidquam quod mage crescat babet. 
Vive Pater Patries, mérito qui inri vocaris, 

Suscipe et obsequio carmina vota tito. 
Clare Vir et populos íequo moderamine ducens 

Hippolyte-, Antístes Consiilique iubar, 
Esse sub auspiicis ne dedignere peractum, 

Ut per te incceptum, quod tibi surgit opus; 
Proque tet ac tantis, sapiens qufe pectus bonorani 

Gloria perpetua posteritate manet. 



-165- 



VERSION DE LA ANTECEDENTE ELEGÍA 

POR EL AUTOL DE ELLA. 



Si el principio feliz de toda empresa 
Un éxito glorioso nos promete, 
Este es el grande y venturoso dia 
Que á las letras propicio y á las ciencias 
Con nuevo brillo su esplendor reanima; 
Este á la tierna juventud convida 
Al estudio mas dulce y mas ameno 
Que nos hace esperar siglos de oro. 

Por el favor de la divina Palas 
La romana elocuencia engrandecida;, 
Toda su fuerza, toda su belleza 
Por entre nuevos pueblos y regiones 
Desplegará. Después de las furiosas 
Tempestades que al orbe han conmovido, 
Vuelve el iris de paz su faz benigna 
Hacia este continente, é inamovible, 
Desde el empíreo al claro sol precede. 
Ya deponen las armas los valientes 
Esforzados guerreros, que sus pechos 
Por salvar á la América, expucieron 
Al furor español. Ved, ya cerrado 
De Jano el templo, cual la augusta frente 
Levanta al cielo libertad sagrada; 
Cual de las leyes el benigno imperio 
Ya sucumbiendo la infernal Erynnis, 
Con milahullidos lúgubres y fieros 
Al suelo arroja la ominosa tea. 

Sucedan ya las letras á las armas ; 
El comercio florezca; el nuevo mundo 
Centro sea de las artes y las ciencias; 
La América no envidie al orbe antiguo 
Los Píndaros, Polibios, Jenofontes, 
Demóstenes y Tulios; pues si en ellos 
Nos excedió, á los suyos se aventajan 



— 1GG— 
Los talentos, é ingenios peregrinos 
Que produce este suelo, y las proezas 
De nuestros invencibles generales 
Que á todo el orbe admiran, y que el tiempo, 
En la serie tal vez de largos siglos, 
Referirá, por de menor cuantía. 
Esculpidos en oro y en diamante, 
El seis de Agosto, el nueve de Diciembre 
Recuerdan á los pósteros los grandes 
Nombres de tantos héroes cuya diestra 
En Junin y Ayacucho, para siempre, 
Fijó la independencia americana. 
Créelo, posteridad. Tantas han sido 
Las palmas y trofeos con que obsequiosa 
La victoria premió nuestros esfuerzos, 
Que contarse podían por fabulosos. 
El mismo Marte, al horroroso choque. 
Absorto queda. Con dobladas fuerzas 
Nos provoca orgulloso el enemigo ; 
Mas, de su aciaga suerte y nuestras armas 
Agoviado, se rinde, ó muere al filo 
Del centellante, irresistible acero. 
Todo el campo, el ejército, los jefes, 
Pertrechos y banderas y provincias 
Desde el principio de la acción cayeron 
En poder nuestro. ¡Ah! Si el amor sagrado 
De patria nuestros pechos no inflamara, 
El inocente pueblo americano 
Aun arrastrara la servil cadena 
Que atara al carro triunfador su cuello. 
Ah! El vencedor con pié postrero y duro 
Nuestros yertos cadáveres hollando, 
Con nuestra infamia sellará su gloria. 

Del mismo modo la soberbia Roma 
Aun se vería á los límites angostos 
Del Lacio reducida, si en los pechos 
De tantos héroes, el amor de patria 
Ardiendo con un fuego inestinguible, 
No los hubiera á la virtud guiado. 
Mas ¿cuál seria de Ulises y de Aquiles 
La gloria, si sus ínclitas hazañas 
No las hubiera al mundo pregonado 
La épica trompa del divino Homero? 
Y del poder romano quién sabría 
Que en regiones plantó las más remotas 
Sus águilas, sus hazes y banderas, 



— 167— 

Si en sus anales Tácito 6 Sal us tío 
No hubieran ensalzado sus victorias? 
Confundido en un caos investigable, 
Hasta su nombre el tiempo babria borrado. 
¿ Y qué estima tuvieran boy las letras 
Si ledo su amistad y patrocinio 
A los amantes de las bellas artes 
No les hubiera dispensado Augusto? 
Al colmo del honor no habría llegado 
Al siglo -que del oro el nombre trajo, 

Y sepultadas <en eterno olvido 
Estuvieran las obras ingeniosas 
De los ilustres hijos de Quirino. 

¿ Quién recordará al fin de tantos siglos 
Del Mantuano, de Nason, de Flaco 
La cadencia armoniosa, si un Mecenas 
No hubiera sus favores prodigado 
Al estro encantador de la poesía? 

Todo en el mundo la fatal guadaña - 
Del tiempo lo derriba y sacrifica 
A las oscuras sombras del averno. 
Las soberbias ciudades, las murallas 
Las mas fuertes, al fin la tierra ocupan 
Con sus grandes ruinas. Del ingenio 
Las dotes y el fulgor que presta al hombre 
De la sabiduría la luz divina 
Jamas destruye el tiempo ni la envidia. 
¡Oh el mayor de los hombres! Oh! Bolívar 
Hijo de Marte, alumno de Minerva 
Cuan penetrado estás de estas verdades! 
Tan terrible en la guerra, cual benigno 
En la paz, en las ciencias el inmenso 
Campo nos abres por do libre pueda 
La virtud desplayarse y el ingenio. 
Tú con la mano misma con que empuñas 
El acero en defensa de los pueblos 

Y de las sabias leyes que nos rijen, 

La senda heroica del honor nos muestras. 

Regocíjate, América, de un hijo 
Que ser y libertad y honor te ha dado. 
Y, grata á tanto don, grava en tus fastos 
Ese nombre inmortal. Y tú envidiable 
Lima prorumpe en mil tiernos aplausos 
Al héroe por quien hoy tranquila existes, 

Y por quien á ilustrarse con las ciencias 



—168— 
Tu noble juventud corre á porfía. 
Este es quien el templo de Minerva 
Abre á los hijos de la patria, en donde 
Honor, gloria y virtud juntas residen. 
Aprende de él las bélicas virtudes, 
La integridad y la sabiduría. 
Salve de la victoria predilecta, 
Salve, gloria de Marte, honor de Febo. 
Largo tiempo el Perú, de tu presencia 
Disfrute, y mira por su bien cual padre. 
Vive feliz, feliz tu gloria crezca, 
Si es que puede crecer siendo tan grande; 
Vive feliz, ¡oh padre de la patria! 
Pues que tan justo nombre has merecido, 

Y admite estos mis débiles acentos 
Que consagra mi plectro á tus virtudes, 

Y que amor y respeto le han dictado. 

Y tú, Unánue, varón esclarecido 
En ciencias y en talentos y en virtudes, 
Presidente y antorcha del Consejo, 
Que incorruptible y justo en tu gobierno, 
Guias del Estado la difícil nave, 
Dígnate recibir bajo tu auspicio 
Este nuevo Liceo que por tu influjo 

Y que por orden tuya se ha erijido; 
Que ya por tantas y tan raras dotes, 
Que mas y mas te constituyen grande, 
En la posteridad perpetuo nombre 
El mérito y la gloria te consagran. 



Obra postuma del celebre héroe de este nombre, bien 

conocido en esta capital por su ingenioso y raro 

talento. Sácalas á luz 

.UN DEVOTO DE LAS ANIMAS. 



PKOEECIA PRIMERA. 

En el silencio de la noche cuando 
tosiendo y rebuznando 
los hombres y borricos 
tienen en movimiento los hocicos : 
cuando la luna con su caperuza 
y orejas de lechuza 
se pone en atalaya 

tapada de ojo con su manto y saya. 
Cuando los chinganeros y pulperos 
borrachos come cueros 
con su poder frontino 
bautizan todos aguardiente y vino. 
Cuando las chuchumecas del escote 
no han topado camote 
y sin temer la muerte 
cenan su cacho de guarapo fuerte, 
Cuando los pinganillos de la sota 
limpios como pelota 



—170— 
de conciencia y bolsillo 
á las gradas les dan un tabardillo. 
Cuando los sacristanes de la uña 
afilan la pesuña 
jjor pescar los pobretes 
y cambiarles la plata por puñetes: 
en fin cuando la gente ya cansada 
de la carga pesada 
con grandísimo empeño 
á bofetadas anda con el sueño; 
en un cuarto encerrado 
con sigilo y cuidado 
se bailaba en grande aprieto 
el liéroe insigne I). Antonio Prieto 
estaba haciendo cuenta 
y contaba la plata, 
que habia en la cajeta; 
mas para lo que intenta 
todo era patarata 

pues siempre le faltaba una peseta; 
confuso y aburrido 
estaba, cuando siente 
que en la puerta bacen ruido 
y que suena una voz como de gente. 
Asústase al momento 
y agarra la muleta 
y como pronto el levantarse trata 
se le enreda la cabeza entre la -pata; 
cayó el salvaje en tierra 
y el golpe le destierra 
el susto que tenia 
y entonando su voz de chirimía 
en acentos iguales 
como hojas de tamales 
dijo: ya las conozco queriditas 
ya que son las ánimas benditas; 
yo me acordaré de ollas 
no tengan mas querellas 
y mañana sin falta verbum verbo 
Se les dirá misa allá en Viterbo. 
No señor D. Antonio 
ese es un testimonio 
que usted me ha levantado 
que yo Dios sea loado 
no soy alma bendita, ni me he muerto 
y aquesto es lo mas cierto, 
ábrame pues la puerta 



—171— 

que mi miedo no acierta 
á estar aquí tan tarde 
no me conoce, yo soy ña Velarde 
la beata de saco 
que le regala aquel rico tabaco. 
Suspenso estaba el cojo 
y poniendo en remojo 
su lengua troglodita 
que para hablar jamas tuvo pepita, 
abre la puerta y viendo la fantasma 
que por venir de Casma 
envuelta en una chigua 
era orejón traído de la ligua 
dijo: pase adelante 
la señora beata altisonante 
y diga lo que quiere, 
que si en lo que dijere 
le pudiese servir de cualquier modo 
Antonio Prieto le servirá en todo. 
Pues tome U. asiento, 
que en breve le expondré todo mi cuento, 
Yo quisiera que usted me aconsejara 
en un pleito que tengo con un niño 
que le tengo cariño 
y yo no deseara 

que por mi causa le viniera daño, 
Al oir esta voz hizo un estraño 
el valeroso Prieto, 
y montando en corage 
le contesta en su rápido lenguage. 
O beata frontina 
alma de carabina 
envoltorio estupendo 
botija sin remiendo, 
canasta de berrugas 
y pastel de estorninos sin pechugas; 
dime demonio envuelto en papagayo 
con ese largo sayo, 
retrato del gigante 
que lleva el pujavante 
para cortar los callos á Longino 
autor del cale-pico 
que trata de los pujos de Mahoma, 
di naciente Sodoma, 
es esta hora de venir á hablarme 
ó mas bien de insultarme, 
con el pleito del niño de la bola 
que te hace la mamola 



—172— 

y que te dé consejo, 
como si acaso yo fuera algún viejo 
de los de barba cana 
que chupan á las seis de la mañana 
para cortar la bilis 
y echar plantas delante de Amarilis: 
Anda vete espantajo 
tinaja boca abajo, 
beata francolina, 
nariz hecha cecina, 
cara de mamarracho 
y barriga postiza de un gavacho. 
Huye de mi corneta 
nieta de Juan de Aprieta, 
' almorrana inflamada 
y moco de candil de una posada. 
La beata que oj^ó tal tarabilla, 
armando la golilla 
en tono protestante, 
le responde con tono altisonante: 
siga usted ño cógete, 
cojo y recojo, cojo con bonete, 
cojo con muletilla, 
cojo y cojin con sudadero y silla, 
cojo réquiem eterna 
cojan, cojin, cojon sin pié ni pierna, 
palitroque cojito, 
muleta de costilla de mosquito, 
mísero monigote, 

cojo desde los pies hasta el cogote. 
¿Quién le ha dicho al cojillo 
ramo de peral villo, 
que así debe tratar á una señora 
como doña Isidora 
Velarde y Cornicabra, 
que solo encajes labra, 
para los vuelos de las sobre-camas 
que hoy estilan las damas? 
Por vida de la luna, mi comadre, 
que yo le haré que ladre 
al cojete sarnoso, 
«on puntas de potroso, 
si á mi honor ofendido 
no me lo indemnizara el atrevido. 
Prieto que atento estaba 
á lo que la estantigua articulaba, 
levanta la muleta 



— 173— 

y le dice: tambora de retreta, 

betún de zapatero, 

y sartén de mondongo de un pulpero, 

beata manfiorita, 

zapallo sin pepita, 

renacuajo de estero, 

no conoces que soy un caballero 

de la primera guisa, 

sin embargo de no tener camisa; 

yo te aseguro, rama con moquillo, 

mampara sin pestillo, 

juicio final con patas, 

nido de garrapatas, 

perol de boticario 

y facistol portátil de arbolario; 

que si yo no mirara 

que aquella linda cara 

que tuvistes en tiempo de Pilato, 

te lia conducido á darme este mal rato, 

salieras en las suertes; 

mas veo que no adviertes 

el respeto debido á mi persona, 

porque estarás con sueño, ó tendrás mona. 

En fin, hagamos paces, 

y sin gastar disfraces, 

dime lo que te pasa. 

Ay. cojito, mi bien, vamos á casa, 

y allí te contaré mis aflicciones; 

yo á tu casa, ab renuncio, nones, nones, 

en este cuarto se abrirá la audiencia 

y á todos tomaré la residencia. 

A todo estoy corriente ; 

mas primero será mejor que el diente 

lo afilemos con este platanito, 

y bebamos después este traguito. 

Pues sea en hora buena, 

á obedecerte voy, dulce sirena. 

Ya que echaron su trago 

se hablaron con alhago, 

y la beata que es mas bachillera 

empezó su oración de esta manera: 

Yo, señor dé mi vida, 

nacida entre señores, 

siempre he sido servida 

y obsequiada de todos con primores; 

mi abuela fué marquesa 

y me crió con toda la grandeza 



—174— 
Aguarde usted un rato, 
le responde el gran Prieto, 
ó soy un mentecato, 
ó Usted me está faltando ya al respeto, 
porque se descomponen mis folias 
cuando se trata de caballerías; 
ninguno se me iguala 
y debían pagarme la alcabala 
los duques, condes y hasta los vireyes, 
si Antonio Prieto llega á dictar leyes j 
mi alcurnia es tan antigua 
que vino en una chigua, 
embarcada en un buque francolino, 
solo con el destino 
de sembrar en los pueblos y lugares 
de nobles Prietos hasta los solares ; 
y asi logro yo ser por línea recta, 
la rama nías directa 
del mas noble abolorio 
que jamas se han sentado en refectorio, 
todos envidian mi fortuna rara, 
hasta el mismo, virey, es cosa clara, 
si tuviera una hija, 
me casara con ella, es cosa fija; 
pero yo los detesto á estos bribones 
que vienen sin calzones 
y se llevan millones á su tierra, 
haciéndonos en paz muy dura guerra; 
Pero tiempo vendrá, si no me engaño, 
que todo aqueste da fio 
lo paguen con usura 
porque como basura 
los veremos á todos estos guapos, 
que envueltos en jarapos 
los harán desfilar hacia su España 
volviéndoles la jilata telaraña. 
Entonces se verán los fanfarrones, 
ambiciosos ladrones 
y oprosores tiranos, 
pedir perdón á los americanos, 
verán, verán, verán tantas de cosas 
verán que de las siorras mas fragosas.... 
Calle usted, clon Antonio, 
no sea usted el demonio, 
mire que viene gente, 
mire que lo tendrán por insurgente. 
Dices bien, beatita, 



pila de agua bendita, 

íosquete de chancaca,* 

lamedor y triaca 

hecho de verengenas, 

ya callo, y me doy enhorabuenas 

de lo mucho que habrá que ver en Lima 

y el ladrón que cayere llore y gima. 

Dejemos por ahora 

esta conversación, sí, mi señora, 

que yo me comprometo 

á contarle en secreto 

lo que las almas ya me lian revelado,-, 

y cuando vea que yo estoy encerrado 

en mi cuarto sólito, 

véngase despacito 

y seguiremos nuestra narrativa, 

ínueran los ganzos y que Lima viva.- 



ELOGIO 



Que en un acto consagrado al Excmo. Sr. Virey Don 
José Fernando Abascal, pronunció en la Real Uni- 
versidad de San Marcos, en 1807, el Dr. D. José 
Joaquín de Larriva, Sácala a luz el señor Marqués 
de Valle-Umbroso. 



Excmo. Sr. 

Sin que las lenguas se cultiven no pueden perfeccionarse las artes 
y las letras. Ni puede percibirse sino detras del carro que conduce 
á las artes y á las letras, la Marcha lenta y magestuosa de las cien- 
cias. Nada falta á las naciones modernas sino lenguas mas felices, 
para igualar á las antiguas en los trabajos del espíritu. Los roma- 
nos que asi como los griegos, conocian la influencia del dialecto sobre 
las costumbres de los pueblos, trabajan en propagar el suyo con las 
armas, y logran extenderle hasta tocar los límites que encierran su 
gran dominación. A excepción de algunos hombres oscuros que se 
habían refugiado en las montañas } la Europa entera hablaba en la- 
tín; pero la invasión de los bárbaros no tarda en corromperle. A los 
sonidos dulces y armoniosos de un idioma pulido por el genio y por 
la delicadeza de los órganos, mezclaron estos pueblos guerreros las 
expresiones groseras y los acentos rudos que trajeron de sus bosques 
sombríos. La pura latinidad desaparece de la Europa, y se multi- 
plican los lenguages á proporción de los gobiernos. 



—177— 

Italia es la primera que sacude un yugo tan humillante. Stl 
lengua con sonido, número y acento, ha tomado todos los carac- 
teres de la poesía y todos los encantos de la música. Las musas 
eligiéndola por su órgano, la lian consagrado á las delicias de la 
humanidad. JEl francés ha conseguido reinar en la prosa : las 
gracias hablan por su 'boca, y su lenguaje se ha hecho tan domi- 
nante en nuestros dias 1 como el poder de su nación. La inglesa 
también ha producido sus poetas y prosistas que le han dado un 
carácter de energía muy propio para hacerla inmortal. 

Nosotros hahlamos con majestad, dulzura y armonía: y el len- 
guaje castellano parece organizado para aventajarse á todos en la 
poesía y en la prosa. Pero nacido . de tres dialectos tan distintos, 
el godo, el latino y el arábigo, era preciso que tuviese en su orí- 
gen grandes irregularidades que solo podían vencerse con el arte, 
el tesón y la destreza. La jilosojia.de la elocución y del. gusto no 
ha merecido la atención del español ;" y la habla castellana que 
cuenta tantos siglos de antigüedad, apenas parece haber salido de 
su cuna. 

El colegio de San Carlos no puede ver con indiferencia que la 
nación española, que ha llegado ya á la edad de la filosofa, con- 
serve en su lenguaje todos los defectos de la infancia ; y hoy nos 
propone un proyecto para enriquecerle y mejorarle. Proyecto á 
primera vista felicísimo y que parece pondría á nuestra lengua 
al colmo de su gloria; pero que sujeto á un examen serio y proli- 
jo, aparece tan funesto á la república de las letras, como el fuego 
destructor de los conquistadores bárbaros de Moma. 

Sí: hacer que hablen solo en castellano nuestras universidades 
y colegios, es arruina/r el comercio literario, es demoler el edificio 
de las ciencias, es detener la instrucción nacional y los progresos 
de las luces. 

Si la lengua latina se ha mirado hasta ahora con aprecio por 
ser el idioma de los sabios : si se ha cultivado tanto por s&r la lla- 
ve del depósito de la sabiduría ; privada de esta antigua posesión 
en que ha estado mus de dos mib años, ya no seria en adelante 
parte de la educación : la infancia no seria precisada á su estu- 
dio laborioso, y ya reputado por inútil , queda/Han desiertas sus 
escuelas : se estingui/ria muy breve la raza de sus maestros : poco 
á poco se iria perdiendo entre nosotros ; y los españoles del siglo 
venidero mirarían los tesoros que enriquecen su suelo, con la mis- 
ma indiferencia con que los bárbaros habitantes de la Grecia mi- 
ran en el dia los restos inapreciables de su esplendor anonadado. 
Lo monumentos preciosos de las ciencias se verían por todas par- 
tes, ó mas bien, no se verían cubiertos con el polvo de los tiempos. 
Los jefes de obra de la imaginación y del genio estarían vil- 
mente confundidos con las mediocridades del estudio y del arte. 

Literatura — 12 



—178— 
Y tantos grandes hombres que después de mil anos salieron de las 
cenizas de la antigua Italia para ser los maestros del género hu- 
mano, yacerian sepultados otra vez en sus tumbas antiguas. Ya 
no se pensaria ni en los talentos de Cicerón, ni en la gracia de 
Terencio, ni en el ingenio de Horacio y de Virgilio, ni en las lu- 
ces de Tácito y de Lirio. ¡ Qué mudanza tan fatal en la fortuna 
de las letras ! La ignorancia colocarla su solio sobre las ruinas 
brillantes de la sabiduria. Sucederían las tinieblas á la claridad 
de nuestros dias, y el siglo de la barbarie al siglo de la filosofía. 
De los griegos, decian Cicerón y Quintiliano, hemos recibido 
las honestas disciplinas : así, sin saber su lengua no podemos ha- 
cer progresos grandes en ellas. Todo lo hemos recibido de los lati- 
nos, debemos decir los espafioles : así, en nada podemos progresar 
sin aprender la lengua en que escribieron. El teólogo, sin ella no 
entenderá los padres, los concilios, ni la auténtica versión de la 
escritura. El legista no podrá leer las respuestas originales de 
los jurisconsultos. El filósofo no será ilustrado por la antorcha 
del último siglo de la república romana. El poeta no recogerá las 
flores de la edad de Augusto, para sembrarlas en la suya. Y en 
fin, el orador en medio de tantos admirables modelos que posee sin 
conocerlos, quedará abandonado á los esfuerzos solos de su genio; 
y no llegará en sus obras á un grado de perfección que las haga 
dignas de conducir gloriosos á la inmortalidad á los héroes de su 
tiempo. 



No crea Y. E. ser coinprehendido en este número. Para 
alabar a un príncipe que ha recibido tanto de la naturaleza 
como ha recibido Y. E. no se necesita del auxilio del arte. 
La coordinación de las palabras, los tropos, las figuras y los 
demás retóricos adornos que nos han dejado los panegiristas 
latinos en sus bellísimos escritos, solo sirven para suplir la 
pobreza de los asuntos, para elevar las cosas humildes y en- 
grandecer las pequeñas. Pero una materia tan hermosa como 
la vida de Y. E. es ella misma su ornamento. Un mérito tan 
realzado como el mérito de Y. E. se eleva por sí propio. Unas 
acciones tan grandes como las acciones de Y. E., hablan ellas 
solas y publican su gloria. 

Para tomar el panegírico de Evágoras, era necesario un 
Isócrates. Yo soy bastante para formar el panegírico del 
Excmo. Abascal. En efecto, señor, el elogio de Y. E. es su 
historia pronunciada por el sentimiento y la verdad. Nada 
hay que exajerar, nada que finjir. 

Que trabajen en buscar genealogías los pobres oradores de 
los hombres comunes. Yo trato de un hombre extraordinario, 
y no necesito hablar de la gloria de sus padres. Por mucho 



—179— 
que su familia haya honrado á V. E. yo oso decir que V. E. 
ha honrado mas á su familia. La naturaleza que le habia dis- 
tinguido con un talento singular y un ánimo esforzado y ge- 
neroso, le inspira desde la infancia una pasión decidida por el 
egercicio de las armas. Con estas disposiciones V. E. no tarda 
en echar los fundamentos de su reputación. En la edad de 
diez y siete años empieza á señalarse. Para que el cielo que 
le tenia destinado para sostener algún dia con la espada el 
honor de la nación, quiere que entre cuanto antes en la senda 
dilatada que conduce á este fin tan arduo como glorioso, y le 
hace florecer en medio de la gran fermentación de las discor- 
dias de la Europa. Cinco años habia que la Francia y la In- 
glaterra estaban empeñadas en una guerra sangrienta, cuan- 
do el conde de Aran da va á forzar en Portugal las murallas 
de Almeida. Este hombre célebre, que puede oponer la Espa- 
ña al Turena de la Francia, es el primero que guia á V. E. á 
la campaña. El le enseña el camino que lleva á la victoria. 
El le pone á la vista los primeros sitios y batallas; y le da 
las primeras lecciones del arte de rendir plazas y de ganar 
ciudades. Y. E. era un discípulo digno del conde de Aranda 
y el conde de Aranda un maestro digno de V. E. 

Una paz profunda sucede bien presto á las turbaciones de 
la guerra. Ya no puede Y. E. ejercitar su valor en los comba- 
tes ; pero no pierde de vista el arte militar. Y. E. sabe que el 
campo de batalla no es la sola escuela donde se forman los 
guerreros: que Cohorn y Yawan no adquirieron entre el fierro 
y el fuego esa ciencia de defender y de atacar plazas con que 
abrieron los ojos á la Europa: y que el rey de Prusia no crió 
entre cadáveres y sangre esa táctica nueva con que hizo ver 
al mundo, que los grandes ejércitos no estaban sujetos en sus 
movimientos, á cálculos menos ciertos que los cuerpos mas 
débiles; y que los mismos resortes que ponían en acción un 
batallón, manejados y combinados bien, movían cien mil hom- 
bres. Y. E. sabe que la guerra no es en nuestros dias ilustra- 
dos, como en los siglos de barbarie, un furor que junta mu- 
chos hombres armados al rededor de dos jefes, y los precipita 
sin orden, los unos sobre los otros; sino una ciencia vasta y 
complicada que enseña á combatir, y a defenderse con regla y 
con medida. Y. E. sabe en fin que no puede vencer en el tu- 
multo del campo con el manejo de las armas, quien no apren- 
de á pelear en la tranquilidad de su retiro con el manejo de 
• pQg.. y e \igQ para instruirse la academia real de Barcelona. 
ítos de todos los países: vosotros, que os habéis con- 
sagrado á la defensa de la patria, imitad la conducta de Abas- 
cal, si queréis sostener con dignidad el nombre ilustre que 
lleváis. Disfrutad en el seno de vuestras familias de las dul- 



zuras do la paz; poro no penséis en dormir á la sombra de los 
laureles que recogéis en el campo* 

V. E. no habla descansado de sus fatigas honrosas ; .mío 
se entrega al estudio de esas ciencias profundas que se' han 
hecho las compañeras y los instrumentos de la guerra. Allí 
calcula la velocidad y el movimiento: allí conoce y mide el 
tiempo y la extensión: allí aprende á formar cálculos compli- 
cados y difíciles: allí adquiere ese espíritu de combinación 
que ha hecho en todo tiempo los grandes generales. Y su ge- 
nio militar le enseña á hacer felices aplicaciones de estas no- 
ciones abstractas á las fortificaciones, al ataque y á la defensa 
de las plazas. 

Puerto-Eico, la isla de Santa Catalina, la colonia del Sa- 
cramento, Argel y Eosellon ven aparecer los frutos de este 
glorioso trabajo. Allí pone V. E. en práctica la teoría sublime 
de ese arte terrible y profundo: allí desplega todas las fuerzas 
de su alma, y toda la energía de su intrepidez y su valor. 
¡ Qué no pueda yo describir aquí por menor todas las hazañas 
de V. E.! Pero ¿quién será capaz de describirlas? Solo Y. E. 
sabe las grandes cosas que hizo en esos teatros famosos de su 
honor y de su gloria, nosotros, señor Excnio., todo lo ignora- 
mos. En la isla de Santa Catalina y en. la colonia del Sacra- 
mento, solo admiramos á Cevallos: en las costas de Argel, á 
nadie vemos sino á O-Eeylly: y cuando oimos hablar del Eo- 
sellon, recordamos solamente los nombres respetables de la 
Union, de Urratia. y de Eicardos. ¡ Cuántos grandes hombres 
combatieron á los Persas bajo el mando dePericles! y Perícles 
solo se llama el vencedor de Sainos, Trescientos Lacedemo- 
nios perdieron generosamente la vida en las Termópylas, por 
impedir el paso al formidable ejército de Jeijes; y solo ha pa- 
sado á la posteridad el nombre de Leónidas. Los soldados 
Atenienses al entrar en la batalla de Platea, no combatimos, se 
decían, por una sola región; combatimos por los trofeos de Ma- 
rathón y Calamina. Probemos que no se debieron á Temístocles 
ni á Milciades, sino á nuestro valor é intrepidez. Es desgracia, 
señor Excnio., común á los soldados y á los jefes subalternos, 
el que queden sus proezas sepultadas en los campos, y casi 
nunca lleguen á aparecer en las ciudades. Ellos pelean, ellos 
vencen, y solo el general se lleva los frutos de la victoria. 
Y. E. no mandaba en jefe; pero sn espíritu guerrero era digno 
de mandar. Ko ha llegado á la América la fama de sus hechos; 
pero la profundidad de los talentos y la extensión prodigiosa 
de los conocimientos militares que admiramos cada dia mas 
en Y. E., nos obligan á pensar que se hizo acreedor en todas 
sus campañas á llenar el mundo del ruido de su nombre. Abas- 
cal peleó: y Abascal no pudo dejar de distinguirse. 



— -1 .Si- 
Pero yo confundo las épocas, señor Excmo., de la vida de 
V. E. ¿Quién j)odrá seguir unos pasos tan rápidos? ¿Quién 
podrá juntar con orden tantos rayos esparcidos de su gloria- ? 
y. E. acababa de regresar á España de capitán de granaderos 
del regimiento de León que fué á reforzar en el Guarico el 
ejército español que estaba destinado á la conquista de Ja- 
mayca, cuando ascendido á comandante del tercer batallón 
del regimiento de Toledo, es encargado de instruir al regi- 
miento entero en la táctica nueva, y de nacer maniobrar á los 
tres batallones combinados con los cañones y caballos. 

Yo me figuro á y. E. en esa ocupación tan digna de sus lu- 
ces: y me pa.rece ver á Federico despreciando la autoridad y 
el ejemplo de los guerreros anteriores, y haciendo nacer un or- 
den desconocido de cosas; manifestando que las tropas, cual- 
quiera que sea su número, pueden ser bien diseminadas; for- 
mando combinaciones que ninguno lia formado; dando en cier- 
to modo ventajas á las piernas sobre los brazos; é introducien- 
do en las evoluciones y en las marchas esa celeridad tan nece- 
saria en las batallas, desde que Luis Xiy, multiplicando los 
ejércitos, les hizo ocupar un frente tan sumamente extendido. 
El regimiento aprende á ejecutar con destreza todas sus ma- 
niobras. Y el rey pasa á Toledo, á que le presente Y. E. en el 
seno de la paz, el espectáculo de la guerra. 

Yo veo á Y. E. mas grande, mandando tres batallones en 
presencia de Carlos, que al conde de Saxe mandando cien 
mil hombres en presencia de -Luis. Y la plaza de Toledo me 
parece un teatro de honor mas bello que los campos de Eonte- 
noy. Si aquí admira la fuerza que mueve los fundamen- 
tos de tres imperios rivales ; allí se aclmiran las columnas mag- 
níficas que sostienen el trono. Y si aquí se ve á la gloria agi- 
tada coronando unos sucesos en que tienen gran parte el 
acaso y la fortuna; allí se ve á la gloria tranquila coronando 
los triunfos del arte y del genio. Por esto recibe Y. E. el grado 
de teniente coronel del regimiento de África, y las señales mas 
lisonjeras de la satisfacción de Carlos IY : preció mas grande 
para su alma sublime, que las nuevas distinciones que creia 
Luis XV para premiar á Mauricio. 

La misma escena repite Y. E. en Axanjuez, con el regimien- 
to nuevo de las órdenes militares, al tiempo de partir de coro- 
nel á su última campaña en la que hace sin duda cosas memo- 
rables, pues que ajustada la paz, asciende á brigadier. 

Entretanto la gran Bretaña vuelve á sepultar á la Europa, 
en los horrores de que apenas acaba de salir. De los canales 
de Albion parten escuadras numerosas á turbar la tranquili- 
dad de que el océano empieza a disfrutar. Gérvis se dirije con- 
tra Cádiz, y Pulgney parece amenazar las costas de rá Haba- 



—182— 
na. Nuestra isla está nmy débil para resistir el ataque de un 
enemigo poderoso, y sus fuertes temen las baterías inglesas. 
¿Cuál será el apoyo de la Habana? Es Abaseal. V. E. recibe, 
con el título de teniente de rey, la comisión de defenderla y 
corre á justificar la elección con el suceso. Llega, observa, 
combina, enseña, manda, ejecuta, y reúne en la plaza cuanto ha 
inventado de grande el genio de la guerra. La Habana ha 
convalecido. Ya se halla en estado de desafiar á la arrogancia. 
Abaseal solo le ha servido mas que un refuerzo de muchos ba- 
tallones. 

¡Qué nueva inesperada ! Pulgney ha desembarcado en el 
Ferrol. V. E. ha perdido un triunfo ; y yo he perdido un bello 
rasgo. Pero si su plan de defensa, ese jefe de obra del arte mi- 
litar no le proporciona la gloria de vencer, consagra á lo me- 
nos en la Habana el nombre de Y. E. y lo hace presidente de 
Guadal axara. 

I Qué ! i en una ciudad que cuenta ya una serie tan larga de 
presidentes, los habitantes no disfrutan aun de las ventajas de 
una exacta policía! Estaba reservada á Y. E. la gloria de 
criarla; y estaba reservada á Guadalaxara el honor de ser la 
primera en admirar politíco, al que antes solo se habla admi- 
rado militar. Allí es donde descubre Y. E. que no solo entien- 
de el arte de fortificar ciudades y hacer de ellas asilos de pro- 
tección y de seguridad; sino también el de arreglarlas, y hacer 
de ellas teatros de comodidad y diversión: que es capaz de for- 
mar Atenienses, así como fué capaz de formar Lacedemonios; 
y que sabe mandar una provincia, con el mismo acierto con 
que mandaba nn regimiento. 

La fama del presidente vuela de Guadalaxara á la corte; y 
las gracias vuelan de la corte á Guadalaxara. Y. E. se ha he- 
cho víctima de la seguridad pública, padre de los pueblos, 
amigo de los hombres ; y el rey le hace mariscal de campo, 
virey de Buenos- Ayres, virey del Perú. 

¡ Qué triste es la condición de las cosas humanas ! Los ma- 
yores bienes casi siempre están mezclados con los males. 
Siempre anda la esperanza acompañada del temor. Abaseal, 
el grande Abaseal viene á hacer, con su gobierno, feliz nuestra 
región. Pero el poderoso isleño acaba de turbar de nuevo el 
reposo que dieron á la Europa las victorias de la Francia; y 
Abaseal camina en un leño débil por el elemento de su impe- 
rio. ¡ Genios tutelares de mi patria! protejed esa nave. Ella 
conduce la suerte del Perú. La fortuna acompaña á nuestros 
enemigos. Esto es hecho. La nave es apresada. Y nosotros 
vemos en ella vacilar nuestro destino. Todos estamos conster- 
nados: en tanto que Y. E. siempre á los reveces de la 
suerte, permanece tranquilo, Y sí acaso ésjpermienta alguno s 



—183— 
momentos de dolor, es por no poder sufrir sus males solo, y 
verse precisado á dividirlos con esa tierna y graciosa hija, tan 
digna de su padre, y que hace con justicia tocias sus delicias. 

Pero el cielo que estaba tan irritado con nosotros, ha empe- 
zado á sernos favorable. Ciudadanos : aseguraos otra vez. Los 
ingleses tan sedientos del oro, nos han restituido el defensor 
de las minas del Perú; Ellos han pensado que nos volvían un 
hombre. Ko han conocido que nos volvian un héroe. Ellos lo 
conocerán cuando vean brillar en nuestras manos las armas 
españolas. Limeños : ya no es tiempo de que temáis sus insul- 
tos. Cuando veáis que sus flotas osan arribar á nuestros puer- 
tos, no hagáis caso de sus fuerzas, ni contéis tampoco vuestras 
tropas. Marchad con confianza: Abascal marchará con voso- 
tros, y vosotros venceréis. 

Sí, señor Excmo., el empeño que tiene la arrogancia ingle- 
sa en extender su iniperio á los mares del sur, el terrible ejem- 
plo de Buenos- Ayres, y la expedición que se cree estarse pre- 
parando en la isla de Santa Elena; todo esto debia espantar- 
nos bajo otro gobierno. Pero bajo el gobierno de Y. E. nues- 
tros enemigos solos, deben temer. JSTo conseguirán con acercar- 
se á nuestras costas, sino aumentar la gloria de V. E. y hacer- 
le ejercitar su valor, asi como le han hecho desde lejos ejerci- 
tar su prudencia. 

No es esta, señor, una temeraria presunción. Es una confian- 
za justa y razonable. Y. E. nos ha acostumbrado á grandes 
cosas. Nos ha hecho ver que se eleva para obrar, sobre los 
ejemplos y las reglas. Y. E. que pone orden en todo, ha tras- 
tornado sin embargo todo el orden del gobierno. Ha hecho en 
Lima en cuatro meses, lo que al parecer debia hacerse en cua- 
tro años. Ha descubierto el arte de abreviar la policía. ¡ Quie- 
ran tomarlo por modelo los vireyes futuros ! 

¿Hablaré yo de la vasta extensión del espíritu de Y. E. que 
todo lo abraza al mismo tiempo, sin que se embarazen los 
proyectos militares con las miras políticas, ni las utilidades 
del público con los negocios del estado? ¿Hablaré de esa acti- 
vidad sin precipitación con que da providencia á todo, y á to- 
do con acierto i Hablaré de ese carácter de dulzura con que ha 
adquirido derechos sobre todos los corazones, y de ese género 
nuevo de heroísmo con que ha comunicado á las almas todas, 
el ardor guerrero de la suyas Hablaré en fin, de ese exceso de 
honor que no dejándole aquietarse con haber hecho inaccesi- 
ble á los enemigos déla patria, los límites que fijan su gobier- 
no, le obliga á que desee volar á arrojarlos de las riberas del 
rio de la Plata? No, mi voz es demasiado lánguida para que 
yo pretenda levantarla sobre la enérgica voz de todo el pue- 
blo. Cada acción de Y. E. es seguida de los elogios públicos. 



—184— 
Todos hablan sobre ella: todos lo aplauden: todos bendicen ai 
Dios de los ejércitos que se digna formar tan buenos príncipes, 
para hacer felices á los pueblos; y acaban de ofrecerlo este tri- 
buto de gloria, clamando con entusiasmo : lié aquí los vireyes 
que debían perpetuarse. 

Si : V. E. vivirá siempre en el Perú. ISTo vivirá en inscrip- 
ciones ni estatuas. Estos monumentos arrogantes perecen del 
mismo modo que la mano frágil que los forma. El tiempo des- 
truye los metales, y borra los caracteres grabados en los már- 
moles. La memoria de Y. E. será mas respetada. Los habitan- 
tes de Lima instruirán á sus hijos de la felicidad de que ahora 
están gozando. Estos hijos instruirán á los nietos; y este re- 
cuerdo delicioso conservado de edad en edad, se perpetuará 
en cada casa y en todos los siglos. 



ARENGA 

Que en presencia del Exmo. señor virey Don 
José Fernando Abascal, pronunció por la 
real Universidad de San Marcos en el be* 
sámanos del 27 de diciembre de 1812, el 
Dr. D. José Joaquín de Larriva* 



Excmo. señor: 

Yo no sé á que atribuir el embarazo que sieuto el clia de hoy 
al hablar á Y. E. en nombre de la Universidad de San Mar- 
cos. ¿Será acaso lo respetable del lugar? No señor. Este lu- 
gar no es nuevo para mí. A cuatro vireyes he hablado en él 
de parte del convictorio de San Carlos. ¿ Será la desconfianza 
de hacer un discurso digno de la atención de Y. E f Mucho 
menos. Jamás orador se vio en circunstancias mas favorables, 
para desempeñar su cargo con dignidad y con decoro. El sitio 
de Cádiz levantado, Astorga y Santander rendidas, Málaga 
sorprendida, Galicia, Austria y la Mancha libres enteramente, 
cincuenta mil franceses completamente derrotados, ocho gene- 
rales muertos en el campo de batalla, muchos oficiales, con 
uúmero crecido de soldados hechos prisioneros, una porción 
considerable de pertrechos de guerra quitada al enemigo, al- 

LlTERATUEA — 13 



—180— 
gimas águilas arrancadas de sus manos, innumerables trofeos- 
levantados contra el tirano de la Europa: nuestros bravos 
guerreros persiguiendo rior todas partes las miserables reli- 
quias de los grandes ejércitos que inundaron la Península, el 
rey José huyendo precipitadamente para Francia, y la nueva 
constitución de la monarquía jurada en la metrópoli; ¿qué 
materiales mas hermosos para formar mía arenga en que se 
trata de felicitar á un jefe tan interesado como Y. E. en las 
glorias de la España, y en la prosperidad de sus armas f Sin 
duda que lo que me acobarda, señor Excmo., es la presencia 
de V. E. Yo tuve el honor, es verdad, de que me eligiese mi 
colegio para cumplimentar á Y. E. pocos días después de su 
llegada. Pero eso ha seis años: y Y. E. no era entonces tan 
grande como ahora. Entonces solo era un virey del Perú; hoy 
es el hombre de la América. Entonces hablé a un jefe en quien 
no habiamos tenido tiempo de observar lo que la fama nos de- 
cia: hoy hablo á un príncipe que ha desplegado ya toda la 
energía de su alma: que hadescubierto á la faz del mundo ente- 
ro la profundidad de tus talentos, y la extensión prodigiosa de 
sus conocimientos políticos y militares, conservando la tran- 
quilidad en las provincias de su mando, y conteniendo en su 
deber á los pueblos vecinos. Ko estrañe Y. E. que la academia 
conociendo todo esto, se sirva de mi débil voz para expresar 
sus sentimientos. Ella no ha querido exponerme mandándome 
que forme una oración. Me ha mandado solo que diga á Y. E. 
que así como crecen cada año su mérito y gloria, así crecen 
en ella la veneración y el respeto : y que no contento con tener 
hoy parte en el regocijo público, viene ella misma á manifes- 
tar el gozo particular que le ha cabido. Estos son, Sr. Excmo., 
los votos de la escuela. Solo resta que los acepte Y. E. que yo 
he desempeñado ya mi honrosa comisión. 



ARENGA 

Que pronunció el Dr. D. José Joaquín de 

Larriva en el besamanos del 19 de Abril 
de 1813. 



"Ano estar tan obligado á la Universidad de San Marcos, 
" renunciaría la distinción con que hoy nie honra encomendán- 
u dome que hable á S. E. en nombre suyo. Si el motivo que 
" ha de llevarla el dia de pascua con los demás cuerpos de la 
" ciudad á la presencia de S. E. no fuera otro que elogiarle, 
" yo entonces muy gustoso admitiría el empleo de intérprete 
" de sus sentimientos. Pues ¿qué cosa mas honrosa que ir á 
" hacer el panegírico de un virey mas grande que todos los 
" que le han precedido, y que apenas encontrará en lo futuro 
" vireyes que se le parezcan? M ¿qué cosa al mismo tiempo 
" mas fácil, principalmente para mi, que tengo tan egercitada 
" la pluma en escribir sus glorias? Pero no debe ser este el 
" objeto de mi arenga. ~Ho se me ha mandado que elogie sino 
" que felicite á S. E. Y ¿cómo felicitarle ahora? Ha tres me- 
" ses y medio que desempeñé la misma comisión. Pero ¡qué 
" circunstancias tan diversas de las circunstancias actuales ! 
" Acabábamos de recibir entonces las nuevas mas halagüeñas 
" que han venido de la península desde que el pérfido ISTapo- 
" león introdujo en ella sus huestes sanguinarias. La toma de 
" muchos puntos importantes, y la completa derrota del mas 
" respetable de los ejércitos franceses, bastaron por si solas pa- 



— 188— 
" ra costearme un discurso que aunque no fué un jefe de obra 
" de elocuencia; fue, sin embargo, digno i>or su asunto, de el 
" solemne y fausto di a en que le pronuncié. Ahora voy á ha- 
" blar en un dia mas fausto y mas solemne; y los sucesos úl- 
" finiamente ocurridos no prestan á mi voz sino materias in- 
" faustas. Voy á hablar en un dia en que hacemos memoria 
" del mayor trofeo que el poder divino obtuvo sobre las po- 
nencias rivales: y no diviso el menor trofeo que hayamos 
" obtenido nosotros sobre los enemigos de la patria, para ha- 
" cer de él al virey una memoria agradable. Las noticias que 
" se nos han comunicado acerca de los ejércitos de Soult y de 
" Suchet, no merecen todavia todo nuestro crédito: al paso 
" que no podemos dudar de las que hemos recibido acerca del 
" de Belgrano. ¿Ojalá tuviéramos tanta evidencia del triunfo 
" de Welington, como de la desgracia de Tristan! ¡Situación 
" triste para un hombre encargado de cumplimentar á un 
" príncipe tan interesado como el nuestro en la guerra de las 
"armas españolas! ;No saber si la suerte las acompaña en 
" Europa; y saber que les ha vuelto una vez las espaldas en 
"América!" 

Asi decia yo, señor Excmo., cuando me eligió la academia 
para que viniese hoy á arengar á V. E. Pero después hemos 
sabido que el Gobierno de Chiloé ha empezado á confundir el 
orgullo y los proyectos de los rebeldes, llevando sus armas 
victoriosas á la Concepción de Chile. Este triunfo, tanto mas 
feliz cuanto no se ha comprado con |las preciosas vidas de los 
valientes isleños, al mismo tiernjm que nos da motivo de 
creer que el ejército real seguirá sus conquistas, que entrará en 
la capital, y que logrará pacificar todas las provincias del rei- 
no; presagia que V. E. terminará con gloria una guerra que, 
aunque aflige pasajeramente á la presente generación, ahorra 
á la posteridad arroyos de lágrimas y sangre. 

Ya he cumplido; señor Excmo., con el encargo de la escue- 
la: y aquí debia terminar mi discurso. Pero V. E. me ha de 
permitir que después de haberle felicitado por un aconteci- 
miento tan plausible, me felicite á mi mismo y á todos mis 
conciudadanos. Y ¿de dónde piensa Y. E. que sacaré materia 
para esta felicitación 1 ? De esa acción que acaba de perderse en 
las inmediaciones de Salta. Si señor: esa ligera desgracia tan 
sensible á Y. E. ha sido en cierto modo ventajosa para todos 
los que tenemos la dicha de vivir á la sombra de su gobierno. 
Ella nos ha proporcionado ocasión de conocer enteramente á 
Y. E. Sabiamos tiempo ha que era Y. E. un jefe verdadera- 
mente grande en la prosperidad. Pero era preciso un acciden- 
te de esta clase, para saber si era el mismo en medio de las 
adversidades. Ahora hemos conocido que recibe con igual se- 



—189— 
renidad los bienes y los niales: y que es tan diestro en eludir 
los desaires de la fortuna, como activo en aprovecharse de sus 
favores. 

Nada tenemos ya que temer, señor Excmo. Sabemos que 
son inciertos los sucesos de las armas : que el éxito de una ba- 
talla suele depender de la mas pequeña circunstancia: y que 
el mas fuerte se ve precisado muchas veces á ceder al mas dé- 
bil. Pero también sabemos que aunque no se debe esperar fe- 
licidad en todos los incidentes de una guerra dilatada, se pue- 
de á veces contar con seguridad sobre los últimos resultados: 
que las fuerzas de un estado se hacen casi invencibles fuera 
de él, cuando un sabio consejo las gobierna en lo interior: y 
que el pueblo romano no esperaba las victorias del valor de 
sus tropas, sino de la prudencia del senado que dirigia por si 
mismo las operaciones de sus guerreros. Sabemos que nues- 
tros generales pueden ser otra vez sorprendidos. Pero tam- 
bién sabemos que V. E. nunca se sorprehende. Sabemos que 
el ejército peruano puede sufrir en adelante pérdidas mayores. 
Pero también sabemos que tenemos un virey que ha de repa- 
rarlas al momento. 

¡ O Perú, que después de tres siglos vuelves á ver tus férti- 
les campiñas regadas con la sangre de tus hijos! consuélate 
pensando que esta desgracia, por terrible que sea, te ha veni- 
do en tiempo de Abascal. Bajo otro gobierno seria tu suerte 
muy dudosa. Bajo el suyo, padecerás un poco, pero tu suerte 
está segura. 1 

Ya me parece, - señor Excmo., que nuestros bravos soldados 
se vuelven á poner al frente del enemigo: que están al prin- 
cipio intimidados con la memoria de la catástrofe del 20 de 
Febrero: pero que derrepente se acuerdan que son peruanos, 
y de que Abascal es su virey: que marchan entonces presuro- 
sos en pos de la victoria: que la alcanzan en fin: y que abren 
un campo hermoso donde yo escojo mil bellezas para presen- 
tarlas aqui otro dia que tenga el honor de hablar á Y. E. 



COMERCIO. 



El Comercio sostiene las operaciones políti- 
cas y la guerra, y es igualmente útil al la- 
brador, al marinero, al soldado, al noble y 
al príncipe. 

Ward Proy, Ecónom. pág. 119. 



Yo iba á prestar mis encomios al comercio, ó á ese agente 
benéfico que velando sin cesar sobre las necesidades de los 
pueblos, corre de un polo á otro, para ir á socorrerlas: que 
rodando continuamente al rededor del globo para apropiárse- 
lo al hombre, sacrifica al bien público sus luces, sus intereses 
y fatigas: que mas fecundo aun que la naturaleza, todo lo 
produce en todos los lugares, y liace que los habitantes de las 
heladas regiones disfruten del mismo modo que nosotros, de 
las ricas producciones del suelo americano: que agitando en 
fin con su soplo vivificante todas las semillas productivas de 
la prosperidad, dando vida á las artes, y aliento á la cultura, 
es en cierto modo el motor del mundo, el alma de la natura- 
leza. Pero de repente yo me veo detenido, y me pregunto á 
mi mismo: ¿adonde está el comercio! ¿existe él aun sobre ia 
tierra, ó ya las naciones lo hicieron perecer sin advertir que 
aproximaban la época funesta de su ruina? g a 16 le ;stáü los 



—191— 
lazos que estrechaban las cuatro partes clel mundo? ¿Qué pe^ 
so enorme se ha cargado sobre la elasticidad de ese resorte 
poderoso que desde el antiguo continente ponia en movimien- 
to los intereses del nuevo? Ya aqui no se sienten los efectos 
de su vigorosa actividad. El centro de mi ciudad me parece 
el centro de la inercia. Acaso sus habitantes habrán en sus 
sacrificios, como los rodios, olvidado el fuego, y la deidad que 
dirigia las operaciones de la mas necesaria profesión, abando- 
nando á Lima, se habrán retirado á un clima mas afortunado. 
Yo paso en busca suya los límites del espacio que llamo mi 
patria, y voy viendo que los pueblos, olvidada la ciencia de 
prosperar y enriquecerse, se ejercitan solamente en el arte fa- 
tal de los combates. Los labradores han dejado de la mano 
los instrumentos de vida, para empuñar con ella los instru- 
mentos de muerte: los hombres industriosos han abandonado 
los talleres, para ocupar los campos de batalla: los comercian- 
tes se han trasf orinado en guerreros; y los navios mercantes 
se han convertido en corsarios. La pausa perniciosa que han 
hecho las negociaciones del Perú, es la pausa general que han 
hecho todas las negociaciones del mundo; y el reposo que rei- 
na en nuestros países, extiende su imperio melancólico sobre 
todo el planeta. La espada de la guerra ha cortado las venas 
de la sangre política que todo lo animaba: y la ambición ha 
cerrado la comunicación de los pueblos, trayendo el terror del 
norte al mediodía. Yo me veo precisado á venerar á Osíris en 
el templo de Marte. Yoy á ofrecer mis votos á la benéfica Ci- 
beles, cuando en honor de la pálida Discordia arde tanto in- 
cienso en el globo ensangrentado. Tengo que hablar del co- 
mercio, cuando el estruendo formidable del trueno que ha 
arrojado á la Europa en un letargo profundo, haciendo repe- 
tir á nuestras costas sus ecos horrorosos, tiene embargada la 
voz del comerciante. 

No se debe extrañar que á la historia de los bienes del gé- 
nero humano, haya dado principio por la historia de sus ma- 
les. Tratando de las ventajas del comercio, pensé que debia 
ocupar el j>rimer lugar en mi discurso su actual influjo en la 
fortuna de mi patria. Tampoco se imagine que trato de pre- 
venir en mi favor á los lectores con un exordio artificioso. 
Estoy tan lejos de empeñarme en pesuadirque las circunstan- 
cias en que hablo tan funestas al comercio, lo son también á 
mi discurso; que no tengo embarazo en confesar que no me 
juzgo acreedor á la menor indulgencia, sino lo desempeño con 
decoro. No es un concepto ventajoso de mi mismo; es la be- 
lleza de mi asunto, quien me alienta de este modo, y me hace 
producir con arrogancia. Yo siento la debilidad de mis fuer- 
zas: pero las veo sostenidas por la columna del estado. Co- 



loo 

Hqzcq las dificultades del empleo de escritor que estoy des- 
empeñando: pero estoy hablando del comercio; y el comercio 
hace correr la pluma de todos los escritores. Xada tengo que 
poner de mi parte en esta obra: mi solo trabajo es escoger los 
mas bellos entre tantos socorros extranjeros. Todos los pue- 
blos que han llegado á mi grado considerable de opulencia, 
me presentan para ella un fondo inagotable de ricos materia- 
les : y tantos célebres artistas que la naturaleza ha concedido 
á climas privilegiados, para que trasmitan á los siglos futuros 
el mérito de los suyos, me ofrecen su destreza para pulirlos y 
hermosearlos. La voz lánguida del poder anonadado sale to- 
davía déla tumba del imperio romano; y el genio se siente 
respirar entre las ruinas de la Grecia. Jamas he trabajado con 
mas satisfacción: y no me admirarla que el cuadro que estoy 
formado, saliese un jefe de obra. Yo puedo disponer de los 
colores del Asia, y tengo á la mano los pinceles de Rodas y 
de Atenas. 

Si: todas las sociedades deben al comercio cuanto tienen de 
delicado y de grande. La hermosura y la riqueza esparcidas 
en la vasta extensión que limitan el oriente y el ocaso, el sep- 
tentrión y el medio día, son los caracteres que componen su 
historia. Para leerla, es preciso recorrer el globo entero. Esos 
obeliscos magníficos que se descubren al través del tiempo, 
dominando en las costas del mar Mediterráneo (1) á todo el 
resto de la tierra, nos enseñan el sitio de su origen: y esas 
inscripciones que se advierten en ellos, y que ha llegado á 
borrar el polvo de los siglos, son odas consagradas á su pre- 
cioso nacimiento. Alli me parece que leo : la felicidad y la ale- 
gría van á derramarse sobre la faz del mundo por mil canales 
diferentes : la abundancia y la cultura irán disipando hasta las 
sombras de la miseria y la barbarie : y ya no serán irreparables 
los estragos de la guerra. JEl comercio ha aparecido, ha empezado 
á embellecer la tierra, y se ha encargado de poblar los lugares 
desiertos. 

¡ Que horroroso es ver á ISTabucodonosor demoliendo los mu- 
ros de la capital de la Fenicia, y al hermano de Menelao re- 
duciendo á cenizas la ciudad magnífica de Dárdano ! Pero ¡ qué 
bello ver á los habitantes de la antigua Tiro refugiándose á 
una isla, obscurecer en poco tieinpjo la gloria de Sidon; y á los 
humildes restos de la soberbia Troya ir subiendo por grados 
á ese poder formidable que los hizo después capaces de ven- 
gar la ofensa de su patria, abatiendo el orgullo de esa arro- 
gante nación, que no contenta con dominar aquí abajo, esta- 
blecía dioses en los cielos, y dividía entre ellos la administración 



(1) El Egipto. 



— Í93— 
del universo ! Entonces es cuando espira el periodo grosero de 
la humana sociedad, y esta empieza á conocer sus verdaderos 
intereses. Entonces es cuando el mundo sale de su infancia; y el 
semblante risueño de su graciosa juventud hace desaparecer 
los fingidos encantos de la edad de oro. Seria magnifico sin 
duda ver á la tierra ofreciendo voluntariamente sus frutos sin 
ser atormentada por el arado del labrador. Pero es mas mag- 
nífico aun verla poblada de hombres laboriosos que emplean 
sin cesar, para removerla y levantarla, todas las máquinas del 
genio : ver a todos los pueblos empeñados en fomentar su re- 
cíproca industria: todos trabajando en protejer la gloria de los 
otros. Los chinos domando el Golfo Pérsico, que jamas había 
sentido el peso de los bajeles: los Persas haciendo navegables 
el Tigris y el Eufrates: los Egipcios plantando colonias en la 
India: y los Griegos edificando ciudades en los sitios mas pro- 
porcionados para el tráfico. 

Entretanto Oartago que debia su origen al comercio de los 
Tirios, crece prodigiosamente á la sombra de esta divinidad tu- 
telar: disputa á las águilas romanas el imperio del mundo: y 
levantara un trofeo contra la potencia colosal de la república, 
sino se embriagara Aníbal con las delicias de Capua. 

Los romanos que habían sepultado al comercio en el sepul- 
cro de sus reyes, y que después pensaban solo en extender su 
dominación, sienten irse apagando el antiguo expíendor de la 
república a proporción de los progresos que hacia su rival. 
Pero una nación tan sabia, no tardó mucho tiempo en conocer 
que el tráfico se habia hecho esencial á la organización de los 
cuerpos políticos: y lo hace renacer con un suceso tan feliz¡, que 
recoge en su seno las riquezas todas del África y del Asia, y 
se hace la señora del mar y de la tierra. 

Ya habia desplegado el comercio toda su energía. Ya habiá 
llegado á un punto de elevación de donde era preciso que ba- 
jase. El último paso de su gloria debia ser el primero de su 
ruina. Boma excita los zelos de las naciones escitas y germa- 
nas, asi como Tito en otro tiempo armó contra sí la envidia 
de los Asirios y Caldeos. Los bárbaros del norte inundan las 
provincias occidentales de la famosa Italia, y causan en el sis- 
tema mercantil una revolución mas funesta que la que le hi- 
cieron sufrir las conquistas de Alexandro. El robo y las violen- 
cias cortan la comunicación de las ciudades y los campos: van 
desapareciendo poco á poco la población y el cultivo: y la in- 
dustria perece en el desorden. En este estado de confusión y 
de tumulto, el imperio se divide. Mientras que la guerra sen- 
tada sobre su trono de hierro, sumergía al occidente en un 
abismo de miseria y de barbarie, el comercio retrocede á su 

LlTLEATURA' — 14 



—194— 
origen primitivo, y vuelve á fijar en el oriente su trono de oro. 
Derrama sobre Venecia las riquezas de la India, y la pone en 
un estado de opulencia que jamas habian osado esperar sus 
)S. Venecia se llega á apoderar del tridente de ISTep- 
>. y se hace respetable á todo el continente. Yo contem- 
plo con placer esa época feliz de la república; y las pequeñas 
islas que la forman, me parecen columnas elevadas por la na-* 
turaleza en medio de los mares para sostener á la grandeza 
arrojada de la tierra. 

Ya los Italianos [iban desenterrando su antigua gloria de 
entre los escombros del imperio, cuando los felices descubri- 
mientos del siglo 15 sofocan en su suelo la industria que fo- 
mentan en todo el resto del mundo. A todos los pueblos for- 
tifican y enriquecen: á todos les aumentan la masa de las co- 
modidades y placeres : pero destruyen la riqueza, y enervan el 
poder de la repííblica, las dos grandes puertas que abrieron al 
comercio Vasco de Gama y Cristóbal Colon. Dobla el Portu- 
gués el cabo meridional de la África: varian de rumbo los te- 
soros del Levante; y se eleva Portugal sobre las ruinas de 
Venecia. 

Ya no es el Malabar el depósito de las producciones bellísi- 
mas del Asia. La Europa toda, Amberes misma tiene que ir á 
buscarlas á Lisboa, tal fue el teatro de la grandeza Portugue- 
sa, que después de haber sido conducida á un grado descono- 
cido en los siglos anteriores, perece en el naufrajio que hizo 
descubrir á Alvaro de Cabra (1) las costas de la América, 
Portugal no piensa desde entonces sino en hacerse rico, sin 
pensar en el trabajo que solo atrae las riquezas: y ha llegado á 
conocer muy tarde que la canela de Zeilan valia mas que los 
diamantes del Brasil. 

Mientras que el comercio proporcionaba á esta nación las ri- 
cas mercaderías, proporcionaba á España el precioso metal con 
que se compran. Pues si debió Carlos V. al ánimo esforzado de 
los ilustres reyes que le habian precedido, el cetro de oro del 
antiguo mundo, el comercio lo hizo empuñar el cetro nuevo 
del mundo de ero, Y en el tiempo feliz de Felipe II., en que 
fué nuestra España el centro de ese círculo donde giraban los 
grandes intereses de las naciones negociantes, era la casa de 
Austria la mas poderosa de la Europa. Sus tesoros eran in- 
mensos, sus ejércitos invencibles, y sus armadas formidables. 
Pero apenas Uegan las riendas del gobierno á las débiles ma- 
nos de Felipe III., desaparece el comercio, y se lleva consigo 
las riquezas, los ejércitos y armadas. Debilitado el español por 



( 1 ) Alvaro de Cabra llegó á las costas del Brasil por salvarse del naufragio que 
sufrió en 1052. 



— 195- - 
la taita üei comercio que, según la expresión de Bocalíni, es 
uno de los dos pechos que alimentan el estado, no puede apro- 
vecharse del precioso descubrimiento del intrépido López ( 1 ) ; 
mientras que el Glandes engrosando sus fuerzas en la India, 
le conquista cuanto poseia al otro lado del Ganges. ¡ Qué es- 
pectáculo tan triste el que ofrecía nuestra España en todo el 
discurso del siglo XVII ! Parece que iba retrocediendo preci- 
pitadamente á sepultarse otra vez en el horrible caos del siglo 
IV. Pero en fin Felipe V, ese rey grande y virtuoso que nos 
mandó la pérfida nación que acaba de quitarnos ahora un des- 
cendiente suyo mas grande y mas virtuoso, se empeña en pro- 
teger la agricultura y el comercio ; y comunicando á sus vasa- 
llos la pasión que lo devora, empieza á disipar la melancólica 
oscuridad en que yacia la península. Sigue Fernando VI las 
máximas sabias de su padre. Y cuando el gran Carlos III en- 
tabla el tráfico ventajoso de las islas Filipinas, no se atreven 
á impedírselo las dos naciones comerciantes que sentían dis- 
minuirse considerablemente los tesoros que sacaban del Asia. 
Pues ya las fuerzas de la Holanda no eran bastantes para opo- 
nerse á las ideas de la España; y la orgullosa Inglaterra temía 
el poder de la casa de Borbon. 

Esta alternativa de debilidad y fortaleza ha sido en todos 
tiempos obra del comercio. El ha variado mil veces la faz del 
universo, trasformando á cada paso las áridas montañas en ri- 
cos minerales, las aldeas en ciudades, y las cabanas en pala- 
cios. La Polonia, que al presente apenas tiene lugar en nues- 
tros mapas, era una potencia respetable cuando los otros pue- 
blos eran labradores y soldados. Y la Holando, que era enton- 
ces un rincón pequeño de la tierra casi siempre sumergido en 
las aguas del Bhin, y que solo subsistía de la pesca, es ahora 
una república tan poderosa y formidable, y ocupa un lugar tan 
distinguido en el sistema político de Europa. 

Antes del siglo XVI, cuando Genova y Venecia producían 
esos hombres que hicieron recular los límites del mundo, % cuá- 
les eran las fuerzas navales de esas dos naciones que se dispu- 
tan en el día el imperio de los mares con esfuerzos mas glorio- 
sos que los atenienses y esparciatas % La reina Isabel no en- 
contró mas navios que los destinados á la pesca: y ocho que 
ocuparían uno de los rangos inferiores en las escuadras moder- 
nas, comj)onian la marina que recibió Luis XIV con el trono 
de la Francia, pero que rápidos han sido sus progresos desde 
que Oolbert y Oromwel despertaron en ellas el zelo del co- 
mercio ! Inglaterra y Francia han llegado á adquirir una su- 
perioridad que atemoriza y su rivalidad mantiene el equilibrio 



( 1 ) Las Islas Filipinas. 



—196— 

del inundo. Sus continuas disenciones las perjudican mu 
tuaniente, y retardan sus i>asos : pero cayendo una de ellas, 
acaso envolvería entre sus ruinas la gloria de la otra, Der- 
ribada una de las mayores columnas que sostienen el edi- 
ficio grande de la opulencia general, deben resentirse todas las 
demás. Por eso Esparta rehusa esclavizar á Atenas ; y Boma 
se arrepiente de haber destruido á Oartago. 

Siempre fijaron las armas, las épocas funestas del comercio 
y siempre fijó el comercio las épocas felices de las armas. 
Esta mezcla monstruosa de intereses tan opuestos, es el origen 
de las famosas revoluciones que han experimentado los .impe- 
rios en los siglos anteriores; y que irán experimentando en los 
futuros, hasta que luciendo un dia claro sobre toda la tierra, 
conozcan las naciones que el comercio es la balanza de oro 
donde se pesan sus fortunas; y destronada la ambición, vuel- 
va á tomar la naturaleza las riendas del mundo. 

Arbitros soberanos de los derechos de los pueblos, ¿queréis 
contar el número de vuestros vasallos por el número de los 
hombres ! Demoled los muros que rodean vuestras plazas : tra- 
bajad en que la mano del labrador emplee en conservar la hu- 
manidad esa porción de hierro que está empleando en destruir- 
la la mano dei soldado: empeñaos en que haga gemir los talle- 
res y las fábricas, esa multitud de hombres que está gimiendo 
en el dia bajo del peso de las armas: haced que conduzcan á 
los paises extrangeros el fomento y la vida, esas escuadras nu- 
merosas que ahora solo conducen la desolación y la muerte : 
no os alejéis de vuestras casas tantos millares de leguas, para 
ir á aumentar la suma de las miserias del género humano : res- 
petad á los hombres : sabed que la felicidad ó la desgracia que 
lleváis á las regiones mas remotas, por una especie de reac- 
ción han de volver á vuestro imperio: tributad á la deidad en- 
cantadora del comercio, la adoración que tributáis al mons- 
truo de la guerra, y seréis señores de todo el Universo. Un 
pueblo guerrero necesita derramar una porción considerable 
de la sangre de sus hijos, para hacer tributario á otro pueblo; 
un pueblo comerciante sin derramar una gota, hace tributarios 
suyos á todos los demás. El célebre Luis XIV pensaba fundar 
una monarquía universal, entablando una amistad inviolable 
con todo el género humano ; y obligando al poderoso agente 
del comercio á llevar hasta los pies de su trono los homenages 
y tributo de todas las naciones. Al mismo fin habia aspirado 
antes el hijo de Filipo, pero por el camino opuesto de hacerse 
el enemigo de los hombres, destruir sus ciudades, y arruinar 
sus reinos. ¡ Cuanto mas sensato el príncipe francés que el ma- 
cedón ! Eli primero, si lograra que la paz derramase en todas 
las sociedades sus benéficos influjos y que circulasen con liber- 



—197— 
tad por toda la superficie de la tierra la felicidad y la abun- 
dancia, hubiera empuñado el cetro de un mundo floreciente. 
El segundo, haciendo resonar en todo el globo la fatal trom- 
peta de la guerra, ó hubiera sido la víctima de su proyec- 
to sanguinario, ó hubiera conseguido reinar sobre desiertos. 

La sangre apaga el esplendor del trono que el tráfico fomen- 
ta. La negociación sola es la sólida base capaz de resistir el 
peso de la magestad y de la gloria. Yo veo á Boina mas pode- 
rosa cuando manda cien navios á la India, que cuando quema 
quinientos á la vista de la capital del África ( 1 ) : y Alexandro 
me parece mas grande edificando á Alexandria, que destru- 
yendo á Tiro. Pedro el Czar y el gran Gustavo, esos dos prín- 
cipes ambiciosos que se dejaron dominar enteramente del bár- 
baro placer de exterminar á sus semejantes, conocían sin em- 
bargo el poderoso influjo del comercio en la prosperidad de los 
imperios. Trabajaba el Moscovita en enseñarlo á sus vasayos, 
mientras el Sueco confesaba, que él sostenía las coronas sobre 
las cabezas de los reyes. Sin el favor de los comerciantes ja- 
mas se pusiera en práctica el valor de los soldados. M pueden 
recompensarse á la humanidad los estragos que hace en ella 
el que lleva en la mano el terrible azote de Belona, si otra no 
lleva en la suya la cornucopia de Amaltea. ¿ Qué adelantara 
la república Eomana con tener tantos cónsules ilustres que 
llevasen sus armas victoriosas hasta las extremidades de la 
tierra, si no tuviera comerciantes que condujesen á Italia los 
despojos del mundo conquistado? ¿M cuál seria el servicio 
que hicieron á su patria los Corteses, Almagros y Pizarros 
viniendo á ofrecer al ídolo de oro de la América la sangre de 
la Europa, si la máquina admirable del comercio no trasporta- 
se á la Europa los montes de plata de la América? 

Mnguna profesión exige los homenajes de los hombres con 
mas justicia que el comercio. Que se le presten, pues, los pri- 
meros resj>etos en los magníficos palacios de los administra- 
dores de los grandes imperios, porque él produce y sostiene la 
riqueza y el poder: que se le rindan obsequios en los augustos 
gabinetes de la humanidad, porque proporciona alivio á sus 
dolencias: que se oigan resonar sus elogios en los brillantes 
retretes adornados de muebles extranjeros, mientras en ellos 
se hermosea el bello sexo con los diamantes, las perlas, y las 
demás preciosidades que le conducen de la América, de la Eu- 
ropa, del África y del Asia, para contentar en él la pasión que 
lo domina: y entónensele himnos también en el alcázar de las 
ciencias. 



( 1 ) Escipion después de haber derrotado á Annibal mandó quemar la armada 
de los Cartagineses compuesta de quinientas naves. 



—198— 

Si no se profanan los altares -<le Minerva, ofreciendo en ellos 
inciensos á Mercurio. Estas dos divinidades del Egipto eran es- 
culpidas jautas por el cincel de la Grecia: sus templos eran 
los mismos, y sus fiestas comunes. Las orillas del Mío que 
fueron la cuna del comercio, también lo fueron de las ciencias. 
Desde entonces han sido inseparables, y han participado igual- 
mente de las revoluciones de la tierra. Cuando las ciencias sa- 
len de su patria conducidas por Pitágoras temen acercarse á 
los muros de la guerrera Esparta, y van á fijar su sello en 
la industriosa Atenas. Ellas fueron desterradas de la Grecia en el 
mismo tiempo que el comercio : y estuvieron mil años sepulta- 
das con él en las cenizas de la antigua Italia, jamás Bo- 
ma fué tan comerciante como en el siglo de oro de sus letras, 
ni Francia vio brotar en su suelo las semillas de luz y de cul- 
tura que le llevó de España Francisco I hasta que Luis XIV, 
comunicó al comercio todo el vigor de su alma grande. La 
moderna Tartaria y la Siberia a quienes una cruel naturaleza 
ha negado las delicias de la comunicación y del tráfico, sepa- 
rándolas del resto de la tierra con el muro impenetrable del 
occéano glasial, estaban sumergidas en la ignorancia mas pro- 
funda, mientras que el químico Bertoldo preparando en Ale- 
mania el descubrimiento de la pólvora que debia someter la 
América á la Europa, enriquecía la física y la historia natural: 
Galileo inventando el telescopio en la capital de la Toscana, 
erigió en sistema la conjetura de Oopérnico: Bayle desde In- 
glaterra contestaba las experiencias que Pascal y Torricelli ha- 
cían en Auverña y en Florencia : y Des-cartes desde Francia 
prestaba á toda la Europa el hilo que la sacó del intrincado la 
berinto en que la tuvo Aristóteles encerrada diez siglos. 

Solo florece la sabiduría á la sombra fecunda del comercio. 
Parece que acostumbrada á la tranquilidad y la abundancia 
de su origen, no llega á acomodarse á la miseria ni al tumul- 
to. No pueden llevarse en una mano el libro y el arado. M el 
numen benéfico que preside á las ciencias permite que se mez- 
cle á ese humo aromático que se eleva en sus templos apaci- 
bles con tanto reposo y magestad, el humo pestilente que se 
eleva con tanta precipitación y desorden en los templos ter- 
ribles del numen de la guerra. 

José Joaquín de Lareiya. 



FÁBULA. 



EL MONO Y LOS GATOS. 



De escribir mi fabulita 
hoy me ha venido el humor; 
y un mono el héroe será 
digno de toda atención. 

¡ Salimos ahora con monos ! 
dirá acaso algún lector; 
tenga paciencia hasta ver 
en lo que el caso paró. 

Hallábase cierto gato 
sobre un caliente fogón, 
durmiendo y gozando en paz 
de aquel plácido calor. 

Hecho un apretado ovillo 
estaba y muy si señor, 
dejando rodarla bola, 
y roncando a su sabor. 

¡ Qué cerca está el mal del bien! 
nuestro gato lo probó 
á quien por muy poco tiempo 
su vita oona duró 

En esa misma cocina 
sentadito en un rincón 



—200— 
estaba el perverso mono 
que el bien del gato acabó. 

Era el monillo mas feo, 
mas flaeuchento y pelón, 
mas vil y mas insufrible, 
mas indigno y salteador, 
mas dañino y mas ruin, 
mas travieso y mas ladrón, 
el mono mas malo, en suma, 
de cuanto mono hizo Dios. 

Debió de darle sin duda 
en la nariz el olor 
de un buen chorizo que puesto 
sobre las brazas dejó 
una criada de la casa 
junto al gato dormilón, 
muy segura, ya se vé, 
de su conciencia y honor. 

Agua se le hacia la boca 
al tal mono, el corazón 
le latía, y en verdad, 
latíale con razón ; 

que un buen bocado hasta entonces 
jamás por su boca entró. 

Hétele aquí que se viene 
derecho para el fogón: 
llega ya, y sobre el chorizo 
la atrevida mano echó. 

¡ Ola ! al punto la retira, 
y con precipitación: 
¿Qué hubo? ¡qué ha de haber! 
que el fuego, á la presa defendió. 

Por el chasco no desmaya, 
y con un nuevo valor 
tres, cuatro, cinco y seis veces 
la intentona repitió ; 
pero en todas bien quemado, 
lo mismo que antes salió. 

Parado y tanto ojo abierto, 
por largo rato quedó, 
contemplando muy despacio 
el objeto encantador, 
y meditando la traza 
para saciar su ambición. 

La encuentra, y con aire fiero 
hubo de exclamar: pues no, 



—201 — 
" Sin que mis manos lo paguen, 
" el chorizo vendrá á nos, 
" lo juraré y lo juró, 

Acércase á nuestro gato, 
y un cuarto de hora le habió, 
sobre su antigua amistad, 
y más que amistad, amor. 

La mano llena de ampollas 
por el lomo le pasó, 
y no falta quien afirme 
que su mejilla besó. 

Hizo á lo último, de amigo 
la común 'demostración; 
la mano del triste gato 
con sus dos manos tomó; 
el cual adormido y lleno 
estaba de admiración. 

Al ver aquellas finezas 
de la mona dignación, 
y nada, nada recela, 
qué no conoce el traidor. 

Eíi fin la mano agarrada 
dentro del fuego metió; 
con ella cual con un palo, 
los carbones desvió, 
y haciéndola con mas fuerza 
dio con ella un embion, 
que el oloroso chorizo 
al campo raso sacó. 

De los dolores del gato, 
un pito no se le dio; 
púsose á comer muy fresco 
el paciente maulló; 
y quemado y aburrido, 
sale atestando veloz. 

Esta industria original 
linda al mono pareció, 
repitióla, y muchas manos 
de muchos gatos quemó. 

Mas al cabo de algún tieinqí,. 
corrió por cierta la voz 
de que el mono habia intentad* 
otra empresa muy mayor 
con un gatazo disforme 
que los machos le paró. 

Literatura — 15 



—202— 

Y cuando con pico y patas 
metido en ella se vio, 
luego luego de los gatos 
un consejo se formó, 
ruina y muerte resolvieron 
de este monuelo bribón, 
y corriendo hecho un demonio 
vino el gatesco escuadrón. 

Brincan sobre el alevoso 
ciegos de rabia y furor; 
y un millar demordiscones, 
y de araños un millón, 
y un sangriento monicidio 
á todo gato vengó. 

Príncipes, pueblos de Europa, 
¿]No podré deciros yo 
que vosotros sois los gatos, 
y el mono Napoleón? 
Los principios son iguales: 
será igual la conclusión. 

(Del Dr. Larriva.— Abril de 1813.) 



ELOGIO 

Del Excmo. é Illmo. señor Dr. D. Bartolomé 
María ds las Heras, caballero Gran-Cruz 
de la real y distinguida orden española de 
Carlos III, y de la de Isabel la Católica, 
del Consejo de S. M. dignísimo Arzobispo 
de Lima etc. etc. Pronunciado en la Uni- 
versidad de San Marcos, el 27 de Octubre 
de 1815, en el acto ele Teología que le con- 
sagró D. José Izaguirre, alumno del Real 
Seminario, por D, José Joaquín de Larri- 
va, maestro en artes, Dr. en sagrada Teo- 
logía, y catedrático de prima de Psicolo- 
gía en dicha universidad. 



Señor: 

Desde que la Francia emprendió la obra de su regeneración, 
rompiendo los diques que le hablan fabricado siglos enteros de 
esclavidud y tiranía; su energía y su entusiasmo llevados al 
exceso, habían contagiado á ambos mundos. El horrendo cla- 
mor de la trompeta, que desde el centro del Austria hizo des- 
pertar los zelos de todas las potencias del oriente, habia lan- 
zado sus ecos espantosos á las últimas regiones del ocaso; y 



—204— 
el genio de la guerra,, después de haber sacrificado millones 
de victimas en el continente europeo, había volado á sacudir 
sobre el nuestro su hacha ensangrentada. Los vientos impe- 
tuosos de la devastación y de la muerte soplaron al misino tiem- 
po por el septentrión y mediodía j y la pasión marcial se habla, 
difundido, con la celeridad del fuego eléctrico, del un cabo al 
otro de la América. Entre las playas que vieron arder las na- 
ves del vencedor de Montezuma, y el país que sirvió de cuna 
al fuerte Caupolican, no hay un punto solo que se haya liber- 
tado de esta especie de epidemia política. Hasta en las orillas 
del manso Rimac se han advertido sus síntomas fatales. Ja- 
más hemos oido, es verdad, el estallido del cañón. Pero ¡ cuan- 
tas veces hemos oido, en esta aula resonar los elogios de los 
que hacían mas estragos, con sus tiros, en la miserable huma- 
nidad! Nunca hemos visto humear nuestras murallas. Pero 
estamos fatigados de ver aquí humear los incensarios en obse- 
quio de aquellos que sabían derribarlas y reducirlas á polvo. 
Los oradores de la Patria no han hablado en veinte años sino 
de ruinas, de sangre y de destrozos. Y la juventud estudiosa no 
ha creído continuar con gloria su carrera ; si no consagraba las 
primicias á los feroces maestros del arte horrible que estaba 
despoblando al universo. Parece que los hijos de Apolo ha- 
bían degenerado en esta era de ser primitivo y que las letras 
desdeñando la gracia de Minerva, se habían acogido al patro- 
cinio de Belona. 

Pero ¡que feliz mutación en la academia! Hoy no se oyen 
en sus aulas, ruidosas relaciones de sitios y combates. A la as- 
pereza de los clarines, ha sucedido esta tarde la dulzura de las 
flautas: á los fusiles y morteros, las plumas y los libros: á las 
tiendas de campaña, los apacibles gabinetes : á los campos 
de batalla, las cátedras y pulpitos; y alas hazañas horrorosas 
del conquistador y el guerrero, las fatigas tranquilas del sabio, 
y las virtudes pacíficas del gefe del cristianismo. ¡ Día dicho- 
so ! en que dejando al estrepitoso estruendo de las armas, sus 
estatuas y trofeos; se reservan los cultos académicos para esa 
profesión que hace al hombre superior á sí mismo, que es el 
honor y el blasón de la sociedad que la cultiva, y la delicia de 
de todo el universo. ¡ Día memorable ! ¡ Dia que debe escri- 
birse con caracteres indelebles en los fastos de Lima! Este día 
va á fijar una de las épocas mas felices de la literatura pe- 
ruana. 

Pero ¿es posible que en día tan solemne en que son desa- 
graviadas la virtud y las ciencias, sea yo uno de los ministros 
destinados á ofrecer perfumes al benéfico numen que á su 
nombre viene á tomar posesión en el Liceo, de ios augustos 



__2()5— 
derechos que tanto tiempo Íes tenían usurpados el furor y la 
ambición? $ Es posible que tratándose de entonarle cánticos de 
gloria, y habiendo en este coro tan harmoniosas voces, haya 
elegido la academia la disonancia de la mia! ¡Ah! ¡Qué no 
tenga yo la expresión enérgica de un Heras, para salir con 
decoro de mi honorífico empeño! Disertísimo prelado: présta- 
me tu elocuencia encantadora, para concurrir de un modo dig- 
no á la grandeza y .pompa de este dia. Comunícame ese nie- 
go. . . .Pero, señores: yo creía sobre mis hombros un peso que 
no hay ; y desconfiando de mis fuerzas, estaba mendigando un 
socorro de que no necesito. Los hombres extraordinarios no 
han menester oradores sublimes. Todo en ellos es grande: na- 
da es preciso finjir. Todo en ellos es raro, nada es preciso en- 
carecer: todo en ellos es brillante: nada es preciso dorar. Los 
adornos del arte solo sirven para debilitar sus acciones. Una 
narración sencilla de su vida es únicamente la que ofrece 
una idea completa de su mérito. Para elogiar á un hom- 
bre común, es necesario todo el genio de un heras. Para elo- 
giar á todo un Heras, es suficiente el genio mió. Sí: yo em- 
prendí hablar de este ilustre pastor de nuestra iglesia, resuel- 
to á sacrificar en su obsequio la reputación de orador. Pero 
felizmente me he engañado. Sin tirar una línea, me hallo tra- 
zado el panegírico con que voy a poner los últimos remates al 
bello monumento literario que hoy le erigen las musas en su 
templo. El mismo ha trabajado esta obra preciosísima. Sus 
virtudes hacen el fondo ; y su ciencia le da todo el lleno de luz 
correspondiente. Yo no tengo mas que hacer, que desenrollar 
el cuadro, y presentarle á la academia. 

¡ Qué prospectiva tan magnífica ! ¡ Qué variedad de colores ! 
¡ Qué belleza de imágenes ! ¡ Qué abundancia ! ¡ Qué riqueza ! 
La imaginación discurre abismada por un campo inmenso 
sembrado todo de luces, de virtudes, de triunfos, de laureles. 
Cuanto mas examina, mas descubre: y cuanto mas descubre 
mas admira. En todas partes ve grande á nuestro héroe : pero 
siempre le ve mas grande en el último punto en que se fija. En 
Toledo, el doctor le parece mayor que el deán; y enGuamanga 
le parece mayor el deán que el arzobispo, Las dignidades ad- 
quieren en su persona un explendor extraordinario : y los tea- 
tros de sus glorias disputan con razón la preferencia. ¡ O He- 
ras ! ¡ O prelado inmortal ! ¡ Qué portentosas son tus obras, y 
qué elevado tu merecimiento ! Tu memoria se conservará, no 
por los mármoles y bronces que á pesar de su firmeza, llegan á 
ceder al fin á la fuerza irresistible de los tiempos; sino por el 
respeto y el asombro que atraviezan ilesos las generaciones y 
los siglos. Y tú, Carmona, dichosa porción de Andalucía: glo- 



—200— 
ríate de tener nn hijo que hará célebre tu nombre éntrelas gen- 
tes, no con esa celebridad funesta quedan los famosos desas- 
tres, sino <on aquella plácida celebridad que solo puedan dar la 
piedad y los talentos. La posteridad hablará de Marengo y de 
Jena; pero hablará con horror, mientras que no podrá hablar 
de tí sin penetrarse de esa, veneración profunda de que hoy nos 
penetramos nosotros cuando hablamos de los pueblos ventu- 
rosos que vieron nacer á Fenelom á Fleuri y á Bosuet. 

Una alma noble y generosa, un corazón magnánimo y sen- 
sible, un entendimiento universal y profundo, una memoria 
pronta y firme, un espíritu vivo y perspicaz, una imaginación 
vasta y fecunda, un genio delicado y sublime: tales son las 
prendas inestimables con que el señor Heras se presenta en el 
mundo; y tales las armas poderosas con que, anxiliado por los 
jesuítas de Sevilla, emprende la conquista de la república lite- 
raria. Entra, combate, triunfa, la toma, y se apodera en fin de 
todos sus tesoros. Gramática, retórica, filosofía, teología, dere- 
cho eclesiástico y civil, historia profana y sagrada, moral hu- 
manidades, escritura, padres, concilios, todo , todo es la presa 
de su inmensa capacidad. No hay conocimiento que no persi- 
ga su sed insaciable de saber : y no hay conocimiento que re- 
sista á la fuerza de su penetración. Aunque algunos ingenios 
privilegiados suelen enriquecerse con todas las facultades, re- 
gularmente en una sola logran hace progresos extraordinarios. 
Pero él habla nacido para aprenderlas todas, y progresar en to- 
das. El filósofo, el teólogo, el jurisconsulto, el canonista, el fi- 
lólogo, todos son igualmente grandes, igualmente célebres, 
igualmente admirables. 

Cualquiera de las ciencias que posee era bastante para ha- 
cerle capaz de ilustrar los paises á que debia la educación y el 
nacimiento. Pero era precisa la reunión de todas, para que pu- 
diese lucir en la antigua corte de los reyes de Castilla; y ser- 
vir de punto de apoyo á esa sólida fama que comenzó á afian- 
zarle su predilecto hijo Alfonso el sabio. ¡La fortuna de la uni- 
versidad de Toledo ! ¡ Contar al señor Heras por miembro su- 
yo ! Ella le hace honor, es verdad, en recibirle en su seno; pero 
no le hace gracia. Le presta reputación; pero la cobra con ven- 
tajas. Le condecora; pero mas se condecora á sí misma. Le 
proporciona un lugar distinguido entre los sabios de España ; 
pero ella le toma entonces entre las universidades de Europa. Le 
confiere facultad para que hable en sus aulas; pero logra escu- 
char la voz de la sabiduría. Le da un laurel; pero recibe, en 
pago, ilustración y nombre eterno. Si alguna vez han sido hon- 
radas las borlas de doctor, fué cuando ciñeron las sienes de es- 
te insigne varón, cuyos talentos descollando sobre los mas ele 



—207— 
vados de su tiempo, hacían el encanto y asombro general: y 
cuya vasta doctrina tan copiosa y benéfica como las corrientes 
del Tajo, después de haber fecundado la Castilla, salia como 
ellas á llevar a otras provincias la fertilidad y la vida. 

¡ Para qué me habré yo precipitado en tratar de este triunfo 
solemne tan digno de perpetuarse sobre los obeliscos mas al- 
tos de la literatura y del buen gusto ! j Qué necesidad habia de 
seguir servilmente el hilo de la historia, si se hablaba de un hé- 
roe! Yo debí invertir el orden de las épocas. Debí quitar su 
grado del lugar que ocupaba en la serie de los acontecimien- 
tos de su vida, y colocarle en el último. Asi hubiera conseguido 
dar á mi discurso una forma mas regular y mas bella, y con- 
servar, y hasta el fin el interés de mis oyentes; pero no he 
sabido conciliar mi lucimiento con el suyo. En la mitad de 
la obra, me quedé sin materiales. Me veo precisado á con- 
tinuar; y no hallo cosa capaz de entretener vuestra aten- 
ción. Os hablaré de Toledo. Ya nada esperéis de mí de gran- 
de ni magnífico. Porque ¿ qué podrá añadirse á la gloria de 
un hombre de quien antes se ha dicho que mereció los aplau- 
sos de un pueblo que habia visto y conocido al criador del 
idioma en que han hablado los G-arcilasos, los Cervantes, 
los Jovellános y Olavides; al legislador incomparable que 
mejoró en sus partidas los brillantes trabajos de los Solones 
y Licurgos; al Tácito de España; al amigo mas favorecido 
de las musas castellanas; al émulo de Euclídes y Arquimódes, 
que osó reformar el primero las tablas astronómicas del famo- 
so Toloméo ; al monarca inmortal que después de seis siglos, 
reina aun en todo el mundo científico? El señor Heras se hizo 
admirar en la patria misma de Alfonso X. ¡ Qué panegírico ! 
Todo cuanto se diga después, ha de ser precisamente débil, lán- 
guido y frió. 

¡.Qué he dicho yo! ¿Me olvidé de que hablaba del Excmo. é 
Illino. señor D. Bartolomé María de las Heras? Los hom- 
bres verdaderamente grandes como él, ofrecen muchos puntos 
de vista diferentes. Si el orador por dejarse llevar de su carác- 
ter franco, ó por hacer ostentación de su riqueza suma, derra- 
ma las gracias, disipa los primores, y prodiga las bellezas; 
puede consumir, no hay duda, todo el caudal que le tranquean 
mirados por un lado. Pero los mira por otro : y adquiere nue- 
vos fondos y recursos nuevos para continuar sorprendiendo y 
embelesando al auditorio. Tai es mi situación en este instante. 
Yo tuve la imprudencia de presentar de un golpe al Heras li- 
terato. Pero ¿deberé por eso desmayar? ¿No me queda, por 
ventura, el Heras virtuoso ? Sí, virtuoso Heras. Yo seguiré 
elogiándote: y tu elogio no me será desde ahora mas dificulto- 



—'JOS- 
SO que al principio, Antes espero ensalzarte mas en lo que res- 
ta, y ser mas elocuente. Agoté una materia; pero tengo otra 
á la mano mas abundante y mas amena. ¡Qué importa que la 
sabiduría me niegue sus imágenes, si me presta las suyas la 
virtud ! 

¡ O virtud ! ¡ hermosa y envidiable virtud ! ¡ quién te poseyera, 
para pintar al vivo tus encantos ! Tú eres el precioso fruto 
que adornando el espíritu del sabio, le hace digno del amor y 
la veneración de los demás. Los talentos profundos que por 
una especie de fatalidad son la plaga mas terrible del lina ge 
humano, se tornan por tu influjo en instrumentos benéficos de 
su felicidad y sus delicias. Sin tí, los conocimientos mas vas- 
tos no son otra cosa que miseria, orgullo y vanidad. No hay 
heroísmo sin tí. Y las letras jamás han sido loadas con razón, 
sino cuando tú, con tu soplo divino, las has animado, y pues- 
to en movimiento. 

Yo no sé, señores, como pudo progresar tanto en la carrera 
literaria un hombre tan ocupado en el estudio de salvarse. Lo 
cierto es que la bondad de su corazón no crecía menos que la 
ilustración de su espíritu: que ambas concurrieron á hacerle el 
oráculo de Toledo : y que la fama de su ciencia, por donde 
quiera que volaba, siempre volaba acompañada del olor de su 
virtud. Cuando hablo de su virtud, no quiero pasar en silencio 
que él jamás le dio en sus loables obras esa espantosa austeri- 
dad ni ese carácter melancólico con que degradan á esta hija 
primogénita del cielo los mas de sus sectarios, robándola el de- 
leite, el agrado y la hermosura. Siempre la presentó con aquel 
semblante apacible y risueño que la hace al mismo tiempo tan 
bella y tan amable. 

Mi ahna se recrea al contemplarle abandonando las altas 
distinciones que el mundo seductor le convidaba, por entrar en 
el camino de las humillaciones y la cruz: creyéndose mas hon- 
rado con ofrecer sus inciensos en el templo del Dios vivo, que 
con recibirlos él mismo en el santuario de la sabiduría; y de- 
jando las comodidades y ventajas de una casa ilustre y pode- 
rosa, para ir á buscar trabajo en la viña del Señor. 

Ahora es cuando me acuerdo de su linaje que olvidé al 
principio. Y ya no es tiempo de tratar de una materia que an- 
tes habría dado un rasgo brillante á mi discurso. Las riquezas 
y los títulos hubieran recomendado al estudiante de Sevilla y 
al doctor de Toledo : pero no recomiendan al presbítero. Mien- 
tras le tuvimos en el siglo, se pudo haber hablado de la anti- 
güedad, de los bienes de fortuna, de las acciones señaladas, y 
de los cargos honoríficos que hacen hasta hoy á su familia una 



—209— 
de las primeras y nías respetables de Carmena. Pero ya le 
tenemos en la iglesia. Y la iglesia no conoce otra herencia, 
que la herencia del Señor ;*btro rango, que el rango de la vir- 
tud; otra nobleza, que la nobleza del espíritu; ni otra sangre, 
que la sangre de Jesucristo. 

¡ De qué expresiones me valdré para encarecer su humildad, 
esa profunda humildad que le mostraba tan pequeño á sus 
propios ojos, siendo tan grande á los ojos de todos los demás; 
y que le hacia creerse indigno de ocupar en la gerarquía de la 
iglesia esos puestos elevados á que era tan acreedor! Acaso se 
sepultaran sus talentos, y sus luces quedaran eclipsadas para 
siempre, si no mandara entonces las Españas un monarca ilus- 
trado y justiciero que sabia conocer el mérito del vasallo, dis- 
tinguirle y premiarle. Carlos III, le hace capellán suyo y con- 
fesor de la reina: todo con el objeto de tenerle en su corte. 
¡ Qué no me sea permitido extender los límites de este discur- 
so, para ponderar bastantemente los que él pronunciaba en 
Madrid! ¡Qué copia de doctrina! ¡qué amenidad ! ¡que dulzu- 
ra ! ¡ qué vehemencia ! ¡ qué unción ! Se diría que el capellán 
del rey había gastado toda^su vida en cultivar la elocuencia 
del pulpito. Como los largos estudios y las profundas medita- 
ciones le habían enseñado á manejar con destreza los resortes 
del corazón humano, excitaba los afectos con la mayor facili- 
dad. El amor, el odio, la alegría, el dolor, la esperanza, el de- 
seo, todos nacían al solo eco de su voz imperiosa. Como cono- 
cía demasiado á la virtud y la veia tan de cerca, la pintaba con 
tanta propiedad, que todos se enamoraban de sus gracias, y 
todos querían ser virtuosos como él. 

¡ Cuando imaginó la América servir de esfera algún dia á un 
astro de tanta magnitud ! Pero el Padre de las luces no le ha- 
bía criado j>ara que iluminase un hemisferio solo : y hace que 
dejando la Península, íyenga á difundir sus rayos en estas 
regiones fortunadas. Yo no pienso demorarme en los deanatos 
que desempeñó tan altamente en Guamanga y en la Paz. Es- 
tas dignidades, por grandes que sean en sí mismas, son peque- 
ñas en la historia de varón tan eminente: y ocuparían un lu- 
gar que debe reservarse á sucesos de mas excelencia y de mas 
gloria. Hablo de los que el Cuzco presenció en aquellos días 
memorables en que le vio sentado sobre su silla episcopal. 
Aquí era donde él esperaba llegar, para mostrarse en todo su 
esplendor. El episcopado, al mismo tiempo que pone el colmo 
á su elevación y su grandeza, pone en acción sus talentos, sus 
luces, sus virtudes, todas sus facultades, todas sus potencias. 
Era de verle amparando al huérfano con la una mano, y enju- 
gando con la otra las lágrimas de la viuda: alentando al débil, 

LlTEEAT ÜBA — 16 



—210— 
y consolando al afligido : llevando él solo el peso de la mitra, y 
repartiendo las rentas entre todos : sufriendo con resignación 
edificante, las penalidades y los riesgos de la santa visita de su 
diócesis: predicando en una aldea con la misma satisfacción 
con que predicaba en Toledo y en Madrid: hablando el lengua- 
je de los pequeños é ignorantes, con la misma facilidad con 
que hablaba el de los grandes y los sabios: entrando en la hu- 
milde choza de un labrador miserable, con el mismo regocijo 
con que entraba en el palacio de los reyes: prodigando sus 
consejos, sus desvelos y cuidados: manifestando á cada paso 
su ternura paternal: trabajando en descubrirlas miserias déla 
humanidad, para volar á socorrerlas: enseñando, con San Am- 
brocio, que después de tocar sobre el altar el adorable cuerpo 
de Jesucristo, no hay honor para un ministro suyo, como el 
de aliviarle en sus miembros enfermos; obligando á practicar 
las virtudes, practicándolas él mismo: corrigiendo los abusos: 
haciendo brillar la disciplina: reformando el clero: instruyen- 
do al pueblo: embelleciendo el santuario: fomentando el culto: 
dando en los beateríos de San Blas y Nazarenas, dos asilos 
seguros a las almas que huian de las tormentas del mundo, 
sin saber que daba al mundo dos testimonios auténticos de su 
caridad fervorosa; y levantando veintiocho templos que sirvie- 
sen á la gloria del Señor, sin pensar que levantaba veintiocho 
monumentos que eternizasen la suya. 

¡ Qué tierno y qué magnífico espectáculo ! ¡ La naturaleza se 
asombra al contemplarle, y la religión se complace ! ¿Tiene 
un obispo mas deberes? ¿Hacían mas los fundadores de la 
iglesia ? ¡ O Cuzco ! con razón te gloriabas de tu Hbeas ; y 
con razón quedaste en desolación y duelo cuando le trajo aquí 
la Providencia á ocupar la excelsa silla de los Mogrovejos y 
los Loaysas que acababa de perder. un pontífice digno délos 
primeros siglos, el señor La Reguera. ¡ Qué nombre! ¡ Qué no 
pueda yo pronunciarle jamás, sin derramar algunas lágrimas ! 
Permitidme, señores, que desohogue un poco mi corazón re- 
conocido. 

¡ O La Reguera! ¡O sacerdote grande! ¡O mi protector! ¡ O 
padre mió ! tú abandonaste estas regiones, pero no abandonas- 
te á este hijo tuyo. Te ausentaste de la tierra, pero quedaste 
en mi alma donde hablas grabado tu cara imagen á fuerza d® 
beneficios. Mi suerte, mis progresos, mi saber, cuanto soy, 
todo es tuyo: y tuyo será también cuanto sea en adelante. 
¡ Cómo te estarás complaciendo desde la mansión de paz en 
donde habitas, al verme ya en estado de elogiar en la acade- 
mia al pastor ilustre que tú mismo sin duda nos impretaste 
del Señor para consolarnos de tu pérdida, y para llenar com- 
pletamente el inmenso vacío que dejaste. 



—211— 
Sí, Heras inmortal: tú has llenado este inmenso vacío: tú 
nos has consolado. ¡Qué heroísmo! Cuando vivas en la poste- 
ridad con aquella vida de gloria que hoy comienzan á darte los 
genios de ese seminario, que ya venios florecer bajo tu augusta 
sombra, no te harán tanto honor las grandes cruces de Car- 
los é Isabel, como el haber reparado la falta d^ rm en- 
guera. . 



EPITAFIO. 



PUESTO EN EL SEPULCRO DE LA' INQUISICIÓN CUANDO SE 
DECEETÓ SU EXTINCIÓN POR LAS CORTES DE ESPAÑA. 

Mequiescan in pace. Amen. 
SONETO. 

En aqueste sarcófago se encierra 
un fantasma que al mundo tuvo en poco; 
fué el espantajo, el malandrín, el coco; 
á nadie dio la paz, y á todos guerra. 

Ya cayó en fin este coloso en tierra, 
que tanto dio que hacer al cuerdo, al loco: 
detente pasajero: limpia el moco, 
y tus cuitas, y lágrimas destierra. 

Ha muerto impenitente ( según dicen) 
por lo que es justo que la hoguera" enciendan, 
y con sus huesos la candela aticen. 

¡Mas oh dolor! mis voces no la ofendan: 
en su aplauso otras plumas se eternicen, 
y su causa las cortes la defiendan. 



Del Dr. Larriva — Lima, 1813.) 



-213— 



En la muekte de doña María Moreno primera dama del 
Teatro de Lima asesinada por don Eafael Oevada 
el 2 de Agosto de 1813. 

SONETO. 

Lloren las musas con acerbo llanto 
el desgraciado fin de la que un dia, 
á Melpomene grata y á Talía, 
de nuestra escena fué lustre y encanto. 

Su primor y despejo pudo tanto 
para darle opinión y nombradia, 
que el culto espectador ya se creia 
pasar desde el placer hasta el espanto. 

En la flor de su edad encantadora 
osó envano apagarle su luz pura, 
y el sepulcro le abrió mano traidora; 

Pues por vengarla, de esta losa dura 
labró el genio un altar en donde mora 
el talento, la gracia y la hermosura. 



(Agosto 5 de 1813 — Dr. Larriva.) 



EL CONCISO, 



EPÍGRAFE O ENCABEZAMIENTO. 

UN CLAVO SACA OTEO CLAVO. 

Y ESTO HA HECKO CAPAZ EL BRAVO. ' 

INTBO1DTJ0CION. 

MAOTFESTACI05T DE'UET HECHO ? 

" Que fué mal comunicado 
Al público por ITnanue* 
Por desengañarlo" 
Se sacó él clavo Capaz 3 
y con otro clavo. 

Varios lugares comunes. 
Vaya á ellos el Diputado 
Con sus cálculos Loteros 
De dos días estirados : 
Y ha pulverizado el testo 
Que lo lia Tieclw pedazos. 
Se sacó el clavo Capaz, y con otro clavo. 



—215— 

§2? 

El enérgico papel 

"Dice que fué improvisado" 

Hé aqui el hecho : y al que lo hizo 

Se le paró el macho. 

"Pero es: que omitió Larriva 

Que los Diputados, 

Y el Secretario firmaran 

En el gazetaso. " 

Dizque viendo mi papel 

Enérgico, lloró un zambo. (1) 

Y" otros hechos hay Compadre. — 

Para que es menearlos 

Se sacó él clavo Capaz, y con otro clavo, 

§ 3? 

Vuelta al cálculo Lotero : 
Válgante los diablos. — 
¿ Pero quien ha de alabarme, 
Si yo no me alabo f 
" Ainda mas Séor Compadre 
Que los dos enviados 
Con eso de las cenizas, 
Que están injuriando 
En revolución sangrienta. ... * 
Luego titubearon, 
Respondiendo ; como digo 
En este parágrafo. " 
Y ¡qué pobres hombrezuelos 
Serán esos diablos, 
A quien el improvisante 
Autor Carmoniano 
De sus estables principios 
Ha desencajado ! 
Se sacó el clavo Capaz, y con otro clavo, 

P. D. 

Un tumor visible y bello 

¿ Y se habia escapado f 

¡ Qué rico tumor Compadre, 



( 1 ) Dr. D. J. M. V. ¿Si seria él? 



—216— 
Rico tumoraso ! 
Se sacó el clavo Capas, y con otro clavo. 

APÉNDICE. 



SONETO EN PKOCLAMA. 

Hundióse al fin: pulverizóse al cabo 

La elocuencia Gerundia, y aun Supina 
De pluma Carmoniana 6 Capazina, 
Para galvanizar de cabo á rabo. 

JSa: que se electrice todo nabo 

Con una tan enérgica paulina, 
Que á San Martin asusta y amohina, 

Y á cada tonto fincha como Pavo. 
Cuéntese ya por jija la victoria: 

Pues según veo á Lima entusiasmada 
Hará de los Chilenos Pepitoria. 
La expedición será Pulverizada, 

Y hundiráse el prestigio de su gloria, 

¡ Qué energía, qué triunfo, qué ensalada ! 
i 

(Del Dr. Larriva — Lima, 1821.) 



--• -v, 



ELOGIO 

Del Excmo. señor Simón Bolívar, Libertador 
Presidente de la República de Colombia, y 
encargado del supremo mando de la ddL 
Perú. Pronuncióle en la Universidad de 
San Marcos de Lima, delante de S. E. el 
Consejo de Gobierno, el presbítero D. José 
Joaquín de Larriva, maestro de artes y Dr. 
en sagrada teología y en los derechos civil 
y canónico. 



Al Excmo. señor Siraon Bolívar, Libertador Presidente de 
la Eepública de Colombia, y encargado del supremo man- 
do de la del Perú. 

Excmo. señor: 

Cuando tuve la honra de ser encargado del elogio que se me oyó 
en la academia, en la tarde del 3, resolví publicarle bajo los aus- 
picios poderosos del Mecenas mismo de la actuación literaria en 
que fué pronunciado ; porque al punto me ocurrió que, como el 
brazo de V. E. había libertado á mi patria del yugo del despotis- 

LITERATURA — 1 7 



—218— 
mo, asi también su nombre libertaria á mi obra del furor de la 
censura : y que le serviría como de égida, contra los tiros de la 
mordacidad que la lia/ria circular, con seguridad y con gloria, 
por todas las regiones del orbe literario. Pero después me he visto 
precisado á mudar de dictamen ; por haberme llegado d persuadir 
de que ni mi obra ha menester llevar al frente el nombre de Y. E., 
ni yo tampoco puedo consagrársela sin cometer una injusticia. 

Si, señor Excmo. No hace falta un Bolívar en la portada de 
un discurso en que se lee mil veces esta voz prodigiosa que no pue- 
de jamas ni pronunciarse ni oirse, sin que la imaginación se pier- 
da entre lo maravilloso y lo sublime ; sin que á la alma se pre- 
sente la idea de la gloria ; y sin que se sienta el corazón agoviado 
con el peso de un beneficio inmensurable que, aunque apure toda 
la efusión de los sentimientos que le animan, no es capas de agra- 
decer bastantemente. Y siendo mi panegírico formado por Y. E., 
pues no son mas sus períodos que las hazañas inmortales que die- 
ron la libertad d Colombia y al Perú, disponer de él ¿ nó seria 
usurpar á Y. E. el derecho que tiene á las obras que trabaja f 
Y. E. levanta sus ejércitos : los disciplina y entusiasma : los hace 
atravesar montañas inaccesibles : los lleva sobre las aguas de los 
mayores ríos sobre la tierra : sufre, con ellos, las molestias de las 
estaciones rigurosas : con ellos arrostra toda clase de obstáculos y 
peligros : se presenta, con ellos, en los campos de batalla ; y hace 
cosas que pasman á la misma victoria que, sostenida de sus alas, 
observaba, de lo alto de los aires, cuales eran las armas que mane- 
jaba él valor, para bajar á coronarlas ; á la misma victoria que 
acaba de ver pelear á Federico y Napoleón ; y que estuvo en Ar- 
bélas y en Platea y en Accio y en Farsalia. Triunfa Y. E., por 
fin, señor Excmo. Y ¿ los triufos serán mios para que yo los con- 
sagre, aunque el numen sea Y. E. mismo f 

Sin embargo, señor Excmo. Aunque el discurso no es mió, mió 
es el sacrificio que hice en ir á la academia á pronunciarle, cuan- 
do me hallaba asaltado de una terrible convulsión ; exponiéndome 
asi á no poderle concluir, como en efecto sucedió ; á deteriorar mi 
salud : y también á perder, cualquiera que ella sea, mi reputación 
de orador. Ese sacrificio ofrezco á Y. E., pues no me parece in- 
digno de sus aras. Dígnese Y. E. de aceptarle : y crea, al mismo 
tiempo, que solo accidentes, como este, son capaces de detener mi 
lengua en la publicación de sus glorias. 

Dios guarde á Y. E. muchos años. 
Lima 13 de Junio de 1826. 
Excmo. señor. 

José Joaquín de Laerxva. 



EXCMO. SEÑOR. 



¡ Qué habia de llegar un dia en. que se oyera en este sitio, la 
voz de la verdad ! ¡ Qué derribados los ídolos de la ambición y 
el despotismo á quien la dependencia y el temor rindieron, 
por tres centurias, su abominable culto en el santuario de las 
musas, liabian de colocarse, en su lugar, el genio y el valor! 
¡ Qué la divina elocuencia, tanto tiempo forzada a prostituir la 
belleza y el encanto de sus imágenes para dorar con ellas los 
crímenes famosos, habia de reasumir sus primitivos derechos; 
y ponerse en estado de loar á la virtud y al mérito ! ¡ Qué la 
lengua, señor, habia de ser, entre nosotros, intérprete del cora- 
zón ! ¡ Oh ! ¡ Cuan honroso es para mí hablar en el liceo en dia 
tan solemne : concurrir, con mi discurso, á la alta ceremonia 
con que se abre, para siempre, una época tan grande: y que- 
mar, en los altares de Minerva, el primer grano de incienso 
que agradecidas las ciencias ofrecen al héroe digno que con- 
quistó su libertad; esa libertad sagrada á cuya sombra benéfi- 
ca acaban de emprender el enciunbrado vuelo con que deben 
llegar, en poco tiempo, al punto de perfección á que son capa- 
ces de llevarlas, después de quebradas sus cadenas, los inge- 
nios profundos de que abunda nuestro suelo ! ¡ Cuan honroso 
es para mí, lo vuelvo á repetir, el que sirva de órgano mi voz 
al primer elogio de Bolívar que se pronuncia en la academia ! 
¡ Elogio de Bolívar ! ¡ Y le pronuncio yo ! ¡ Seré capaz de ha- 
cerle dignamente ! ¡ Todo ocupado en la honra que venia a re- 
cibir, no pensé en la arduidad del empeño en que entraba ! 



—220— 
Asi como era indispensable tener la espada de Bolívar, para 
hacer sus proezas; éralo también tener su pluma, parabién 
describirlas: y la posteridad se quedará sin conocer al héroe 
del siglo XIX, si él mismo, después de haber obrado en los 
campos de batalla tantos prodigios como César, no escribe co- 
mo él, los comentarios de sus guerras. 

Hay, por otra parte, tantos y tan hermosos materiales, que 
yo no desespero de salir airoso de mi empresa. Tengo á la ma- 
no un conjunto de luces, de virtudes, de talentos, de trofeos, 
de triunfos y laureles que, si no empaño su brillo con mi tosco 
lenguaje, basta para ensalzar al héroe Colombiano hasta el 
grado de gloria que él merece. Yo le presentaré sencillamente ; 
cuidando de no emplear las bellezas de un arte que no tengo 
la fortuna de poseer con perfección : y de no entrar en porme- 
nores para que me faltan datos y talento para arreglarlos. Mi 
discurso vendrá á ser como un extracto en que solo se apuntan, 
por mayor, los hechos principales ; como una xjerspectiva en 
que solo se pinta lo preciso para que se distingan los objetos; 
ó como una carta geográfica en que se ven señaladas, con pe- 
queños puntos, las capitales mas grandes. Un período solo 
bastará, en mi panegírico, para dar razón de la batalla de 
Aráure, de esa batalla tan famosa por la heroica intrepidez con 
que un esforzado batallón, que entró en la acción desarmado 
por orden de su jefe, se proveyó de armas arrancadas de las ma- 
nos de sus mismos contrarios; asi como basta un punto solo 
para designar, en el mapa, á la ciudad de Caracas, á esa ciu- 
dad menos célebre por haber oido, la primera el grito santo de 
libertad é independencia que resonó después en los cuatro án- 
gulos del mundo de Colon, que por haber sido la cuna de un 
Bqlíbar, á quien solo ha faltado brillar en otro teatro, para 
eclipsar las glorias de Pirro y de Alexandro. 

Parece que la naturaleza y la fortuna se hubieran compro- 
metido para hacerle grande. Si le prepara esta, de antemano, 
una porción inmensa de riquezas, y le hace nacer de una fami- 
lia de las mas ilustres y antiguas de Venezuela, le presta aque- 
lla una vasta capacidad, una penetración profunda, un juicio 
sólido, un genio previsor, una actividad extraordinaria, un 
aliento superior á todos los peligros, y una robusta complexión 
capaz de resistir á todas las fatigas de la guerra. ¡ Qué mas 
podían darle ellas ! M ¡ qué mas necesitaba él para hacerse 
uno de los mejores capitanes que existieron jamás! 

Una sabia educación era cuanto faltaba para que no se ma- 
lograsen disrjosiciones tan felices. Y, después de recibir la me- 
jor que podia dársele en su pais, las comodidades de su casa le 
llevaron á Europa donde visitó á España, Francia, Italia y 
Alemania, después de haber -visto, en el camino, á Méjico y 



—221— 
Habana. Este viage le llenó de luz y de experiencia; presen- 
tándole á la vista grandes intereses, grandes relaciones, gran- 
des negocios, grandes controversias, grandes acontecimientos, 
y grandes hombres. Era entonces la Europa entera el teatro de 
la guerra. El clarín marcial, que se liabia tocado en las orillas 
del Mediterráneo, sonaba ya hasta en las orillas del Glacial y 
el Atlántico y el Negro : las armas que brillaban sobre las már- 
genes del Sena, hacian temblar hasta á los pueblos que baña 
el caudaloso Ganges; y Napoleón marchaba, con pasos de 
gigante, en la célebre empresa de incorporar todo el globo 
al imperio francés, y que habría logrado consumar, si las 
tempestades del cielo, reveladas contra él, no bajaran á auxi- 
liar á las tropas de la tierra. Las águilas imperiales volaban, 
triunfantes ya, de la Prusia á la Polonia, y de las Dos Sicilias 
á la Austria y á la Iberia: el trono de Pedro el Grande estaba 
vacilando; y á París se le creia destinada á ser la capital del 
universo. Combates, sitios, asaltos, convulsiones y batallas se 
sucedían sin cesar: y no se pasaba un dia sin que se batiesen 
dos ejércitos, ó se rindiese una plaza. Se podia decir, muy 
bien, que la mitad del mundo antiguo era, por ese tiempo, un 
campo de batalla: y que la otra mitad se prejjaraba á serlo. 
¡ Qué época ! ¡ Qué teatro ! ¡ Qué escuela para un hombre que, 
empeñado, desde joven, en quebrantar los fierros de su patria, 
ansiaba examinar el curso de las revoluciones, y estudiar el 
arte de libertar los pueblos ! 

La exaltación de Bonaparte al mas alto de los tronos del 
mundo fué el último de los grandes sucesos que presenció Bo- 
lívar en Europa, de donde pasó, después, á la América del 
Norte en que á la sazón se hallaba el general Miranda, arman- 
do una expedición para llevar la independencia á las vastas re- 
giones de la Tierra Firme. Malograda que fué la expedición, 
se retiró Bolívar á su pais : y se puso á cuidar de los intere- 
ses de su casa, mientras que las raras ocurrencias del continen- 
te antiguo, llegaban á mudar la faz del nuevo. 

Sonó, por fin, la hora señalada, en los labios eternos del des- 
tino para la emancipación de las Américas: Y Caracas, que 
estaba escrita la primera en la gran lista de los pueblos libres, 
aparejó sus hijos al combate: abrió las puertas deJano;y 
mandó hasta las plagas en que nace el sol, el ruido de sus par- 
ches. Yo no hablo una palabra de la honrosa comisión que las 
nuevas autoridades confiaron á Bolívar, cerca del gobierno de 
la Gran-Bretaña ; porque al poco tiempo se volvió á embarcar, 
impaciente por prestar á su caro pais servicios mas activos. 

Y ¿hablaré del motin de los prisioneros españoles que le hizo 
abandonar Puerto-Cabello cuya defensa se le habia encargado? 

Y ¿por qué no he de hablar? Por importante que fuese la po- 



22'2 

sesión de aquel punto, por tristes que hubieran sido las conse- 
cuencias de su pérdida, gqúé capitán, el mas versado en los ne- 
gocios de la guerra, podía prever desgracia semejante? Ni 
¿quién era capaz de repararla como él que, poniéndose des- 
pués á la cabeza de seis mil valientes, atraviesa las montañas 
de Tunja y de Pamplona: se aposta sobre el Táchira; y, reci- 
biendo allí refuerzos nuevos, & lanza, como el rayo, en pos del 
enemigo á quien encuentra en Gúcuta donde la fortuna comba- 
tió á su lado : y tanto favoreció los esfuerzos que él hizo para 
hacer bajar á la victoria sobre los estandartes de la patria, que 
mereció le perdonase la injusticia con que protegió, en el fuer- 
te, la empresa de los prisioneros (1). 

Algún tiempo le guardó fidelidad. Pero mudóse después: y 
abandonó, de nuevo, al grande hombre a quien nunca aban- 
donaron la constancia y el valor. Imperturbable en los contras- 
tes, conservaba siempre, en medio de ellos, bastante serenidad 
para salir de los peligros: marchaba derrotado con aire de ven- 
cedor: y se le vio el mismo en Cura y Araguita en que le fué 
tan adversa la suerte de las armas, que en Cuenta, Grita, Ba- 
rínas, Aguas Calientes, Aráure y Boca-Chica en que logró 
perpetuar su nombre y sus talentos. Si yo supiera describir es- 
tas ocho batallas, que ocupan la parte principal en el gran 
cuadro de su primer jornada, haria como un compendio de to- 
da la gloria militar en que se creyera haber copiado, de la his- 
toria general de las campañas célebres, las acciones mas gran- 
des de los primeros generales de todos los siglos y de todos los 
pueblos. Allí manifestó al mundo entero que su genio vasto 
se extendía á todas las j)artes de la guerra: que sabia defender 
una plaza, lo mismo que sitiarla: que vencía á los enemigos 
sobre las cumbres de los montes, lo mismo que en las llanuras: 
que las cordilleras y los ríos no eran capaces de detener un 
punto la rapidez de sus marchas: que ejecutaba con actividad 
cuanto pensaba con madurez : que sabia suplir el número de 
soldados con el ardimiento y disciplina: que tomaba siempre 
partidos ventajosos en las circunstancias difíciles; y que poseía, 
por fin, el gran secreto de saberse aprovechar de sus mismas 
desgracias: de reparar sus pérdidas al punto: y dar admiración 
al enemigo, cuando no podia darle miedo. 

Sin embargo, habían dado los últimos desastres tan mal as- 
pecto á la causa americana, que Bolívab se vio en la triste 



(1) Aquí me agrabé considerablemente una fuerte convulsión que me habia asal- 
tado en la mañana de aquel dia : y, fatigado en estremo, no me fué posible conti- 
nuar. Pero ¿quién es capaz, por sano que se baile, de seguir, sin fatigarse, los pa- 
sos de Bolívar ? Me será siempre sensible haberme visto precisado á cortar el hi- 
lo de un discurso en que me habia arrebatado hasta los campos venturosos que 
vieron firmar con sangre la gran carta de la libertad de esta América ; y me pare- 
cía estar acompañando á Bolivk, y participando de sus glorias. 



—223— 
precisión de ir á Santo Domingo á negociar jente y armas para 
continuar la guerra, cuando las cosas mejorasen. ¡ Qué aciagos 
fueron los dias de su ausencia! Se agolparon las desgracias 
sobre las armas libertadoras. Parecía que la victoria protecto- 
ra de la América se hahia marchado con Bolívar. Triunfa- 
ban los tiranos en todos sus encuentros. Y se vio la indepen- 
dencia á pique de fracasar. Pero Bolívar vuelve, y trae con- 
sigo la salvación de la República. Las derrotas continuaron 
mientras que él no se puso al frente de los ejércitos. Pero 
acercábase el tiempo en que debían sucederles triunfos inmor- 
tales que atasen á la gloria, para siempre, al suelo Colombiano. 

Penetrado Morillo, con justicia, de que la libertad del pais, 
que teuia oprimido el peso de sus tropas, debia salir, muy en 
breve, de Santo Tomás de la Angostura donde Bolívar se ha- 
llaba ejercitando á sus bravos eu el manejo de las armas, que 
habian de llevar triunfantes de las bocas del Orinoco al golfo 
del Darien, y del mar de las Antillas al pais de las Amazonas, 
reúne sus fuerzas en Caracas, y marcha con todas ellas sobre la 
capital de la Guayana. Bolívar creyó imprudencia aventurar 
un combate, de cuyo éxito pendia la suerte de la república, con 
un enemigo podersso á quien no podía arrancarse la palma de 
la victoria, sin uno de aquellos extraordinarios accidentes que 
jamás deben entrar en los cálculos de un jefe, y de que ofrecen 
pocos ejemplares los fastos de las guerras, y retiróse en orden 
con su jente; alejando los ganados que hallaba en los caminos, 
poniendo á veces fuego á las campiñas, y forzando siempre al 
enemigo á que marchase en cuadro. La fatiga y la hambre hi- 
cieron allí las veces de la bayoneta y el cañón : y la retirada tu- 
vo el ayre de un triunfo. Bolívar, sin presentar una batalla, 
destrozó la mitad del ejército del rey ; y el jeneral español, ven- 
cido sin pelear, tuvo que huir de un pais en que entró tan or- 
gulloso con la preponderancia de sus fuerzas; y que dejará 
Bolívar continuase, tranquilo, preparando los elementos de la 
independencia de su patria. 

Esta fué la vez postrera que Bolívar se vio necesitado á 
hacer la guerra de recursos, en que era capitán tan insigne co- 
mo en la guerra viva. De la punta de su espada comenzó á 
brotar, desde entonces, un torrente rápido de triunfos que, des- 
pués de haber inundado á la antigua Santa-Fé, habia de en- 
trar en el Pacífico, para saín otra vez á inundar nuestras tier- 
ras; semejante al Jordán que, después de haber bañado las 
fértiles regiones del setentrion de Palestina, entra en el mar 
de Tiberiades, y vuelve á salir de él para bañar las del austro. 
No hace mas en adelante que derrotar y perseguir: y la victo- 
ria misma, á pesar de sus alas, se fatiga en seguir, de campo 
en campo, el vuelo de sus marchas, para presenciar sus hechos, 



—224— 
y coronar sus armas que, vencedoras en mil puntos, logran por 
fin encerrar en una pequeña fortaleza á las últimas reliquias 
de los ejércitos de España; y franquearse las puertas de toda 
la República. 

A la resolución, tan sabia como enérjica que Bolívar tomó, 
de ir á buscar en una isla los medios y recursos de que habia 
menester para salvar el continente, se debió la libertad de la 
Nueva Granada y Venezuela; fruto precioso de las victorias de 
Vargas, y Boyacá, y Oarabobo, que si no fueron tan ruidosas co- 
mo las de Jena, y Marengo, y Austerlitz porque no se alcanza- 
ron, como ellas, sobre los grandes ejércitos de Europa, han sido 
mas gloriosas, sin embargo, por haberse ganado á un enemigo 
que presentaba siempre doble fuerza en los campos de ba- 
talla. 

Tantos hechos gloriosos, tantas inmortales proezas, tanta 
heroicidad y tanta fama, parecian ser la dulce recompensa de 
tanto valor, de tanto patriotismo, de tantas fatigas y de tantos 
trabajos. Se creeria talvez que, en obsequio de Bolívar, ha- 
bia agotado la fortuna todos sus favores, y la gloria todas sus 
coronas. Pero no era ese el fin de su carrera. Era solo el cami- 
no por donde debia subir á una esfera mas alta, y ponerse su- 
perior á los héroes mas grandes. Le faltaban aun laureles que 
segar. Aun tenia la fortuna favores que dispensarle. Aun tenia 
la gloria coronas que ceñirle. 

I Qué el desgraciado Perú no tuviese un Bolívar que su- 
piera guiar los pasos de su revolución ! Todos los pueblos de 
la América habían ya enarbolado los pabellones patrios : y solo 
flameaban, sobre él, los estandartes castellanos. Todos sus 
ejércitos se habían disipado: todos sus fondos se habían, consu- 
mido: todos sus recursos se habian agotado; y todos sus hijos, 
cansados de sufrir, miraban ya con fría indiferencia el éxito de 
los combates: y anhelaban solamente el que la guerra se aca- 
bara, cualquiera que fuese el partido que tomase la victoria. 
El despotismo y la anarquía se habian dividido su miserable 
imperio : y se disputaban, entre sí, sobre cual nos devoraba. ¡ To- 
do amagaba horror y desolación y sangre y muerte: y parecía- 
mos nosotros estar condenados, irrevocablemente, á una ser- 
vidumbre perdurable ! Y ¿ qué arbitrios quedaban que tomar 
en tan terrible crisis? ¿Habia acaso entre nosotros una mano 
bastante poderosa para alzamos del abismo en que nos Íbamos 
hundiendo? ¡La fortuna del Perú! ¡No caber en Colombia la 
gloria de Bolívar ; y venir á ensancharse sobre su vasto ter- 
ritorio ! ¡Qué acontecimiento tan plausible, tan digno de ocu- 
par los primeros renglones en los anales de la regeneración del 
Perú ! La llegada de Bolívar al puerto del Callao es la bri- 
llante fecha en que huyeron para siempre los anarquistas y 



—225— 
facciosos, y en que los tiranos comenzaron á estremecerse de 
terror. 

Aquí se espera de mí, y justamente, una descripción circuns- 
tanciada de la batalla de Junin; milagro del valor, gefe de obra 
del arte militar, último esfuerzo del genio de la guerra. Yo 
me/lispensé de hacerla de las acciones anteriores, por la poca 
luz que me presentaban desde la gran distancia á que se dieron 
de nosotros. Mas ¿ qué me dispensará de hablar de esta con al- 
guna detención, cuando fué tan grande : cuando trajo la salud 
á la patria moribunda : y cuando yo debo estar perfectamente 
ilustrado de sus menores circunstancias por haberse dado casi á 
nuestra vista! Pero ¿qué hay que decir de una acción en que 
Bolívar nada trabajó! Nada mas hizo en Junin el vencedor 
de Pompeyo; llegar, ver, y vencer. Esa batalla inmortal en que 
el valor, triunfando de la fuerza, preparó, de un modo el mas 
maravilloso, la libertad del Perú, y cambió de repente su me- 
lancólica faz en plácida y risueña, no fué sino la obra de mo- 
mentos. Y i gastaré yo mas tiempo en describirla, que el que 
gastó Bolívar en ganarla? M ¡cómo demorarme, tampoco, si 
tengo que seguir los pasos del triunfador que va corriendo ya, 
con la celeridad del relámpago, para hacer brillar sus triunfan- 
tes bayonetas en todas las provincias del vasto inferió de los 
antiguos Incas, hasta cerrar su campaña en la misma capital! 
Pero los restos miserables del ejército español, que lograron es- 
capar del filo del cuchillo, le han cortado, desgraciadamente, 
el puente del Apuriniac. ¡ Ah ! ¡ Ahora se repitiera allí la mag- 
nifica escena que presentó al mundo el rayo de Macedonia so- 
bre las aguas del Gránico, si la estación horrenda de las tor- 
mentas y los yelos no osara detener la victoriosa planta; y for- 
zara al valor á que hiciera una pausa! 

La suspensión de la guerra no fué suspensión, para Bolí- 
var, ni de trabajos ni de gloria. El marcha para la costa á re- 
cibir los auxilios que Colombia le mandaba. Y obligando á los 
tiranos á encerrarse en los castillos, entra triunfante en la capi- 
tal de la república donde, al x>oeo tiempo, recibe una nueva co- 
rona que la victoria le trae desde los campos de Ayacucho en 
que ciñe, con otra, la venturosa frente del digno general que, 
peleando con toda la destreza y con todo aliento de un Bolí- 
var, hizo eterno su nombre; y acabó de ñjar, para siempre ja- 
más r la suerte afortunada de los pueblos peruanos. ¡ O varón 
preclarísimo! ¡ O campeón insigne! ¡ O vencedor de Ayacucho! 
¡O Sucre! Hasta el mismo Bolívar ha admñado la obra de 
tu brazo invencible; Bolívar que, acostumbrado á ejecutar 
diariamente extraordinarias cosas, parece que no debiera en- 
contrar en la guerra nada nada que le diese admiración. Eeci- 

LlTBR A.TURA — 18 



—226— 
be los homenages de veneración y de respeto que hoy te rindo á 
nombre de las letras : y continúa marchando con pasos tan ve- 
loces hacia la inmortalidad, para que llegues cuanto antes; y 
seas colocado, en su templo augusto, al lado de Bovívar. 

No hay plaga mas terrible que el valor cuando no le acom- 
pañan las virtudes : y los bravos guerreros á quienes lleva a 
los combates ó la ferocidad, ó la ambición, ó la avaricia, son 
los azotes del linage humano; asi como los guerreros virtuosos 
que solo corren á las armas para defender los derechos de la 
razón y la justicia, son los presentes mas bellos que pueden 
hacer los cielos á las naciones oprimidas. Será siempre vene- 
rada en el mundo la memoria de Scipion: en tanto que la de 
Atila pasará á la posteridad cargada con la ignominia y con 
la excecracion de los siglos. Si no hiciera mas Bolívar que 
vencer enemigos en el campo de batalla, y dejara que las pa- 
siones le vencieran á él en el fondo de su corazón, ni él fuera 
entonces grande, ni yo me encargara de su elogio. Pero ¿quién 
observó sus tratados con mas religiosidad? ¿Quién guardó, 
después de sus victorias, mas moderación? ¿Quién usó, con 
los vencidos, de mas humanidad? Y ¿quién prestó jamas tes- 
timonios mas ilustres de que no peleaba por el interés ni por 
la gloria, sino por tener únicamente la satisfacción incompa- 
rable de fabricar con sus manos la prosperidad general? ¿Quién 
fué mas justo que él? ¿Quién mas piadoso? M ¿quién, tampo- 
co, mas magnánimo? Devolver á García la espada qué rinde 
en Pasto, poco tiempo después de la acción de Bombona, es 
un exceso de generosidad que honra mucho á la causa ame- 
ricana: y yo no sé si tiene ejemplos en la historia. Y ¿qué 
nombre le daremos al desprendimiento, mas que heroico, con 
que varias veces renunció el mando de su patria, y con que 
dejó en libertad á las cinco provincias que salvó con su espa- 
da, y que se honran con su nombre, para que ellas mismas 
decidiesen sobre el rango que habían de ocupar en adelante, 
entre los pueblos libres? Admitió, es verdad, la dictadura de 
la Eepública Peruana. Mas ¿cómo dejaría de admitirla, sin 
echar un borrón sobre sus armas y su nombre, cuando sabia 
muy bien que otro recurso no habia para libertarnos de un 
naufragio en el temporal deshecho que estábamos corriendo. 

Cuando se habla de las virtudes de Bolívar, es imposible 
dejarse de acordar de las capitulaciones del Callao en que se 
hallan escritas, con los rasgos mas bellos, su magnanimidad y 
su clemencia. Así como, cuando se habla de las capitulaciones 
del Callao, es imposible dejarse de acordar de las virtudes de 
Salón cuya sabiduría las dictó ; y á quien su denuedo y su fir- 
meza le han dado tanto derecho á nuestra eterna gratitud. 

¡ Que yo me acuerde ahora de una época de la vida de Bolí" 



—227— 
var que, si no es la mas grande para el mundo, debe ser, por 
lo menos, la mas satisfactoria para él ! Hablo del fausto día en 
que, desoloj ando áMonteverde, logró pisar, victorioso, el sue- 
lo patrio entre las bendiciones y los vivas de tantos deudos su- 
yos y de tantos amigos, y de tantas gentes que le vieron nacer, 
y que en tropel concurrían á besar la mano bienhechora que 
acababa de romper sus pesadas cadenas, y de labrar su felici- 
dad ! ¡ Qué, antes de traerle al Perú, no me acordara de un su- 
ceso que habría dado tanta gracia y tanto interés á mi discur- 
so ! Para hablar ahora de él, era cosa indispensable llevar á 
Bolívar otra vez hasta la capital de Venezuela : y yo no 
quiero verle distante de nosotros, ni aun con los ojos de la ima- 
ginación, porque tiemblo por la suerte de mi amada república, 
á quien veo amenazada de un un contraste de que es capaz 
de salvar la diestra sola del Marte colombiano. 

¡ Sí vengador ilustre de la sangre de Atahualpa ! Sí predi- 
lecto hijo de la alma victoria! Sí Bolívar! Parece que el des- 
tino, no contento con verte ocupando un lugar tan preferente 
entre los héroes de la América, quiere verte ocupar el primero 
entre los héroes del mundo. La santa alianza está empeñada en 
llevarte hasta mas arriba de la cumbre del honor, donde jamás se 
imprimió la huella humana. La continuación de la guerra va á 
ser la continuación de tu grandeza y tu heroísmo ; y mientras 
mas formidables sean los ejércitos que armen contra nosotros 
las potencias de Europa, tanto mayores son los triunfos que se 
preparan á tu espada. Tú vas á escarmentar, con ella, al ale- 
mán y al portugués, y á todo el que ose, sacrilego, profanar 
con sus plantas impuras el templo que has levantado á la san- 
ta Libertad. Y cuando hayas terminado la última y la mas glo- 
riosa de tus grandes conquistas, la de una sólida paz, tendrá 
que buscar la fama un clarín mas sonoro para publicar accio- 
nes de un tamaño que nunca publicó : se extenderá hasta don- 
de es capaz de extenderse la gloria: y tu augusto nombre, que 
hace la admiración del orbe entero, será pronunciado en Sud- 
América, hasta la postrer generación, con un mayor entusias- 
mo que el que sentían los romanos cuando, en el tiempo feliz 
de la república, se pronunciaba el de Flavio su primer dictador. 



CURSO 



DE 



GEOGRAFÍA universal 



DE LAS 



CINCO PARTES DEL MUNDO, 



ESCBITO POB EL PBESBITEEO 



& mm momo m Mwm^ 



Maestro en artes; I3r. en Teología y en ambos derechos de la Uni- 
versidad de San Miárcos ; Catedrático en la misma, de prima de 
Psicología, y de Geografía, Cronología, Historia y dramática 
Castellana en el Con-rictorio de San Carlos. 



geografía física. 



Sitüasion, extensión y límites. — La Eepública Peruana 
está comprendida entre los 3.° 25' y los 21.° 30' de latitud Sur, 
y entre los 69 y los 84 de lonjitud occidental del Meridiano de 
Paris. Tiene de largo de N. á S., 365 leguas ; y de anchor E. á 
O. 126. Confina por el ]ST. con la Eepública de Colombia, 
de quien la separa el rio Tumbes por la parte de acá de la Cor- 
dillera de los Andes; que por la parte de allá aun están por 
descubrirse los límites territoriales de estas dos Eepúblicas: 
por el S. con el rio Loa y con el desierto de Atacama, arenal 
estéril que se extiende hasta Copiapó, en la Eepública de Chi- 
le, por espacio de mas de 80 leguas: por el S. É. con un ramo 
ó brazo de la Cordillera de los Andes llamada Vilcanota, que se 
extiende de S. O. al 1S". O., con el gran lago Titicaca ó Chu- 
cuito, y con el rio Desaguadero que le separa de la Eepública 
de Bolivia : por el B. con la cordillera de los Andes que la se- 
para de esta misma Eepública, y con tierras no conocidas que 
se extienden hasta mas de 500 leguas, y la sej^ara del Brasil y 
por el O. con ei gran Océano. 

Nombre — Nada se sabe con seguridad sobre la etimolojía 
del nombre Perú. Unos le hacen venir de la voz corrompí- 



—232— 
da Viré, uno de los valles de Trujillo; otros de Berú, rio que 
desagua en el Pacífico ; y otros, en fin de Pelú, promontorio de 
la costa del mismo Océano. 

Divisiones antiguas — Algunos dividían al antiguo Perú, 
en montarcos y marítimos, separado uno de otro, por la gran 
cadena de los Andes. El primero comprendia todas las provin- 
cias situadas al Oriente de esta Cordillera, y se llamaba monta- 
raz por los muchos montes que las cortan. El segundo com- 
prendia todas las provincias situadas al Poniente de la misma 
cordillera, y se llamaba marítimo porque el mar Pacífico baña 
sus costas. 

Otros en Alto y Bajo Perú, separados por el rio Desaguade- 
ro, el lago' Titicaca y la cordillera Yilcanota, uno de los ramos 
ó brazos de los Andes que se extiende muchas leguas del S. O. 
al N. E. El primero comprendia todas las provincias situadas 
al S. E. de estas montañas, y se llamaba Perú Alto ó por su 
mayor altura de Polo, ó por su mayor elevación sobre el nivel 
del mar con relación al bajo. 

El segundo comprendia todo el resto del vireinato; y se lla- 
maba Bajo Perú, por contra posición al Perú Alto. Trujillo es 
la parte mas baja del Bajo Perú ; y por eso se le dio el nombre de 
Países Bajos ó Pais de los Valles. Asi es que se llama Valles 
todo el territorio comprendido entre Tumbes al jST., Lima al 
Sur, los Andes al E. y el mar Pacífico al O. 

Pero las divisiones que se hicieron de orden del rey fueron 
las siguientes: á los principios de la conquista se dividió en 
dos gobiernos, el de la Nueva Castilla al ísí. con 70 leguas de 
largo, y todo lo que se descubriese al E. y al O. para D. Fran- 
cisco Pizarro; y el de Nueva Toledo al S. con 200 leguas de 
largo y todo lo que se descubriese al E. y al O. para D. Diego 
de Almagro. Cuando se erigió el vireinato para Basco Nuñez 
Bela, se dividió en tres tribunales jurídicos, llamados Audien- 
cias, que estaban divididos en 90 corregimientos: la audiencia 
de Quito al N., la de Charcas al S., y la de Lima 6 los Beyes 
al centro. Entonces abrazaba el Perú desde la linea Equinoc- 
cial hasta el Trópico de Capricornio por ambos lados de la 
cordillera de los Andes; y desde las costas del Pacífico hasta 
las fronteras del Brasil, del Paraguay y de Buenos Aires. Y 
aun se puede decir que se extendia por el S. hasta el estrecho 
de Magallanes, y que tocaba por el E.Ja embocadura del Pla- 
ta, las riberas del Atlántico y las montañas Occidentales de 
la América Portuguesa, llamada Linea Alejandrina del Papa 
Alejandro VI que demarcó con ella los linderos entre las po- 
sesiones americanas de España y Portugal; pues que estaban 
sujetos á sus virreyes los gobiernss de Chile, el Paraguay y 
Buenos Aires. 



—233— 
En 1784, desmembrado ei Perú de las dos Audiencias de 
Quito y la de los Charcas, de las cuales la primera se habia 
agregado á la presidencia de Santa Fé, y la segunda al go- 
bierno de Buenos Aires, para erijir los virreinatos de la Nueva 
Granada y de la Plata, la audiencia de los Beyes ó de Lima, á 
que solamente quedó reducido, se dividió en 54 partidos ó sub- 
delegaciones que comprendian los 77 correjimientos que le ha- 
bian quedado, y que estaban ellos mismos comprendidos en 
las ocho intendencias que siguen. 




Al Centro.. 



Al Norte . { Trujillo. 

'Tarma , 

Lima 

Huancavelica.. 

Huamanga. . . 

Cuzco 

Puno... ....... 

Al Sur { Arequipa 



< 



Trujillo. 



Tarma. 
Lima. 

Huancavelica 
Huamanga 
Cuzco 
Puno 

Arequipa. 



La intendencia de Puno era anexa al virreinato de Buenos 
Ayres basta 1796 en que se agregó al Perú por cédula de 1? de 
Febrero. 

Divisiones modernas. — En 1821 el general San Martin, 
que solo podia disponer de tres intendencias, la de TrujÜlo, la 
de Lima, y la de Tarma; porque las otras cinco estaban ocupa- 
das por las tropas españolas, dividió la de Lima y Tarma en 
dos partes cada una; y así formó de las tres cinco Departa- 
mentos en la forma que sigue: 



SITUACIÓN. 


INTENDENCIAS. 


DEPARTAMENTOS 


CAPITALES. 


Al Norte.. 
Al Centro.. 

Al Sur.... 


Trujillo . . . ¿ . . . < 
Tarma . 

Lima ... . _ < 


' Trujillo 

<¡ Huamalies 

1 Tarma 

f La Costa 

Lima 


Trujillo 
Huarás 
Tarma 
Huaura 






Lima 









En 1823 el Congreso volvió á reunir las provincias que el 
general San Martin liabia separado; dejando á la intendencia. 

Literatura — 19 



—234— 
de Liina el nombre de Departamento de Lima, llamando á la 
de Tarnia Depa/rtamento de Huanaco ; y dando rjor capital á 
esta última la ciudad de León de Huánuco. 

División actual. — De las ocho intendencias en que estaba 
últimamente dividido el antiguo vireinato del Perú, se lian 
reunido dos, Huancavelica y Huamanga; se ha dado á esta 
reunión el nombre de Ay acuello; á Trijillo el de Libertad; á 
Tarma, que después se llamó Huánuco, el de Junin; y a todas 
las intendencias en general el de Departamento. De modo que 
la Eepública está dividida en siete departamentos de la ma- 
nera que sigue. 



SITUACIÓN 



INTENDENCIAS 



DEPARTAMENTOS 



CAPITALES 



Alicorte. 



Al Centro 



Al Sur 



<( Trujillo 

(Tarma 
Lima 
Huancavelica 
Huamanga. . . 
Cuzco 

(^Puno. 

<( Arequipa 



Libertad 
Junin . . . 
Lima 



> Ayacucho. 

Cuzco. . . . 
Puno .... 
Arequipa. . 



Trujillo 

Huánuco 

Lima 

Huamanga 

Cuzco 

Puno 

Arequipa 



Estos siete departamentos están subdivididos en 60 provin- 
cias. (Pero en la actualidad está dividida la Eepública en 
11 departamentos y estos subdivididos en 62 provincias del 
modo siguiente.) 



Situación Departamentos. 



Provincias. 



Capitales. 



O 

3 



'Amazonas , 



/Libertad . 



{ 



> Trujillo 



Ancachs 



Chachapoyas . . . . ) nharliar , ova ~ 
Maynas 5 Onacñapoyas* 

Trujillo 

Jaén 

Patáz 

Huamachuco 

Lambayeque .... 

Chiclayo 

Chota 

Cajamarca 

Huaylas ^ 

Conchucos 1 xr 

Huari ^Huaraz 

Santa .„...,, . . . . J 



f Pasco . . . 
Huánuco 
Junin < Jauja. 



] 

y Huánuco 



|Lima 



o 

<V 



Huamalies . 

(Cajatambo.. 

Cercado 

Chancay . . . 

Canta 

Huarochirí , 
Yauyos . . . 

Cañete 

lea 

f Cercado . . . 



J 



i 



>Lima 



Huancavelica 



Ayacuclio 



1 Angaraes 1 

1 Castro Vireina 



^Tayaeaja . . 
r Huamanaa . 






Huancavelica 



< 



Andahuaylas 
Cangallo . . . 



> Huamanga 



- 



Huanta 

Lucanas 

Parinacochas . 

f Cercado 

j Abancay 

Anta 

Ayinaraes 

Calca. 

Canas 

Cuzco <^ Canchis \ Cuzco 

Cliunvibilcas. .... 

Cotabanibas .... 

Paruro 

QuispicancM .... 

Paucartambo ..... 

^ Urubaniba 

f Azángaro " 

Chucuito 

jPuno . .\ Carabaya . ... J^Puno 

j Huancané 

(^ Lampa _, 

Calilo nía \ 

Cercado | 

Arequipa . . \ Carnaná \ Arequipa 

| Condesuyos | 

(^ Union. ... J 

C Moquegua . . ) 

Moquegua.. . . . < Arica > Tacna 

l Tarapacá ) 



—230— 

Gobiernos litorales. — Callao — riura. 

Clima. — La diversa situación de los varios puntos del Perú, 
producen en ellos grandes diferencias de climas y estaciones. 
Los lugares mas elevados de los Andes están siempre cubier- 
tos de nieve, y experimentan, á pesar de hallarse entre los tró- 
picos, un invierno perpetuo. Los montes menos elevados solo 
se cubren de nieve en la estación fria ; y las colinas gozan de 
una eterna primavera. La elevada llanura que se halla entre 
las dos cordilleras apenas tiene variación de temperatura en el 
transcurso del año. El termómetro de Ferenheit no varia mas 
que los 65° á 66°, es decir uno solo. Esta región está constan- 
temente verde ; y los granos, legumbres y frutas de la Europa, 
encuentran en ella un clima general, sin embargo de hallarse 
toda situada en la Tórrida. El temperamento es sano, suave y 
agradable ; y no se advierte otra distinción entre las estacio- 
nes del año que las lluvias que caen desde Noviembre hasta 
Mayo. En el Pais de los Valles-, es decir, en la vasta llanura 
que hay desde Lima, Tarma y Tumbes, entre las cordilleras 
occidentales y las riberas del pacífico, no se conoce el relám- 
pago ni el rayo, ni el trueno, ni la lluvia, ni la tempestad,, pe- 
ro el invierno y el verano se hacen notar bastantemente. Es- 
tas son las estaciones principales. El invierno dura desde 
principios de Julio, hasta fines de Noviembre, y el verano co- 
mienza en Enero y acaba con Mayo. El mes de Diciembre se 
llama comunmente Primavera, y el de Junio Otoño: pero esto 
solo señala el corto espacio en que se hallan mezcladas, la una 
con la otra las dos estaciones principales, sin que ninguna ten- 
ga enteramente su carácter propio. Mientras dura el invierno 
está el Cielo entoldado por una densa niebla que apenas per- 
mite penetrarse por los rayos solares. Esta ausencia continúa 
del Sol junto con los vientos que nos vienen de las regiones 
fríjidas del austro, que aunque siempre son los dominantes 
aquí, soplan entonces con mayor violencia, causan un frió que 
molesta algún tanto, y obliga á vestirse de paño ú otros tejidos 
de esta especie. Al caer el dia esta densa niebla se desata, ge- 
neralmente en una lluvia muy menuda llamada gurua. Duran- 
te el verano los rayos del Sol producen un calor bastante mo- 
lesto principalmenle en los suelos arenosos que los hacen re- 
verberar mas fuertemente. En el año pasado de 1827 el mer- 
curio llegó á subir en el termómetro de Eeaumur hasta los 23 
grados y medio, baja hasta los 12 en la ciudad de Lima. Sin 
embargo hay distritos en que el clima es mas suave que en la 
capital. En las llanuras elevadas no hay invierno: todo el 
tiempo es una mezcla de primavera y otoño. El Pais de los 
Valles no es tan malsano como antes se pensaba. 

Montañas. — La cordillera de los Andes atraviesa de ÍT. O. 
al S. E., en una dirección paralela á las costas del pacífico, to- 



—237— 
da la extensión de la Bepública Peruana. Desde el desierto de 
Atacama va corriendo al O. de Arequipa y separándolo de la 
Bepública Boliviana, entra en el Cuzco; allí se divide en dos 
ramales, que vuelven á unirse en las inmediaciones de Huánu- 
co; luego se divide en tres, que se reúnen también en los 6 o de 
latitud austral; y corre desde allí una sola cadena hasta la 
Nueva Granada, en la cual entra ya dividida en dos brazos. 
La cadena occidental separa los valles de la Sierra, dejando los 
primeros al poniente, y la segunda al levante: y entre sus altos 
y numerosos picos coronados de nieve, tan antiguos como el 
mundo, se ofrecen pocos y difíciles pasos á los que viajan del 
uno al otro de estos dos paises. En la porción que se extiende 
por toda la longitud del Departamento de Lima, y que abraza 
algo mas de 100 leguas, solo se encuentran tres ; el de la Viu- 
da, para ir á Pasco, el de Yauli, para ir á Huancavelica y el de 
Turpo y Cotay, para ir á Huamanga. El último que es el mas 
meridional, es también el mas molesto, porque el rio es mayor, 
y mas frecuentes las tempestades y nevadas. Hay picos muy 
altos en la cordillera del Perú, pero no están exactamente me- 
didos. 

Volcanes. — En la parte de los Andes que atraviesa al Pe- 
rú hay volcanes. El mas notable es el Omáte, en cuya falda es- 
tá situada la ciudad de Arequipa, cuyos edificios se fabrican 
sin viviendas altas por los frecuentes terremotos que le causa. 
Todo el año está cubierto de nieve. A veces sin embargo se le 
vé humear; y los habitadores aseguran que vomitó fuego en 
tiempo de la conquista. El año de 1600 volvió á reventar: 
inundó de ceniza casi toda la provincia: hizo en la Capital mu- 
chos estragos y arruinó enteramente á muchos de sus pueblos. 
Su cráter ó boca tiene 80 toesas de circunferencia, y su altu- 
ra sobre el nivel del mar es de 3,180. 

Bios. — No hay rio alguno de importancia en el Perú á la 
banda occidental de la cordillera de los Andes, excepto el Bi- 
mac, pues que todos los arroyos que bajan de estos montes, tie- 
nen un curso de muy poca extensión, desde su nacimiento en 
ellos hasta su boca en el Pacífico. A la banda oriental de la 
misma cordillera corren entre otros el Marañon, los dos tribu- 
tarios de este, el Huallaga y Ucayali, y los tres que forman es- 
te último, el Apurimac, el Paucartarnbo y el Beni. 

El Riinac. Nace en las montañas de Huarochlrí al E. de Li- 
ma ; cerca al O y desemboca en el Pacífico. Este rio aunque 
nada caudaloso, merece que se le nombre el primero entre los 
que bañan al Perú, porque tiene el honor de dar su nombre 
ahora corrompido en el de Lima á la Capital de la Bepública 
que atraviesa por en medio, del E. al O. y al hermoso valle en 
que ella está situada y que alegra, riega y fertiliza. 



—238— 
El Marañon. Nace eu el lago de Yauricocha cerca de Huá- 
nuco en el departamento de Junin, corre primero al N. O. atra- 
vezando este deparmento y el de la Libertad; y después se di- 
dirije al E. atravezando este último, separando el Ecuador de 
las tierras desconocidas del Perú, y también la Guayana del 
Gran-Pará en el Brasil. Eecibe en su curso muchos rios cauda- 
losos, el Huallaga, el Ucayali y el Madera. En su confluencia 
con este último termina el nombre de Marañon que le dio el 
español asi llamado que le vio el primero ; y toma el de Ama- 
zonas hasta que desemboca en el Atlántico. En la Geografía 
del pais de las Amazonas, describrimos circunstancialmente es- 
te famoso rio, delante del cual no son sino arroyuelos los tres 
jigantes líquidos del antiguo Continente; el Wolga, el Danubio 
y el Duper. 

El Huallaga. Nace del lago Ohiquiaboco, en las pampas de 
Bombón ó de Reyes en el departamento de Junin. Corre pri- 
mero al N. con el nombre de rio de Hudnuco. Después sigue 
diversas direcciones, y recibe en su curso muchos rios. Cerca 
de Maynas en el departamento de Libertad (Trujillo) toma el 
nombre de Huallaga y desagua con el en el Marañon por dos 
brazos. 

El Ucayali, Se forma en tierras desconocidas al N. del Cuz- 
co, cerca de los 11° de latitud S. por la confluencia del Beni 
con el Apurimac; después de enriquecido este último con las 
aguas del Pucartambo. Corre primero al N. O., después al N. 
y desemboca en el Marañon; habiendo recibido en su curso 
muchos rios y formado muchas islas y lagunas, en que se en- 
cuentra porción de caimanes y tortugas. En los bosques inme- 
diatos a este rio, habitan diferentes naciones de indíjenas sal- 
vajes. 

El Apurimac. Nace de una laguna al O. del Cuzco, cerca de 
la cordillera que separa en los 16° de latitud austral. Corre ya 
al N. E. y ya al N. O. hasta que confluye en el Beni, habiendo 
recibido, pocas leguas antes, las aguas del Paucartambo. El 
Apurimac atraviesa el camino real que vá de Lima al Cuzco : y 
se pasa por un puente de sogas que tiene 80 varas de largo y 3 
de ancho. El general Oantenac, le cortó cuando se retiró para 
el Cuzco, después de haber sido derrotado en Junin; pero ya 
se ha hecho de nuevo. 

El Paucartambo. Nace cerca de la capital de la provincia de 
su nombre en el departamento del Cuzco: corre al N. O. y des- 
pués de juntarse con otros varios rios, desagua en el Apurimac 
pocas leguas antes de que este confluya con el Beni. 

El Beni. Nace en Sicasica, provincia de la Paz : corre prime- 
ro al N. y después al N. O.; baña á la Paz y al Cuzco; entra en 
las tierras desconocidas del Perú y se va á juntar al Apuri- 



—239— 
inac, y á formar con él el Ucayali después que este último se 
lia enriquecido con las corrientes del Paucartambo. Recibe en 
su curso a otros muchos rios, y en sus orillas se encuentran 
muchos pueblos de las misiones antiguas. 

Lagos. — Ademas del lago Titi-caca, son muy notables en 
el Perú las lagunas de Yauricocha, de Urcos, y de Ohinchai- 
cocha ó Junin. 

El lago Titi-caca también llamado laguna de Chucuito, por- 
que la provincia de este nombre, en el departamento de Puno, 
toca á su borde occidental, está situado entre las provincias 
comprendidas bajo la denominación de Cóllao que les dieron 
los Collas, sus primitivos habitantes al E. de Arequipa y al 
!N". O. de la Paz. Es el mayor que se conoce en la América 
Meridional. Tiene de circuito 80 lenguas, y hasta 80 brazas 
de profundidad; su figura es un poco ovalada del ~N. O. al 
S. O. Diez ó doce grandes rios, sin contar muchos pequeños 
le llevan continuamente el tributo de sus aguas. Las del lago 
no son amargas ni saladas pero tan espesas y tan desagrada- 
bles que no se pueden beber. Abundan dos clases de pezes : 
una de grandes y buenos, llamados Suchis por los indios; y 
otras de pequeños y malos á que los españoles dieron el nom- 
bre de Bogas. Las aves acuáticas le frecuentan mucho y sus 
márgenes están cubiertas de ellas. 

El lago Titi-caca encierra muchas islas, entre las cuales hay 
una notable por su grandeza, que formaba antiguamente una 
colina, y que los incas hicieron allanar para construir un tem- 
plo. Esta colina llamada Titi-caca, que quiere decir en lengua 
peruana colina de plomo, dio al lago el nombre que aun conser- 
va. Allí fué Manco-capac fundador del imperio de los incas ; 
finjió haberle enviado el Sol, su padre, con mama Oello Huca 
su hermana y su mujer, para que dictaran leyes á los salvajes 
del Perú. 

Los bordes del Titi-caca se van estrechando acia el S., y for- 
man una especie de golfo, al fin del cual sale un rio llamado 
Desaguadero que, corriendo al S. E., va á formar en Chuquisa- 
ca, al N". de Potosí, la laguna de Paria. Ami se vé sobre el De- 
saguadero un puente de juncos, inventado por Capac Yupan- 
qui, el quinto de los Incas, para que su ejército pasara á con- 
quistar las provincias de Collasuya. Este rio que hoy limita 
por el S. E. á la República Peruana separándola de Bolivia, 
tiene de 80 á 100 varas de ancho : y aunque el agua se vé tran- 
quila en su superficie ella corre por debajo con mucha rapidez. 

La isla Titi-caca, tan sagrada en los tiempos antiguos en 
que el Sol era adorado en uno de los templos suntuosos del im- 
perio, y en que se habia reunido, de las ofrendas de oro y plata 
que todas ¡las^naciones presentaban, una suma inmensa de ri- 



—'240— 
quezas que los indios echaron en el lago, cuando vieron acer- 
carse á los primeros españoles, se convirtió en estos últimos 
tiempos en un horrible presidio á donde los realistas desterra- 
ban á los defensores de la Independencia. 

La laguna Yawicocha, á quien dos célebres geógrafos mo- 
dernos, Pinkerton y Marte-Brawn , dan el nombre de lago 
de Lauricocha, está situada en las pampas de Bombón entre 
los 10° y los 11° latitud S. Apenas tiene una legua de largo y 
media de ancho: pero merece, sin embargo, un lugar muy dis- 
tinguido entre los lagos mas grandes, porque dá nacimiento al 
marañon ; es decir, al mas caudaloso de cuantos rios bañan la 
tierra. 

La laguna de TJrcos está situada en un llano ó valle de su 
nombre, comprendido en el territorio de Quispieanchi, pro- 
vincia del Cuzco. ISTo tiene mas que 500 varas de largo y 300 
de anchor; pero es muy digna de atención, ya porque en sus 
márgenes se ven las ruinas del gran palacio que el Inca Yu- 
guar-Huacac labró para retirarse, cuando su hijo Viracocha 
le despojó del trono, y ya porque en ella, según la tradición, 
arrojaron los indios por librarla de la codicia de los españoles, 
aquella gran cadena de oro que apenas poclian levantar del 
suelo entre 200 indios y que habia sido mandada trabajar por 
el Inca Huayna-Oapac en el nacimiento de su hijo primogé- 
nito á quien ella dio el nombre de Huáscar, que Huasca, en 
aquella lengua significa soga, y si los indios la añadieron una 
R fué porque quisieron desfigurar la voz, y que el nombre del 
príncipe diese valor y calidad á la joya, sin llevar su signifi- 
cación, que les pareció ordinaria é indecorosa á su persona. 

La laguna de Ghinchaicocha ó de Junin está situada 5 leguas 
al S. de la ciudad del Cerro de Pasco. Su figura aunque irre- 
gular se aproxima á la de un elipse, cuyo eje mayor consta 
poco mas ó menos de 6 leguas, y el menor de 2 á 3. La direc- 
ción del primero es de íf, H-. O. á S. S. E., atravesando la la- 
guna por la parte del E. en toda su latitud una hermosa cal- 
zada que se ha refaccionado el año de 1847 por orden del Sr. 
Prefecto D. Mariano E. Eivero. 

Esta laguna aunque de tan poca extensión es digna de con- 
siderarse aquí, porque en sus orillas recibió el golpe de muerte 
el poder Español en la América meridional, para cuyo recuer- 
do se ha levantado una pirámide cuadrangular de 19 varas de 
altura en medio de la llanura donde tuvo lugar tan grande 
acontecimiento. 

Mares. — El Mar Pacífico en cuyas costas orientales están 
situados los cinco departamentos de la Libertad, Ancachs, Li- 
ma, Arequipa y Moquegua baña á la República Peruana en 
toda su latitud desde Tumbes hasta el Loa. 



—241— 

(tOLFOS. — OBI pequeño golfo de Púa, formado por las agnias 
del Pacífico entre el departamento de Moquegua y el desierto 
de Atacama, es el único que hay en toda la costa del Perú. To- 
ma su nombre del rio Púa que corre del E. al O. y desemboca 
en él. 

Puertos. — Hasta 21 puertos se cuentan en el Perúí tres en 
la provincia litoral de Piura, Tumbes, Paita y Sechura: tres en 
el departamento de la Libertad, San José, Pacasmayo y Huan- 
chaco: tres en el de Ancachs, Oasma, Santa y Huarmey: seis 
en el de Lima, Callao, Chancay, Huacho, Nasca, San Meólas y 
Pisco: tres en el de Arequipa, Quilca, Islay y Moyendo; y tres 
en el de Moquegua, lio, Arica, é Iquique. Estos últimos nue- 
ve se llaman puertos intermedios, porque están situados entre el 
Callao y Valparaíso. El mar boreal de los puertos de la provin- 
cia litoral de Piura, en Tumbes, desembarcó Francisco Pizarro 
cuando vino á hacer la conquista del Perú. Todos los puertos 
de la Bepública Peruana, exceptuados Paita y el Callao son pe- 
queños ; y algunos de ellos incómodos y desabrigados de los 
vientos. El de Huanchaco, además de todo esto, es sumamente 
peligroso por una barra que tiene á la entrada, y por la repeti- 
ción continua de tres grandes olas consecutivas que los natu- 
rales de allí llaman Cruz. 

El puerto de Paita después de el del Callao es el mas có^ 
modo y el mas seguro para anclar que hay en toda la costa 
de la República Peruana. Por eso era tan frecuentado antes 
por las embarcaciones de la Tierra-Firme y del reino de Méji- 
co. Allí se desembarcaban los viajantes que querían pasar por 
tierra á Lima y demás provincias del Perú. También tocaban 
allí los buques que venían de aquellas tierras en derechura 
para Lima, porque lo dilatado que solia ser este viaje por los 
vientos contrarios, en un tiempo en que la ciencia de navegar, 
la náutica, no habia llegado al grado de perfección en que hoy 
se halla, hacían indispensable esta escala para refrescar la 
jente y hacer aguada y nuevo víveres. 

El Callao es el mejor de cuantos puertos forma el mar del 
Sud. Es muy espacioso, cómodo, seguro y tiene un muelle 
excelente. Las tormentas le son desconocidas. Siempre le so-^ 
pía un viento suave que apenas mueve las tranquilas aguas; 
y los buques que anclan en él pueden zarpar todo el año, á 
cualquiera hora del dia ó de la noche. A orilla de este puerto 
habia antiguamente una ciudad populosa de su nombre, que 
el mar inundó y destruyó enteramente con casi todos sus ha- 
bitantes en el tremendo terremoto de 1746, que tantos estra- 
gos hizo en la ciudad de Lima. En ese mismo año se edificó 
Un cuarto de legua distante la villa de Belkv-vista á donde se 
trasladaron los habitantes que habían quedado. El Callao está 

Literatura — 20 



—242— 
defendido por tres fortalezas que le hacen casi inexpugnable; 
el castillo de la Independencia, (Real Felipe) el del Sol, (San 
Miguel) y el de Santa Eosa (San Eafael) (1). El pirata inglés, 
Jacobo Heremiti Olerk le tuvo bloqueado cinco meses en 1624, 
y habiendo muerto de pesadumbre por no poderle tomar, fué en- 
terrado en la isla de San Lorenzo, que está situada dos leguas 
al O. de la población del Callao, que también dista dos leguas 
al O. de Lima. 

Cabos. — El Cabo blanco en Piura, provincia litoral en el de- 
partamento de la Libertad, que cierra por el S. la boca del gol- 
fo de Guayaquil, la que está cerrada por el K". por la punta de 
Santa Helena, en el departamento de Guayaquil, y el promon- 
torio de la Nazca en el Departamento de Lima, situado entre el 
puerto de su nombre al N". y el de San Meólas al O. son los 
únicos que hay de alguna consideración en la costa del Perú. 

Producciones vegetales. — Además de los vegetales indí- 
genas de que hablamos en la corografía del imperio de los in- 
cas, produce otros muchos el Perú, cuyas semillas se trajeron 
de Europa. Estas pueden dividirse en tres clases: legumbres, 
hortalizas y frutas. A la pernera pertenece el trigo, la cebada, 
el arroz, el garvanzo, la lenteja, la haba y otras. A la segunda 
la col, la lechuga, el rábano espinaco, el espárrago, el nabo, la 
verengena y otras, y á la tercera la uva, el higo, la granada, la 
cidra, la manzana, el pero, la lima, el melocotón, el albarico- 
que y otras. 

Peoduccioítes minerales. — El Perú produce fierro, cobre, 
plomo, zinch, mercurio, oro y plata. El principal de los minera- 
les de azogue es el de Huancavelica, en el departamento de su 
nombre, que produce bastante cantidad para beneficiar todos los 
de plata. El principal de los de oro el de Chuquibamba en 
el departamento de la Libertad; y el principal de plata el del 
Cerro de Pasco ó de Yauricocha en el departamento de Ju- 
nin ; aunque también son muy ricos el de Huarochirí en el de- 
partamento de Lima, el de Huantajaya en el de Arequipa, y 
el Gualgayoc en el de la Libertad. 

Las minas de oro del Perú produjeron desde el 1? de Enero 
de 1780 hasta el último de Diciembre de 1789; es decir, en el 
espacio de diez años 35,359 marcos de á veintidós quilates, y 
las de plata 3.739,763 marcos. Solo el Cerro de Pasco ó Yau- 
ricocha produjo en 1820 cuatrocientos mil marcos de plata, 
calculando prudentemente los que se sacarían por alto, pues 
llegaron á 312,931 los que se fundieron en aquella callana. Y 
el año 28 hubo una pequeña rebaja a pesar de estar aguadas 
casi todas sus minas y enteramente arruinadas las cuatro má- 



( 1 ) Este se halla á la fecha en escombros. 



—243— 
quinas de vapor con que se desaguaban en los años pasados, 
y que plantearon allí D. Pedro Abadía y D. José Arizniendi 
en 1816, por contrata que hicieron con el gremio de mineros. 
Es de esperar que muy pronto producirá muclio mas, pues se 
trata de remitir allá dos máquinas de vapor que existen en 
Lima; y ademas, está al concluirse el célebre é importante so- 
cabon de Quiulacocha, asi llamado por la laguna de este nom- 
bre en que tiene su oríjen, cuya obra, comenzada en 1806 por 
dos diputados del ramo, Leaño y Maiz, y después interrumpi- 
da por las disputas de los mineros, lia recibido un grande im- 
pulso de la actividad del director actual de Minería D. Maria- 
no Bivero. Este hábil naturalista en el número primero de su 
periódico titulado " Memoria de ciencias naturales " hace una 
descripción circunstanciada de este Cerro tan famoso en todo 
el orbe, no por su elevación quesolo es de 5,618 pies sobre el 
nivel del mar, sino por los grandes tesoros que produce des- 
pués de estarse trabajando hacen dos siglos. 

En el año pasado de 835 se amonedaron en la casa de Mone- 
da de Lima 306,300 marcos ; y en el de 847 entre amonedados 
y registrados para el exterior 303,187 marcos 4 onzas, todos con 
muy poca exepcion extraídos del cerro de Pasco. 

El estado actual del mineral es bastante atrasado, pero se 
trata de proporcionarle un establecimiento de máquinas de va- 
por por cuenta del gremio de mineros ; proyecto iniciado por el 
señor general Prefecto D. Pedro Bermudez y aprobado según 
se asegura por el Supremo Gobierno. 

El nuevo sistema de beneficiar metales por medio de solu- 
ción basada en principios químicos avanza en virtud de la 
competencia de varios pretendientes, y sea cual fuere la perso- 
na ó compañía que alcancen su perfección, la ventaja del plan 
estará patente dentro de un corto tiempo. La facilidad de be- 
neficiar por este medio unida á la proporción de obtener el es- 
tablecimiento de máquinas para desaguar las minas, volverán 
al rico mineral de Pasco los capitalistas que separádose habían 
de él á mérito de lo lamentable de su situación. 



geografía política. 



Habitantes. — El Perú está habitado por indíjenas puros, 
por blancos venidos de Europa y sus descendientes puros, por 
negros venidos de África y sus descendientes puros, y por zam- 
bos, mulatos, mestizos y demás castas que nacen de las diver- 
sas mezclas de las tres razas primitivas. Los indíjenas se divi- 
den en dos clases, una de salvajes que viven en las montañas r 



_244— 
en las orillas de los ríos caudalosos; y otras de indios civiliza- 
dos que viven en los pueblos y ciudades. Muchos ingleses, 
franceses é italianos se han avecindado en el Perú desde que 
se proclamó su independencia. 

Carácter, usos y costumbres. — Los hijos puros de los es- 
pañoles son valerosos, dóciles, de jénio suave, de excelente 
penetración, de gran memoria, de admirable injenio,y de mu- 
cha vivacidad de espíritu. Comen y beben puramente y visten 
serio al modo de los ingleses. Los indígenas civilizados son 
bondadosos, hospitalarios y hábiles, para imitar cuanto ven ; 
pero perezosos, amigos de la bebida, tímidos y desconfiados. 
Su vestido es un calzón corto, una chaqueta, una camisa y un 
poncho. Los indíjenas salvajes que viven en las selvas con- 
servan el carácter, los usos y las costumbres de sus padres. 
Los zambos, los mulatos y los mestizos son injeniosos, valien- 
tes, activos y en todo imitan á los hijos de los españoles. Las 
diversiones favoritas de los peruanos son la música, el baile y 
los espectáculos públicos, principalmente la corrida de toros. 
Población. — Según el censo de 1790 tenia todo el Perú 
1.249,723 almas; y por los catastros últimamente formados y 
otros datos mas, se pueden calcular muy aproximadamente en 
la actualidad 1.500,000 habitantes. 

Relijioít. — La Eepública del Perú profesa la católica. Los 
indios salvajes profesan la pagana. 

Lengua. — Además de la lengua española, se habla en el 
Perú la quechua ó lengua jeneral. 

Instrucción primaria. — Los hijos del Perú nacen por lo 
jeneral con todas las disposiciones necesarias para ser gran- 
des hombres en las artes y ciencias. Y si no han hecho hasta 
ahora progresos admirables en las unas y en las otras, ha sido 
por haberles faltado los libros, los maestros, las máquinas, los 
instrumentos y los estímulos, y sobre todo, porque les tenia en 
prisiones el espíritu, la imajinacion y el jénio, el bárbaro tribu- 
nal llamado con tanta imperiosidad el "Santo Oficio," que des- 
honraba la relijlon de Jesu-Cristo con el pretesto especioso de 
conservarla en su pureza. No han podido ser insuperables pa- 
ra otros estos obstáculos; pero habrían dado mayor gloria con 
sus luces á cualquiera de los lugares de Europa en que hubie- 
ran nacido y recibido educación. Tales fueron entre otros, en 
los tiempos pasados un Peralta, yunMenacho; tales han sido 
en los modernos un Baquijano y un Arriz. Todas las provincias 
de la Eepública tienen escuelas de primeras letras : todos los 
departamentos tienen colejios de ciencias y artes ; y todas sus 
capitales, á excepción de Puno, tienen universidades. La guer- 
ra continua en que hemos estado empeñados, sin haber aun 
convalecido de los males que nos causó la pasada de la inde- 



—245— 
pendencia, no lia dejado florecer como debieran estos estableci- 
mientos literarios; pero la paz que tres años lia disfrutamos, 
liará brotar en ellos esos almacigos preciosos de que deben sa- 
lir los legisladores, los jefes y los majistrados de la República. 
Gobierno. — La forma de gobierno de la República Perua- 
na conforme á su Oontitucion política, es popular, representa- 
tiva, consolidada en la unidad. El Poder* Legislativo debe ser 
ejercido por dos Cámaras, la de los Diputados y la de los Se- 
nadores ; el Judicial por una Corte Suprema de Justicia esta- 
blecida en la capital de la República, cinco Cortes Superiores 
establecidas en la capital y en las de los departamentos de la 
Libertad, Ayacucho, Cuzco y Arequipa y por sesenta y cuatro 
juzgados de 1? instancia, llamados de derecho, establecidos 
en todas las provincias; y el Ejecutivo por un solo ciudadano 
que debe elegirse cada secsenio con el título de Presiden- 
te de la República, eligiéndose al mismo tiempo un cuer- 
po consultivo y encargado de velar sobre la fiel observan- 
cia de la Constitución, denominado Consejo de Estado, cuyo 
Presidente se renueva cada bienio, y que lo es hoy el Sr. ge- 
neral D. José Rufino Echenique, hará las veces de Presidente 
de la República en los casos de enfermedad, ausencia ú otro 
cualquiera impedimento físico ó moral. Los departamentos 
son regidos inmediatamente por Prefectos que reciben sus ór- 
denes del Presidente de la República, y las provincias por 
Subprefectos subordinados á los Prefectos. El Excmo. Sr. 
Gran Mariscal D. Ramón Castilla manda en la actualidad. 

Manufacturas. — Hay en el Perú fábricas de bayetones, 
cordellates, tocuyos y otros tejidos ordinarios de algodón y la- 
na de carnero de Castilla. También las hay de telas muy finas 
de lana de vicuña de que solo podían vestirse, en tiempos an- 
tiguos, los Incas ó emperadores. Las sobrecamas de lana de 
alpaca que se hacen en el Cuzco, y las de algodón que se ha- 
cen en la Libertad son muy apreciables en Europa. Se fabri- 
can además en el Perú cristales y losa de calidad ordinaria, 
sombreros muy finos, azúcar, pólvora y cañones. 

Ademas de estas antiguas fábricas, está concluyéndose una 
magnífica en la Capitai de la República para tejer tocuyos 
finos, y otra acabada ya para hacer papel, cuyos empresarios 
los señores Cajigao, Herce, Villate &. de la primera, y los se- 
ñores Amunátegui y Villota de la segunda, han alcanzado de 
la Representación Nacional la protección de la alza de dere- 
chos sobre los dichos efectos que se importen del extranjero. 

Comercio. — Tenia antes el Perú un comercio muy vasto. 
Los principales renglones de importación eran el trigo y cobre 
de Chile: las muías de Buenos- Ayres: las maderas y el cacao 
de Guayaquil : el añil de Guatemala : el té de las Islas Filipi- 



—240— 
ñas y las sederías, los paños: superfinos, los encajes, los batis- 
tas, la quincallería y otras producciones industriales de Euro- 
pa; y los de exportación eran vinos, aguardientes, cascarilla, 
azúcar, aceite, lana de Vicuña, estofas groseras, oro y plata. 
Estos dos últimos renglones las lanas, algodones y el Imano de 
nuestras islas, son en el dia los objetos de exportación. 

Fuerzas terrestres y marítimas. — El ejército de la Re- 
piíblica Peruana, consta de 3,300 hombres de todas armas, y 
su escuadra de un vapor de guerra el "Rimac:" dos berganti- 
nes "General Gamarra" y "Almirante Guisse:" una goleta 
" Libertad ;" un paylebot " Vigilante ; " v una balandra "Ca- 
llao." 

GEOGRAFÍA histórica. 



Acababa de descubrir Juan Ponce de León la Península de 
la Florida en el año de 1512, cuando Vasco IsTuñez de Balboa, 
nombrado por sus compañeros Gobernador de la colonia de 
Santa Maria, pequeña ciudad de la provincia del Darien, 
mandó á España un oficial, para que solicitase del rey la con- 
firmación de su empleo. Pero como no podia fundar las espe- 
ranzas de un éxito favorable, ni en la protección de los minis- 
tros de Fernando VI, con los cuales no tenia la menor relación, 
ni en negociaciones con una Corte, de que no conocía las in- 
trigas, trató de hacerse digno de la gracia que solicitaba por 
algún servicio señalado, que le diera la preferencia sobre to- 
dos sus competidores. Penetrado de esta idea, hizo frecuentes 
incursiones en los paises adyacentes ; sujetó á muchos caciques, 
y recogió una cantidad muy considerable de oro, que en esa 
parte del continente era mas abundante que en las islas. Co- 
mo en una de estas incursiones disputaran agriamente los es- 
pañoles sobre la división de un poco de oro que habian encon- 
trado; un joven cacique que los vio, sorprendido de que se 
diera tanto valor á una cosa, cuya utilidad no alcanzaba á adi- 
vinar, arrojó á tierra el oro que él llevaba, y dijo, dirigiéndose 
á ellos: "Si el amor del oro es el que os ha hecho abandonar 
vuestros paises, y venir á turbar la tranquilidad de pueblos tan 
remotos, yo os conduciré á un lugar, en donde se hacen los 
utensilios mas viles de este metal, que parece ser el objeto de 
vuestra admiración y de vuestros deseos. " Balboa y sus com- 
pañeros, arrebatados sobre manera de lo que acababan de oir, 
preguntaron con el mayor interés, en donde estaba ese lugar 
afortunado y como se podría llegar á él. El cacique les con- 
testó que dirigiéndose al Sur, á la distancia de seis soles; es 
decir, de seis dias de camino, ellos descubrirían otro Occéano 



—247— 
cerca del cual estaba situado, pero que era un reino muy ex- 
tendido y poderoso; y que si pensaban atacarle, era preciso 
que llevaran fuerzas muy superiores á las que entonces tenían. 
Tal fué la primera noticia que los españoles tuvieron del gran- 
de Occéano Pacífico, y del opulento pais que se conoció con el 
nombre de Perú. 

Balboa conjeturó inmediatamente que aquel Occéano debia 
ser el mismo que Cristóbal Colon habia buscado en esa mis- 
ma parte de la América, con el objeto de abrir una comunica- 
ción mas directa con las indias orientales, y lisonjeado con la idea 
de llevar al cabo una empresa, que en vano habia tentado un 
hombre como Colon, se puso en marcha sin pérdida de tiempo 
con 490 españoles, 1,000 indios que llevaban las provisiones y 
muchos perros feroces que debian ser terribles para enemigos 
que estaban enteramente desnudos. Innumerables fueron los 
obstáculos, que en el camino les opusieron la naturaleza del 
terreno, y la disposición de sus habitantes que se empeñaban 
en estorvarles el paso por los desfiladeros. Pero él logró atra- 
vesar el Istmo, y cuando descubrió el mar Pacífico desde la 
cima de un monte, y con las manos levantadas al Cielo, se 
avanzó hacia las aguas con su escudo y con su espada; tomó 
posesión á nombre del rey de España, y juró defenderle con- 
tra todos sus enemigos. A la parte que descubrió primero, 
llamó " Golfo de San Miguel, " y este nombre conserva hasta 
el dia. 

Asegurado Balboa por todos los indios que habitaban la 
costa del Pacífico, de la existencia de un rico y opulento im- 
perio que estaba al Este de este mar, y viendo que la tropa 
que tenia, no era bastante para tentar una empresa tan ardua, 
regresó con ella al establecimiento de Santa Maria, para vol- 
ver en la estación siguiente con mayor número de hombres. 
Entre los oficiales que le acompañaron, ninguno se distinguió 
como Francisco Pizarro, ninguno desplegó mas aliento para 
ayudar á Balboa á abrirse comunicación con estos países, de 
lo que él vino después á ser el conquistador. El primer cui- 
dado de Balboa luego que llegó á Santa Maria, después de 
cuatro meses de ausencia, fué mandar á España un detalle 
del importante descubrimiento que acababa de hacer, y pedir 
al rey mil hombres para emprender una conquista, que debia 
ser tan ventajosa á la corona de Castilla. Pero Fernando, des- 
atendiendo á sus servicios, dio á Pedro Arias de Dávila el 
mando de 15 buques con 1,200 hombres de guerra, nombrán- 
dole al mismo tiempo gobernador del Darien. Las disenciones 
y disturbios se introdujeron luego entre el antiguo y nuevo 
gobernador. Sin embargo, Balboa á quien Fernando deseoso de 
reparar la falta cometida con un oficial tan benemérito, habia 



—248— 
nombrado adelantado ó gobernador de los países situados en la 
costa del mar del Sur, después de vencer obstáculos sin núme- 
ro, iba á dar la vela para el Perú con «300 hombres de linea. 
Pero Dávila poseido del odio, de la envidia y del temor, no 
dudó un punto en sofocar una empresa de tamaña importan* 
cia, y cou pretestos falsos, obligó á Balboa á diferir su viaje y 
á marchar á la ciudad de Acia, para tener con él una entrevis- 
ta. Balboa Con aquella confianza tranquila, que inspira al 
hombre de bien la rectitud de su conciencia, fué al lugar que 
se habia señalado, y hubo llegado apenas cuando fué arresta- 
do por orden de Pedro Arias, que impaciente por consumar, la 
obra de su venganza, no le dejó descanzar mucho tiempo en la 
prisión. Se nombran al punto jueces que instruyan el proceso; 
se le acusa de ser infiel á su rey, de haber querido sublevarse 
contra el gobernador; se pronuncia contra él la sentencia de 
muerte, y los españoles vieron con tanto dolor como escánda- 
lo, perecer en un cadalso al hombre extraordinario, "que de to- 
dos aquellos que habían mandado á la América, era general- 
mente mirado como el mas capaz de concebir proyectos gran- 
des, y también de ejecutarlos. 

Después de la muerte de Balboa, todos los aventureros es- 
pañoles, que por él tuvieron noticia de las riquezas de estos 
vastos y desconocidos países, tenían sus ojos fijos sobre ellos; 
asi es que se hicieron diversas expediciones para tomar pose- 
sión de los lugares situados al Este de Panamá, que confiados 
á jefes cuyos talentos eran inferiores á las dificultades, no pu- 
dieron tener un éxito favorable. Y como, por otra parte estas 
excursiones no pasaban de los límites de aquella provincia 
que los españoles llamaron Tierra Firme pais montuoso, poco 
poblado y muy mal sano ; los aventureros á su vuelta, hicieron 
relaciones muy tristes de los males que habían sufrido y de la 
poca esperanza que ofrecían los lugares que habían visitado . 
Estas relaciones calmaron un poco el furor de los descubrido- 
res por esa dirección, y se estableció la opinión general de que 
Balboa se habia dejado seducir por algún indio que quiso en- 
gañarle ó que fué mal entendido. 

Pero habia en Panamá tres hombres, sobre los cuales hacían 
tan poca impresión las circunstancias que á los demás desa- 
lentaban, que en el momento mismo en que todos miraban co- 
mo quimérica la esperanza de descubrir al Oriente el rico pais 
que habia anunciado á Balboa, se deterndnaron á emprender la 
la ejecución de su proyecto. Estos tres hombres eran Francis- 
co Pizarro, Diego de Almagro y Fernando de Luque. El pri- 
mero, hijo natural de un gentil-hombre y de una mujer de ba- 
ja esfera, habia nacido con un. cuerpo tan robusto como carác- 
ter emprendedor; y aunque ignorante hasta el extremo de no 



—249— 
saber leer, habia desplegado grandes talentos militares en el 
estado de aventurero en que liabia venido con Oortez á la con- 
quista de Méjico. El segundo, acostumbrado desde joven al 
manejo de las armas, tenia un valor intrépido, una actividad 
infatigable, y una constancia á prueba de todas las fatigas de 
la guerra. Y el tercero maestro de escuela en Panamá, era un 
sacerdote, que por unos medios que los historiadores no han sa- 
bido decirnos, habia acopiado considerables riquezas que le hi- 
cieron concebir la esperanza de alcanzar los empleos mas altos. 

Tales eran los hombres destinados á trastornar uno de los 
imperios mas grandes de la tierra. Su asociación fué autoriza- 
da por Pedro Arias Dávila, gobernador de Panamá. Almagro 
y Luque, pusieron toda su fortuna para formar el capital de la 
empresa; y Pizarro, el menos rico de los tres, no pudiendo 
suscribirse en un fondo igual al de los otros, tomó sobre sí la 
mayor parte de la fatiga y del peligro, encargándose de man- 
dar en persona el armamento destinado al primer viaje y al 
primer descubrimiento. Convinieron en que Almagro condu- 
jese los refuerzos de que Pizarro podría necesitar; y que Lu- 
que quedara en Panamá para tratar con el gobernador y velar 
sobre los intereses comunes. 

Dio Pizarro la vela, y después de 70 dias de navegación, to- 
có en muchos lugares deja Tierra Firme; encontró por todas 
partes ó terrenos bajos inundados por los rios, ó altos y cu- 
biertos de bosques impenetrables. La fatiga, el hambre y los 
continuos combates con los habitantes del pais, debilitaron 
mucho su pequeño ejército, y se vio precisado á abandonar esa 
costa salvaje y á retirarse á Cahuama, isla inmediata al ar- 
chipiélago de los Persas para esperar allí el refuerzo de Pa- 
namá* 

Almagro que habia zarpado de este puerto con 70 soldados, 
llegó con ellos á la costa; y habiendo saltado en tierra, tuvo 
los mismos trabajos y los mismos riesgos que Pizarro. Las 
continuas acometidas de los bárbaros, le hicieron reembarcar- 
se, y la casualidad le condujo á donde estaba su compañero. 
Después de haberse consolado, contándose sus aventuras y 
comparando sus padecimientos, volvió Almagro á Panamá con 
el fin de reclutar alguna gente; pera ya tenian sus compatrio- 
tas una opinión tan mala de su empresa, por lo que él y Pizar- 
ro habian sufrido, que apenas pudo reunir 80 hombres. Con 
este débil refuerzo volvieron á la costa y desembarcaron al 
Sud del rio Esmeraldas ; pero no se atrevieron á invadir un 
pais tan poblado con un puñado de hombres muy debilitados 
por las enfermedades y fatigas, y se retiraron á la isla de Gallo 
sobre la costa de Barbacoas, donde quedó Pizarro con parte de 

Litep atura — 2 1 



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las tropas, mientras que Almagro tornó á Panamá con la es- 
peranza de juntar un refuerzo bastante considerable. Pero co- 
mo muchos aventureros, menos valientes y menos emprende- 
dores que sujetes, escribieran á sus amigos lamentándose de 
sus padecimientos y sus pérdidas, Pedro de los Eios, que ha- 
bia sucedido en el gobierno á Pedro Arias Davila, persuadido 
de que una expedición en que se perdían tantos hombres, po- 
día ser muy funesta á una colonia débil y naciente, prohibió 
el que se hicieran nuevas levas; y mandó á la isla de Gallo un 
buque que condujera á Pizarro y sus soldados. 

Pizarro no quiso obedecer al gobernador de Panamá; y em- 
pleó toda su elocuencia y toda su sagacidad en obligar á sus 
compañeros á que no le abandonasen. Pero la muchedumbre 
de los males que habian sufrido, estaba tan presente en su me- 
moria, y el pensamiento de volver al seno de su familia se pre- 
sentaba á su espíritu de una manera tan seductora, que ha- 
biendo tirado Pizarro una línea con su espada y mandado que 
pasasen mas allá los que quisiesen volverse á Panamá, solo 
hubieron trece hombres que tuviesen bastante valor para que- 
darse con él. Estos hombres tan pocos como resueltos, fueron 
á establecerse en la Gorgona, isla pequeña y despoblada un 
poco mas afuera de la isla de Gallo. Las importunidades de 
Almagro y de Luque,y las quejas de la colonia entera que gri- 
taba ser vergonzoso hacer perecer como unos criminales, á 
esos hombres esforzados que estaban trabajando en una obra 
tan gloriosa á la Nación, y á quienes solo podia acusarse del 
exeso de su valor y su zelo, vencieron al gobernador de Pana- 
má que consintió por fin en mandar un bajel á la Gorgona, pe- 
ro únicamente, con hombres de mar, para que no j>areciese que 
alentaba á Pizarro a seguir en su empresa. 

Este jefe, y sus valientes compañeros, á la llegada del buque 
sintieron tales transportes de alegría, que enteramente olvi- 
daron cuanto habian sufrido en tres meses enteros, que habita- 
ron el lugar mas enfermizo de la America del Sud. Sus espe- 
ranzas se reanimaron; y pasando rápidamente del exceso del 
abatimiento al exceso de la confianza, en lugar de dirigirse á 
Panamá, tomaron el rumbo del S. E.; y desembarcaron en 
Tumbes, ciudad grande, tres grados al S. del Ecuador donde 
habia un palacio de los Incas y un templo del Sol. Allí comen- 
zaron á conocer los españoles la opulencia del imperio Perua- 
no; pues vieron que no solamente los adornos de las casas, si- 
no también los vasos y hasta utensilios mas movibles eran 
fabricados de oro y plata. Pero como Pizarro no podia recono- 
cer el pais con la poca jente que tenia se volvió á Panamá al 
cabo de tres años; y no pudiendo conseguir el menor auxilio 
del gobernador, resolvió ir á pedirlo al mismo Soberano y se 



—251— 
puso en camino para España, después de haber convenido con 
sus dos compañeros, pedir para sí el título de gobernador, pa- 
ra Almagro el de teniente gobernador y para'Luque el de obis- 
po del territorio que se conquistase. Recibióle Carlos V con 
todas aquellas consideraciones á que era acreedor un vasallo 
que tantas ventajas pronietia á la corona; y le nombró gober- 
nador, capitán general y adelantado mayor del lugar que ha- 
bía descubierto y de todos los que descubriese al S. hasta la 
distancia de 200 leguas contadas desde Quito sobre la linea 
meridiana y también de todos los que descubriese al E. y al 
O. de esta linea. Pizarro solo pudo embarcarse con jjoco mas 
de cien soldados, á pesar de los auxilios pecuniarios que reci- 
bió de Hernán Cortez, quien vuelto ya á España, después de 
su conquista, quiso tener parte en la fortuna de un compañe- 
ro antiguo que acababa de entrar en una carrera de gloria se- 
mejante á aquella que acababa él de terminar. 

A su vuelta á Panamá encontró Pizarro fuertemente irrita- 
do a D. Diego de Almagro por el modo con que se había con- 
ducido en su negocio en Madrid. Pero ofreciéndole renunciar 
en él el título de Adelantado y conseguirle de S. M. C. otro go- 
bierno independiente del suyo, le calmó enteramente y dio la 
vela para la costa del Perú con 480 soldados que fué cuanta 
gente pudieron reunir los talentos y esfuerzos de los tres com- 
pañeros. Con este puñado de hombres osó emprender la con- 
quista de uno de los países mas poblados del globo; empresa 
temeraria que el no lograra jamás llevar al cabo si no fuera 
auxiliado por la fuerza poderosa de unas circunstancias favo- 
rables que no podia prometerse. Los dos hermanos Atahualpa 
y Huscar, entre quienes habia dividido el imperio su padre 
Huaina-Capac, acababan de batirse en las inmediaciones del 
Cuzco ; y aunque este último habia sido completamente derro- 
tado y hecho prisionero, sus partidarios y amigos trabajaban 
por vengarle : ios bandos y las facciones tenían divididos á los 
pueblos; las rivalidades y los odios se aumentaban diariamen- 
te, todo el imperio estaba en combustión y amenazaba disol- 
verse. Informado Francisco Pizarro de estas disenciones intes- 
tinas, deja una pequeña guarnición en la ciudad de San Mi- 
guel, primera colonia española en el Perú, fundada por él mis- 
mo cerca de la boca de Piura,y aprovechando la bella oportu- 
nidad que le deparaba la suerte, se interna en el pais, seguro 
de no encontrar obstáculos á su marcha, porque ambos Incas 
habían implorado sus auxilios; el uno para recuperar su trono, 
y él otro para conservarse sobre él. Llega á Cajamarea donde 
Atahualpa estaba con mucha parte de sus tropas; y aunque 
fué recibido por este con presentes muy ricos, y otras señales 
de amistad, valiéndose de un pretesto el mas frivolo sorpren- 



—252— 
de á su ejército y lo bate, se apodera de su persona cou la 
mayor ¡perfidia y le pone en prisión. Atahualpa le ofrece por 
su libertad una porción asombrosa de oro ; y sabiendo que su 
hermano habia ofrecido mas por la suya, le mandó matar se- 
cretamente. Pizarro erigiéndose juez de un Soberano, le siguió 
sumario por este asesinato, por la usurpación del trono, y por 
otras causas que fingió; y después de liaberle condenado y 
echado en un cadalso, tomó el camino del Cuzco. En esta jor- 
nada fugó el hijo de Atahualpa á quien Pizarro dio la borla 
de su padre y fué generalmente reconocido del mismo Pizar- 
ro, Manco Inca hermano de Huáscar a quien los indios habian 
elegido. Viendo este que solo tenia las insignias y el título de 
sus predecesores, pero no la autoridad, sitió la ciudad del Cuz- 
co con un ejército de 300,000 hombres; pero Gonzalo Pizarro 
que era á la sazón gobernante de ella, le obligó á levantar el 
sitio y á retirarse á las montañas donde acabó sus dias. 

Entre tanto Fernando Pizarro, que habia sido enviado á la 
Península para que informara á Carlos V. sobre los aconteci- 
mientos del Perú, volvió con reales patentes en que se anadian 
70 leguas mas por la parte del S. al gobierno de su hermano, 
llamándole Nueva Castilla ; y se concedia á Almagro un go- 
bierno Independiente con el nombre de Nueva Toledo, que se 
extendía 200 leguas acia el extrecho de Magallanes desde los 
límites meridionales de la gobernación de Pizarro. Cada uno 
de estos jefes decían que estaban comprendidas en su territorio 
las dos ciudades del Cuzco y de los Eeyes; y era el caso que 
Pizarro quería que sus leguas se midiesen desde el arco del 
meridiano terrestre, y Almagro pretendía que no se hiciera es- 
ta mensura sino sobre la línea de la costa siguiéndola siempre 
en todas las puntas y ensenadas que forman. Después de mu- 
chos debates, se remitió á las armas la decisión del negocio; y 
los indios vieron con asombro batirse unos con otros, los mis- 
mos conquistadores. En esta sangrienta batalla de las Salinas, 
por haberse dado en un llano próximo al Cuzco, donde habia 
una fuente salobre que producía sal, fué derrotado Almagro, 
hecho prisionero, y ejecutado después. 

Inmediatamente Fernando Pizarro gobernador del Cuzco, 
mandó á los jefes del ejército á que hicieran sus conquistas en 
diferentes puntos del imperio. A Pedro de Valdivia le cupo el 
reino de Chile, á Gómez de Alvarado la provincia de Huánu- 
co, á Francisco de Chavez los Conchucos; a Pedro de Vergara 
los Bracamoros, á Juan Vergara los Chachapoyas, á Alonso 
Mercadillo Moyobamba y á Pedro Candía el Collao. Ya por 
este tiempo Sebastian Benalcazar habia conquistado el reino 
de Quito. 

Muy sentida fué la muerte de D. Diego de Almagro por su 



— 253— 
hijo y su amigos que, no pudiendo vengarla en la persona de 
Fernando Pizarro, por haberse este ido á la Península donde 
estuvo preso 23 años por acusaciones que le hizo D. Diego de 
Alvarado, se vinieron á la ciudad de los Reyes y asesinaron 
allí á su hermano D. Francisco de los Atabillos. D. Diego de 
Almagro, el mozo, se hizo proclamar entonces gobernador del 
Perú; pero los del Cuzco no le reconocieron por tal; y nombra- 
ron capitán general y justicia mayor del Perú á Pedro Alva- 
rez Golquin, hasta que S. M. O. mandara otra cosa. 

Estos dos gobernadores estaban preparándose para batirse 
el uno al otro, cuando llegó de España el Licenciado Yaca de 
Castro que venia de comisionado regio para tomar informacio- 
nes sobre la muerte de Almagro, y también de gobernador del 
Perú á falta de Pizarro. ~No quiso Almagro el mozo admitir el 
perdón y otras mercedes que le propaso á nombre de su Sobe- 
rano, sino antes siguió haciendo sus aprestos militares, y el 
Licenciado que ya habia juntado alguna j ente, marchó en bus- 
ca suya; le encontró en Chupas cerca de jjuamanga; le batió, 
le tomó prisionero y le mandó degollar en la plaza del Cuzco. 

Con la muerte del segundo Almagro, de algunos de los su- 
yos y el destierro de muchos, cesaron por algún tiempo los 
movimientos del imperio ; y el Licenciado Yaca de Castro se 
ocupaba tranquilo en hacer ordenanzas y repartimiento de 
indios, cuando llegó Blasco ÍTuñez Yela, el primero que vino 
con título de Yirey, acompañado de cuatro oidores para for- 
mar la audiencia de los Eeyes, y encargado de hacer obedecer 
las leyes de Indias que se acababan de dictar en España para 
Méjico y el Perú. El carácter duro de este jefe que no quiso 
que los pueblos hicieran presente al Rey, las dificultades que 
habia para que algunas de las leyes se pudieran establecer, 
dio margen á un descontento general, y á que la Real Audien- 
cia le prendiera y le mandará á la Península; pero habiéndole 
dejado desembarcar en Tumbes el oidor que le conducía, jun- 
tó gente y marchó contra Gonzalo Pizarro á quien encontró 
en Arequipa donde se dio la batalla de este nombre en que fué 
vencido el Yirey. 

Informado de todo el gobierno español mandó al Licencia- 
do Pedro de la Gasea, con el título de Presidente, para que con 
su prudencia y sus luces reconciliara los ánimos y calmara los 
alborotos. Gonzalo Pizarro que habia sido nombrado goberna- 
dor, después de la prisión del Yirey por la Audiencia Real, no 
quiso dimitir su autoridad ni reconocer al Presidente; pero es- 
te le derrotó en Sacsahuaman, le tomó prisionero y le mandó 
decapitar en la plaza del Cuzco. ISTo cesaron, sin embargo los 
alborotos y motines. A cada instante los habia; pero eran de 
poca gente y se calmaban con facilidad. 



—254— 

Al licenciado Pedro de la Gasea sucedió D. Antonio de 
Mendoza que fundó la Universidad de San Marcos y á este 
D. Andrés Hurtado de Mendoza, Marques de Cañete, en cuyo 
tiempo salió de la montaña de Viaca-pampa, y vino á la ciu- 
dad de los Beyes Sairi-Tupac hijo de Mancó Inca que habia 
sido hermano de Huáscar; abrazó la religión católica, recibió 
el bautismo y reconoció á Felipe II todos sus derechos al tro- 
no; reservándose únicamente el gobierno de Yucay (Urabaiu- 
ba) con todos los honores y las insignias reales. Después de 
D. Andrés Hurtado de Mendoza siguió D. Diego López de 
Zúñiga á quien hallaron muerto en su palacio con todas las 
señales de haber tenido un fin violento ; siguió á este el Licen- 
ciado Lor>e García de Castro, el que fué nombrado goberna- 
dor y capitán general del Peni y presidente de la Audiencia 
de los 'Beyes, para que averiguara la muerte de su antecesor, 
y en cuyo tiempo se estableció la Audiencia de Quito ; y des- 
pués de este D. Francisco de Toledo, que hizo degollar én la 
plaga del Cuzco á Tupac- Amara hijo de Sairi-Tupac, y único 
descendiente legítimo de la raza de los Incas, que salió de la 
montaña voluntariamente y se entregó á la tropa que fué en 
su solicitud. 

Desde esa época hasta la invasión de España por Napoleón; 
es decir, en dos siglos y medio, no ofrece la historia del Perú 
otra cosa notable que la insmTeccion del año 1780 formada 
por José Gabriel Condorcanqui que dijo ser descendiente de 
Tupac-amaru cuyo nombre tomó. El habia solicitado de la 
Corte de España la restitución del marquesado de Oropesa 
concedido á Sairi-Tupac; pero viendo despreciada su solicitud, 
se retiró á la montaña donde se hizo proclamar Inca, y los in- 
dios, reuniéndose bajo sus estandartes, reconocieron sus dere- 
chos. Juntó bien pronto un ejército muy numeroso, é hizo re- 
sonar el grito de venganza contra los españoles europeos, ofre- 
ciendo indulgencias á los americanos , pero los indios no per- 
donaban á nadie. La insurrección duró dos años. La fortuna 
favoreció al principio las operaciones de los insurgentes que se 
hicieron dueños de muchas provincias; pero al fin, Tupac- 
Amaru con su ejército deshecho, y tomado él con toda su fami- 
lia, fué decapitado con ella en la ciudad del Cuzco. 

Habian gobernado en el Perú cuarenta y tres jefes, uno con 
. el título de "Adelantado" otro con el de "Gobernador" dos con 
el de "Presidente" y treinta y nueve con el de "Virrey," cuando 
Napoleón puso preso en Valencia al rey Fernando, y sus tro- 
pas ocuparon casi la Península entera. De todas las posesio- 
nes españolas en América ninguna sufrió durante aquella 
guerra, menos convulsiones políticas que el vireinato del Pe- 
rú; no por que sus hijos dejaran de hacer esfuerzos para rom- 



—255— 
per sus cademas, sino porque estaba el gobierno en las manos 
de un liombre activo, laborioso y amaestrado en las guerras, 
que sabia prevenir los lances, y hacer que abortasen en su jer- 
men los proyectos formados contra él. Este fué D. José Fer- 
nando de Abascal, quien no solo embarazaba el que la revolu- 
ción estallara en su tiempo dentro del territorio del Peni, sino 
que también socorrió á los realistas de las provincias inmedia- 
tas. Cuando en 1809, Quito y la Paz crearon sus juntas á imi- 
tación de España, mandó contra ellas gente armada con lo que 
logró paralizar, aunque momentáneamente, las operaciones de 
los patriotas. Cuando en 1810 se x^roclamaron independientes 
los pueblos de Buenos Aires, envió contra ellos un ejército que, 
mandado primero por D. José Manuel Goyeneehe, después 
por D. Joaquín de la Pezuela, y luego por D. José La-Serna, 
aunque tuvo alternativamente ventajas y contrastes, mantuvo 
el Alto Perú bajo la dominación española hasta la batalla de 
Ayacucho; cuando en 1811 se erijió Chile en República, co- 
menzó á organizar otro ejército que despachó en 1813 á las ór- 
denes del general D. Manuel de Osorio, quien triunfo en Ran- 
cagua de las tropas de la jmtria y restableció la autoridad real. 

ífo fué tan feliz como Abascal su sucesor en el mando, D. 
Joaquin de la Pezuela; pues la expedición que dirigió en 1817 
contra la República de Chile, que acababa de volver á libertar 
el general San Martin con la victoria de Chacabuco, después 
de haber obtenido en Cancha-Rayada un trinfo pasajero, fue 
completamente deshecha en el Maypii por el mismo general: 
y Osorio, que la mandaba, se vio precisado á evacuar con unos 
restos miserables aquel territorio. 

La República Chilena se hizo entonces bastante poderosa 
para enviar contra el Perú fuerzas terrestres y marítimas. D. 
José de San Martin, nombrado general en jefe de este ejército 
auxiliar, zarpó de A^alparaiso con 3,700 hombres el 20 de Agos- 
to de 1820. El 8 de Setiembre desembarco en Pisco y destacó 
1,000 hombres mandados por Arenales, para que insurreccio- 
naran contra los españoles los paises interiores, mientras él se 
reembarcaba; hizo presentar en el Callao la escuadra manda- 
da por Cokrane para llamar por allí la atención del enemigo y 
estorbarle que dirigiera fuerzas contra Arenales; y volvió otra 
vez á desembarcar en el puerto de Huacho, 23 leguas al se- 
tentrion de Lima. Al ruido de su desembarco casi todos los 
distritos populosos se sublevaron contra los españoles, y el 
batallón entero de ISTumancia abandonó las banderas del rey, 
y se pasó al partido de los independientes. Alarmados los jefes 
del ejército realista con esta especie de marcha triunfal, j 
descontentos con la administración del virey Pezuela, depu- 
sieron á este del mando, y nombraron en su lugar á clon José 



— 25G— 
de Lar-Sema, cuya elección se confirmó después por el gobier- 
no de Madrid. Las operaciones militares se activaron mucho 
con el nuevo virey; pero viendo los españoles que tenian en 
contra la opinión, y que iban á ser sitiafdos por mar y por tier- 
ra, abandonaron á Lima, y se retiraron á Jauja. San Martin 
entró en la capital el 13 de Julio de 1821 : el 28 se juró solem- 
nemente la independencia política de la Nación, y el 19 de 
Setiembre se rindió por capitulación la plaza del Callao. 

Después de haber tomado San Martin en sus manos la direc- 
ción absoluta de los negocios públicos bajo el nombre de Pro- 
tector del Perú; nombrando á D. Juan García del Eio Minis- 
tro de Gobierno y Relaciones Exteriores, á D. Bernardo Mon- 
teagudo de Guerra, y a D. Hipólito Unanue de Hacienda, pro- 
mulgado un estatuto provisorio que debía regir hasta la cons- 
titución que formase el Congreso que prometió reunir; aboli- 
do los servicios personales de los naturales del país; constitui- 
do cámaras de justicia; y establecido una escuela lancasteria- 
na, y una biblioteca pública, delegó el mando en el marqués de 
Torre-Tagle con el título de Supremo Delegado, para ir a verse 
en Guayaquil con el general Bolívar. Fué en efecto, y después 
de una conferencia en que logró que el Libertador de Colom- 
bia le diera 9,000 pesos en pago de los socorros que él había 
recibido del Perú en la campaña de Quito, volvió á Lima, con- 
vocó, y reunió el Congreso; dimitió en sus manos el poder su- 
premo y se embarcó para Chile. El Congreso creó una junta 
gubernativa compuesta de un presidente, el Gran Mariscal La- 
mar, D. Manuel Salazar y Baquíjano y D. Felipe Antonio Al- 
varado. Pero á los pocos meses, la suprimió y nombró Presi- 
dente de la Eepública á D. José de la Eiva- Agüero, invistién- 
dole en seguida de Gran Mariscal. 

Entonces el general Oanterac que mandaba las tropas espa- 
ñolas bajo el Virey La-Serna, sabiendo que á petición del Su- 
premo Delegado Marqués de Torre-Tagle, el Congreso colom- 
biano habia mandado socorros al Perú a las órdenes de Sucre 
y de Bolívar, resolvió dar sus golpes decisivos; y se puso por 
un hábil movimiento á la inmediación de las murallas de Li- 
ma. El Gobierno y el ejército abandonaron la ciudad y se fue- 
ron á encerrar en las fortalezas del Callao. Allí se decretó que 
la silla del gobierno se trasladara á Trujilio con la brevedad 
posible; y que se invistiera al general Sucre con facultades 
militares extraordinarias. Un segundo decreto puso bajo sus 
órdenes todas las fuerzas, tanto de mar como de tierra; y en fin 
un tercer decreto ordenó que el Presidente de la Eepública 
D. José de la Eiva- Agüero no tuviese intervención en ningu- 
no de los puntos ocupados por el ejército auxiliar. Eiva- Agüe- 
ro reusó obedecer este último decreto; y fué por esa razón 



—257— 
suspendido de todas sus funciones y mandado salir del territo- 
rio peruano; pero él pronunció en Trujillo la disolución del 
Congreso, y le reemplazó con un Senado compuesto de doce in- 
dividuos del que se hizo Presidente. Los mas de los Diputa- 
dos protestaron, abandonando á Trujillo; y se volvieron al Ca- 
llao donde se constituyeron en Congreso Soberano, y nombra- 
ron por Presidente de la República al Marqués de Torre-Tagle 
que habia sido ya jefe político del Estado con el título de "De- 
legado Supremo" bajo el protectorado de San Martin. 

Mientras que estas disenciones intestinas debilitaban las 
fuerzas de la patria, y ponían la independencia peruana al bor- 
de del precipicio, el general español D. José de Canterac tomó 
á Lima, pero a los pocos dias la evacuó y marclió para el Cuz- 
co á reunirse con La-Serna por haber sabido a su llegada que el 
general Santa Cruz habla ido á desembarcar en Arica con una 
brillante expedición. El Congreso vino entonces á establecerse 
en Lima con el nuevo Presidente Torre-Tagle, mientras que el 
antiguo Presidente, Siva- Agüero, á la cabeza de 3,000 hombres 
de sil partido, ocupaba una parte del departamento de Trujillo. 

Llega entonces el general Bolívar, y después de investido 
del Poder Supremo político y militar con el título de Dictador, 
sabiendo que Ri va- Agüero trataba de reunirse con los españo- 
les, marchó á Trujillo contra él, pero lo halló en una prisión 
en que ya le habia puesto el coronel de Huzares D. Antonio 
Gutiérrez de La-Fuente y le desterró á Guayaquil. Mientras 
que Bolívar se ocupaba en contener a los españoles, y poner 
fin á las disenciones civiles, el Congreso peruano formaba la 
redacción de una acta constitucional que, después de medita- 
da y discutida largo tiempo, fué generalmente adaptada y ju- 
rada por el Ejecutivo y por todas las corporaciones. 

A principios del año de 1824 se sublevó la guarnición del 
Callao y esta plaza volvió á entrar en manos de los españoles. 
Informado Bolívar de traición semejante, hizo sus preparativos 
para perseguir por todas partes el ejército del rey; y después 
de muy largas y muy penosas marchas, se encontró con él, el 6 
de Agosto en la llanura de Junin donde se trabó un combate 
sangriento entre 1,200 caballos de los españoles, y 600 de la 
patria. De ambas partes se peleó con denuedo; pero fué al fin 
vencido Canterac; y los restos de la caballería, reunidos á Ios- 
infantes que no entraron en acción, huyeron hasta el Cuzco, 
sin que las tropas vencedoras peruano-colombianas pudieran 
perseguirlos con su actividad ordinaria, por hallarse fatigados 
de la marcha tan larga que acababan de hacer desde Trujillo. 
Reforzados en el Cuzco el ejército realista, repasó el Apuri- 
mac al mando del Virrey y llego hasta Ayacucho, tres leguas 

Literatura — 22 



—258— 
distantes de Guamanga, donde los independientes mandados 
por Sucre que solo eran 5,800, se vieron precisados á aceptar el 
combate contra mas de 9,000. A pesar de una tan grande de- 
sigualdad de fuerzas, la victoria coronó las armas de la patria. 
El virey La-Serna recibió una herida; y el general Oanterac 
tuvo que capitular en el campo de batalla. Todo su ejército 
coa jefes y oficiales quedó prisionero; y Sucre se obligó á tras- 
portar á la Península á todos los que quisiesen salir de Ajnérica. 

Después de esta memorable batalla en que se afianzó para 
siempre la independencia peruana, una corta división manda- 
da por el general D. Pedro Antonio de Olañeta, (quien se ha- 
bia rebelado contra los españoles, no para unirse á los patrio- 
tas sino para formar su partido separado, como tan enemigo 
de unos como de otros) y la guarnición del Callao que no qui- 
so entregarla su gobernador D. JoséEamon Rodil, aunque fué 
uno de los artículos de la capitulación firmada por Oanterac, 
eran todas las fuerzas enemigas que quedaban en el Perú. 
Olañeta fué batido á los pocos dias y muerto en la acción; y 
Rodil después de haber sufrido un sitio de catorce meses, se 
rindió por capitulación y se embarcó para España el 22 de Ene- 
ro de 1826. 

Evacuado enteramente el Perú por los enemigos de su 
libertad, el general Bolívar depositó el mando provisoria- 
mente en un consejo de gobierno compuesto de los tres 
ministros de estado y un Presidente que primero lo fué el 
general D. José de La-Mar y después el de igual clase D. An- 
drés Santa-Cruz : y habiéndole dado otra constitución, se em- 
barcó para Colombia adonde las circunstancias lo llamaban, 
dejando cuatro de sus batallones de guarnición en Lima. Po- 
co tiempo después de su partida se mandó que á falta de Con- 
greso, los colegios Electorales que habían nombrado el ante- 
rior; examinaran esta constitución; aprobada que fué, se juró 
solemnemente el 9 de Diciembre de 1826; y se elijió á Bolívar, 
conforme a ella, Presidente vitalicio: pero el 26 de Enero del 
siguiente año de 1827 el comandante colombiano, general hoy, 
del PenVD. José de Bustamante, que ya tenia noticia de que 
el general Bolívar trataba de abolir la constitución de su país, 
para darle la misma que habia dado á Bolivia y al Perú, se pu- 
so á la cabeza de sus tropas y se pronunció con ellas contra 
tales pretensiones. Esta heroica determinación de un jefe co- 
lombiano libró al Perú del poder de Bolívar, y dejó á su gobier- 
no en aptitud de poder- dictar la convocatoria á congreso cons- 
tituyente publicada el 28 del mismo mes, para que diera la 
constitución mas conveniente a la nación. 

La división colombiana marchó para su patria al mando de 
Bustamante, con el objeto de proteger alli también la instala- 



—259— 
eion de un congreso que deliberase sobre la suerte futura de 
aquel estado : y la Municipalidad de Guayaquil, en consonan- 
cia con estos principios, eligió al Gran Mariscal D. José de La- 
Mar jefe político y militar de ese departamento, separándose 
del gobierno del jeneral Bolívar el 18 de Abril. Pero el 29 de 
Mayo, las tropas que guarnecían dicha ciudad que, eran las 
mismas que en parte componían la división Bustamante, se 
sublevaron á favor del Libertador y se colocó a su frente el 
general Obando ; sin embargo, el Gran Mariscal La-Mar con- 
tinuaba en el mando político, mientras que la Municipalidad 
tentaba en vano un arreglo con el gobierno de Bogotá, hasta 
que por último se rompieron las hostilidades entre ambos go- 
biernos, y el general Flores se aproximó á Guayaquil al man- 
do de una división. El pueblo fuertemente irritado, se jwepa- 
raba con entusiasmo á la defensa, de tal modo, que el general 
Obando oñció á Mores anunciándole el mal resultado que 
tendría un ataque sobre Guayaquil; y le aconsejaba por lo 
tanto, se retirara con sus tropas. Para mas satisfacción se ha- 
cia responsable de la seguridad y orden de aquella plaza, so- 
metida al rejimen constitucional ; pero que no se hacia cargo 
de la comandancia general, temeroso de que á la vista de sus 
procedimientos le negasen la obediencia el pueblo y las tropas. 
Convencido Flores por estas razones, inició una transacción, 
la que en efecto se ajustó en la hacienda de la Candelaria; y 
entonces el general Obando proclamó al pueblo y guarnición 
de Guayaquil, asegurándole que las tropas al mando del gene- 
ral Flores se retiraban, y anunciando al mismo tiempo que el 
general Torres venia á hacerse cargo del mando político y mi- 
litar del dex)artameuto. 

Mientras estos acontecimientos tenían lugar en el departa- 
mento de Guayaquil, se instaló él congreso constituyente del 
Perú el 4 de Junio, el 10 del mismo fué electo Presidente de la 
República el Gran Mariscal La-Mar, y Vice-presidente D. Ma- 
nuel Salazar y Baquíjano, que se hizo cargo del mando duran- 
te la ausencia del Presidente. Toda la Eepública gozaba de 
tranquilidad, excepto algunas provincias del departamento del 
Cuzco, en las que se extendieron actas de insubordinación con- 
tra las deliberaciones del congreso; y la provincia de Huanta á 
donde existían aun caudillos realistas posesionados de las mon- 
tañas de Iquicha, y que amenazaban de continuo hasta la ciu- 
dad de Huamanga; pero los autores de las actas fueron traídos 
al orden ó indultados; y los refujiados en Iquicha que no quisie- 
ron acojerse á los ofrecimientos fraternales del gobierno, desa- 
parecieron por sí mismos poco tiempo después. 

Tan luego como recibió el Gran Mariscal Presidente el aviso 
de su elección, se puso en marcha para Lima, y se hizo cargo 



— 2«0 — 

del Gobierno el 25 de Agosto. El Congreso mientras tanto se 
había ocupado de formar la Constitución de la República; asi 
es que se promulgó y juró el 20 de Abril, la que cfió la forma 
de gobierno que ha subsistido hasta ahora. 

Todo anunciaba entonces una era de tranquilidad y felici- 
dad interior; pero desgraciadamente los diferentes disturbios 
acaecidos en la República, habian desmoralizado de tal modo 
á algunos militares que, en medio de este cuadro imponente 
de legalidad que presentaba el pais, se sublevó el batallón nú- 
mero 9 en la noche del 23 del mismo mes, lo que sabido por 
su comandante D. Felipe Santiago Salaverry, se dirigió al 
cuartel y dio muerte al coronel Huavique que se habia esca- 
pado de la prisión en que estaba y colocado al frente de la in- 
surrección, por cuyo medio fué restablecido el orden en dicho 
cuerpo. Esta fué la primera víctima que inmoló la anarquía 
en el Perú, sacrificio tan sin suceso i^ara lo futuro, que su 
ejemplar no ha producido sino la repetición de iguales críme- 
nes con iguales resultados. El sosiego sin embargo se resta- 
bleció por entonces, pero amenazaba una mas fuerte tem- 
pestad. 

El general Bolívar hizo presentar al ministro Peruano en 
Bogotá condiciones inadmisibles para arribar á una paz honro- 
sa, y el general Flores en seguida, proclamó amenazando al 
Perú con motivo de inculparle el pronunciamiento de la divi- 
sión Bustamante, y haber flameado su pabellón en el pueblo 
de Azuay; en cuya virtud, el general Plaza que mandaba una 
división peruana en Piura, reclamó del contenido de dicha pro- 
clama en 22 de Mayo, y su gobierno entre tanto convencido de 
lo inevitable que se hacia una campaña, se preparaba con efi- 
cacia á repeler la fuerza con la fuerza. ISTo solo tenia que te- 
mer el Perú en esta vez por la parte del Norte, sino también 
por la del Sud, porque el ejército de Solivia adonde mandaba 
el general Sucre se preparaba a atacarle, á fin de volver á con- 
quistar el pais que se habia escapado á la dominación de Bolí- 
var; pero en estas circunstancias tuvo lugar un movimiento 
popular en la ciudad de Chuquisaca contra la constitución da- 
da por Bolívar, en el que fué preso el Presidente: y D. Agustín 
Ganiarra, general en jefe del ejército peruano en el Sud, se di- 
rijió á Bolivia con sus tropas. A este paso fué impelido el go- 
bierno del Perú, no solo con el objeto de protejer los esfuerzos 
de una nación vecina cuyas autoridades pedían se les ayuda- 
se á quebrantar el yugo que se les habia puesto, sino porque 
se les ofrecía también un medio seguro para lograr tranquili- 
dad por esa parte, libertando á aquella República de la domi- 
nación colombiana. 

Los resultados correspondieron, como la justicia demandaba; 



— 2tíl— 

y logrado el objeto, se ajustó un tratado de paz en Piquiza el 
8 de Julio entre I). J. M. Urdininea general en jefe del ejér- 
cito boliviano y encargado del mando supremo, y el general 
D. Agustín Gamarra; en cuyo tratado se estipuló quedara li- 
bre la Eepública Boliviana de toda fuerza militar extranjera: 
se convocara un congreso constituyente para que elijiera el 
Jeje del Estado y diera la forma de gobierno que le conviniera 
adoptar como pais independiente, renunciando por consiguien- 
te el Gran Mariscal de Ayacucho Antonio José de Sucre la 
presidencia de la Eepública con que liabia sido ii; vestido,' se- 
gún él mismo lo tenia |)rotestado. 

Concluida la campaña de Bolivia restaba aun al gobierno 
del Perú transigir con la República de Colombia, en donde se 
notaba entera decisión por la guerra, como se comprobó des- 
pués desairando altamente á su ministro plenipotenciario, que 
se retiró per último el 8 de Junio. En seguida la Convención 
colombiana fué disuelta y la guerra formalmente declarada al 
Perú. El Libertador proclamó á los pueblos del Sud; y el Vice- 
presidente de la Nación Peruana, hecho cargo del mando por 
enfermedad del Presidente, contestó al grito de guerra anun- 
ciándola á los pueblos en 25 de Agosto. 

El Presidente entonces, restablecida su salud, zarpó del 
puerto del Callao el 18 de Setiembre: desembarcó en Payta y 
se puso al frente del ejército situado en Tambo Grande. 

El general Bolívar al emprender una guerra tan desnuda de 
causas que la legalizasen , buscó los protestos mas especiosos 
para disfrazar ante el mundo el verdadero origen de ella, pero 
los cargos que hacia al gobierno peruano fueron victoriosa- 
mente contestados por el Presidente del Congreso nacional, 
de este modo — "M la recaudación de unos subsidios aun ili- 
quidos: ni el reemplazo de bajas sufridas en una guerra de 
interés común; jamas acordado entre naciones aliadas: ni la 
entrega de provincias pendientes de la decisión de límites : ni 
la despedida de un ministro artero y enemigo declarado de 
nuestra libertad : ni el auxilio prestado a nuestros hermanos 
del Alto-Perú, (Bolivia:) ni el sacudimiento de un yugo ex- 
tranjero y tiránico: ni la abolición del código de 1826, ese pa- 
drón de ignominia, podian ser motivos justos para alterar la 
paz de unos pueblos estrechamente unidos, por su oríjen, por 
su relijion, por su interés recíproco y por los pactos mas sagra- 
dos. Todo, todo ha sido un pretesto del general Bolívar para 
encubrir su ambición frenética; y restaurándola constitución 
Boliviana erijirse Presidente Vitalicio, y seguir después las hue- 
llas del tirano de la Eepública Francesa ; que sin duda ha to- 
mado por modelo." 

Botas pues las hostilidades entre Colombia y el Perú, las 



fuerzas navales peruanas fueron á tomar la ciudad de Guaya- 
quil, y el 25 de Noviembre sé trabó un fuerte combate entre 
estas y las baterías que guarnecían esa ciudad. El Vice-Almi- 
rante Guixse fue 7 ¡raerlo en el rigor del fuego: las baterías to- 
madas y la ciudad capituló. 

Mientras por esa parte triunfaba el pabellón peruano, el 
ejército también pisaba el territorio colombiano ; y llegado á 
Loja se le reunióla división Gaznaría después de haber con- 
cluido su misión en Bolivia, y cumplido lo pactado en el trata- 
do de Piquiza. Las autoridades politícas de esa Eepública fue- 
ron conservadas en el ejercicio de sus deberes con arreglo á su 
constitución, y se tentaron los medios de un avenimiento que 
se creyeron animados por el general Sucre como hipócritamen- 
te lo había prometido al separarse de Bolivia, y á su paso á la 
vela en la bahia del Callao. 

Los dos ejércitos se avistaron al fin sin poder arribar á nin- 
guna clase de tratado, y el 12 de Febrero de 1829 fué sorpren- - 
dida una parte del ejército peruano, causando la dispersión de 
dos de sus batallones en el pueblo de Saraguro; pero entre 
tanto el coronel Eaulet tomó la ciudad de Cuenca batiendo á 
400 soldados y tomando prisionero á un general y treinta ofi- 
ciales. 

Vuelto á reunirse el ejército peruano el 27 del mismo mes, pre- 
sentó la acción del Pórtete, en la que ambos ejércitos canta- 
ron la victoria, sin que esta se decidiera por ninguno de ios 
dos; y el 28 se inició por el general Sucre, que mandaba en je- 
fe el ejército colombiano, el convenio que ajustó el mismo día 
en el campo de Jirón. 

Sancionadas sus bases, el ejército peruano vino replegándo- 
se sobre Macará, y el 30 de Marzo se hallaba acantonado en- 
tre Piura y haciendas inmediatas. El Gran Mariscal La-Mar, 
director de la guerra, esperaba que según las sanas intencio- 
nes que se habían aparentado por parte del general Sucre en 
las negociaciones; cumpliera exactamente con lo estipulado en 
el convenio citado; pero habiéndose informado de lo contenido 
en el parte de la batalla, que este general dio al Ministro de la 
Guerra de la Eepública de Colombia, altamente denigrante al 
ejército peruano: y, teniendo además noticias, de los crímenes 
perpetrados en los coroneles Eaulet y González, y con varios 
otros jefes y oficiales prisioneros después de heridos, protestó 
solemnemente contra el cumplimiento de dicho tratado, y man- 
dó retener la plaza de Guayaquil, que por el artículo 11 debió ser 
entregada al general colombiano. Para sostenerla, dispuso que 
el general ISTecochea marchase al mando de una división que, 
alistada con prontitud, zarpó del puerto de Payta y llegó á 
Guayaquil el 2 de Abril. 



—263— 
Ambos ejércitos se preparaban á nuevos ataques. El Gran 
Mariscal La-Mar esperaba refuerzos del Sud de la República 
con el objeto de destinarlos también á la defensa de Guaya- 
quil, en circunstancias de que el general Bolivar se aproxima- 
ba á esa plaza con un ejército de mas de 4,000 hombres. 

Tales noticias dieron mérito á que los jefes de la tercera di- 
visión que, de tránsito se bailaba acantonada en el pueblo de 
Magdalena, una legua distante de la capital, representasen á 
su comandante general D. Antonio Gutiérrez de La-Fuente en 
5 de Junio, á. efecto de que reasumiera el mando político y mi- 
litar de la República. Esto sabido por el Vice-presidente Sala- 
zar y Baquíj ano reconoció la autoridad; y la municipalidad de 
Lima en su consecuencia, representó al mismo general La- 
Fuente el día 6 de acuerdo con lo lieciio el dia anterior. Estos 
movimientos tenían lugar en la capital, mientras que el gran 
mariscal Presidente renunció en Piura el dia 7 del mismo mes, 
la investidura de tal, y el 9 en la noche dejó las costas del Pe- 
rú con dirección á la ciudad de Gartago, en la República cen- 
tral, adonde falleció el 11 de Octubre de 1830. 

El general Gamarra quedó hecho cargo del * mando del ejér- 
cito; y en 10 de Julio se celebró un armisticio entre ambos 
ejércitos por el término de sesenta días, ó inmediatamente des- 
pués de ratificado por el Libertador, Presidente de Colombia, 
desocuparon las tropas peruanas la ciudad de Guayaquil. 

Paralizadas ya las operaciones militares por la parte del N - ., 
volvió á llamar la atención del gobierno peruano los manejos 
encubiertos del Presidente de Bolivia. El general Santa Cruz 
que habia logrado ser llamado á ocupar el primer destino de 
su patria, mediante la libertad en que la puso la intervención 
peruana, trató de proteger la sision del Perú. Los departa- 
mentos de Arequipa, Cuzco y Puno estaban próximos á fede- 
rarse apoyados por el gobierno boliviano; pero los jefes que 
leales á los deberes que impone la constitución, existían en la 
ciudad de Arequipa, entre los que se enumeraba el teniente 
coronel D. Ramón Castilla, Presidente hoy del Perú, descu- 
brieron el plan, y remitieron al Callao, en calidad de presos, al 
Prefecto de Arequipa y otros individuos mas, comprendidos 
en él. Con esta medida y otras que á precaución tomó el go- 
bierno del Perú, se logró tranquilizar aquellos pueblos, y los 
ánimos ya se ocupaban de la elección de Presidente y Vice- 
presidente del Perú. El general Lafuente con la investidura 
de Jefe Supremo desde 5 de Junio, dio las mas activas órde- 
nes para la pronta instalación del Congreso ; y en su conse- 
cuencia se instaló el 31 de Agosto y eligió Presidente proviso- 
rio al general D; Agustín Gamarra, y Vice-Presidente al de 
igual clase D. Antonio G. de Lafuente, quedando este último 



— 2G4— 
hecho cargo del mando durante la ausencia del Presidente, que 
después de muy pocos dias de residencia en Lima regresó á 
ponerse al frente del ejército. A su llegada apuró la conclu- 
sión de un tratado de paz con la República de Colombia, el 
que se verificó y firmó en la ciudad de Guayaquil, el 22 de Se- 
tiembre, ratificándolo ambos gobiernos en 16 y 21 de Octubre. 
A consecuencia de él volvió el general Gamarra á Lima, y fué 
proclamado Presidente constitucional, y Vice-Presidente de 
igual modo el general Lafuente en 19 de Diciembre de 1829. 
El General Gamarra concluyó de mandar su periodo consti- 
tucional que constaba de cuatro años, sofocando varios moti- 
nes militares, descubriendo revoluciones que no se realizaron, 
y ajustando un tratado de alianza y amistad sincera é inalte- 
rable con la República de Bolivia; por consiguiente entregó el 
mando de la nación á la Convención Nacional en 19 de Di- 
ciembre de 833, la que elijió provisoriamente al general D. 
Luis José Orbegoso para que rijiera los destinos de la patria 
en 20 del mismo mes. 

Este general trató de efectuar algunos arreglos en el ejército, 
que por adhesión pertenecía al antiguo Presidente; pero como 
estaba á su frente el general Bermudez por quien el general 
Gamarra habia trabajado en la Convención, presentándolo co- 
mo candidato á la presidencia, sus determinaciones no tenian 
ningún vigor; y tuvo por último que separarse de la capital en 
la noche del 3 de Enero de 834 y asilarse en las fortalezas del 
Callao, á consecuencia de avisos que le dieron anunciándole una 
próxima revolución en el ejército, con el objeto de quitarle la 
autoridad. Sabido esto en la mañana del 4, se pronunciaron to- 
das las tropas que existian en la capital, proclamando al gene- 
ral Bermudez gefe Supremo Provisorio de la República; asal- 
tando en seguida la casa de la Convención dos compañias de 
infantería, que hiriendo al centinela que defendió su puesto con 
heroicidad, se introdujeron hasta la sala de sus sesiones. Este 
atentado apoyado solo en la fuerza, motivó la gran protesta de 
la Convención, fecha del mismo dia, contra la violación que se 
cometió con la fuerza armada, haciendo responsables ante la 
nación y el mundo á sus jefes, y declarando que no volvería á 
reunirse Ínterin no se restableciera el orden legal en la Rexm- 
blica. Pero habiéndose marchado la mayor parte de sus miem- 
bros á las fortalezas del Callao, se dio allí un decreto, fecha 3 
de Febrero, firmado por el Presidente y Secretario de la Con- 
vención, previniendo la continuación de las sesiones en dichas 
fortalezas, mientras durasen aquellas circunstancias. En efecto 
el 6 abrieron sus sesiones, y el Presidente Orbegoso leyó un 
mensaje. 
Mientras tanto los pueblos iban declarándose por el partido 



— 2G5— 
liberal, y las tropas que obedecían al general Bermudez, se pu- 
sieron en marcha para el interior el 28 de Enero, lo que obser- 
vado por el pueblo de Lima principió á acometer á la fuerza 
que conducía un pequeño contingente de dinero, al extremo 
que tuvo esta que defenderse, haciendo uso de sus armas ; y se 
trabó un vivo choque animado por una compañía que parape- 
tada en los balcones y techos del Palacio infería grandes da- 
ños á los paisanos. A las siete de ia noche entró á la capital 
todo el ejército que estaba sitiando las fortalezas, y defendién- 
dose del pueblo en su transito por las calles, hizo cesar todo 
movimiento popular; y al amanecer del 29, cuando ya el ejér- 
cito habia abandonado del todo la capital, se recojieron las víc- 
timas de esta escena sangrienta, tanto paisanos como militares 

El general Orbegoso vuelto á Lima, creyó necesaria su pre- 
sencia al frente del ejército que le obedecía, delegó el mando 
en la persona del señor Salazar y Baquíjano, y se ausentó de la 
capital. La campaña duró hasta principios de Junio, época en 
que se vio el país enteramente libre de la guerra, á mérito de 
que el ejército de los generales Gamarra y Bermudez se decla- 
ró sucesivamente por el orden, y muchos de sus jefes tuvieron 
que fugar á la Eepública de Solivia. 

"Vuelto Orbegoso á Lima, renunció la presidencia ante la Con- 
vención Nacional; pero no habiéndosele admitido prestó el ju- 
ramento á la nueva Constitución, que se promulgó en la capi- 
tal en los días 19 y 20 de Junio, y en seguida en toda la Ee- 
pública. 

Quedó el país por entonces tranquilo del bullicio de las ar- 
mas, pero un poder quizá mas temible, comenzó á abatir la ad- 
ministración del general Orbegoso, este era el poder de la 
prensa, movido por la pluma del malogrado joven D. Bonifa- 
cio Lasarte (1). 

En Lima se escribía con entera libertad, y en el Sud de la 
Eepública se dejaban notar síntomas funestos á la tranquilidad 
pública, de tal modo, que el Presidente volvió á ausentarse de 
la capital y se dirijió á Arequipa, quedando en el mando su- 
premo el mismo señor Salazar; pero ya como Presidente que 
era del Consejo de Estado. 

En estas circunstancias apareció en la bahía del Callao el 
general La-Fuente jírocedente de Valparaíso, á donde habia 
permanecido desde el año 831 que fugó de la capital, cuando 
hecho cargo del mando supremo como Vice-Presidente se le 
acusó de planes subversivos y se le intentó prender. A su 
aparición tuvo lugar un motin militar en las fortalezas, en 1? 



(1) Falleció en la campana de la Restauración en 1839. 

LlTLKATUKA — 23 



— 2CG— 
de Enero de 835, capitaneado por unos sargentos ; pero habien- 
do sido inmediatamente sofocado, y ejecutados los principales 
autores, el general La-Fuente tuvo que volverse á Valparaíso 
por no haberle permitido el gobierno desembarcar. 

Pocos dias después, el 23 de Febrero, estalló otra revolución 
en las mismas fortalezas; pero esta fué de un carácter mucho 
mas serio. Por ella reasumió el general Salaverry en su j)erso- 
na el mando político y militar de la República. Tal circuns 
tancia obligó al gobierno de Lima á ponerse en marcha para 
Jauja, y el generrl Salaverry fué reconocido por todas las au- 
toridades de la capital, el dia 4 de Marzo, como Jefe Supremo 
de la Nación. 

En este estado aparece el general Valle-Riestra, al frente de 
una división remitida de Arequipa por Orbegoso, y proclama 
desde Pisco contra el titulado Jefe Supremo ; pero la división 
se pronunció el 28 del mismo mes entregando preso á su jefe, 
que fué conducido á las fortalezas del Callao y ejecutado el 1? 
de Abril. En este mismo dia se efectuó un movimiento mili- 
tar en la división estacionada en Jauja, y el Presidente del 
Consejo de Estado, desnudo ya de toda protección, reconoce 
al gobierno de Lima y le pide garantías que le fueron otor- 
gadas. 

Mientras tanto el general D. Domingo Meto, estaba en el 
Departamento de la Libertad al mando de una división, con el 
objeto también de destruir el gobierno de Salaverry; pero este 
salió inmediatamente á su encuentro, y antes de avistarse am- 
bas divisiones se pronunció la que obedecia al general Meto, y 
lo entregó preso. Entonces Salaverry ordenó la instalación de 
una asamblea legislativa, que no llegó á verificarse, por que los 
acontecimientos de la guerra se sucedieron con mucha rapidez. 
El general Gamarra apareció en el Cusco, protejido por el Pre- 
sidente de Bolivia, que no cesaba de aspirar al mando, si nó 
de todo el Perú, al menos de los departamentos del Sud, y una 
división que al mando del coronel Larenas ordenó Salaverry 
fuese á batir á las tropas que obedecian á Orbegoso, se le unió 
y formó en breve un pequeño ejército. Pero los consejeros de 
Orbegoso le hicieron determinar á pedir auxilio al general San- 
ta-Cruz el que, sin esperar la ratificación del convenio que se 
ajustó, no de acuerdo con las instrucciones que dio Orbegoso 
á sus comisionados, pasó el Desaguadero al frente de su ejér- 
cito : bate al general Gamarra que no se conducia como él es- 
peraba, y lo vence en Yanacocha el 13 de Agosto. Sale enton- 
ces de Lima el jefe Supremo al frente de un brillante aunque 
reducido ejército, después de haber hecho conducir á Gamarra 
y comitiva para el Ecuador; y también es vencido en Socaba- 
ya el 7 de Febrero de 836, después de nueve dias de constante 



—267— 
choque donde la victoria quiso premiar varias veces los esfuer- 
zos de unos guerreros tan pocos como esforzados: pero cedió el 
valor ai número, y fueron tomados prisioneros y ejecutados en 
seguida en la plaza de Arequipa, en medio del regocijo públi- 
co, Salaverry, el general Fernandini, y siete mas de sus mejo- 
res jefes. 

Entre tanto las tropas de Orbegoso al mando del general 
Yidal tomaron la capital el 31 de Diciembre de 1835 y el 7 de 
Enero siguiente de 1836, Solar que defendía las fortalezas del 
Callao, se aproximó á la capital con la poca tropa que le obe- 
decía; mas fué rechazado por el pueblo y tropa de Vidal, y 
capituló el 18 de Febrero. 

Orbegoso entró á Lima el 9 de Enero, y después de haber 
sabido la victoria de Secabaya, convocó una asamblea de Di- 
putados de los departamentos de Arequipa, Puno, Cuzco y 
Ayacucho, para el 26 de Octubre en el pueblo de Sicuani; y 
otra de los departamentos de Junin, Lima, Libertad y Amazo- 
nas en la villa de Huaura, para el 15 de Julio, con el objeto de 
que fijasen las bases de una nueva organización política. La 
primera se instaló por el general Santa Cruz, el 16 de Marzo, 
y el 17 declaró la Asamblea á los departamentos del Sud en 
un estado libre é independiente bajo 'la denominación de Es- 
tado Sud-Peruano, adoptando para su gobierno la forma po- 
pular representotiva, comprometiéndose á celebrar, con el es- 
tado que se formase de los departamentos del ISTorte, y con 
Bolivia, vínculos de federación, cuyas bases se acordarían por 
un Congreso de plenipotenciarios nombrados por cada uno de 
los tres estados, que habían de concurrir á la gran confedera- 
ción ; y confiando la suma del poder jráMico del estado, al 
Presidente de Bolivia, bajo el título de Supremo Protector del 
Estado Sud-Peruano. Pero como todos estos actos adolecían 
de gran nulidad por no haber sido aprobado aun el tratado 
que dio mérito á la internación del ejército Boliviano en el 
Perú, se declaró aprobado el 22 de Marzo por el general Or- 
begoso. 

En seguida se instaló igualmente la asamblea de Huaura 
que procedió en todo de acuerdo con la de Sicuani. El gene- 
ral Santa Cruz estaba investido por ellas, de la plenitud del po- 
der público con la restricción de que en su ausencia, delegan- 
do el mando en alguna persona ó personas de su confianza, la 
asamblea que debería ser convocada dentro de 24 horas en el 
mismo lugar, detallaría las atribuciones que debería ejercer el 
delegado, sin conferirle la suma del poder público que en él so- 
lo habían depositado. 

En estas circunstancias el gobierno de Chile pidió satisfac- 
ciones al de la confederación, por la protección que decia había 



—268— 
prestado este á la expedición que zarpó del Callao al mando 
del general Freyre, antiguo Director Supremo de esa Repúbli- 
ca, en buques del estado, y después de liaber asaltado, el ber- 
gantín Chileno "Aquiies" y conducido á Valparaíso los buques 
peruanos fondeados en el puerto del Callao, apareció toda la 
escuadra chilena, teniendo á su bordo al señor Egaña comisio- 
nado diplomático para arreglar las diferencias pendientes en- 
tre ambos gobiernos. Después de algunas comunicaciones de 
una y otra parte el señor Egaña, declaró en su última nota ro- 
tas las hostilidades en 12 de Noviembre de 1836. 

El general Santa Cruz se dirigió entonces á Bolivia después 
de haber fundado una Legión de Honor: dado códigos á los 
estados confederados; y delegado el mando provisoriamente 
en un Consejo de gobierno compuesto de ios ministros de es- 
tado y luego en un Presidente que lo fué el general Orbegoso. 

En el Estado Sud-Peruano también fué encargado el man- 
do á un Consejo, y al Presidente general D. Eamon Herrera; 
y en medio de estos grandes preparativos de guerra, una com- 
pañiade artilleros de Islay dio el primer grito de libertad; pe- 
ro fueron tomados y ejecutados el 30 de Julio de 1837, diez de 
ellos. 

Ya para entonces en Chile se habia preparado una expedi- 
ción en la que venían todos los emigrados peruanos; la que 
desembarcó por último en Quilca, al mando del general Blan- 
co, y se posesionó de la ciudad de Arequipa: pero á la aproxi- 
mación del ejercito confederado, se celebró un tratado de paz 
en el pueblo de Paucarpata el 17 de Noviembre, y regresó la 
expedición, dejando á los amigos de la libertad en el descon- 
suelo de ver frustradas, por entonces, todas sus esperanzas. 

El gobierno de Chile no aprobó el tratado, é hizo causar al 
general Blanco amenazando nuevamente con otra expedición. 

Las hostilidades comenzaron, tomando la escuadra chilena á 
corbeta "Confederación", que conducia del Callao con dirección 
al Sucl al general Ballivian, y lo llevó á Valparaíso en calidad 
de prisionero. 

El general Santa Cruz que veía armarse sobre sí, otra mas 
fuerte tempestad, y convencido al fin, de la poca simpatía que 
merecía su sistema de gobierno, convocó un Congreso de ple- 
nipotenciarios en la ciudad de Arequipa, nombrados por los Es- 
dos confederados, con el objeto de que determinasen los lími- 
tes del poder Supremo, deslindaran las atribuciones de los de- 
más cuerpos sociales, y fijasen el destino de los pueblos que 
componían la gran Confederación. 

Tarde era ya esta medida. Los departamentos del Norte de 
la Eepública apoyados en la división que mandaba el general 
Nieto, celebraron actas proclamando su separación del gobier- 



—269— 
no establecido, bajo la denominación del general Santa Cruz, 
elijiendo por Presidente provisorio, en 30 de Jnlio de 1838, al 
general Orbegoso, con la condición expresa de sostener la in- 
dependencia, restituir el gobierno popular representativo, la 
Constitución del año 34 y todas las leyes, corporaciones y re- 
pinen establecido por ella; hacer la paz con la República de 
Chile, reunir un Congreso, é invitar á los Departamentos del 
Sud á la unión antigua, bajo el título de República Peruana. 
Con efecto ; el general Orbegoso de acuerdo con estos princi- 
pios, convocó un Congreso deliberante para el 24 de Setiem- 
bre, de Diputados electos por los Departamentos libres. 

En estas circunstancias, apareció frente al puerto del Callao 
la escuadra que conducia la segunda expedición, al mando del 
general chileno D. Manuel Bulnes: de los generales peruanos 
Gamarra, La-Puente, y demás jefes que habían permanecido 
emigrados en Chile. El Presidente Orbegoso anunció entonces 
al general Bulnes, la independencia de los departamentos del 
Norte; y que por consiguiente, el ejército que le obedecia no 
lo debia reputar como enemigo. El general chileno contestó 
en este mismo sentido enviando un comisionado cerca del go- 
bierno y anunciando que se dirijia á desembarcar su ejército 
en el puerto de Ancón. El gobierno manifestó inmediatamen- 
te que era indispensable precediese una estipulación al desem- 
barco, lo que se hizo mas urjente, desde el momento en que no 
pudo practicarse el convenio por haber venido el comisionado 
sin los poderes necesarios en tales casos: pero cuando llegó la 
prevención del gobierno al general Bulnes, ya habia desem- 
barcado una gran parte del ejercito, y lejos de hacer suspen- 
der el acto, lo continuó del todo; tomó luego posesión y aun 
ocupó parte del valle vecino. En esta actitud, y puesto el gene- 
ral Orbegoso al frente de sus tropas, situó su cuartel general 
en Chacra de Cerro, tres leguas de la capital. Después de inú- 
tiles medios empleados á efecto de evitar la efusión de sangre, 
el ejército chileno avanzó hacia la capital, batió al ejercito 
peruano mandado por Orbegoso y Nieto, y entró en ella el 21 
de Agosto, salvando los generales vencidos en las fortalezas del 
Callao donde se asilaron. 

Dueños ya de la capital los jefes peruanos, á la sombra del 
ejército restaurador, la extinguida Municipalidad, se reunió el 
día 23 en unión del Gobernador Eclesiástico y Venerable Ca- 
bildo, los que de acuerdo con el pueblo proclamaron el réjimen 
constitucional en toda su extensión; y por el estado de acefalía 
en que se encontraba la capital, llamaron al último Presiden- 
te del Consejo de Estado D. Manuel Salazar y Baquíjano á que 
rijiera la República. En su virtud, se dirijió á su casa una co- 
misión para hacerle saber que con arreglo á la Constitución 



—270— 
debía presentarse á admitir el Poder Ejecutivo, por ausencia 
del Presidente ; pero el señor Salazar se excusó, dando para ello 
razones que se creyeron fundadas. 

Vueltas á reunir las mismas autoridades el dia siguiente, en 
el local de la Universidad ; y atendiendo á que el Presidente 
Orbegoso se habia ausentado dejando la capital en acefalía y 
haberse excusado el Presidente del Consejo de Estado, único 
llamado por la Constitución reformada en 834, acordaron que 
el Gran Mariscal D. Agustín Garuarra se encargase en el dia 
provisionalmente del mando de la Eepública: efectuado esto, 
convocó ; c al mismo Consejo de Estado establecido por la Con- 
vención Nacional; y nombró general en jefe del ejército del Pe- 
rú al general D, Antonio Gutiérrez de La-Euente, que marchó 
inmediatamente con dirección a los Departamentos del Norte 
que sucesivamente fueron declarándose por el nuevo gobierno. 

Mientras tanto el general D. Manuel de la Guarda, goberna- 
dor del Callao, había abierto comunicación con los jefes del 
ejército de la Confederación, que por divisiones venia acercán- 
dose á la capital, y el general Orbegoro delegó el mando en el 
general Meto, que desembarcó por el Norte sin ningún suceso 
en sus operaciones. 

El ejército restaurador abandonó entonces la cajñtal el 8 de 
Noviembre, y el 10 entró el general Santa Cruz al frente de 
sus tropas. La plaza del Callao le fué entregada por su gober- 
nador, y Orbegoso se embarcó para Guayaquil. Se declaró nu- 
lo lo hecho desde el 30 de Julio : se restableció el Estado Nor- 
Peruano, nombrándole de Presidente al Gran Mariscal Eiva- 
Agüero y se suspendió el ejercicio de los Códigos. 

Entre tanto el ejército restaurador se retiraba por el Norte, y 
el de la Confederación le perseguía: encuentros de muy poca 
consideración precedieron á la victoria adquirida por el prime- 
ro el dia 20 de Enero de 1839 en el campo de Yungay, Depar- 
tamento de Ancachs. El general Santa Cruz dio la primera no- 
ticia de su derrota entrando á Lima el 24 en la noche, y se di- 
rijió al Sud á preparar el ejército de reserva ; pero el general 
Velasco habia sido ya proclamado Presidente de Solivia, y Vi- 
ce-presidente el general Baílivian que residía en el Perú,;:por 
haberse esca})ado de Chile. Llegó por último el Protector á 
Arequipa, é informado de los sucesos de Bolivia y los pronun- 
ciamientos que también se hicieron en el Cuzco, y en Puno con- 
tra la titulada Confederación , renunció el Protectorado y la 
Presidencia de Bolivia el 20 de Febrero, y el mismo dia se ar- 
mó contra su persona el pueblo de Arequipa, de tal modo, que 
tuvo necesidad de fugar precipitadamente al puerto de Islay; 
ocultarse en la casa del Vice-Consul Ingles, y embarcarse des- 
pués con dirección á Guayaquil. 



—271— 

El general Gamarra llegó á Lima el 24 de Febrero, y la pla- 
za del Callao al mando de su gobernador general D. Trinidad 
Moran, capituló el 7 de Marzo. En seguida se decretó la convo- 
catoria a Congreso constituyente para el 28 de Julio, en la ciu- 
dad de Huancayo, provincia de Jauja, y el Presidente se diri- 
jió al Sud de la República, dejando al general La-Fuente en 
clase de jefe político y militar de los Departamentos del ISForte. 

Durante esto, el general Ballivian depuso al general Velas- 
co de la Presidencia, y se liabia él investido de la autoridad 
suprema ; mas fué vencido por el antiguo Presidente, y se re- 
fujió otra vez en el Perú, En esa época se estipuló un tratado 
preliminar de paz entre los^plenipotenciarios\de Bolivia y el 
Perú en la ciudad del Cuzco, el que no fué aprobado por aquel 
gobierno, y quedaron aun/por arreglarse las^diferien cías pen- 
dientes entre ambas Repúblicas. 

Aproximándose entonces la reunión del Congreso, regresó el 
general Gamarra y entró á Huancayo el 19 de Julio. El Con- 
greso se instaló el 29 de Agosto, y declaró inmediatamente in- 
subsistente la Constitución del año de 1834. En este estado 
marchaba el Perú bajo un orden regular. El ejército chileno se 
alistó para marchar á su patria: la primera división habla mar- 
chado ya cuando el general Bulnes se despidió del Perú el 18 
Octubre, y se embarcó en seguida con el resto de sus tropas. 

Entre tanto el Congreso formó la nueva Constitución á la 
que prestó juramento el Presidente el dia II de IsToviembre, y 
en seguida le fué dada por la Representación Nacional una 
medalla, igualmente que el título de Restaurador del Perú y 
generalísimo de mar y tierra, con los honores y sueldo de Pre- 
sidente de la República durante su vida. Hecho esto volvió el 
general Gamarra á la capital, y entró en ella el 6 de Diciembre 
en la que se promulgó la Constitución el 9 del mismo mes. 

En seguida fueron elejidos los miembros que debian compo- 
ner el Consejo de Estado, que se instaló en Febrero de 1840, 
siendo Presidente D. Manuel Menendez, primer vice-presiden- 
te Dr. D. Justo Figuerola, y segundo vice-Presidente general 
D. Francisco Vidal. 

El gobierno de Bolivia remitió entonces un Plenipotenciario 
con el objeto de procurar mi arreglo de las diferencias pendien- 
tes. En efecto se volvió á formar en Lima una convención de 
paz en 15 de Abril, que fué ratificada en Bolivia el 8 de Mayo, 
y en el Perú el 26 de Julio. 

El 11 de este mismo mes, fué elejido y proclamado por el Con- 
greso el Gran Mariscal D. Agustín Gamarra, Presidente de la 
República por el periodo constitucional de seis años. 

Ya los amigos de la paz, volvieron á ver aparecer otra era de 
tranquilidad y felicidad pública; pero el 23 de Diciembre del 



272 

mismo año estalló un motín militar en la ciudad de Ayacucho, 
en la que se proclamó sucesivamente al general D. Juan Cri- 
sostomo Torrico, y ai coronel D. Manuel Ignacio de Vivan co; 
sin embargo huyeron de ese lugar los amotinados, y se retira- 
ron hacia el Cuzco, á donde el coronel D. Valentin Boza, co- 
mandante general de la primera división del Sud, proclamó el 
31 del mismo mes, al coronel Vivan co jefe Supremo de la Re- 
pública. El pueblo de Arequipa en seguida se declaro también 
de acuerdo con el del Cuzco, y el Prefecto de ese Departamen- 
to, que lo era el mismo coronel Vivanco, aceptó el mando su- 
premo. 

Sabido que fué en la capital este suceso, sobrecojió al mismo 
gobierno, pero el general San Eomau que aparentemente ha- 
bia cooperado á la revolución, aprovechó la oportunidad de 
efectuar una reacción en el Cuzco el 17 de Enero de 1841; de 
modo que volvió al orden la mayor parte de las tropas insur- 
reccionadas. 

El gobierno dirijió al Sud todo su ejército al mando del ge- 
neral Castilla; y aun el mismo Presidente se ausentó de la ca- 
pital el 16 de Marzo y se dirijió hacia él. 

El 27 del mismo mes alcanzó el ejército rejenerador (que así 
se titulaba el de Vivauco) un pequeño triiifo en la altura de 
Cachamarca; pero fué enteramte deshecho en Cuevillas el 30 
del mismo por el general Castilla; el coronel Vivanco se refu- 
jió en Bolivia, y el coronel Boza fué juzgado y ejecutado en 
Arequipa. 

El Presidente regresó áLima el 18 de Junio: pero con moti- 
vo de haber ocurrido un cambio de gobierno en Bolivia; el Con- 
sejo de Estado, en atención á que en esa República se podria 
proclamar al general^Santa Cruz, enemigo capital del Perú de- 
clarado por el Congreso, invistió al Ejecutivo de facultades ex- 
traordinarias, declarando la patria en peligro el 6 de Julio, y el 
general Camarra volvió á ausentarse de la capital el 13 del 
mismo, encargándose del mando supremo el Presidente del 
Consejo, como anteriormente lo habia estado conforme á la, 
Constitución. 

Llegado el Presidente á Puno, comenzaron las operaciones 
militares sobre Bolivia, entonces el 20 de Setiembre, fué pro- 
clamado en esa República jefe supremo el general D. José Ba- 
llivian que á la sazón se hallaba en Tacna. 

íío era esta proclamación hecha por el club confederal, sufi- 
ciente garantía para la tranquilidad del Perú; y negándose el 
general Ballivian á entrar en tratados mientras el ejército pe- 
ruano pisara el territorio de Bolivia, se declaró enemigo tie él, 
y principió la guerra. 

Sabido esto por el general Velasco, antiguo presidente, que 



conservaba restos de su ejército para disputar el mando, se lo 
remitió a Ballivian con el objeto de que concluyera con mejor 
suceso la guerra en que estaba empeñado. 

Al fin se nombraron plenipotenciarios por ambas partes, los 
que tuvieron algunas conferencias, sin ningún resultado ; y por 
último el ejército peruano fué derrotado el 18 de Noviembre en 
el campo de Ingavi : muerto en la acción el Gran Mariscal D. 
Agustín Gamarra, y prisionero el general en jefe D. Ramón 
Castilla. 

El ejército Boliviano pisó entonces el territorio del Perú, y 
el general La-Fuente fué nombrado por el gobierno de Lima 
general en jefe del ejército del Sud, que marclió en seguida en 
busca del enemigo que ocupaba ya el Departamento de Puno, 
y se dirijia al Ouzco y á Arequipa. 

En estas circunstancias, el general Santa-Oruz|que creia 
oportuna la posición del Perú para volver á mandar en él, 
aunque habia fracasado la primera cruzada que dirijió á Piura 
al mando de Ángulo, que fué tomado y ejecutado, decidió al 
Presidente del Ecuador á que cooperase en su proyecto ; y por 
consiguiente, el Perú se vio amenazado de una guerra con esa 
República. Supuestos agravios, y la demarcación de límites, 
eran los pretestos de que se valia el general Flores para pre- 
sentar una guerra, que prometía según su concepto, los mejo- 
res resultados, en mérito de la situación del Perú : guerra que 
tenia por objeto engrandecer su patria con las provincias de 
Jaén y de Mainas. El gobierno Peruano remitió entonces al 
Dr. D. Matias León con el carácter de Ministro Plenipotencia- 
rio; pero tuvo que volverse sin haber arribado á ningún con- 
venio, y antes por el contrario, se armó durante su permanen- 
cia en el Ecuador, otra cruzada contra el Perú al mando de D. 
Justo Hercelles, que también fué batido y derrotado. 

Esta situación demandaba del gobierno del Peni serias me- 
didas de defensa; y por tanto, se formó otro ejército titulado 
del Norte al mando del general D. Juan Orisostomo Torrico, 
que habia regresado de Ohile después de una voluntaria au- 
sencia causada por el pronunciamiento militar de Ayacucho. 

Entonces el gobierno de Ohile ofreció su mediación entre el 
Perú y Bolivia; y admitida, salió de Lima el señor D. Ventura 
Lavalle , Encargado de Negocios de aquella República, en 
unión del Ministro Plenipotenciario del Perú Dr. D. Francisco 
Javier Mariátegui. 

Entre tanto el gobierno del Ecuador esperando el resultado 
de los sucesos del Sud, remitió al general Daste de Ministro 
cerca del Gobierno Peruano, y después de cortas conferencias 

Literatura — 24 



—274— 
con el señor Ministro de Relaciones Exteriores Dr. D. Agustín 
Oharun, se despidió sin haber convenido en nada. 

El tratado preliminar de paz con Bolivia, fue celebrado en 
Puno el 7 de Junio de 1842, y ratificado por ambos gobiernos 
en 16 y 17 del mismo mes. Las tropas Bolivianas, por consi- 
guiente, desocuparon el territorio del Perú, y el Presidente del 
Consejo de Estado encargado del Poder Ejecutivo convocó á 
los colejios de provincia para la elección de Presidente de la 
República, y de Diputados y Senadores para la próxima legis- 
lación, en 10 del mismo. 

Concluida la guerra en Bolivia, ocurrió una desavenencia 
entre D. Antonio Gutiérrez de La-Fuente, general en jefe del 
ejército del Sud, y el general D. Miguel San Eoman que man- 
daba la primera división del mismo ejército. Ambos se acusa- 
ron ante el gobierno de abrigar planes revolucionarios : el ge- 
neral San Román se dirijia hacia el Norte con su división; y 
cuando el gobierno habia ordenado á ambos se presentasen en 
la Capital, suspendiendo toda hostilidad, á efecto de compro- 
bar su conducta, y descubrir cual de los dos proclamaba con fal- 
sedad y engaño, sumisión al gobierno y sus instituciones, las 
tropas de La-Fuente alcanzaron á una pequeña partida de las 
de San Román, y la batieron. 

El general Tónico testigo de estos sucesos, y en atención al 
estado crítico del pais, se encargó del mando Supremo de la 
Nación en 16 de Agosto bajo el título de Jefe de la Nación, 
mientras terminase la guerra civil, sucitada por el general La- 
Fuente, y se convocara la Representación Nacional. El Presi- 
dente del Consejo de Estado fué depuesto, por consiguiente, y 
se marchó á la República de Chile. 

Mientras tanto el general Vidal se habia encargado también 
del mando Supremo, como segundo Vice-Presidente del Con- 
sejo de Estado, el 28 de Julio en el Cuzco : las tropas del gene- 
ral San Román engrosaron el ejército del Norte, y el del Sud 
se acercaban a la capital, hasta que avistados en el campo de 
la Yesera de Caucato, provincia de Cañete, fué derrotado el 
general Torrico el 17 de Octubre. 

El Consejo de Estado se reunió el 19 y confirmó el nombra- 
miento de Prefecto y Comandante general del Departamento, 
que habia hecho el pueblo, horas antes en la persona del señor 
general D. José Jaramillo, y acordó se restituyeran las cosas á 
como estaban el 15 de Agosto. 

El general La-Fuente entró en Lima el 22 de Octubre, y en 
seguida el general Vidal con el resto de su ejército, quien expidió 
en 4 de Noviembre la segunda convocatoria para la elección de 
Presidente de la República, y de Diputados y Senadores en los 
departamentos que no lo hubieran hecho. 



—275— 

El coronel Vivanco que, después de la derrota de Ouevillas 
se dirijió á Bolivia, regresó al Perú cuando sucedió la pérdida 
de Ingavi y se agregó al ejército que marchó al mando del ge- 
neral La-Fuente. En él se le liizo general, y se le nombró des- 
pués de la batalla de la Yesera Comandante general de la di- 
visión del Sud. 

En estas circunstancias el coronel D. Justo Hercelles que 
primero vino á Piura al mando de una cruzada armada en Gua- 
yaquil; que tuvo mal suceso, y después regresó al mismo lugar 
en virtud de habérsele descubierto una conspiración que tra- 
maba en la capital, apareció de nuevo en Huaráz titulándose 
general, y reasumiendo el mando político y militar del Depar- 
tamento de Ancachs, el 18 de Diciembre; pero el gobierno de 
Lima mandó inmediatamente fuerzas militares y lo batieron, 
hicieron prisionero, y ejecutado en la plaza de Huaráz, en unión 
de D. Pedro Castañeda su secretario, el 22 de Enero de 1843. 

Tranquilo el gobierno por esta parte, vuelve su vista hacia 
el Sud de la Eepública, é inspiradole recelos la persona del ge- 
neral Vivanco, j>ara traerlo cerca de sí, le nombra Ministro de 
Guerra, y ordena la disolución de los cuerpos del ejército que 
existían cerca de él. El general Vivanco admite el ministerio, 
y los cuerpos fueron licenciados; pero la división que á las ór- 
denes de los generales Meto y Deustua zarpó del Callao y lle- 
gó á Arequipa, sorprendió á sus jefes, y proclamó al general 
Vivanco gefe Supremo de la dación el 28 de Enero. El 2 de 
Febrero siguiente fué también proclamado en el Cuzco y suce- 
sivamente en todos los departamentos del Sud; de modo que, 
fué reconocido en ellos como Supremo Director de la Eepú- 
blica. 

El general D. Juan Antonio Pezét, que mandaba la división 
acantonada en Ayacucho á órdenes del gobierno, regreso has- 
ta Jauja, y las tropas de Vivanco avanzaban también hacia el 
Norte. 

El Consejo de Estado en 18 de Febrero, autorizó al gobierno 
extraordinariamente para hacerla guerra: éste apuró la reu- 
nión del Congreso, y los Diputados existentes en Lima protes- 
taron contra cualquiera autoridad que impidiese su instalación. 

Pero el general Vivanco avanzaba, y el gobierno se vio en la 
necesidad de convocar á una reunión en el Palacio, de las au- 
toridades civiles y militares, á efecto de que le alumbrasen el 
partido que seria mas acertado tomar. De ella resultó el acuer- 
do de mandar al Dr. Mariátegui, conduciendo una comunica- 
ción del gobierno, al general Vivanco, con el fin de evitar la 
guerra; fué en efecto el 10 de Marzo, pero ya los sucesos esta- 
ban muy avanzados, y no tuvo por consiguiente ningún resul- 
tado. 



—276— 
Entre tanto el general Nieto que había regresado de Are- 
quipa, se hizo cargo de la división que existia en Lima, y al 
frente de ella salió con dirección á Jauja, para reunirse allí con 
la que obedecía al general Pezet; pero esta se decidió por el 
gobierno Dictatorial el 12 del mismo mes, y el general Vidal 
entonces dimitió el mando en el primer Vice-Presidente del 
Consejo de Estado Dr. D. Justo Figuerola, en 15 del mismo. 
Todo el Perú casi recouocia la autoridad Dictatorial; y por 
tanto, los jefes y oficiales que estaban al frente .de la división 
que guarnecía la capital, siguieron la misma opinión decidién- 
dose por el general Vivanco el dia 20. En seguida las corpora- 
ciones, los funcionarios públicos, y algunas notabilidades de la 
capital, reunidos en el Palacio del gobierno el mismo dia, á las 
tres de la tarde, con el objeto de elegir la autoridad civil supe- 
rior del departamento que, á consecuencia de la adhesión pro- 
clamada por las tropas de la guarnición, á la causa del general 
Vivanco había resultado vacante, nombraron al Sr. D. José 
Rufino Echenique. 

La vanguardia de la división Pezet, llegó á Lima el 21 al 
mando del coronel Alvarado Ortiz, y el resto de ella con su 
general, entró también el 27; habiendo ya sido, dicho general, 
nombrado por el Director comandante general de los departa- 
mentos del Norte. 

A los pocos dias, el 8 de Abril, hizo el general Vivanco su 
entrada en Lima, y decretó al dia siguiente prestasen todas las 
autoridades y funcionarios civiles, eclesiásticos, y militares, el 
juramento de reconocer y obedecer al gobierno Dictatorial: 
licenció la mayor parte del ejército, y creó un Consejo de Es- 
tado compuesto de Consejeros nombrados por él, que se insta- 
ló el 14 de Junio, presidido por el Iltmo. Sr. Luna Pizarro, y 
decretó la reforma militar. 

En seguida convocó una asamblea legislativa para el 1? de 
Abril de 1844: restableció el Tribunal de Seguridad pública, 
cuyos procedimientos llevaron los trámites que establece la 
ordenanza para los juicios militares. 

Entre tanto desembarcaron por Arica el general Nieto y 
compañeros de infortunio el 16 de Mayo, y el 17 proclamaron 
la Constitución de Huancayo. Una columna de tropa fué re- 
mitida inmediatamente para subyugarlos; pero se declaró por 
los mismos principios el 1? de Junio, y en seguida la provincia 
de Tarapacá á donde existia el general Castilla, que fué nom- 
brado comandante militar, hizo la misma proclamación. Tacna 
y Moquegua dieron el mismo grito, en los dias 9 y 15 del mis- 
m o mes, de tal modo, que ya todo ese departamento profesaba 
los principios constitucionales. 

Para dar dirección á esta obra tan grande como arriesgada, 



—277— 
encargaron al general Tónico el mando militar, con el título 
de general en jefe, y el 14 de Junio salió de Tacna sobre Puno 
para reunirse con el general San Román que por la parte del 
Desaguadero se dirigía á ese departamento; pero fueron des- 
truidos por las tropas Directoriales que mandaba el general 
D. Fermín Castillo, y abandonaron el territorio peruano. 

Sin embargo de esta primera desgracia, sufrida por las tro- 
pas constitucionales, el departamento de Moquegua, entusiasta 
por los principios que había jurado sostener, se preparaba á 
batir al bizarro coronel D. Juan Francisco Balta, que al man- 
do de un cuerpo de caballería se acercaba á subyugarlos. Lle- 
gó en efecto, y fué vencido en el campo de P achia el 29 de 
Agosto por los generales Castilla y Meto al frente del paisa- 
naje. 

Entonces consideraron ya necesario el crear un gobierno 
provisional mientras la capital de la República fuera libertada, 
y el llamado por la Constitución estuviera en actitud de poder 
desempeñar el supremo mando. En efecto, el 3 de Setiembre 
siguiente se instaló la Suprema Junta de Gobierno provisorio, 
compuesta de tres diputados elegidos por las tres provincias 
libres, el general Meto como Presidente de ella, y los de igual 
clase Castilla y San Román como Vocales. 

Comunicada á Lima la noticia de todos estos acontecimien- 
tos, el Supremo Director mandó inmediatamente al general 
D. Manuel de la Guarda, con una división para que reuniéndo- 
se con el de igual clase D. Fermín Castillo, destruyeran el na- 
ciente gobierno constitucional; pero estas fuerzas también fue- 
ron destrozadas y rendidas el 28 de Octubre en el campo de 
San Antonio, quedando prisioneros los dos generales, y el va- 
liente coronel Balta gravemente herido en el brazo derecho. 

En esas circunstancias el general Santa Cruz separándose 
del Ecuador, desembarcó por la caleta de Camarones, con el 
objeto de dirigirse á las fronteras de Bolivia; pero fue apre- 
hendido por fuerzas constitucionales en Ohapiquiña, distrito 
de Arica, y permanecía á disposición de la Suprema Junta. 
Sabido esto por los gobiernos de Chile y de Bolivia, lo recla- 
maron inmediatamente como perturbador de la tranquilidad 
de sus Estados, y el Gobierno Constitucional considerándolo 
también como enemigo capital del Perú, declarado por el Con- 
greso, lo entregó al de Chile, en cuya República permaneció 
algún tiempo hasta que al fin se dirigió á Europa donde reside 
en la actualidad. 

Destruido el ejército de Guarda, se puso en campaña el mis- 
mo general Vivanco, que salió de la capital el 1? de Diciembre, 
dejando al coronel Echenique de comandante general del de- 
partamento y de Prefecto á D. Domingo Elias. Las fuerzas 



—278— 
directoriales se reunieron en el departamento de Junin, y mar- 
charon al de Ayacucho, Lacia donde se dirigía también el ge- 
neral Castilla, al mando del ejército constitucional. 

La campaña duró cerca de siete meses, durante los cuales, 
el Director hizo ejecutar á sus tropas una retirada hacia la 
costa, para reunirse con la división que le venia del Sud al 
mando del general Vigil, y de allí tomando la retaguardia de 
sus contrarios se dirigió á la ciudad de Arequipa, á donde lle- 
gó el 2 de Junio de 1844. 

Entre tanto el general Nieto habia fallecido en el Cuzco, el 
17 de Febrero, y el general Castilla, en su virtud, asumió la 
presidencia de la Suprema Junta por decreto expedido en 
Ayacucho el 21 del mismo mes. De allí emprendió su marcha, 
luego que supo la dirección que habia tomado el ejército ene- 
migo, dejando una pequeña fuerza en el departamento de 
Junin. 

El coronel Echenique recibió entonces órdenes del Director 
para salir de la capital, y marchar también con dirección al 
Sud, al frente de la división que habia formado ; pero lo difí- 
cil que se hacia ya esta marcha y la inoportunidad con que 
llegarían sus tropas, fueron consideraciones que lo decidieron 
á acantonarse en el departamento de Junin. 

Aqui principia una nueva serie de acontecimientos tan ex- 
traordinarios que, pueden considerarse como los mas notables 
en la historia del Perú, y sus circunstancias, las mas difíciles 
para una nación. 

El Prefecto del departamento de Lima D. Domingo Elias, 
considerando la penosa situación de los pueblos, abrumados 
con la guerra civil, y la desaparición de todo principio legal, 
se invistió del mando supremo de la República el 17 de Junio, 
mientras se instalase el Congreso, que se encargaba de convo- 
car cuando cesacen las hostilidades: con tal objeto remitió dos 
comisionados cerca de los generales Yivanco y Castilla, y uno 
cerca del coronel Echenique; pero todos ellos regresaron sin 
haber conseguido la cesación de sus respectivas operaciones 
militares. Lejos de eso el coronel Echenique se aproximó á la 
capital con todas sus fuerzas; mas luego que se le informó del 
espíritu hostil con que el pueblo de Lima se preparaba á reci- 
birlo, se retiró al mismo departamento que antes ocupaba. 

Mientras tanto el general Yivanco habia sido derrotado el 
22 de Julio en el campo de Yanaguara, á las inmediaciones de 
Arequipa: y se dirigió con gran número de sus jefes al puerto 
de Islay, con ánimo de asilarse en los buques de su escuadra; 
pero los jefes particulares de ella, aprovechando la oportunidad 
de hallarse en tierra el comodoro Panizo, se negaron á admi- 
tirlo revelándose contra su autoridad. Entonces esperaron la 



—279— 
pasada del vapor y en él se embarcaron y llegaron á Pisco, en 
cuyo puerto se embarcó también una pequeña fuerza pertene- 
ciente al gobierno de Lima, que venia para el Callao, la que 
antes de desembarcar en éste, arrestaron en el mismo buque, al 
general Vivanco y comitiva. Poco después se permitió el des- 
embarque de algunos jefes ;' pero el general Vivanco y sus mas 
adictos fueron trasbordados á otro buque, y conducidos á Rea- 
lejo. 

El Consejo de Estado se reunió dias posteriores, y el Sr. 
Menendez, Presidente de él, que habla vuelto de Chile en estas 
últimas circunstancias, fué llamado á ejercer el supremo man- 
do, pero atendiendo al mal estado de su salud, lo delegó al 
Vice-Presidente Dr. D. Justo Figuerola el 10 de Agosto, y el 
13 se publicó la convocatoria á Congreso para el 9 de Diciem- 
bre. 

La Junta Suprema por su parte habia también dictado con- 
vocatoria á Congreso extraordinaaio, compuesto solo de una 
Cámara ; de tal modo que, dos gobiernos que profesaban unos 
mismos principios, mandaban á la vez en la República. Esta 
consideración determinó al Consejo de Estado a remitir nue- 
vos comisionados cerca del general Castilla, los que regresa- 
ron poco tiempo después trayendo un convenio ajustado en 
Arequipa el 28 de Agosto. Este tratado fijó extraordinaria- 
mente la atención del Consejo: pues por él se establecía la in- 
concebible coexistencia de dos ejecutivos en la República, y la 
contradicción recíproca de dos convocatorias á Congreso dic- 
tadas en 6 y 13 de Agosto. Tampoco se reconocia por la Su- 
prema Junta de un modo explícito, llano y absoluto, el supre- 
mo mandó provisorio que ejercía el Dr. Figuerola; por consi- 
guiente, el Consejo opinó se solicitase por una nueva negocia- 
ción el debido reconocimiento del Yice-Presidente del Consejo 
de Estado, y el arreglo sobre la legal convocatoria de un Con- 
greso constitucional, para cuyo efecto marchó el general D. 
Pedro Bermudez. 

Pero ya el general Castilla se habia puesto en marcha para 
la capital : la división Echenique reconoció la autoridad de la 
Junta de gobierno ; y el señor Figuerola resignó el mando en 
la persona del Sr. Menendez el 7 de Octubre. 

El 10 de Diciembre siguiente, decretó el Presidente de la 
Suprema Junta, en la chacra de San Borja, una legua de la 
capital, la disolucian de ella, y resignó también el mando en 
el Presidente del Consejo de Estado. Entró á Lima el 11 del 
mismo, y el Consejo acordó que el Congreso Constitucional 
convocado en la capital el 13 de Agosto se reuniese extraor- 
dinariamente para proclamar al Presidente de la República, 
elegido durante estos últimos meses por los colegios de provin- 



— 2S0— 
vm, y la renovación del Consejo de Estado; dictando por con-* 
siguiente, el 14 de Marzo de 1845, el decreto de convocatoria 
para la elección de Senadores en los departamentos del Sud. 

PjI 10 de Abril se instaló por último el Congreso, y el 19 fué 
proclamado Presidente de la República el general D. Ramón 
Castilla. En seguida el de Mayo fueron electos para el Con- 
sejo de Estado el general San Román de Presidente: el general 
Eclienique primer Tice-Presidente, y segundo D. Manuel 
Ferreyros. Después de esto, el 21 de Junio, habiendo conclui- 
do el Congreso los primeros objetos para que fué convocado 
extraordinariamente, se declaró en legislatura ordinaria, hasta 
el 22 de Octubre dia en que cerró sus sesiones. 

Asi marchaba la nación peruana á la sombra de sus institu- 
ciones, cuando el general D. Juan José Flores, que habia sido 
lanzado de la presidencia de la República del Ecuador, traba- 
jaba en España contra la independencia política de Sud- Amé- 
rica. Sabido esto acertivamente por el Gobierno peruano, cre- 
yó necesario dictar una circular que dirigió en 10 de Noviem- 
bre de 1846 á los gobiernos americanos, adjuntándoles un pe 
riódico oficial que contenia los datos convincentes de la reali- 
dad de los preparativos que dicho general Flores hacia en 
Europa para turbar el reposo de estos Estados. Todos ellos 
por consiguiente se pusieron en justa alarma, hasta que el Go- 
bierno Británico en cuyos dominios se estaban reuniendo los 
aprestos para la expedición proyectada, contraviniendo al te- 
nor de sus leyes, que prohiben ei enganche de tropas para el 
extranjero, recibió la denuncia respectiva, y confiscó inmedia- 
tamente los buques que debian conducir la cruzada : hizo dar 
libertad á los individuos que existían en ellos como engancha- 
dos, y subastó aquellos con todos los útiles que contenían, en 
Diciembre de 1846. 

Terminó, pues, de esta manera aquella empresa fomentada 
por la España; y el Gobierno del Perú volvió á ocuparse de la 
tranquilidad interior de la República; pero el Presidente de 
Bolivia que había levantado un regular ejército con doble ob- 
jeto, como lo confirmaron hechos posteriores, se creyó bastan- 
te fuerte para reclamar de la alza de derechos impuestos en el 
Perú á los frutos de su nación. Mas como el decreto que lo 
ordenaba fué dictado á consecuencia de otro de igual natura- 
leza, que se habia expedido en Bolivia, respecto á los frutos pe- 
ruanos, dio mérito esta cuestión, al cambio de algunas comu- 
nicaciones, y al fin el cónsul peruano residente en aquella 
República, fué bruscamente despedido, y su nación agraviada 
é invadida con fuerza armada, disparando artillería sobre uno 
de sus pueblos. 



—281— 

En estás circunstancias se reunió la segunda legislatura, el 
*> de Agosto de 1847, y el Ejecutivo nombró un Ministro Ple- 
nipotenciario que marchó á la ciudad de Arequipa, á donde 
de común acuerdo deberían arreglarse las diferencias pendien- 
tes por los comisionados de ambos Gobiernos. 

En seguida sometió el Ejecutivo al examen del Congreso, 
el presupuesto general de los gastos nacionales, obra que si 
nó del todo perfecta, manifiesta, bastantemente los esfuerzos 
qne se hicieron para su formación. 

Los noventa dias que por la Constitución debe durar el 
Congreso ordinario, se concluyeron sin haberse ajustado los 
tratados de Arequipa, ni dictado la ley del presupuesto ; por 
consiguiente se prolongaron las sesiones los treinta dias mas 
que previene la ley; pero aun no fueron suficientes, y el Go- 
bierno convocó á Congreso extraordinario, en cuya época lle- 
garon y se aprobaron los tratados de Arequipa con algunas 
modificaciones por el Ministerio, y por último se dio la ley de 
presupuesto el 10 de Marzo de 1848, y las Cámaras cerraron 
sus sesiones. (1) 



TOPOGRAFÍA. 



LIMA, capital de la Bepública Peruana y emporio de la 
América del Sud, situada á los 12° 2' 51" de latitud S; y á los 
70° 50' 51" de longitud O. del meridiano de Cádiz, fué fundada 
el 18 de Enero de 1535 por D. Francisco Pizarro* Sus edificios 
ocupan en el dia una área, cuya circunferencia es de diez millas^ 
que divide el Eimac, atravesándola en toda su longitud de E. 
á O : la parte principal situada al S. y la conocida por arrabal 
de San Lázaro al ~N. unidas ambas por un magnífico puente 
de 530 pies castellanos de largo, y 30 de ancho sobre seis ar- 
cos de 36 pies de elevación. 



(1) Las faltas y errores, que note el lector en la parte histórica de esta geogra- 
fía, serán rectificadas y corregidos, con los documentos oficiales y auténticos, que 
el editor de esta obra publicará en el lugar correspondiente y en su oportunidad, 
pues siendo como desde luego es, el primer peruano que se enroló en Pisco en 
Setiembre de 1820 en el Ejército Libertador, que en ese mes desembarcó en ese 
puerto, mandado por el ilustre general San Martin, y haber presenciado y tenido 
parte en los triunfos y contrastes, experimentados en la guerra de nuestra, eman- 
cipación, ha cuidado desde esa época, de compilar los materiales circunstanciados 
que sirvan al que se proponga escribir con pureza é imparcialidad, la historia de 
nuestra independencia hasta el dia. — M. de O. 

LlTEP ATURA — 25 



—282— 
Toda la ciudad consta de 5 cuarteles divididos en 10 distri- 
tos, que comprenden 46 barrios, 211 manzanas, y 419 calles; 
la mayor parte de ellas rectas y cortadas unas por otras. Su 
población á falta de censo que la determine, puede calcularse 
en 75,000 habitantes. (1) 



(1) En este estado se encontraban los trabajos del Dr. Larriva de esta óbrita, 
cuando le acometió la muerte, por cuya desgracia la dejó sin concluirla ni cor- 
regirla. — M. db O. 



ORACIÓN FÚNEBRE 



DE 



111 




BQB60N 



PRINCESA DE ASMAS. 



PRONUNCIADO EN LA CATEDRAL DE LIMA 



EN JUNIO DE 1807. 



$m mi i&. 1, mm s a ¡de Maanm i ara. 



COLEGIAL, MAESTRO DE SAN OARLO! 



GrUSTANS CUSTAVI::: PAULULUM MELLIS, ET ECCE EGO MORIR- 



Yo he tomado un poco de miel, apenas la he probado, y ya 
muero. Lib. I. de los Reyes. Cap. 14. 



EXORDIO. 



Así hablaba en otro tiempo, señor Excmo, el piadoso y va- 
liente Jonatás. Este Príncipe, que siguió dichosamente los de- 
signios del Señor; que tanto señaló con sus victorias sus talen- 
tos militares; y que hizo su nombre tan terrible en Geth y en 
Ascalón. Este Príncipe, cuyo valor llevó tan lejos la gloria de 
de su nación ; cuyo escudo la libró de los tiros de su enemigo 
el Filisteo; y cuya flecha, según la expresión de David (1), ja- 
más se volvió hacia atrás, y siempre fué ¡bañada de la sangre de los 
maestros. Este Príncipe joven heredero del trono de Israel, 
en quien estaban fundadas las esperanzas de su pueblo, oye 
como Ezequias (2) en la mitad de su vida la sentencia terrible 
de su muerte. 



[1] A sanguine interfectorum, ab adipe fortuita, sagitta Jonathae imn- 
quam rediit retiorsnni, II. Reg. Cap. I. v. 22. 

[2] Haec dicit Doniinus Deus::: morieris enim tu, et non vives. IV. Reg. 
Cap. 20. v. 1. 



— 286— 

¡ O gloria de la tierra ! ¡ Gloria tan frivola como el humo, 
que se esparce por los aires, y tan pasajera como él! Los be- 
neficios de la naturaleza, los dones de la fortuna, el triunfo 
mismo que acaba de alcanzar, y cuyas fatigas le obligaron á 
comer de ese panal, que encontró en el camino por donde iba 
persiguiendo á sus enemigos fugitivos, todo ha pasado lo mis- 
mo que una sombra. Todo lo lia disipado el golpe funesto que 
amenaza su cabeza. ¡ Qué cortos son ahora para él los años de 
su vida ! Solo le presenta grande el momento de perderla. Yo 
he tomado, exclama, un poco de miel, apenas la he probado, y 
ya muero: gustans gustavi::: xuiuliilummellis, et ecce ego morior. 

Al oir estas palabras ¿no os parece, señores, que está ha- 
blando esa Princesa, á quien venimos á pagar los últimos de- 
beres? i~Nó os parece que dice con una voz moribunda: mis 
dias no han sido sino una aurora: yo no he hecho sino probar 
la vida: apenas supe ayer que debia subir algún día alexplen- 
dor del trono, y ya sé hoy que debo descender bien presto á 
las sombras del sepulcro: gustans gustavi::: paululiim mellis, 
et ecce ego morior f 

No esperéis, señores, que yo entretenga vuestra imaginación 
con brillantes pinturas de las tristes revoluciones, que sin ce- 
sar agitan nuestro globo: no esperéis que os ponga á la vista 
reynos trastornados, imperios divididos, reyes destronados, ni 
vasayos elevados al trono: no esperéis que os hable de las 
grandes variaciones, que ha sufrido desgraciadamente en nues- 
tros dias la máquina del mundo político, ni los héroes que mue- 
ven sus resortes. Yo no vengo á llorar la muerte de una Prin- 
cesa, que mezclada en los intereses y en las intrigas de las 
cortes, ha causado ó terminado las diferencias de los pueblos. 
Nuestra Princesa no se ha ocupado en los negocios del siglo; 
ella no ha tenido parte alguna en la guerra, ni en la paz ; sus 
acciones no tienen otra excelencia que la excelencia de la vir- 
tud que las dirige; su mérito sin ese brillo exterior que des- 
lumhra y que seduce, no ha podido adquirir una reputación 
igual á su grandeza: toda su gloria está encerrada en su inte- 
rior: omnis gloria filiae regis ab intus. (1) 

Así encontrareis en mi discurso, en lugar de la sabiduría 
del mundo, la sabiduría de los Cielos : en lugar de máximas 
políticas, máximas evangélicas: en lugar de los triunfos de las 
naciones, los triunfos de la gracia: en lugar de la pompa de 
las grandezas humanas, las humillaciones de la cruz de Jesu- 
cristo : en lugar de glorias, sufrimientos : y en lugar de pla- 
ceres terrenos, consuelos celestiales. En una palabra: una vi- 
da corta por el número de los años que dura, pero larga por el 



(1) Psalm. 44. v. 14. 



—287— 
número de los frutos de justicia que produce: una muerte lar- 
ga por la extensión de los padecimientos que la preceden, pe- 
ro corta por la grandeza de la santa resignación con que se su- 
fren: ved aquí, señores, los dos puntos que van á servir á la 
edificación de vuestras almas, y á formar el elogio de la seke- 

NÍSÍMA SEÑOKA DOÑA MARÍA ANTONIA DE BORBON, PRINCESA 
DE ASTURIAS. 



DISCURSO. 



PARTE PRIMERA- 



Yo no tengo necesidad de deciros lo rara que es la justicia^ 
en medio de el esplendor lleno de tentación de las grandezas 
humanas. El Apóstol San Juan os dice, que ella se encuentra 
entre las miserias y trabajos: hi sunt, qui venerunt de tríbulatio- 
ne magna, et lavérunt stolas suas, et dealbaverunt eas in sanguine 
agni (1). Separad las historias de todas las naciones; todas 
ellas os instruirán de esta verdad. ¿ Cuántos hombres encon- 
trareis, que puedan confesar como David desde el seno de las 
prosperidades, que han caminado siempre en la inocencia de 
su corazón (2) ? ¿ Cuántos que puedan desde el trono asegurar 
como Ezequias, que se han conducido siempre por los sende- 
ros de la verdad, y que siempre han hecho lo agradable á los 
ojos del Señor (3)? ¿Cuántas mugeres hallareis, que llenas 
como Judit de posesiones y riquezas, se hayan hecho en sus 
casas aposentos secretos para vivir entregadas á los exercicios 
de la penitencia (4) ? ¿ Cuántas, que elevadas hasta ser espo- 

(1) Apoe. Cap. 7. v. 14. 

(2) Perambulabam in innocentia coráis mei. Psal. 100. v. 2. 

(3) Obsecro, Domine, memento qxiaeso quomodo ambulaverin coram te 
in veritate, et in corde perfecto, et quod placitum est coram te fecerim. IV. 
Eeg. Ca. 20. v. 3. 

(4) In superioribus domus suae fecit sibi secretum cubicultmi, in qno 
cum pnellis suis clansa morabatur, et babens snper lnmbos suos cilicium, 
jejunabat ómnibus diebus vitae suae. Juditb. Cap. 8. v. 5, et. 6. 



—289— . 
sas de irnos Príncipes tan grandes como Asnero, puedan decir 
como Ester, desde el dia en qne fui traída aquí hasta el pre- 
sente, solo en voz, Dios mío, se ha regocijado vuestra sierva: 
imnquam laetata sit ancilla tua ex quo Ivuc transíala sum, usqiie 
ingraesentem diem, nisi in te, Domine Deus (1)1 ¿Es la Iíeyna 
de Persia la que habla, ó es la Princesa de Asturias? ¿La co- 
nocéis, señores! Es Ester: pero María Antonia, tiene los 
mismos sentimientos. 

Nacida de esa casa augusta, que ha llenado ai mismo tiem- 
po los tronos de España, de Francia y de las dos Sicilias, es 
hija de esos Beyes, que se han heredado con el cetro la gloria y 
la piedad; que han sabido conservar las provincias adquiridas 
por el derecho de suecesion, y adquirir otras nuevas por el de- 
recho de las armas; y que han tenido bastante autoridad para 
hacerse obedecer en ambos mundos. Pero lo que ensalza mas 
su nacimiento^ es que ella lo debe a Maria Carlota de Lorena, 
y la sangre de Borbon se mezcla con la de Austria. 

No podia la Princesa mirar con indiferencia tanta gloría. 
No penséis por esto que la deslumhra el esplendor de su bri- 
llante cuna, ni que la envanecen los títulos pomposos de una 
familia tan ilustre. Ella sabe que Dios es quien da los grandes 
nacimientos; que escoge ciertos hombres del mismo modo que 
á Abrahan (2), y hacer salir de ellos los reyes y los príncipes; 
pero que todo el género humano formado de solo Adán trae 
su origen del lodo de la tierra. Así la misma elevación es un 
motivo de humillarse para esta Princesa religiosa, que adora 
en su fortuna los designios secretos de la divina providencia. 
Ella no funda su grandeza en los blazones de su casa, sino en 
los exemplos de virtud, que le dejaron sus mayores. Mira con 
un desprecio santo los leones y las lises; pero se llena de sa- 
tisfacción, al pensar que por sus venas circula la sangre de 
San Fernando y de San Luis. No ve en su abuelo Carlos al 
monarca guerrero, que con la espada extiende sus dominios, 
sino al monarca piadoso, que con la pluma extiende la devo- 
ción a la pureza de Maria. Y su bisabuelo Felipe le parece 
mas grande cuando entra en la granja de San Ildefonso vic- 
torioso del mundo, que cuando entra en Zaragoza triunfante 
del Austríaco. 

No temáis, católicos, que yo arrastrado por los respetos hu- 
manos profane la santidad de este lugar con la vil y abomina- 
ble adulación. Yo hablo en el tendió de ese Dios terrible, en 
cuya presencia desaparecen las grandezas del mundo, y se con- 

[1] Esthér. Cap. 13. v. 18. 

[2] Faciamqne te crescere velienientissimó, et ponara te in gentibns, Re* 
gesque ex te egreclíentur. Gen. Cap. 17. v. 6. 

Litera tur a — 2(> 



—290— 
funden con el polvo los Beyes y sus tronos. Sí, Dios niio: yo 
sé, que estás pesando la menor de mis palabras en la balanza 
del santuario : pero yo no abuso de mi sagrado ministerio. Yo 
no pretendo canonizar brillantes vicios : yo no rindo homena- 
ge á los ídolos de la ambición y del poder: yo alabo á una 
Princesa virtuosa: y tú te complaces en ver elevarse de la tier- 
ra el liumo del incienso quemado á la virtud. 

Va creciendo en Ñapóles esta planta preciosa; y el esmero 
de Fernando y de Carlota en cuidar de su cultivo la va llenan- 
do de flores y de frutos. Ya empiezan á aparecer en ella ras- 
gos mezclados de magestad y de dulzura, que manifiestan á un 
tiempo la grandeza ele su origen, y el fondo de su liumildad. 
Ya empiezan á brillar las cualidades mas bellas de el corazón 
y de el espíritu. Dotada de una noble propensión á nacer feli- 
ces á todos sus semejantes, cuenta el bien de la humanidad 
por suyo propio. Socorrer las miserias, y aliviar los dolores, 
son los placeres, que interesan mas á su alma generosa. Pro- 
funda en sus reflexiones, y sólida en sus juicios, tiene bastan- 
te sabiduría para pesar sus pensamientos : y hace que en su 
tierna edad se admire la prudencia de una edad avanzada. To- 
do se ha juntado para enriquecer á la Princesa; nobleza, gra- 
cias, talentos y virtudes. ¡ Qué mas tiene que apetecer la Es- 
paña en la muger, que parece destinada por el Cielo á dar su- 
cesor al sucesor de Carlos! María Antonia es digna del 
Príncipe Fernando, y Fernando es digno de la Princesa Ma- 
ría Antonia. 

Habitantes, felices habitantes de Barcelona, vosotros sois 
testigos de su llegada a nuestro reyno ; vosotros descubrís en 
el ayre gracioso de su rostro la dignidad de su alma: admiráis 
su compostura mayor que su belleza: presenciáis las miradas 
alagüeñas, que Carlos y María Luisa arrojan sobre ella, y la 
modesta sonrisa con que ella las recibe: disfrutáis de la afabi- 
lidad y de la dulzura de su trato: y tenéis la dicha de llevar 
vuestras aclamaciones y homenajes hasta el pie de los altares, 
donde arden los fuegos de tan casto matrimonio. Pero ah! que 
breve exclamareis con el Profeta Jeremías: ha faltado el gozo 
de nuestro corazón, se ha convertido en llanto nuestra música: 
defecit gmidnim coráis nostri: versus est in luctum chbrus noster 
(1). Y vosotros, esposos dignos de una unión eterna, ¡cómo 
mudaríais en lúgubres ceremonias las alegres solemnidades de 
este día, si supierais cuan eíímeros son esos lazos sagrados, 
con que el ministro del Señor os acaba de estrechar ! Ya la 
muerte está preparando para cortarlos su guadaña horrible. 
Entretanto España va descubriendo poco a poco las pren- 



1] Thren. Cap. 5. v. 15. 



—291— 
das recomendables de la joven Princesa, y cada dia se com- 
place mas en tan preciosa adquisición. Su nobleza en los j)en- 
samientos, su pureza en las palabras, y su decoro en las accio- 
nes; su fidelidad en imitar la prudencia de Abigail (1), y su 
empeño en igualar la sumisión de Sara (2), y su atención in- 
fatigable á seguir en todo la conducta de esa muger sabia, que 
Salomón describe en sus proverbios (3), le concillan muy breve 
toda la confianza y el amor del Príncipe su esposo. Ella gana 
después los corazones de Oárlos y de Luisa; no por una simu- 
lación artificiosa, de que la hacen incapaz su veracidad y sen- 
cillez, sino por el atractivo poderoso de sus dotes singulares. 
Todos son atraídos por su suavidad y por sus luces, y todos 
miran en ella la mujer mas proporcionada para aliviar algún 
dia el peso de la corona sobre la cabeza de Fernando. Jamas 
hubo una Princesa mas amada. ¿ Quién puede resistirse á la 
belleza encantadora de una verdadera y sólida virtud? 

Activa sin precipitación, justa sin rigidez, firme sin capri- 
cho, prudente sinbaxeza::: ¡ ah Españoles, como la hubierais 
admirado sobre el solio ! ¡ Cuánto hubiera llegado á esclare- 
cer vuestro horizonte este astro resplandeciente, si no se hu- 
biera eclipsado antes de llegar al medio día ! ¡ Que no pueda 
yo dar un paso en la gloria de esta Princesa, sin encontrarme 
con su muerte í ¡ O muerte ! no vengas á importunar mi pensa- 
miento. Déjame engañar el justo sentimiento de su irrepara- 
ble memoria de su dulce posesión. Pero no: yo no puedo ol- 
vidarte; yo estoy hablando de su vida, y toda su vida no fué 
sino una preparación para arrostrarte con firmeza. 

¡Qué exactitud en observar los consejos de San Pablo (4) 
para llenar los deberes de su estado ! ¡ Qué recogimiento, que 
fervor en los lugares santos donde asiste con frecuencia á la 
celebración de los misterios ! ¡ Qué fé, que devoción cuando 
ofrece al Cordero sin mancha el grato sacrificio de sus pasio- 
nes humilladas ! ¡Qué veneración, que respeto para con los 
ministros del santuario, en quienes vé los depositarios de la 
ley de Jesuristo, y los dispensadores de sti sangre! ¡Qué 
moderación en usar de los favores de la fortuna ! ¡ Qué cons- 



[1] Et uomen uxoris ejus Abigail, eratque niulier illaprudentissírna. I. 
reg. Cap. 25. v. 3. 

[2] Sicut Sara obediebat Abrahae, dorninum eum voeans: cujus estis filiae 
benefacientes, et non pertimentes ullam perturbationem. I. Pet. Cap. 3. 
v. 6. 

[3] Sapiens mulier aedificat doniun suain::: Ainbulans recto itinere, et 
timens Deuni. Prov. Cap. 19. v. 1. 2. 

[4] Ut viros suos ament:::prudentes, castas, sobrias, domus curara kaben- 
tes, benignas, subditas viris suis, ut non blasphemetur verbum Dei. Ad Tit. 
Cap. 2. v. 9. 5. 



—292— 
tancia en presentar á sus reveses un semblante sereno ! Aquí 
recuerdo sin pensarlo la desgraciada suerte de su casa. ¿Quién 
no se hubiera abatido al ver á sus padres arrojados de el solio, 
salir con su familia fugitivos á refugiarse fuera de su corte? 
Pero ella entra con David en las potencias del Señor (1): en 
nada de esto advierte las disposiciones de los hombres: solo 
conoce el dedo de ese Dios que ha dicho i)or boca del Profeta 
Jeremias : yo he formado la tierra con los hombres y los ani- 
males que la habitan, y yo la pongo en las manos que quiero: 
ego feci terram, et homine:;, et jumenta, quae sunt super faciem 
terrae ::: et dedi eam ei, qui plaeuitin oculis meis (2). 

¿Me olvido yo de hablar de su sensibilidad y compasión? 
La caridad, ese fuego celestial que enciende el corazón, y hace 
que su luz disipe las sombras de la miseria; ese x>recioso don, su- 
perior, como dice el Apóstol (3), á todos los' dones del Señor; 
y que según se explica el ISTacianzeno (4), es lo mas divino que 
tienen los notables, y los constituye en cierto modo dioses so- 
bre le tierra; parece haber nacido con esta Princesa tan liberal 
y tan piadosa. Jamás llegaron inútilmente á sus puertas el 
huérfano y la viuda: jamás dejó de hacer todo el bien que po- 
día, ni de sentir el mal que no podía remediar. ¡ Qué la distan- 
cia no me permita distinguir toda la abundancia de limosnas 
que derramaba en el seno de la necesidad y la indigencia ! 

Pobres de Jesucristo, imágenes vivas de un Dios hombre 
humillado y abatido, vosotros que encontrasteis su mano 
pronta siempre á aliviar el peso de la tribulación que os abru- 
maba, hablad y descubridnos toda la extensión de su ternura. 
Pero no : callad vosotros, que ella misma habla al mayordomo 
que le acaba de avisar, que ha aumentado á su renta treinta 
mil reales cada mes, la generosidad del Soberano. Yo me ale- 
gro, le dice, ya tienen eso mas los pobres de Madrid, ¡ O liberali- 
dad extraordinaria ! ¡ O riqueza de misericordias ! ¡ O Prince- 
sa ! siempre alabarán tu nombre los desvalidos y los pobres. 
Paujjer, etinops lamlabunt nomen tuum (5). Ellos no cesarán 
de publicar tus beneficios, y jamas podrán consolarse de ha- 
berte perdido tan breve, cuando tu edad les prometía que les 
serias muy durable. 

Veinte y un años tenia cuando la muerte la arrebata. ¿ Y 
os parece acaso que ha vivido poco 1 ~No, señores : los días del 



[1] Introibo in poteutias Doroini. Psal. 70. v: 15. 

[2] Jerem. Cap. 27. v. 5. 

[3] Nimc antera manent, fldes, spes, chantas : tria haec : raajor antera 
horurn est chantas. I. Cor. Cap. 13. v. 13. 

[4] Fac calamitoso sis Deiis, Dei misericordiara imitando. Nacian. Orat. 
de panper. araoie. 

[5] Psal. 73. v. 21. 



—293— 
impío, dice el Profeta, se desvanecen lo mismo que la som- 
bra, y sus años corren con mucha prontitud: defecerunt in va- 
nitate (lies eorwm : et anni eorum cum festinatione (1). Pero el 
justo, aunque muera temprano, lia vivido muchos tiempos, di- 
ce el sabio: coiisummatus in brevi, expleuit témpora multa (2). 
Los dias de la Princesa han sido pocos ; pero todos ocupados, 
como os acabo de mostrar, no han podido caminar con la mis- 
ma rapidez con que caminan los ociosos. Todos llenos de la 
solidez y la grandeza de las cosas del Cielo, do han podido 
disiparse como se disipan los vacíos, que encierran solamente 
la ligereza y la nada de las cosas de la tierra. El mundo ha 
visto á la Princesa morir en su juventud; y Dios la ha visto 
morir en su vejez: aetas senectutis vita immaculata (3). 

$ Y cuál es el fin de una vida tan x>reciosa, que aunque cor- 
ta j)or el número de los años que dura, se hace larga por el 
número de los frutos de justicia que produce? Es una muerte, 
señores, tan preciosa como ella: una muerte larga por la ex- 
tensión de los padecimientos que la preceden, pero corta pol- 
la grandeza de la santa resignación con que se sufren. 



[1] PsaL 77. y. 33. 
[2] Sap. Cap. 4. v. 13. 
[3] Sap. Cap. 4. v. 9. 



PARTE SEGUNDA. 



Es claro, decia San Bernardo, que mientras permanecemos 
en este cuerpo frágil estamos alejados del Señor, y fuera de 
nuestra patria (1). Todos hemos nacido para vivir con Jesu- 
Clrristo eternamente en la celestial Jerusalen después de ha- 
ber sido sacrificados con él en esta tierra miserable. Es preciso 
que seamos ofrecidos y sacrificados en el bautismo, como él 
en su Encarnación; que sufriendo con una resignación como 
la suya las penalidades y trabajos, continuemos el sacrificio 
en toda nuestra vida; y que la muerte venga á consumarlo. 
Entonces la amia inmortal rompiendo los lazos que la unian á 
lo mortal y á lo caduco, y descargándose del peso insoportable, 
que abrumándola siempre no cesaba jamas de inclinarla hacia 
abajo, acaba su inmolación; dirige sus fuerzas con libertad 
hacia arriba; vuela hasta los Cielos, y es recibida en el seno de 
su Dios. Así la muerte del justo es el principio de su vida, es 
el fin de sus trabajos, y la consumación de su victoria. 

Tales eran las ideas que tenia la Princesa profundamente 
gravadas en su espíritu ; y tal la disposición en que se ha- 
llaba, cuando ve acercarse el dia del Señor. Almas débiles 
que tembláis al nombre solo de la muerte, venid á perderle el 
miedo en el lecho de la Princesa. Allí no encontrareis esa fan- 
tasma enorme que vuestra imaginación os representa rodeada 



[1] Liquet, dilectissirai, quod dum corpore retinemur, peregrinamur á 
Domino, et sic lnctum magis, quam gálidium miseraiidum notos inducit 
exilium. Bern. in sena. S. Malaca. 



—295— 
del melancólico aparato de horrores y de sombras. Allí veréis 
sin nada de terrible el tranquilo sueño que da el Señor á sus 
amados, para que entren a gozar de la herencia de su hijo (1). 
Pero no os engañéis : las obras de la vida son los rasgos con 
que aparece trazado el semblante de la muerte. Las virtudes 
lo forman apacible ; pero los crímenes horrendo y espantoso. 
Para morir como la Princesa, es preciso, cristianos, haber vi- 
vido como ella. 

Acaso un feliz pensamiento de la proximidad de su fin, ó mas 
bien un rayo desprendido del seno del padre de la luz corre á 
sus ojos el velo que impide á los mortales mirar como son en sí 
las corrupciones de la tierra. Va perdiendo el gusto á tocios 
los placeres, y solo se regocija como Ester en su Señor y en su 
Dios (2). Encerrada como Judít (3) en una secreta habitación, 
vive retirada en medio de su palacio, y goza de una tranquili- 
dad profunda entre la bulliciosa agitación de una corte tumul- 
tuosa. Renuncia al mundo con sus vanidades y sus pompas; 
se renuncia a si misma; ya no vive para sí; vive, como ordena 
San Pablo, para aquel que por todos minió y resusitó: ut et qui 
vivimtjamnon sibi, vivan, sed ei qui pro ipsismortuusest, etresur- 
rexit (4). Paseos, juegos, espectáculos que ocupáis á tantas al- 
mas frivolas, que viviendo según la carne, gustan délas cosas de 
la carne, vosotros no sois capaces de interesar a la Princesa; ella 
vive según el espíritu, y solo gusta de las cosas del espíritu (5). 

Así, Dios mió, vas preparando la víctima para recibir el sa- 
crificio en olor de suavidad. Ya la has adornado con los dones 
de tu misericordia: descarga ahora sobre ella el rigor de tu jus- 
ticia. Ella está, como el Profeta, dispuesta á que la pruebes; 
proba me Domine, et tenta me (6) ; ella tiene presentes los bene- 
ficios que le has hecho: ella ha caminado siempre en la obser- 
vancia de tu ley: no volverá las espaldas como los hijos de 
Efraín, el dia del combate (7). 

¿Y dónde os parece, cristianos, que hace sus pruebas el 
Señor? El horno prueba las vasijas del ollero, dice el Eclesiás- 
tico, y á los hombres justos, la tentación de tribulación : vasa 

[1] Cunidederit dilectis suissomnurn: ecce hacreditas Domini fllii. Psal. 
v. 2. 3. 

[2] Esther. Cap. 14. v, 18. 

[3] Juditb. Cap. 8. v, 5. 

[4] Cor. Cap. 5. v. 15. 

[5] Qui enirn securndum camera srmt: quae carnis sunt, sapiunt. Qui 
vero secucdum spiritum srmt: quae sunt spiíitüs, eentiunt. Paul. Eom. 
Cap. 8. y. 5. 

[6] Psal. 25. v. 2. 

[7] Filii Ephrem intendentes et mittentes arcum: conversi sunt in die 
belli. Non custodierun testamentum Dei: et in lege ejus soluerunt rmilmla- 
re. Et obliti sunt benefactorum ejus. Psal. 77. v. 9. 10. 11. 



— 2í)6— 
jUjuli prohat fornax, et Tiornin es justos tentatio tribiilationis (i). 
Allí fueron probados Abrahan, Isaac y Jacob: allí fueron 
probados Moyses (2) David (3) y Tobías (4) : allí fué probado 
el Santo Job (5): y allí es probada también nuestra Princesa. 

Calamidades de España que os habéis aumentado con la 
desgracia de su muerte , vosotros aumentáis la desgracia 
de su vida. A manera de las melancólicas horas de la no- 
che agravasteis el peso de sus males. ¿Sus males! ¡ah! 
¡cuántos objetos ^tristes se ofrecen de tropel al pensamiento! 
Una incóninoda debilidad padecida desde Ñapóles; una opre- 
sión de pecho, que se deja quejar menos, cuanto se deja sentir 
mas; unas palpitaciones de corazón acom panadas casi siempre 
de fiebres violentísimas ; dos abortos desgraciados ; una tos 
continua f fatigante; una expulsión frecuente de copiosa san- 
gre mezclada muchas veces de otras materias que acreditan un 
vicio incorregible en el pulmón; las fuerzas de la naturaleza 
agotándose por grados; las congoxas del espíritu unidas á las 
del cuerpo; todos los recursos del arte hallados impotentes; to- 
dos los medicamentos inútiles; todas las esperanzas perdidas; 
y todo el resultado de las largas y repetidas conferencias de 
los siete profesores de cámara, reducido á pronosticar la muer- 
te de la Princesa. 

¿ Por qué me conmuevo yo al hacer la relación de unas pe 
ñas que ella sufre con tanta fortaleza? Feliz el hombre, Cató- 
licos, que extiende su mano sobre el indigente y el pobre: 
Dios extenderá la suya sobre su lecho de dolor: Beatus, qui 
intelligit super egenum et pauperem::: Dominus opem ferat illi 
super lectwm doloris (6). Feliz nuestra Princesa que ha hecho 
sentir tanto la grandeza de su misericordia. Ella siente la 
grandeza de la misericordia del Señor; vé en medio de 
sus tribulaciones, al Dios de consolación ; y no cesa de oir des- 
de su lecho de muerte estas palabras de vida: no desprecies, 
hija mia, la corrección del señor, ni desmayes cuando él te re- 
prende ; porque el señor castiga al que ama, y azota á todo 
el que recibe por hijo: quem enim diligit Dominus castigat: flq- 
gellat autem oinnemfilium, quem recipit (7). 

(1) Eccii. Cap. 27. v. 6. 

(2) Memores esse debent, quomodo pater noster Abraham tentatus est, 
et per multas tribulationes probatus, Dei amicus efíectus est. Sic Isaac, sic 
Jacob, sic Moyses::: per multas tribulationes transierunt fideles. Judith 
Cap. 8. v. 22. 23. 

(3) Probasti cor meum, et visitasti uocte: igne me examiuasti. Psal 16. 
r. 3. 

(4) Et quia acceptus eras Deo, uecesse fuit ut tentado probarette. To- 
biae cap. 12. v. 13. 

(5) Probavit me quasi aurum, quod per igucm transít. Job. cap. 23. v. 10. 
(ti) Psal. 40. v. 1. 4. 

(7) Pan. Heb. Cap. 12. v. 6. 



—297— 
Preparada de esre modo, y bañada muchas veces en la san- 
gre del Cordero, llama á Jesucristo á padecer con ella, para 
que continúe esa pasión sagrada que ha de consumar con los 
sufrimientos del último de sus miembros: de los males que 
Dios le ha enviado, hace un obsequio al mismo Dios: hace de 
la muerte la penitencia de la vida: y de un suplicio necesario, 
un voluntario sacrificio. Cuantas veces pregunta con un Eey 
humillado: ¿hasta cuándo duran, Señor, los padecimientos de 
tu sierva? ¿ Quot sunt dies servi tui (l)f Pero cuantas veces 
también adorando la mano que la hiere, repite llena de sumi- 
cion estas palabras de Judít: nosotros no debemos impacien- 
tarnos por los trabajos que sufrimos, considerando que son 
menores que nuestras culpas los castigos del Señor : non ulcis- 
eamur non pro his, quae patimur, reputantes peccatis nostris 
haec ipsa suplida minora esse (2). Así se hace superior á si mis- 
ma; así se eleva sobre las fuerzas de la naturaleza, sobre las 
aflicciones y la muerte. 

Lejos de quejarse de que estando aun á medio texer, se le 
corte el hilo de una vida á que tiene destinadas tantas prospe- 
ridades la fortuna, ella dice con frecuencia al Señor : un dia 
pasado en vuestros tabernáculos vale mas que mil pasados en 
la tierra : melior est dies una in atriis suis super millia (3). Le- 
jos de lisongearse con la esperanza vana de sanar de sus do- 
lencias, ella siente que el esposo se aproxima, y solo piensa 
en prevenirse del aceyte necesario para salirle al camino con 
su lámpara encendida (4). 

Profesores, que habéis trabajado tanto en la salud de su 
cuerpo, nada tenéis que trabajar en la salud de su alma. No 
os fatiguéis en estudiar ese lenguaje de consideración y mira- 
miento con que se habla á la Princesa en semejantes ocasiones. 
La de Asturias no necesita que se le anuncie que debe á la re- 
ligión el homenage público de su fé. Ella misma pide con 
instancia esos socorros divinos que elevan el espíritu, y lo 
aproximan á su origen. Dos veces recibe á su Criador. Desde 
entonces mil torrentes de alegría inundan su corazón: ella se 
hace inaccesible á la crueldad de sus dolores ; y aunque el 
hombre exterior está muy débil, según la expresión del Após- 
tol ( 5 ), el interior se fortalece y renueva. ¡ Con qué tranquili- 



(1) Psal. 118. v. 84. 

(2) Judith. Cap. 8. v. 26. 2?. 

(3) Psal. 83. v. 11. 

(4) Prudentes vero ecceperunt cleum in vasis suis cum lampadibus::: 
Ecce sponsus venit, exite obviara ei. Matth. Cap. 25. v. 4. 6. 

(5) Licét is, qui foris est, noster homo comirupatur ; tamen is, qui intus 
est, renovaturde die in diere.. 2. Cor, Cap. 4, v. 16. 

Literatura — 27 



—298— 

dad inalterable se siente balancear en las orillas de la tumba í 
¡Cómo posee toda su majestad y su grandeza en el momento 
que va á confundir para ella el tiempo con la eternidad ! Vé 
acercarse á la muerte, y no la teme. Es que ella sabe que sus 
tiros no alcanzan al tesoro precioso de su espíritu, sino al va- 
so de barro que los encierra (1). Está próxima* á comparecer 
en el tribunal terrible donde se juzgan las justicias (2): ella 
lo conoce, y no se espanta. Es que ella sabe que Jesucist'o 
juzga según su evangelio (3), y sienii>re ha seguido el evange- 
lio de Jesucristo. Opulento reyno de España, tú no eres ca- 
paz de exitar en su alma el mas ligero sentimiento. La heren- 
cia del reyno de los Cielos (4) es la que la inflama, y la arre- 
bata. Todo ha desaparecido á sus ojos ; ella no vé sino á Dios; 
y su último suspiro es un suspiro de amor. 

¿ Muerte cruel é inexorable, por qué hieres con tanta indis- 
creción? ¿Por que te apresuras á teñir con sangre pura tu 
bárbara guadaña, y dejas al vicio crecer, y envejecerse? ¿Por 
qué no sigues á lo menos el curso de la naturaleza, y aguar- 
das que todo sea consumido del tiempo? ¿Pero quién eres tú, 
para que puedas responderme? ¿Dónde está tu poder, des- 
pués que Jesucristo levantándose triunfante del sepulcro, rom- 
pe al salir, tu cetro contra la losa que lo cubre ? 

Arbitro soberano de los destinos de los hombres, es á vos á 
quien debo preguntar. Sabiduría infinita, que dictáis desde el 
santuario los adorables decretos que reglan el universo, dig- 
naos instruirme de un ministerio tan impenetrable para mi. 
Vos sois justo, Señor; pero yo os pregunto cosas justas (5). 
¿Porqué el impío permanece un siglo sobre la tierra quebran- 1 
tan do vuestras leyes ; y esta princesa incomparable que ha ca- 
minado siempre en la santidad y en la justicia, y que hacien- 
do, con el tiempo, la felicidad de nuestro reyno, os hubiera 
formado un pueblo de adoradores con su exemplo, ha sido ar- 
rebatada en la mitad de su carrera? Permitid, gran Dios, que 
yo os pregunte aun. Si vuestras palabras permane cen siempre 
aunque falten los Cielos y la tierra (6), y si jamás os arrepen- 



(1) Corpus quiclem mortuum est propter peccatum; spiritus vero vi vi t 
propter justificatiouem. Pau. Kom. Cap. 8. v. 10. 

(2) Ego justitias judicabo. Psal 74. v. 3. 

(3) Cum judicabit Deus occulta hoiuinura secmidum Evangeliuin meuiii 
per Jesimi Christum. Pau. Kom. Cap. 2. v. Ib', 

. (4) Haeredes regid, quod repromissit Deus diligentibus se. Jacob i cap. 
2. v. 5. 

(5) Justus quiden tu es Doniiue, si disputen tecum ; Veruuitauíen justa 
loquar ad te. Jereui. Cap. 12 v. 1. 

(6) Coeluia et térra transibunt, verba autexn me non' transibunt. Marc. 
Cap-" 13. v. 31. 



—299— 
tis de las promesas que hacéis (1), ¿cómo habéis arrancado á 
María Antonia de los brazos de Fernando? ¿Vos mismo no 
habéis dicho, que una mnger buena es una porción, que 
pertenece por herencia á los hombres que os temen ( 2 ) ? 
¿Vos no habéis prometido que ella hará las delicias de su 
esposo, y coronará en paz los años de su vida (3)? ¡O 
abismo de vuestra sabiduría! ¡O profundidad de vuestros 
juicios! ¡ O Dios incomprensible! ¿Quién sabe si os habéis 
apresurado en llevar ú la Princesa en estos dias calamitosos á 
que reyne con vos, para que pueda como Ester libertar á su 
pueblo (4) ? ¿ Quién sabe si la habéis separado de un Príncipe 
tan digno, para que pueda proporcionarle desde lejos mayores 
prosperidades, que las que podia proporcionarle estando cer- 
ca? ¿Quien sabe ¿Pero por qué no ha de saberse, si todos 

vuestros caminos son la misericordia y la verdad (5)? ¿Yo oso 
pensar, Dios mió, que habéis abreviado sus dias, para alargar 
por ella los dias de Fernando ; que la habéis acercado al trono 
de los Cielos, para afirmar por su influjo el trono de la España; 
que habéis confundido á su nación por el dolor de su pérdida, 
para confundir por sus ruegos á las naciones enemigas ; y que 
habéis hecho suba de la tierra á habitar tan temprano en la 
mansión eterna de la paz, para que por medio de ella baxe la 
paz á habitar en la tierra. Amen. 



(1) Juravit Dominus, et non poenitebit eum. Psal. 109. v. 4. 

(2) Para bona, miüier bona, in parte timentium Deum. Eccli. Ca. 26 v. 3. 

(3) Mulier fortis oblectat virum suum, et annos vitae illius in pace im- 
plevit. Eccli. Cap. 26. v. 2. 

(4) i Quis novit utrum idcircó ad regnum veneris, ut in tali tempore pa- 
rareris *? Estb. Cap. 4. v. 14. 

(5) Universae viae Domini, misericordia et ventas, Psal. 24 v. 10, 



ORATORIA SAGRADA, 



RELACIÓN DE LAS EXEQUIAS 

Que de orden del Excmo. señor Di Joaquín 
de la Pezuela y Sánchez, virey del Perú, 
se celebraron en esta Santa Iglesia Cate- 
dral de los Reyes; el dia 30 de Abril de 
1819, por los jefes y subalternos, que por 
sostener la causa de S. M. perecieron en la 
Punta de San Luis el 8 de Febrero del 
mismo año. 



Opus aggredior opimum casibus, atroz preeliis, discors ssditio- 
nibus, ipso etiam pace scevum. Tac. Hist. Lib. I Gap I. 



Hay sucesos tan tristes, y desgracias de tal naturaleza, que 
no ocurren voces propias para pasarlas á la posteridad con la 
energía que demandan; pues enlutados el corazón y el espíri- 
tu, y oprimidos del peso de los males públicos, la pluma tro- 
pieza á cada línea, y los gemidos son las únicas significantes 
razones. Mas como el idioma de las lágrimas solo es entendi- 
do por los que saben sentir, y hacer suyas las desgracias age- 



— 304— 
rías, para ellos principalmente es la breve noticia de las exe- 
quias, que el 30 de Abril del presente año se hicieron en esta 
capital por las ilustres víctimas sacrificadas en la Punta de 
San Luis el 8 de Febrero: dia aciago! y que debería arrancar- 
se de la cadena del tiempo. Los hombres que infelizmente no 
han calculado los resultados funestos de la guerra civil, y los 
desastres que necesariamente trae consigo la subversión del 
orden, contemplen en bosquejo este fatal dia, y á vista de la 
apreciable sangre que en él se ha vertido, detesten los siste- 
mas, que prometiendo una felicidad quimérica, se abren paso 
hacia ella á costa de sangre, sacrificando al ídolo de su iluso- 
ria independencia los primeros sentimientos de la humanidad, 
y despojándose aun de aquellas virtudes, que mas parecen de 
instinto que de estudio y de ilustración. No, no hay lágrimas 
bastantes para llorar la desgracia, objeto del dolor público de 
esta capital. Or dones, Primo, Guicolea, Mor gado, La Madrid, y 
todos los preclaros varones que en ese dia nefando pagaron á 
la muerte un anticipado tributo: ¿por qué fatalidad no termi- 
naron su preciosa existencia en los campos de batalla, para 
que en algún modo se hubiese consolado nuestro dolor en tal 
pérdida! Acogidos después del infeliz éxito de la campaña de 
Maypú, baxo la salvaguardia del derecho de gentes: ¿cuál fué 
su culpa, para que del modo mas cruento se inmolasen _vidas 
tan preciosas? ¿Acaso su fidelidad al Soberano, y adherencia 
á los principios civiles y políticos que heredaron de sus padres, 
y que les recomendaron como origen de las virtudes que en 
todo tiempo han ilustrado la monarquía? No fué otro su cri- 
men, al que siempre acompañará la gloria, que solo es auxi- 
liar de la virtud. Pero aunque salieron de la vida, no murieron 
porque jamas mueren los grandes exemplos, ni menos los que 
con ellos edifican al resto de los hombres. Si, como se asienta 
en los papeles públicos de Chile, emprendieron quebrar las ca- 
denas que arrastraban, no seria para alcanzar su libertad, sino 
como único medio de salvar el estado y la religión de las cala- 
midades, en que veian sumergirse el trono y el altar, por apa- 
gar con su sangre de un modo propio de los héroes ese fuego 
consumidor del orden y de las virtudes. O salvemos, dirían en 
tal caso, la monarquía de tempestad tan destructora; ó si no 
ceñimos nuestras sienes de este laurel de gloria, gozemos la 
dulce satisfacción de haberla procurado: y ya que nuestra san- 
gre no restablezca la tranquilidad, y el imperio de las leyes, 
salgamos del mundo, acreditándole que empleados para soste- 
ner la monarquía y el orden, no pudimos ser espectadores pa- 
cíficos de los males x^úblicos, y calculadores quietos de las con- 
secuencias de principios tan ominosos. No hay medio: seamos 
ó los libertadores, ó las víctimas del estado. Ah ! Trasíbulo, 



—30o— 
y Arístónienes lio fueron animados de mas nobles y altos sen- 
timientos, aunque mas felices. Pero vuestra sangre derramada 
en ese pavimento indigno de ella, arde y circula en nuestros 
corazones, y no dejará de animar los de nuestros hijos. Moris- 
teis Campeones ilustres, pero no para nosotros, pues á la in- 
fausta nueva de vuestra desgracia, no hubo quien no se ski rie- 
se en esta ciudad herido casi con el mismo golpe, llorando, ya 
que no sobre vuestros cadáveres, sobre vuestras imágenes, que 
permanecen y permanecerán perpetuamente grabadas eu nues- 
tros corazones. Y desques de los primeros desahogos del do- 
lor, se trató de honrar vuestra memoria con el publico testi- 
monio del duelo militar, implorando del Dios de los exércitos, 
por quien reynan los Soberanos, la misericordia y el descanso 
de vuestras almas, porque nada hay puro ante sus ojos, si no 
se lava con la sangre de Jesucristo. Guando pues las genera- 
ciones sucesivas se instruyan del cruento modo de tales muer- 
tes, detestando á los que las perpetraron en el delirio de la ra- 
zón, y en el trastorno de los mas sanos principios, se instrui- 
rán también de que se honró esa sangre apreciable con las 
lágrimas de los justos, supliendo los mas sinceros sentimientos 
desde esta distancia los funerales, que les negó el rencor de 
unos hombres, que reputaron por delito no seguir las ideas, 
que han devastado y continúan devastando el nuevo mundo. 
¡ O si la elocuencia del corazón pudiese transmitirse á los la- 
bios ! Mas quede ^ los Lucanos y Eurípides del Perú pintar 
con el pincel del sentimiento los destrozos y sacrificios de la 
guerra civil, y el furor y embriaguez del odio fraterno. ¡ Que 
campo tan de sangre, y que escenas tan de horror ofrece ya el 
lienzo de la historia á sus sublimes genios ! Las armas que por 
cerca de tres siglos han x)ermanecido en reposo, baXo la bené- 
fica sombra del árbol de la obediencia, se han afilado para he- 
rir á los conciudadanos, amigos y deudos, y confundidas las 
primeras ideas, la discordia solo anima el brazo de los hijos de 
un padre común. ¡ O y quiera el cielo entren los hombres en 
sí mismos, y reconciliados con la sociedad, nos restituyan esos 
tiempos bien hadados, en que unidos los pueblos al trono res- 
piraba la América tranquila y sin zozobra la paz y la abun- 
dancia! Vuelvan, vuelvan esos perdidos dias y Un velo denso 
cubra los errores de los actuales tiempos, y solo hagamos re- 
cuerdo de ellos, para instruir á nuestros hijos de los males que 
se cometen bajo el nombre de la libertad, tan ansiada y tan 
desconocida, y de la que no puede gozar el hombre sin sumi- 
sión á las leyes. ¡ Pueblos ! presas incautas de la seducción de 
los que prometen felicidades teóricas con males positivos, ins- 
truios en que no hay desgracia comparable á la guerra civil, 

Literatura — 28 



—306— 

en que la clorada manzana de la libertad que se os brinda, es 
parecida al fruto vedado del árbol del paraíso, que sin embar- 
go de la hermosura de sus colores, y del placer que se siente 
al gustarlo, produce la muerte al digerirse. Detestad una guer- 
ra sacrilega, que pone las leyes á los pies del crimen, cu la que 
se ve infelizmente á los hijos de unos mismos padres dirigir 
sus manos para despedazar las entrañas de su patria. Si en los 
campos de Farsalia se vio al Águila contra el Águila destro- 
zar á la Señora del mundo, en los nuestros se mira al León 
contra León, y á dos campos unidos por los vínculos de la 
sangre derramar la que debia conservarse, pues toda es nues- 
tra. ¡Qué furor, qué exceso de demencia y de rabia anima 
vuestras diestras! Buscáis combates sin tener jamás triunfos. 
Porque ¿ cómo puede darse tal nombre á los que se consigan 
siempre al precio de nuestra sangre? Contemplad, contemplad 
ias llagas que habéis hecho en el cuerpo político. Vuestras 
ciudades se han convertido en desiertos, y sus soberbios techos 
yacen de escombros por los suelos. Errantes en la soledad las 
semivíctimas de la subversión aumentan sus desgracias, con- 
templando marchítala pompa de Jos campos, y los abrojos en 
el lugar de las flores, porque el labrador ha cambiado el aza- 
dón por la espada. Los enemigos extraños no nos han herido 
con tales plagas, y las presentes nos vienen de unas manos do- 
mésticas. Oh ! sea esta última sangre que se vierta, y aplaqúe- 
se el cielo irritado, mandándonos después de este diluvio civil 
el iris de paz, que encierre en su arco celestial la España y las 
Américas, de modo que solo formen un corazón y un espíritu, 
y caigan los anatemas de la humanidad sobre los que ofrecen 
una felicidad ideal comprada con lágrimas y sangre. 

Si en todas circunstancias ha aborrecido esta ciudad fidelísi- 
ma la insurrección j el trastorno, dando pruebas constantes de 
su indeleble lealtad, nunca mas que al ceciorarse de la triste 
nueva de la decapitación de oficiales tan beneméritos. Todos 
los cuerpos militares juraron ante sus respectivos jefes, aban- 
donarían antes la vida, que tan justa venganza; y el Excmo. 
Sr. Vircy, asi por sus generosos y nobles sentimientos, como 
por los de la tropa, y de toda la ciudad, resolvió se hiciesen á 
la brevedad posible las exequias merecidas á los mártires, que 
sostuvieron hasta el último aliento los derechos de la corona, 
destinando para ellas el 30 de Abril. En la víspera á las cua- 
tro de la tarde el doble general en la Iglesia Catedral, á que 
correspondieron todas las demás, parecía renovar con aumen- 
to el dolor causado por la primera noticia, anunciando el lú- 
gubre sonido de la campanas la importancia del motivo, y el 
mayor duelo de los corazones. Amaneció el dia 30 con una 
luz sombría, porque el cielo quiso en cierto modo acompañar 



— 307 — 

el luto de la tierra. El triste sonido de las campanas, que no 
se interrumpía; el de los cañones que con las descargas corres- 
pondía al de aquellas : mil doscientos hombres de los cuerpos 
militares sacados de las compañias de Granaderos y Cazadores 
del Infante D. Carlos, Burgos, Cantabria, Concordia, Arequi- 
pa, Milicias Españolas, Artillería, Escuadrón de la guardia de 
honor de S. E. con las insignias de duelo : las caxas y banderas 
enlutadas: los oficiales manifestando en sus rostros pintados 
el dolor y la justa venganza por sus compañeros de armas, 
dignos de otra suerte: el silencio de la ira y de la congoja, 
mas elocuente que los fogosos discursos de los oradores, da- 
ban á la lúgubre ceremonia un aire de magestad, que aunque 
pudo sentirse y palparse, no es dado á la pluma el expli- 
carlo. 

Por enmedio de la tropa formada en la plaza mayor pasó S. 
E. con la comitiva de los Tribunales de la Real Audiencia, del 
de Cuentas, Excmo. Ayuntamiento, Consulado, Minería, y ofi- 
cialidad de los cuerpos ya nombrados, dirigiéndose á la iglesia 
catedral, en donde el Excmo. é Illmo. señor Arzobispo, y el 
venerable Dean y Cabildo ocupaban en el coro con duelo, se- 
gún rito, los lugares correspondientes. El luto -de la iglesia, y 
de las armas precedidos por los gefes de la religión y el esta- 
do, el silencioso bullicio del concurso, la patética, música mili- 
tar y religiosa; todo anunciaba ser mas el sentimiento, que las 
muestras externas de tan justo dolor 

En el presbiterio sobre un cuadrilongo de ocho varas de fren- 
te se elevó un zócalo de dos de alto, y en sus extremos se co- 
locaron dos estatuas representantes de la religión y fortaleza 
de los finados: en su medio sobresalía la mesa del altar con el 
mayor decoro, sencillez y gracia. Tres gradas ó estancias sobre 
el zócalo formaban la elevación y retiro en busca del centro 
del cuadro, y sobre la última se elevaba la urna ó depósito 
figurado de las cenizas de las víctimas, cuyo frente cubría un 
paño de terciopelo con fleco de oro, con el escudo Real borda- 
do en la parte superior, y cayendo sus lados, eran sostenidos 
por dos Genios, que llorando guardaban en la falda del man- 
to las insignias de los gefes y oficiales sacrificados; con esta 
inscripción : 

Murieron por la gloria, y mas vivieron 
Cuando el golpe de muerte recibieron. 

Cerraba la urna una pirámide cortada la cúspide, terminan- 
do con una gran copa dorada, en que ardia el fuego de la leal- 
tad de las víctimas, elevando hacia el cielo su clamor. El fon- 
do de este aparato, bajo del mismo frente de ocho varas, era 



—SOS- 
cerrado por cuatro columnas dóricas de jaspe negro, dos en ca- 
da lado sobre la primera grada, y ligadas por un sólido, que las 
unian sobre el capitel, cargaban en su medio un vaso etrusco 
lleno del mismo fuego : por la espalda de las columnas salian 
enlutadas las puntas de las banderas de los Begiinientos. En 
la mayor elevación del arco toral se miraba volando el Águila 
del tutelar de la Iglesia con su escudo, y de sus garras 
pendía lánguidamente un catafalco de tafetán morado con 
flecos blancos, cuyas dos caidas baxaban sobre el sólido 
de las columnas, y cerraban el fondo con dignidad y ar- 
monía. Otras dos estatuas colocadas en la primera grada 
del fondo, representaban la fidelidad y constancia de nuestros 
campeones : y multitud de acheros y candeleros de plata simé- 
tricamente situados, formaban un todo digno del objeto. El 
claro de las gradas del Prebisterio daba tránsito, y dejaba ais- 
lado el túmulo, para que en sus cuatro ángulos hiciesen la 
guardia eup.tr o alabarderos: y los gruesos del arco toral ocupa- 
dos en su pié por los ambones, se cubrieron formando un pe- 
destal enlutado, sobre el cual en figura de pavellon de armas 
con cajas de guerra se colocaron las banderas de los regimien- 
tos concurren tes á la función. 

Después de la solemne vigilia se cantó la misa por Sr. Ar- 
cediano Dr. D. Ignacio Mier: en el tiempo de los oficios se hi- 
cieron tres descargas por la tropa formada en la plaza, man- 
dada por el teniente coronel D. Agustin de Otermin, jefe de 
dia. Y acabado el santo sacrificio, pronunció la oración fúne- 
bre el Dr. D. José Joaquín de Larriva, cuyos talentos y luces 
están notoriamente acreditados, y es por demás detenernos en 
ponderar el mérito de este recomendable literato, y de la obra, 
cuando impresa á continuación, hará en todo tiempo el pane- 
gírico de sí misma, y de su autor. 

Acabados los religiosos oficios se dirigió al Palacio el Exce 
lentísimo Sr. Virey con el mismo acompañamiento, y todos 
los jefes militares arengaron á S. E., con aquella elocuencia 
propia del dolor, reiterando los votos de sacrificarse en las 
aras de la corona, y de vengar la sangre de víctimas tan ilus- 
tres hasta el último aliento; y habiendo contestado S. E. con 
la dignidad de su empleo y carácter, se despidió la comitiva y 
la tropa en un silencio profundo, el rostro fixo en la tierra, los 
oidos cerrados á todo consuelo, y desdeñando la vista de la 
luz, denotando la ira terrible que despedazaba sus corazones, 
y el huracán que se formaba. O yo no conozco á los Eomanos, 
dixo Ofilio Oalavio, después del suceso infeliz del tratado de 
Candium, ó su silencio va á causar grandes gritos y sollozos á 
los Samnitas. Silentium illud obstinatum, fixosque in terram 
qquIos, et surdas ad omnia solatia aures, et pudorem intuendee lu- 



—Sim- 
éis, ingentem molem irarum ex alto animo cientis indicia esse : 
aat se Romana ignorare ingenia; aut silentium illud Samnitibus 
flébiles brevi clamores (1) gemitusque excitaturnm. Mas la sacro- 
santa víctima ofrecida en el altar por el descanso de los héroes 
inmolados, reconcilie á los hermanos enemigos, y nos conceda 
la paz, por la que ansian la religión y la naturaleza (2). 



[1] Tit. Liv. Lib. 9. Cap. 6. 

[2] La anterior relación la escribió don Justo Figuerolaf. 



CENOTAPHIVM 



D- O- M- 



Ne. tam. cito, pergas mobstvs. adsta viator. in TE. 

SIQVID HVMANITATIS. ADHYC MOEROR. LONGE. IVSTISSIMVS 
XLI INSIGNES. DVCES. ARMIS ET. PELLICA. VIRTVTE TOT. 
LAVÉIS IN. IBEEIA. RANCAGVA. TALCABVANO ET. CANCHA- 
RALLADA PARTÍS HOSCE. IN MALPV. DESERVIT. FORTVNA. NON 
VIRTVS LAMQYE. HOSTE SVPERATO VICTORIAM. INCLAMANTES 
INFENSO. ET. FREQVENTISSIMO. CLRCVMVENTI. EQVITATV TÁN- 
DEM. CAPTI. DVCVNTVR PER. ANDTVM. NTVES ET. PRAERVPTA 
IVGA QYASI. GREGARII PEDIBVS. IRÉ. IVSSI LN. SANCTI. ALOTSSI 
OPPIDO RECLVSI OMNIA. QVAEQVE. DVRISSIMA PATIVNTVR DÉ- 
CIMO. TÁNDEM. MENSE PERHORRESCE CAVSIS. NEQVITIA. FIC- 
TIS IMMANITATE. ESCCLERE CAEDVNTVR HEV. CONTRA. IVS. 
OMNE. PERRO. CADVNT. VEL ÍGNITA. GLANDE. HIS. FRATRES 
PIENTISSIMI PARENTANT TV. PACEM. APPRECANDO. NI FERREP7S 
DEPLE. ET. ABI. á 



—311. 



CiSJJOTAFIO v 
A HONRA Y GLORÍA DE DIOS TODOPODEROSO, 



No apresures el paso, caminante: abre tu pecho a la triste- 
za, si es que en él conservas algunos restos de humanidad. 
Jamas ha. habido causa que excite con mas justicia nuestro 
sentimiento. Cuarenta y un jefes de alta graduación, ilustres 
por sus hazañas y pericia militar, después que tantas veces los 
coronó la victoria en España, Eancagua, Talcahuano y Can- 
cha-Bayada, los abandonó en el Maypú la fortuna, mas no el 
valor. Ya sus filas vencedoras aclamaban la victoria, cuando 
cercados por todas partes de la numerosa enemiga caballería, 
se ven precisados á entregarse prisioneros. A la par del mas 
infeliz soldado se les obliga á marchar á pié sobre la nieve y 
mas escabrosos pasos de los Andes, y a permanecer al fin re- 
clusos en el pueblo de San Luis. Allí se les hace padecer las 
mayores privaciones y angustias, Por último á los diez meses, 
(¡ha! ¡me lleno de horror al repetirlo!) con maquinaciones in- 
ventadas por la malicia, y crueldad mas perversa son bárbara- 
mente asesinados. Sí : contra todo derecho divino y humano 
acaban miserablemente sus dias á los reiterados golpes del 
acero ó del plomo. Sus sompañeros de armas penetrados de 
un exceso de sentimiento y amor, celebran en su memoria es- 
tas exequias. ¡ O caminante ! si no tienes un alma insensible, 
acompaña con dolor nuestras lágrimas ; implórales del cielo un 
eterno descanso, y sigue tu camino. 



POESÍAS. 



elegía. 



Luctibus omne solum reboet, testentur amorem 

Luctus ; ahí mimii causa doloris inest; 
Fors erit ut laclirymae lacrymis tollantur ab ipsis r 

Fors erit ut loclirymas mulceat ipse dolor; 
Non haec sunt dubiis non liaec sunt abdita signis, 

Sunt imo e certis cognita vera malis. 
Illustres clarique (luces virtute vel armis 

Becitibus invidiae iam cecidere solo ; 
Vt quibus in Maypu Bollona pepercerit, armis 

Postea depositis auferat otra dies; 
a crúor, liostilis tellus madefacta crúor e est, 

Tisiphoneque suas vibrat iniqua faces ; 
JEffuguiique locus, locus idem caedis, ibique 

Vulneribus quisquís truncus inaniserat: 
Pars agitur misere manibus post torga revinctis, 

Ictaque flammanti grande vel ense cadii. 
Proh Deus id pateris, ñeque tantis térra dehiscit 

Criminibus, dirum quae tegat acta scelusf 
Non poenus leo dente perit, non ungae leonis, 

Vrsus non ursi viscera dilacerat; 
Invehit in victos victrix fera nulla, subinde 

Pugna, suumfinem quumiacct hostis habet; 
Vrsum solus homo excellit, feritate leonem, 

Isque siium gaudet sternere caede genus. 



—313— 

fSustinet innocui fratris divillere frater 

Mentira sui quoties impulit ira ma/rius. 
Bella ciens bellum civile excandet utrinque, 

Alterum ut alterius tota ruina, premat. 
Vltio solas amor¡ Ianus sua templa reclusit, 

Et fraeni impatiens porrigiat arma furor ; 
¡Sed tándem sese nobis victoria prodet, 

Palmasque incipiet continuare suas ; 
Pax et al) occiduis Americae Solis ad oras 

Bestituet terris quae periere bona; 
Haec Pater liaec Princeps rede qui flectit habenas 

Imperii nobis áurea dona parat. 
Perpetui interea vobis statuantur honores, 

VobiSj caesa modo pars memoranda ducum, 
Quos nec tempus edax pot&ritve dbolere vetustas, 

Idque opus, id studium posteritatis erit. 



VERSIÓN. 



Voces de llanto y de tristeza 

Sed los testigos que al mundo prueben 

El dolor nuestro, nuestra terneza; 
Mas ha ! que á veces un excesivo 

Dolor intenso llorar prohibe, 

Pues son los llantos un lenitivo. 
Funesta causa, cierta, evidente 

Todos excita los movimientos 

Que en nuestros pechos el alma siente, 
Oh ! cuantos xefes, los mas nombrados 

Cuyas proezas el orbe admira, 

Son por la envidia sacrificados' ! 
Un solo día siega y termina 

Tantas preciosas vidas que Marte 

Salvó en el Maypu de la ruina, 
¿La tierra inundan roxos torrentes?. . . . 

¿La infernal tea Megera enciende?. . . . 

¡ Ah ! son su presa los inocentes. 
I Ah ! donde esperan hallar su amparo 

La muerte encuentran, que el enemigo 

Literatura — 21 * 



— 314— 

Les da con negro fiero descaro; 
Vedlos que espiran baxo el horrible 

Puñal; ali! vedlos puestos por blanco 

Del encendido plomo terrible, 
¡Dios de justicia! como toleras 

El grande colmo de tantos males, 

Atrocidades tan lastimeras ! 
No asi á la tigre la tigre hircana, 

No asi al munida león devora 

La mas sangrienta fiera africana; 
Su fatal rabia, y sus rugidos 

Luego terminan con la victoria, 

Ni se encrulece con los vencidos. 
¿Y el hombre? ¿El hombre mas cruel que fiera 

Osa en su especie tan atrozmente 

Cebar su saña vil y altanera? 
¿No se horroriza al ver sus manos 

Teñirse ímpias con la inocente 

Sangre de padres, hijos, hermanos? 
¡A! que la guerra civil sangrienta 

De muerte, estragos, asesinatos 

El mas horrible cuadro presenta ! 
De paz remota toda esperanza, 

Por todas partes suenan los tristes 

Gritos de encono, odio, venganza. 
Mas Oh ! ya cerca veo la victoria 

Tejer guirnaldas de sus laureles, 

Y darnos nuevos timbres de gloria. 
La paz desde estas bellas regiones 

Al Perú todo triste asolado 

Brindar con ricos preciosos dones. 
Sí, el Xefe ilustre que nos gobierna, 

Cual tierno padre, siempre invencible 

Nos la prepara firme y eterna. 
El os consagra, bravos guerreros, 

ínclitos xefes, estos solemnes 

Justos honores y postrimeros, 
Viva su nombre, viva su gloria 

Grabada en bronces indestructibles 

Y en nuestros pechos vuestra memoria. 



-^-315- 



Lóbrega tumba, que á la. espesa sombra 
Del fúnebre ciprés en pavoroso 
Cóncavo seno encierras las cenizas 
De tantos héroes, sus preciosos restos 
Sacrificados af*furor conserva. 
Consagrada mansión al sueño eterno 
Recuerda en San Luis al caminante 
Unos nombres, y hazañas tan famosas 
Que el tiempo mismo á respetar se obliga. 
JSTo el furioso Aquilón; no el Austro, ó Noto 
M el estruendo del trueno, ó la centella 
Perturben la pacífica morada 
De manes tan gloriosos y tan caros. 
Huid de ese lugar, aves nocturnas, 
No altere vuestro canto aquel silencio 
Qué en el sepulcro encuentran los mortales. 
¿Mas donde está la tumba, el monumento 
Deposito final de tantas glorias 1 
Solo diviso escombros y cabanas, 
Torbellinos de polvo que los vientos 
Levantan al marcharla soldadesca; 
Oygo voces confusas y gemidos 
Del angustiado y triste ciudadano 
Que llora desnudez, hambre y miseria. 
Mas allá se percibe el sonoroso 
Retumbar de las trompas y tambores 

Y el relinchar de indómitos caballos. 
Acá los tiros de fusil de aquellos 

Que en el arte se ensayan de la guerra. 
¿Entre estos aparatos ominosos, 

Y escenas de terror, vagáis errantes 
Sombras de tantos héroes de la Iberia 
Que en el aciago y mas sangriento dia 

En que el Maipú tembló de horror y espanto 

Caisteis en poder del enemigo? 

¿Dónde estáis? ¿No os encuentro ? ¿Os busco envano? 

¿Después de un atentado el mas horrible, 

Después del inhumano sacrificio 

Vuestros miembros tal vez despedazados 

Fueron pasto de fieras, ó de buitres, 

O insepultos aun sirven de mofa 

Al habitante, al bárbaro asesino ? 



—316— 
¿Qué leyes qué costumbres autorizan 
La muerte del rendido, que se acoge 
Al fuero mas sagrado, é imprescindible 
Derecho que la vida le asegura? 
¿Qué principios, qué origen es- el vuestro, 
Terroristas del Plata? ¿Descendéis 
De la sangre española, ó de la infame 
Eaza de los caribes, que de estragos, 
Muertes, y asesinatos, se alimentan? 
¿El siglo de las luces, siglo culto 
Podrá llamarse el nuestro, si en las gentes 
Que pueblan vuestros campos y ciudades 
Sentimientos tan bárbaros se anidan? 
Ah ! Detestad al fin tantos delitos, 
Implorad el perdón ¿ISTó veis cubierto 
El océano de naves, que surcando 
El undoso elemento, ya se acercan 
A inundar de guerreros vuestras playas? 
Miradlos y temblad, ya se apresuran 
A vengar sus ofensas y la sangre 
Que con tanta ignominia habéis vertido 
Para oprobio del hombre é infamia vuestra. 
Ha ! vuelva la, razón á vuestras mentes 
Ilusas y engañadas; al fin sea 
Vuestro bien el que os venza, y no el castigo, 

J, P. Y % 



ORACIÓN FÚNEBRE 

Que en las solemnes exequias celebradas, de 
orden del Excmo. Sr. D. Joaquín de la 
Pezuela, Virey del Perú, en esta Santa 
Iglesia Catedral, el dia 30 de Abril de 
1819, por los ilustres jefes y oficiales del 
ejército real asesinados por los enemigos 
en la Punta de San Luis, pronunció el I)r. 
D. José Joaquín de Larriva y Ruiz, Maes- 
tro en artes, Dr. en Sagrada Teología y 
en ambos derechos, etc., etc. 



a la excelentísima señora vlreyna del perú, doña 
María Angela Oeballos y Olarria. 

Excma. Señora. 

La benigna acogida que mereció á V. E. el sermón panegírico 
que tuve la honra de decir en el recibimiiento que hizo á su Excmo. 
esposo la Universidad de San Marcos, me alienta á consagrarle 
él elogio fúnebre de los\ilustres militares sacrificados en San Luis. 
Conozco la diferencia Excma. señora. Entonces proporcioné á 



—318— 
V. JE. placer y rogocijo, pintándole proezas, hazañas y virtudes : 
y hoy le proporciono solamente angustia y sentimiento, pintándole 
homicidios, horrores y delitos. Mas no desisto por eso de mi glo- 
rioso empeño. Aflíjase en buenhora V. JE. con la obra que le pre- 
sento, y derrame sobre ella algunas lágrimas ; que yo le empeño 
mi palabra de enjugárselas muy breve, poniendo en sus manos la 
oración que pienso pronunciar en el gran día que se tributen gra- 
cias al Dios de las victorias, por haber protegido nuestras wrmas 
en la campaña inmortal que humille de una vez á los enemigos 
del rey, y pacifique las Américas. 

Dios guarde á V. JE. muchos años. — Lima y Mayo 10 de 1819. 

Excma. Señora. 

José Joaquín pe Larriva, 



AL LECTOR. 



La oración fúnebre que tienes en las manos, y que se ha 
dado á la prensa sin reformarla en lo menor, fué trabajada en 
ocho dias por un hombre que ademas de la escasez de sus f lu- 
ces y de la cortedad de sus talentos, estaba enfermo y lleno de 
atenciones. No tiene por objeto esta advertencia encarecer la 
obra; sino hacerte presente los motivos l que deben obligarte á 
perdonar los defectos que le encuentres, mirándola con un 
ojo, no crítico y severo, sino indulgente y. benigno. Vale. 



José Joaquín de Lakriva. 



ECCE IRATUS DOMINÜS DEUS PATRUM VESTRORUM CONTRA. JÜ- 
DA, TRADIDIT EOS IN MANIÉUS VESTRIS, ET OCCIDISTIS EOS 

atrociter; ITA ut ad ccelum pertingeret vestra cru- 
delitas. Sed audite consilium meum, et reducite cap- 
tivos QUOS ADDUXISTIS DE FRATRIBUS VESTRIS, QUIA MAG- 

nus furor domini imminet vobis. 

Vosotros habéis visto que irritado el señor, el dios de 
vuestros padres contra los hijos de juda, los entre- 
gó en vuestras manos, y los matasteis vosotros con 
tanta atrocidad; de manera que vuestra credulidad 
ha llegado hasta el cielo. mas oíd mi consejo v vol- 
ved á enviar los prisioneros que habéis tomado de 
vuestros mismos hermanos, porque el gran dlos está 
pronto á descargar sobre vosotros todo el peso de 
su santa indignación. 

Libro segundo de los Paralipómenos, capítulo veintiocho, ver- 
sos nono y undécimo. 



Excmo. Señor. 

¡ Qué grandes son las clemencias y las misericordias del Se- 
ñor, y qué terribles sus juicios y justicias! Si derrama sin me 
dida sus bendiciones y sus gracias sobre los pueblos fieles que 
siguen sus caminos, también castiga sin medida á los perver- 
sos que insultan su nombre sacrosanto. El saca milagrosamen- 
te del Egypto á los hijos de Israel: hace que atraviesen el de^ 
sierto, a fuerza de prodigios: los pone en posesión, con el in- 
fluxo de su brazo, de la tierra de Canaan tan prometida a sus 
padres : les da príncipes justos que los gobiernen en su nom- 
bre: marcha él mismo en persona á la cabeza de sus tropas: 

Literatura — 30 



—322— 
combate por su causa: y extermina de una vez, con su espada, 
vengadora, á tantas gentes belicosas que se levantan contra 
ellos. Mil veces le vuelve las espaldas ese pueblo desconocido 
y revelde; y él les manda mil veces ministros llenos de celo y 
unción y caritlad, que le echen en cara su ingratitud y su per- 
fidia; le manifiesten sus desvíos; y le enseñen á teinplar la 
cólera terrible del Dios de las venganzas. Pero viendo que 
desprecia los oráculos sagrados que él se digna pronunciar 
por boca de sus profetas ; y cansado, por decirlo así, de tanto 
sufrimiento; resuelve dividirle, y hacer dos pueblos enemigos, 
de una grande familia que reconociendo en Jacob un origen 
común, habia vivido mas de cinco siglos bajo las mismas le- 
yes, las mismas costumbres, el mismo soberano. JScce ego scin- 
dam regnum de manu Salomonis (1). 

Esta sentencia formidable que habia sido pronunciada rei- 
nando Salomón, tuvo su cumplimiento en los dias de su hijo 
Eoboam. Apenas asciende este rey desgraciado al trono de su 
padre, cuando el fuego abrazador de la sedición y la discordia, 
encendida y atizado por el perverso Jeroboam, se extiende en 
un momento, envuelve a once de las tribus en su llama voraz 
y destructora. Todo el pueblo se pone en convulsión. Se re- 
bela Israel contra Judá ; y se separa enteramente de la casa 
de David: Mecessitque Israel á domo David usque in prcesentem 
d-iem (2). 

Desde entonces las desgracias y calamidades y desastres co- 
mienzan á caer sobre ambos reynos. Trata cada uno de aco- 
meter al otro, y conquistarle. Y 'solo consiguen destrozarse y 
debilitarse mutuamente, hasta ponerse en estado de ser á ca- 
cada paso la presa miserable de las naciones extrangeras : de 
esas mismas naciones á quienes ellos, en los tiempos felices de 
su unión y su concordia, habían vencido tantas veces. Allí se 
miran pelear amigos contra amigos, hermanos contra herma- 
nos, hijos contra padres, y padres contra hijos. Eios de sangre 
inundan la Judea : y no se ven por todas partes, sino escom- 
bros y ruinas y cadáveres. El Dios délos ejércitos, por uno de 
aquellos insondables misterios de su infinita sabiduría, se vale 
alternativamente de cada uno de los reynos, para castigar los 
crímenes del otro. Crecen de dia en dia la confusión y el de- 
sorden. Y en la época funesta del reinado de Achaz, parecen 
llegar hasta su colmo la ambición y la maldad. Se renuevan 
los sangrientos ritos de las naciones idólatras: se ofrecen sa-, 
crificios ó inciensos sobre los altos y collados, y bajo los árbo- 



[1] Libro tercero de los reyes, capítulo undécimo, verso trigésimo pri- 
mero. 

[2] Libro tercero de los reyes, capítulo duodécimo, verso décimo nono. 



—323— 
les frondosos; y las infames estatuas de los ídolos ocupan los 
altares levantados en honor de ]$, Divinidad (1). Profanacio- 
nes, sacrilegios, robos, homicidios. .. .todos los crímenes, to- 
dos los exesos se hacen familiares á unos hombres que entera- 
mente olvidados del Dios de sus mayores, y sordos á los gri- 
tos de la religión y humanidad, solo escuchan la voz de sus 
pasiones. 

Pero nada irrita mas al Todopoderoso que la atrocidad que 
cometen los hijos de Israel con sus hermanos de Judá que lo- 
gran aprisionar en un combate en que, por altos designios de 
la divina providencia, salen vencedores. Hacen perecer los 
mas valientes al filo del cuchillo; y reservan los demás para 
hacerlos sus esclavos. Entonces es, cuando el Profeta del Se- 
ñor, (2) lleno de su furor y de su espíritu, se presenta delante 
del exército que marchaba victorioso a la ciudad de Sainaría; 
y le reprende y le amenaza de parte del Altísimo. Vosotros 
habéis visto, les dice él, que irritado el Señor, el Dios de vuestros 
padres contra los hijos de Judá, los entregó en vuestras manos, y 
¿os matasteis 'vosotros con tanta atrocidad; de manera que vues- 
tra crueldad ha llegado hasta el Cielo. Mas oid mi consejo, y vol- 
ved á enviar los prisioneros que habéis tomado de vuestros mismos 
hermanos, porque el Gran Dios está pronto á descargar sobre vo- 
sotros todo el peso de su santa indignación : JEcce iratus dominus 
deus patrum vestrorum contra Juda, tradid.it eos in maníbus ves- 
tris, et occidistis eos atrociier; itautad cozlum pertingeret vestra 
crudelitas. Sed. audite consiUum meum, et reducite captivos quos 
adduxistis de fr a-tribus vestris, quia magnus furor domini immi- 
nei vobis. 

Señores. ¿ Este santo profeta hablaba con Israel, ó hablaba 
con Buenos-Ayres? ¿Es esta la historia de los Judíos, ó es por 
ventura nuestra historial La nación española, esa nación tan 
grande y tan virtuosa hasta el tiempo de Carlos III, se vio 
enervada y prostituida, en el reinado de su hijo, por un in- 
fame privado que, después de haber logrado cargarla de cade- 
nas, desmoralizó con su ejemplo el espíritu público, y corrom- 
pió las costumbres. Los destrozos que hicieron en sus provin- 
cias los ejércitos franceses, son otros tantos testimonios de 
que ella habia provocado, con sus enormes crímenes, la cóle- 
ra del cielo. Y ¡ quién sabe si el Dios de los cristianos resol- 
vió desde entonces la división del reino! JEcce ego scidam reg- 
num de manu Salomonis, Lo cierto es que Fernando ve con- 
moverse sus dominios casi al momento que empuña el cetro de 



(1) Libro cuarto de los Reyes, capí tillo décimo sexto, Tersos tercero y 
cuarto. 

(2) El profeta Oded. 



—324— 
sus mayores. La insolencia con que de mano armada se entra 
en la Península, y pretende subir al trono de San Fernando, 
el vil usurpador del San Luis (1), excita en un principio la in- 
dignación de la América ; y la empeña en hacer, como en efec- 
to hace, grandiosos sacrificios para frustrar el logro de sus per- 
fidias é infames maquinaciones. Sacrificios que confiesa y que 
piensa en recompensar la misma España (2). Pero yo no sé por 
que fatal influencia, esta hija desnaturalizada y cruel se torna 
derepente contra una madre angustiada y oprimida; y trata de 
aprovecharse de esa misma angustia y opresión, para separarse 
de ella y hacerse independiente. Millares de templos se levantan 
en estas pacíficas regiones al ídolo encantador que llaman li- 
bertad : y doblan la rodilla, en su presencia, los pueblos em- 
briagados por aquel impetuoso y ciego amor que habia infla- 
mado sus espíritus, y exaltado su orgullo. Por todas partes 
fermentan las disensiones y partidos : y arde en discordias el 
continente entero. La familia americana, después de trescien- 
tos años de unión y de hermandad, se divide por fin; y una 
mitad se arma contra la otra mitad. Enarbola Buenos- Aires 
su sangriento estandarte, y se separa enteramente de la casa 
de Borbon : Ilccessitque Israel á domo David usque inpreesentem 
diem. 

¡ Cuántos males han seguido á esta funesta división ! ¡ Ma- 
les que sufrimos aun; y que siglos enteros no bastarán tal vez 
á reparar! Cada dia se hace mas triste la situación de la Amé- 
rica. Sus injustos opresores han pasado ya del fanatismo y el 
furor á la ferocidad y la barbarie. Han perdido enteramente el 
horror á los delitos, á fuerza de cometerlos. A fuerza de hacer 
asesinatos, se han familiarizado con la sangre y con la muerte. 
Ya no se contentan con matarnos armados en los campos de 
batalla. Ya nos matan indefensos en los oscuros calabozos. 
Cuarenta y un valientes de los que tuvieron la desgracia de 
caer en su poder en la batalla del Maypú. . . . ¡ Ah! Al hablar 
de las víctimas ilustres que honra hoy la iglesia santa, sacrifi- 
cadas tan inhumanamente en la Punta de San Luis; yo me 
revisto, señor excelentísimo, de la ira del Señor, como el pro- 
feta Jeremías (3) : y quisiera volar hasta las márgenes del Pla- 



(1) NapoleoD. 

(2) El sr. D. Francisco Savedra, individuo del consejo de regencia, en 
sn representación hecha en Sevilla á la junta central, á veintisiete de No- 
viembre de ochocientos nueve, sobre la pretensión de cpie se restableciese 
el ministerio universal de Indias, hablando de los americanos, dice así : 
JEs necesario condescender con sus deseos, y darles este auténtico testimonio del 
interés que toma V. M. en su felicidad, ya que hasta ahora no se les ha dado 
nmgtmo, después de los sacrificios que han hecho en apoyo de nuestra causa 
sagrada. 

(3) Jeremías capítulo sexto, verso undécimo. 



ta; presentarme á los autores de tan horrendo atentado; y 
decirles, como Oded (1), con todo el fuego que me inspira mi 
santo ministerio : Vosotros habéis visto que irritado el Señor, d 
Dios de vuestros padres contra los hijos del Perú, entregó en vues- 
tras manos á sus bravos defensores, y los matasteis vosotros con 
tanta atrocidad; de manera que vuestra crueldad ha llegado hasta 
el Cielo. Mas escuchad mi consejo, y volved á enviar los prisione- 
ros que habéis tomado de vuestros mismos hermanos, porque el 
Gran Dios está pronto á descargar sobre vosotros todo el peso de 
su santa indignación : Ecce iratus dominas deas patrum vesfro- 
rum contra Judeí, tradidit eos in manibus vesiris et occidistis eos 
atrociter ; ita iii ad cedum pertingeret vestra crudelitas. Sed au- 
dite consilium meum, et reducite captivos quos adduxislis de fra- 
tr'ibus vestris, quia mugnus furor domini inminet vobis. 

¿Quién dará agua á mi cabeza, y á mis ojos una fuente de 
lágrimas, para llorar noche y dia á los muertos de la hija de mi 
pueblo (2)? ¡Ordoñes! ¡Primo! ¡Morgado! ¡La-Madrid! Sier- 
ra!... .¡Áh! ¡Qué me vea precisado á interrumpir aquí la re- 
lación de unos nombres que tengo tan grabados en el fondo de 
mi corazón! Pero yo me siento, al pronunciarlos, demasiado 
enternecido; y temo que ios sollozos ahoguen mi lánguida, voz, 
y me embarazen continuar (3). O Lima,' amada patria mía: 
¡Jamás lamentarás bastantemente el trágico suceso del ocho 
de Febrero ! El lúgubre clamor de las campanas, los patéticos 
cantos que hacen resonar hoy dia las bóvedas del templo, el 
fúnebre aparato que le oscurecen y enluta, la compostura me- 
lancólica de los ministros del santuario, el profundo silencio de 
un concurso tan respetable y numeroso Todo, todo anun- 
cia tristeza y duelo y sentimiento. Pero me parece poco toda- 
vía, para explicar un dolor que debe ser tan agudo y tan 
acerbo. 

Basta repasarla historia de las últimas guerras que ha sos- 
tenido la España tan gloriosamente en ambos mundos, para 
conocer lo irreparable y grande de nuestra pérdida. Acaso no 
hay en toda ella una sola campaña, en que no se vean distin- 
guirse algunos de los guerreros á quienes venimos á rendir los 
últimos obsequios. Y ¡ cuantas de las victorias que han alcan- 
zado nuestras armas, se habrán debido á los esfuerzos de su 



(1) Este fué el profeta que reprendió á los Israelitas con las palabras de 
mi testo. 

(2) Jeremías capítulo nono, verso primero. 

(3) Los nombres de los demás son los que siguen : Berganza, Moría, Aras, 
Carretero, Coba, Butrón, Salvador, Fontealba, González, Arrióla, Burgui- 
llos, Peynado, Belbecé, Elgueta, Romero, Zea, Barcárcel, Bendrelí, Kiosco, 
Vidaurrazaga, Caballo, Berroeta, Mesa, Blasco, Moya, Pérez, G-oycolea, 
Roca, Arana, Celle, Aregui, Llorens, Morel, Furriol, Utreras. 



— 32íj— 
heroico ardimiento ! Zeuía, Zaragoza, Baylen, Tarragona, 
Ohiclaiia, Talavera, Esparragueda, Vil la- franca, Manresa, Oam- 
püloSj Nabda Aróla, Raneagua, Talcahuano, Cancha-Raya- 
da, Maypú. . . .¡Son innumerables los puntos que lian servido 
de teatros á sus glorias ! Son incalculables las gentes que los 
vieron pelear con corage y con denuedo. Y V. E. mismo, se- 
ñor excelentísimo, vio á alguno de ellos ayudarle á cortar, en 
los campos de Vilcapugio, de Ayouma y de Wiluma, esos pre- 
ciosos laureles que forman hoy la corona que ciñe tan justa- 
tamente sus sienes vencedoras (1). 

Yo no pienso, señores, en describir por separado las inmor- 
tales acciones de los héroes que lloramos. ISTo creáis por esto, 
que temo profanar las eternas palabras del Señor. Yo bien sé 
que la iglesia permite alabar á los difuntos en la cátedra evan- 
gélica: que esta alabanza toma un carácter augusto y mages- 
tuoso, cuando se dirije á hombres que dejan en sus vidas mo- 
delos de virtud: y á Gedeon, á Sansón, á Jephté y á muchos 
otros generales que mandaron los ejércitos del pueblo de Is- 
rael, y combatieron por su causa (2). Pero en la precisión de 
hablar, en un solo discurso, de tantos claros varones de los 
cuales cada uno pide para su elogio volúmenes enteros ; yo 
prefiero lamentarme á imitación de Jeremías : y mas bien que 
arrojar unas flores escasas sobre las tumbas frías que cubren 
sus cenizas, quiero regarlas con lágrimas copiosas que hagan 
visible el luto de mi alma. 

¿ Hasta -suándo no te apiadas de Lima, Señor de los Exérci- 
tos? ¿Hasta cuándo estarás irritado contraías ciudades del 
Perú? La general desolación que sufren nuestros pueblos ¿no 
basta á apagar, gran Dios, el fuego de tu ira ? La soledad y 
desamparo en que se hallan los caminos, la consternación y las 
plegarias de las vírgenes sagradas, las oraciones y el llanto de 
los ministros del altar, los gritos de ios niños, el temblor de 
k>¿ p.-:: anos, y la cruel amargura que nos oprime á todos ¿no 
conmi f r r en, Señor, esas entrañas llenas de misericordia y de 
piedad? ¿No es bastante por ventura ese montón de escom- 
bros y de ruinas que estamos mirando con horror, y que se au- 
menta cada día en el magnífico edificio que fabricó tu diestra 
omnipotente; sino que hemos de estar temblando siempre, re- 
celosos de que todo se desplome derepente, y caiga sobre nues- 
tras cabezas consternadas y atónitas ? ¡ Los pastores se hallan 
perseguidos, disijersos los rebaños, encarnizados los lobos, y 



(1) Don Manuel Sierra, capitán de la primera compañía del batallón de 
Arequipa.. 

(2) El apóstol San Pablo en el capítulo undécimo, verso trigésimo segun- 
do de su carta á los hebreos. 



por todas partes se ven despojos ensangrentados de su voraz. 
rapacidad, y horrorosos anuncios de una total desolación ! Y 
¡ cuándo pondrás. Dios mió, un término á tantas desventuras! 

La ira del cielo se ha extendido, católicos, sobre toda la Amé- 
rica: y el Dios omnipotente la ha herido con su tremenda mal- 
dición. El habia dicho por boca de Isaías : Yo quité de Jerusa- 
len al varón fuerte y al valiente; toda la fuerza del pan y toda 
la fuerza del agua. JS T o dejaré en medio de ella, ni guerreros, ni 
jueces, ni profetas, ni hombre alguno prudente ni de experiencia, 
que sea capaz de aconsejar y persuadir. Yo le daré por jefes hom- 
bres viciosos sin juicio y sin cabeza. Yo pondré á todo el pueblo en 
en confusión y en tumulto. Haré que cada hombre se arroje con 
violencia sobre otro hombre ; que cada vecino oprima á su vecino; 
que se levante el joven contra el viejo, y el plebello contra el noble. 
Sus mas gallardos varones caerán también á cuchillo, y sus va- 
lientes en batalla. Y se entristecerán y enlutarán las puertas de 
ella: y desolada, se asentará en tierra (1). \ Con qué precisión y 
exactitud estamos viendo cumplirse estos anuncios espanto- 
sos ! No permita el Señor que lleguemos á ver el cumplimien- 
to de todos ; y que tengamos que apurar hasta las heces, como 
en otro tiempo la infeliz Jerusaleh, el cáliz amargo de su fu- 
ror divino. 

Para llamar vuestra atención al hecho memorable de mi 
asunto; yo paso en silencio, oyentes mios, todos los aconteci- 
mientos anteriores á la batalla del Maypú. ¡ Batalla desgracia- 
da, en que fué deshecha enteramente aquella famosa exx^edi- 
cion que vimos salir de nuestro puerto con tanta brillantez ; y 
que todos presagiamos iba á ser la conquistadora de la Améri- 
ca! Mas ¿Cómo fueron vencidos los fuertes de Israel? ¿Cómo 
pudieron caer en manos del enemigo"? Católicos: ¿Nó lo en- 
tendéis por ventura? Nuestras culpas, sí, nuestras culpas han 
sido las que destrozaron nuestro exército : y las legiones rebel- 
des no fueron mas que instrumentos de que el gran Dios se 
valió para castigarnos á nosotros ; asi como antes se valia de 
los asirios y caldeos para castigar á los judios. Toda la gloria 
y fortaleza déla guerra viene de los cielos (2). No pongáis vo- 
sotros toda la confianza vuestra en las bayonetas y cañones. 
Invocad primero el nombre santo y terrible del Dios de las 
batallas; y entonces triunfareis. El suele abandonar á veces á 
los pueblos que escoge: pero nunca jamas los abandona para 
siempre (3). Las once tribus de Israel acometen dos veces á 
su hermano Benjamin por orden del Señor; y son en las dos 



(1) Isaías en el capítulo tercero de sus profecías, versos primero, segun- 
do, cuarto, quinto, vigésimo quinto y vigésimo sexto. 

(2) Libro primero de los Macabeos, capítulo tercero, verso décimo uono. 

(3) Libro tercero de los Reyes, capítulo undécimo, verso trigésimo nono.- 



—328— 
veres rechazadas y destruidas. Claman al Señor en la tercera; 
y alcanzan la victoria (1). 

Bien me acuerdo, señor excelentísimo, de haber visto a V. E. 
postrado humildemente al pié de los altares, pidiendo al Dios 
de las victorias dexase caer- su bendición sobre las armas del 
monarca, y prosperase una jornada que se iba á emprender 
por una causa tan justa y tan sagrada (2). Pero no bastaban 
los votos de V. E. por fervorosos que fuesen. Era preciso que 
subiesen al cielo acompañados de los nuestros: y que asistié- 
semos todos, con la misma religión y el mismo espíritu, á un 
acto tan devoto, tan grande y tan augusto. "No he" dudado un 
momento que los pecados del pueblo frustraron el efecto de la 
piedad de V. E. Y talvez la misma ceremonia que se hizo con 
el objeto de aplacar al Todopoderoso, atraxo sobre nosotros 
su indignación y su cólera (3). Eo fueron suficientes las ora- 
ciones de Josué, para que triunfasen en Hai ios hijos de Jacob 
(4) : y son completamente derrotados en las inmediaciones del 
Azoto, á pesar de las plegarias de Judas Macabeo (5). 

Entre tanto los vencedores del Maipú, engreídos con un 
triunfo que mas bien que sus armas, les dieron nuestros críme- 
nes; se valen de frivolos pretestos para negarse á efectuar el 
cange de prisioneros que acababan de proponernos ellos mis- 
mos (6). Sin duda meditaban desde entonces ei plan de iniqui- 
dad que realizaran después. Trasladan. esos bárbaros á nues- 
tros jefes y oficiales al otro lado de los Andes en el rigor de la 
estación, y los hacen gemir diez meses en la Punta de San 
Luis, entre la hambre y desnudez y todas^ las miserias; mien- 
tras que ellos, que se lian erigido á sí mismos en jueces y ver- 
dugos de sus propios hermanos, deliberan de su suerte. Des- 
pués de un proceso oscuro, lleno de inconsecuencias y de ab- 
surdos, y en que se ve a todas luces la falcedad, la intriga 
y la calumnia (7), se congrega por fin ese inicuo y tumultuoso 



(1) Léase todo el capítulo vigésimo del libro de los jueces. 

(2) Pocos dias antes de salir la expedición imploró S. E. la protección 
del cielo por medio de una solemne rogativa que mandó celebrar en la 
iglesia de Santo Domingo, y á que asistió él mismo con todos los tribuuales 
y cuerpos de la ciudad. 

(3) Alude á la poca devoción con qae de ordinario se asiste á estas fun- 
ciones religiosas, y á los escándalos que se advierten en ellas. 

[4] Capítulo séptimo, versos cuarto y quinto del libro de Josué. 

[5] Libro primero de los Macabeos, capítiúo nono, versos décimo sépti- 
mo y décimo octavo. 

[6] Véase el número cuadragésimo cuarto de la Gaceta ministerial de 
Chile, y el número cuadragésimo octavo de la nuestra en que se inserta y 
se contesta. 

[7] Véase la Gaceta ministerial extraordinaria del Gobierno de Chile, 
del Viernes cinco de Marzo de ochocientos diez y nueve, inserta en la nues- 
tra del Sábado diez y siete de Abril. ' 



—329— 
tribunal, y se oyen repentinamente resonar en él estas pa- 
labras horrorosas: la muerte, la muerte. Esta sentencia 
abominable que, mas bien que por los hombres, parece dic- 
tada por las potestades del infierno, vuela en un momento 
por toda la ciudad. Y el insolente populacho. . . . Mas. . . -. 
corramos un velo sobre esa escena tan horrible y tan atroz* 
Sin duda que vosotros no gustaríais de Verla. Y yo no quiero 
presentarla en la casa del Señor. 

Ya iba á concluir mi discurso, oyentes mios. Pero los lilti 
mos ecos de nuestros generosos defensores han penetrado mi 
alma en este instante. Yo me creo trasladado á la Punta de 
San Luis; y me parece que se renueva delante de mis ojos el 
patético espectáculo de los siete hermanos sacrificados por 
Antioco. Yo veo á unos varones esforzados llenos de valor y 
fortaleza que van á rendir sus vidas al filo del cuchillo, sin ha- 
ber cometido mas delito que defender su religión, sus leyes y 
su patria. Veo que cada uno alienta á los demás con sus pala- 
bras y su exemplo: y que todos desprecian á su tirano y sus 
verdugos. Yeo que miran á la muerte con la mayor indiferen- 
cia; y que aun parecen desafiarla. Y veo en fin que de en me- 
dio de ellos se levanta derepente una voz magestuosa que ha- 
bla así al autor de su martirio. Nosotros padecemos estopor nues- 
tras culpas y pecados. El Señor nuestro Dios se ha airado un 
poco con nosotros para corregirnos y enmendarnos; mas él volve- 
rá de nuevo d reconciliarse con sus siervos. Pero tú, ó malvado 
y el mas perverso de todos los hombres : no te ensoberbezcas inú- 
tilmente con vanas esperanzas ; porque aun no has escapado del 
juicio del Todopoderoso que todo lo ve, y todo lo conoce. Mis her- 
manos, habiendo tolerado ahora un dolor pasagero, están ya bazo 
la alianza de la vida eterna. Mas tú por el juicio de Dios, paga- 
rás las penas debidas á tu soberbia. Por lo que á mi toca, asi co- 
mo mis hermanos, entrego mi alma y mi cuerpo por las leyes de 
mi padres : rogando al Todopoderoso que se muestre cuanto antes 
propicio á mi nación. Mas en mí y en mis hermanos cesará la ira 
del Dios de los exércitos que se derramó imi justamente por toda 
nuestra patria (1 ). 

Aqui cesan de hablar nuestros valientes. Un profundo si- 
lencio reina ya, Y yo veo cerrarse sus sepulcros, para no vol- 
verse á abrir hasta que el séptimo ángel toque su trompeta; y 



[1] Capítulo» séptimo <lel libro segundo de los Macaneo», desde el verso 
trigésimo segundo basta el» trigésimo Octavo. Debe leerse el capítulo en- 
tero. 

LiTsr Atura — 31 



— 33(>— 
baxando el Dios vivo entre relámpagos y truenos, haga que se 
levanten del polvo los vivos y los muertos (1). 

¡ Sangre preciosa, que circulaste por las venas de tantos es- 
' s españoles, y que fuiste derramada para saciar la sed 
. aníbales de la América; tú clamas tan elocuentemente 
como la sangre de Abel, y tus clamores suben á los cielos, y 
van á pedir venganza hasta el excelso trono del Dios de las 
justicias! X ¿te haces sordo, Señor? ¿Note dignas de escu- 
charlos? ¿Para cuándo son los rayos de tu ira? ¡Qué! ¿Se han 
acabado las saetas que antiguamente disparabas contra los 
enemigos de tu pueblo? ¿No hay abismos en la tierra para 
undir á esos malvados? ¿Por qué no haces que se despeñe so- 
bre esa tierra bárbara todo el torrente de tu cólera infinita? 

Y vosotros, compañeros de armas de los ilustres muertos, 
valientes jefes y oficiales del exército del rey: ¿ Cómo os estáis 
tan quietos, y no corréis á vengarlos con la punta de la espa- 
da; de esa espada que tantas veces derramó. . . . 

Pero ¡ Señor ! j Yo me habia olvidado del lugar en que habla- 
ba, y del ministerio que exercia ! Perdonadme, Dios mió, si he 
profanado el santuario de vuestra eterna magestad. Olvidad 
los imprudentes votos que os acabo de hacer; y escuchad otros 
nuevos. Haced caer, Dios bondadoso, sobre los enemigos del 
Perú el torrente de vuestras gracias: heridlos con los rayos de 
vuestras luces divinas : reconciliadlos con nosotros; para que 
cesen ya tantos horrores, y tantas desventuras. Y mientras 
tanto, Señor, vos que descubrís manchas en los astros y hasta 
en los ángeles mismos, mirad con un ojo compasivo á los guer- 
reros difuntos en cuyo favor venimos á implorar vuestras pie- 
dades. Si no se han purificado bastantemente sus almas toda- 
via; si tienen aun defectos que expiar; oid los ruegos y las 
oraciones de este pueblo ; sed sensible á su llanto y á sus lá- 
grimas: pensad en la víctima sagrada que, por su eterna salud, 
acaba de inmolarse en esas aras : acordaos en fin de la exten- 
sión inmensurable de vuestras misericordias infinitas: y dad 
cuanto antes el reposo de vuestra paz en el cielo, á los nuevos 
Macabeos que acaban de perecer por darnos á nosotros la paz 
sobre la tierra. Amen". 



[1] El apóstol San Juan en su Apocalipsis, capítulo undécimo, versos 
décimo quinto y siguientes. 



PANEGÍRICO 

De la Concepción de María, pronunciado en 
esta Santa Iglesia Catedral, a nombre del 
Excmo. Señor Marqués de la Concordia, 
Virey del Perú, el segundo dia de la octa- 
va, en 1815, por el Dr. D. José Joaquín 
de La-Riva, Catedrático de Prima de Psi- 
cología en la real Universidad de San Mar- 
cos, dase á luz de orden y á expensas deS.E, 



AL EXCELENTÍSIMO SEÑOR DON JOSÉ FERNANDO DE ABASCAL 
Y SOUSA, MARQUÉS DE LA CONCORDIA ESPAÑOLA DEL PERÚ, 
CABALLERO GRAN-CRUZ DE LA REAL Y DISTINGUIDA ORDEN 
ESPAÑOLA DE CARLOS III. Y DE LA MILITAR DE SANTIAGO, 
TENIENTE GENERAL DE LOS REALES EJÉRCITOS, VIREY GO- 
BERNADOR Y CAPITÁN GENERAL DEL PERÚ, SUPERINTEN- 
DENTE SUBDELEGADO DE LA REAL HACIENDA, PRESIDENTE 
DE LA REAL AUDIENCIA DE LIMA &. 



Excmo. señor: 



Llegó por fin el dia en que pudiese desahogar los sentimientos de 
gratitud que tienen mi corazón oprimido tiempa hace. Bien sabia 
yo que la consagración de las obras literarias es el recurso de los 
esüritores para desquitarse en parte de la inmensa deuda que con- 
traen con los príncipes benéficos que los distingueny protegen. Pero 



—332— 

también sabia que si los bellos rasgos de plumas delicadas honran 
á los claros varones bajo cuyos auspicios se publican; los toscos y 
groseros ultrajan en cierto modo é insultan su grandeza. Este es 
el temor que me ha contenido hasta ahora, para ofrecer á Y. E. 
las producciones de mi ingenio : producciones que he juzgado dema- 
siado mediocres, y que si han visto la luz pública, ha sido las mas 
veces con disgusto mió, y siempre con desconfianza. Pero Y. E. me 
llena hoy de orgullo, y hace que me crea digno de quemar mis in- 
ciensos en sus aras. Publicando d expensas suyas este panegíri- 
co de la Concepción de María, le presta su aprobación del modo 
mas solemne, y como que me fuerza á consagrársele. Sí, Señor 
excelentísimo : yo no creo mayor la dignidad de Y. E, que su alto 
disernimiento. Y así una obra que ha llegado á merecer su apro- 
bación, debe llevar á su frente su respetable nombre. Recíbala pues 
Y. E. no como un tributo de temor ó de interés pagado á su gran- 
deza, sino como un homenage de gloria ofrecido á sus talentos. Y 
mientras que sale al público, mas honrada mil veces con el escla- 
recido voto de Y. E. que con su excelso patrocinio, yo seguiré es- 
cribiendo, seguro ya de que mis obras correrán con aprecio entre 
los hombres cultos. 

Dios guarde d Y. E. muchos años. 

Lima y Enero 29 de 1816. 

Excmo. señor. 

José Joaquín de Labriva. 



Evangelizo vobis caudium maonum, quod erit omni po- 
pulo, s. luo. cap. 2. v. 10. 



EXORDIO. 



Ya habia nacido el Eedentor del mundo, y el mundo lo igno- 
raba, hasta que un mensagero celestial se aparece á los pasto- 
res que apacentaban sus rebaños en los contornos de Belén, 
los que rodeados de la luz de su presencia, se llenan de terror. 
No temáis, les dice* Yo vengo á anunciaros una nueva feliz 
que lia de ser para todo el pueblo un grande motivo de alegría: 
Evangelizo vobis gatidium, quod erit omni populo. 

; Ángel del Señor! ¿porqué no te apresuras á traernos la 
mas importante embajada que han enviado los cielos á la tier- 
ra? Si estás encargado de avisarnos el tiempo en que comien- 
za á brillar esa luz divina que debe disipar las tinieblas que 
han envuelto los siglos desgraciados que corrieron desde la 
creación del universo ¿por qué guardas el nacimiento del sol, 
y no vienes á decirnos hoy que la aurora de la gracia va ele- 
vándose ya sobre el negro horizonte de la culpa? Pero yo me 
engaño, señores. Este divino embajador no hace sino cumplir 
las órdenes que le comunica la corte celestial; y si retarda su 
venida, es por los fines adorables de la política sagrada. 

Perdonadme, Dios mió, si he intentado penetrar en el san- 
tuario de vuestros secretos: y permitidme que dirigiendo á mis 
oyentes las dulces palabras de vuestro ángel, prevenga su ve- 
nida. 



— 334— 

Evangelizo robis gaudi/wni magnum, quod erit omni populo : 
Yo vengo á anunciaros una nueva feliz que lia de ser para to- 
do el mundo un grande motivo de alegría. Ya llegó el dichoso 
fin de la antigua noche que ha tenido sepultado al universo 
mas de cuarenta siglos en su lóbrego seno. Ya se aproxima el 
dia sereno de vuestra suspirada libertad. Ese pequeño feto que 
acaba de concebir la esposa de Joaquin, es la aurora feliz que 
los separa. Sus primeros resplandores débiles todavía, se mez- 
clan y confunden con la espesura de las sombras. Pero voso- 
tros la veréis exceder bien presto á la hermosura de esas no- 
ches en que la luna y las estrellas parecen empeñarse en des- 
pojarse de su luz por enviársela á la tierra. ¡ Hombres ! ¿os es- 
pantáis de ver á una criatura salir tan resplandeciente de en- 
tre las obscuridades de un linage de crimen y de muerte ? Yo 
voy á hacer que vuestro espanto se convierta en júbilo, publi- 
cando los motivos que ha tenido el Todopoderoso para obrar 
en su favor este prodigio tan grande .• Evangelizo vobis gau- 
dium magnum, quod erit omni populo. 

Pero, señora: ¡como yo tan ignorante y tan impuro, oso 
hablar de vuestra inefable pureza ! Haced que vuestro esposo 
lanze hasta mi alma un rayo de luz: y que ese serafín que pu- 
rificó los labios del profeta Isaias con el carbón del altar, ven- 
ga otra vez del cielo á purificar los mios. Ave María. 



DISOUSSO. 



Cuando el Todopoderoso repasando los siglos desde el sene 
de la eternidad, vio tantas generaciones envueltas todas en su 
indignación y su desgracia, movido á compasión determinó 
que el Verbo, haciéndose hombre, las sacase de las sombras 
de muerte en que estaban sumidas. El primer criminal en la 
misma sentencia que condenó su descendencia entera, recibió 
la promesa de un libertador. Le esperaban los justos, y le pe- 
dian los patriarcas. Pero las sombras y figuras en que habla- 
ban los profetas, no dejaban descubrir el modo con que él de- 
bia aparecer sobre la tierra, hasta que Isaías anuncia sin enig- 
mas que nacería de una virgen : JEcoe virgo concipiet, et pariet 
filium. ¡Santo Dios! ¿por qué consientes que descienda tu hijo 
de nuestra raza corrompida? ¿Por qué no formas su cuerpo de 
un polvo puro, como formaste á Adán en el paraíso? O ¿por 
qué no crias mas bien allá en los cielos una materia nueva, 
repitiendo esa voz omnipotente con que sacaste al mundo de la 
nada? Pero yo me olvidaba, señores, que viniendo Jesucris- 
to á rescatar á los hijos de Adán del cautiverio del demonio, 
era jxreciso que se vistiese de su carne : que viniendo á unir al 
hombre con su Dios, era preciso que juntase en sí mismo la 
persona divina, y la naturaleza humana. 

Entre tanto van cumpliéndose los oráculos divinos, y las se- 
manas de Daniel están para espirar. Hoy es el dia cuya glo. 
ría se han disputado con razón los siglos anteriores. Acaba de 
concebirse en el vientre estéril de Santa Ana esa Virgen qu® 



—330— 
no ha de dejar de serlo haciéndose madre del Mesías. Ya el 
dragón infernal que ha esperado con ansia su creación, para 
aumentar el número de las víctimas tristes de su rabia, se 
avanza presuroso, arrojando acia ella ese torrente de iniqui- 
dad que arrastra al precipicio al resto de la tierra. ¡ Gran Dios! 
¿dejarás que tu enemigo entre á profanar el templo que aca- 
bas de construir para tu hijo? ¿Donde está el querubín que 
guardó con su espada de fuego la puerta del paraíso? ¿ Dónde 
el ángel que poniéndose entre los dos ejércitos rivales en las 
riberas del mar rojo, defendió tu pueblo del furor de Faraón? 

Pero ¡ qué portento, católicos ! El dragón se ha detenido, y 
ha empezado á sentir la próxima ruina de su imperio, viendo 
armada en favor de esta nueva criatura la diestra poderosa 
del Dios de los ejércitos. Y ese torrente impetuoso que iba á 
continuar sus funestos estragos, va precipitándose al abismo, 
impelido del soplo de su boca. Aquí es donde Jeremías arre- 
batado á lo futuro por la virtud prodigiosa de un entusiasmo 
divino, exclama, herido de tan magnífico espectáculo : El Se- 
ñor ha criado una maravilla sobre la tierra! Creavit dominus 
novum siqyer terram. Pero yo me engaño, i>rofeta. ISTo es la 
Concepción de María, es su destinó quien lia causado tu asom- 
bro: Femina circumdaMt virum. ¡M cómo habías de asombrar- 
te de que la providencia suspenda en obsequio suyo el curso 
de la naturaleza, sabiendo los designios que tiene sobre ella! 
Si vieras seguir en su creación las leyes ordinarias, entonces 
te espantaras con justicia, y tu espanto fuera común al cielo y 
á la tierra. Un prodigio como este debia preceder al nacimien^ 
to de un Dios. Admírase Moyses cuando ve la zarza ardiendo 
sin quemarse. Pero apenas se acerca, solo piensa en la voz 
que sale de la llama, olvidando el motivo de su primera admi- 
ración. Pues ; qué cosa podia parecerle grande en la presencia 
del Señor! 

¡ Hombres incrédulos que solo distinguís el brazo del Todo- 
poderoso á la luz de sus milagros! ¿Juzgáis difícil que Maria 
haya tenido un principio de tanta elevación? Acercaos á ella, 
y ved el fin de su creación. ¿Por ser tan grande el prodigio de 
su Concepción inmaculada, os parece imposible? Pensad en 
los prodigios mayores á que está destinada. Y ¿ cómo dexar de 
creer que salga desde su origen de los límites comunes, una 
Virgen criada con el objeto solo de que dé la vida á su cria- 
dor; ponga en el mundo al mismo que sacó al mundo de la na- 
da, y haga nacer al Eterno en la plenitud de los tiempos? 

Tratábase, católicos de restituir la naturaleza á su esjden- 
dor primitivo. Satanás que tenia usurpado el imperio del mun- 
do, le habia abierto sus puertas á la muerte. El pecado era en 
sus manos, como dice el Apóstol, esa hoz aguda con que sega- 



ba nuestras vidas. Todo el género humano estaba muerto. To- 
do el globo cubierto de cadáveres, no era mas que un triste y 
vasto cementerio. María es el nuevo paraíso donde habia de 
plautarse el árbol saludable que debia vivificarnos con sus 
preciosos frutos, La tierra árida y seca, llena de abrojos y de 
espinas, fatal cosecha de terrible maldición que atraxo sobre 
ella la orguilosa presunción de los dos primeros tranagresores, 
necesitaba copiosos raudales de aguas vi fas que llegando la 
fecundidad por todas partes, hiciesen florecer en ella la recti- 
tud y la justicia. Maria es el canal sagrado que habia de con- 
ducirlas desde la fuente de la vida abierta por el Cordero al 
pié del trono del Eterno. Cediendo la débil Eva á la astucia 
fatal de la serpiente, la habia engrandecido; sujetando á su 
cruel dominación toda su raza desgraciada. Maria es la segun- 
da Eva que la debia destruir. 

No podíais llenar, Virgen pinísima, naos destinos tan san- 
tos, sin haber sido siempre santa. M tuvierais en el pié una 
fuerza bastante para hollar la |3érfida cabeza de ese monstruo 
horrible, si os le infestara primero con su ponzoñosa mordedu- 
ra. Para esta victoria tan ilustre cuya gloria os estaba reservada, 
recibisteis, Señora, desde el primer instante de vuestra privile- 
giada Concepción, esa fortaleza extraordinaria que el sabio no 
creia poder encontrar en vuestro sexo : Mulierem fortem quis 
invenietf Por eso se sorprende cuando la encuentra en Maria, 
y pregunta ¿ quién es esta que aparece desde el oriente de su 
vida, terrible como un exército colocado en orden de batalla? 
Qiue est ista, quce progredüur terribüis utcastrorwm acies ordi 
nata? Y ¿le parecería terrible una mujer cargada de cade- 
nas, sujeta á la urania del pecado, é incapaz de resistir á los 
asaltos del demonio? No: él la vio cercada por todas partes 
con la sombra del Espíritu Santo, apoyada sobre el brazo del 
Dios fuerte, cubierta con el escudo de la gracia, y armada de 
todas las virtudes. No es el sabio solo á quien excita la curio- 
sidad esta grande visión. Los habitantes del empíreo desean 
saber quien es esta á quien Dios distingue de un modo tan 
glorioso. Quce et tstaí Es la verdadera Ester que viene á sus- 
pender la execucion de la sentencia de muerte que se fulminó 
contra su pueblo: es la reyna del cielo y de la tierra: es Maria. 
¡ Inteligencias inmortales, tronos vivos de la augusta magos- 
tad ! venid todos á rendirle vuestros respetuosos homenajes. 
La serpiente infernal entra en éxtasis también, y pregunta: 
¿quién es esta que llevando el terror hasta el abismo, ha pues- 
to en desorden el infierno? Quce etistaf Es la mujer fuerte de 
quien está escrito que la acecharás para morderla, pero que no 
la morderás: El tu insidkiberiti calcáneo ejus. 

' LlTERATUBA — 32 



—338— 

¡Qué privilegio! Qué diferencia entre esta Virgen, y todo eí 
resto de los hijos de Adán. La concepción de todos los demás, 
tan favorable á los progresos de la culpa, llena al demonio de 
satisfacción y de orgullo. La de María tan funesta á su impe- 
rio, le llena de rabia y de vergüenza. Pues en aquella no ve 
sino señales de debilidad, cuando en esta solo se ve señales de 
poder. _Eh todos los demás el cuerpo y el espíritu parecen 
mancliarse mutuamente: pues ambos están puros mientras 
permanecen separados, y cada uno se corrompe porque se une 
con el otro. En María el cuerpo y el espíritu se santifican mu- 
tuamente. Su cuerpo no siente el mas pequeño efecto del con- 
tagio, porque le anima un espíritu tan protegido de los cielos. 
Y su espíritu no es tan protegido de los cielos, sino porque ani- 
ma un cuerpo que debe servir de templo á la Trinidad augus- 
ta. Todos empiezan á recibir las impresiones de la luz del dia, 
cuando sus almas están todavía sepultadas en las tinieblas del 
pecado. María estaba todavía sepultada en las tinieblas de las 
entrañas de su madre, y ya su alma recibía las impresiones de 
la luz de la gracia. ¡ Qué digo yo ! Estando en las manos del 
Criador, él se apresura á embellecerla. Y el soplo de vida que 
la anima, lleva envueltos consigo todos los beneficios de la na- 
turaleza, todos los dones del Espíritu-Santo, todos los favores 
encerrados basta entonces en los tesoros de la misericordia. 

No es este un elogio que la piedad acia María me nacen exa- 
gerar. Yo veo á la gloria de mi Dios interesada en la suya. 
Desde que concibo á esta Virgen un momento en pecado, ya se 
apaga á mis ojos todo el esplendor de la obra mas grande del 
Altísimo. Sí, yo oso decirlo: yo encuentro algo de monstruo- 
so en la economía de la encarnación. Y ¡qué! ¿El Todopode- 
roso que desde la eternidad ha tenido fija la atención en este 
grande suceso de los siglos; que desde la creación del univer- 
so se ocupa en dirigir las cosas de manera que todos los acon- 
tecimientos de la tierra vayan sirviendo de medios para este 
fin asombroso ; que empieza á llenar de bendiciones, cuarenta 
generaciones antes, la familia dichosa que ha escogido para 
sacar la oficina donde debe obrarse este misterio; hace tantos 
prodigios en obsequio suyo por medio de Moyses ; y á pesar de 
tantas revoluciones, conserva siempre el cetro en la tribu de 
Judá; que sucita de tiempo en tiempo profetas que hablen de 
él tan magestuosamente; y que emplea por fin en este objeto 
sublime las sagradas pitucas de tantos escritores; dexaria en- 
trar el defecto mas leve en este plan tan meditado? ¿Después 
de unos preparativos tan magníficos que todos respiraban sa- 
biduría, poder y santidad ¿vendría á desmentir el concepto 
que hizo formar el mundo de su obra, dexando salir al Verbo 
increado de su purísimo seno, y precipitarse, ( ¡ qué horror !) 



—339— 
en él seno corrompido de una mujer abominable? ÍTo, Dios 
mió: Vos mismo habías dicho que vuestra sabiduría no habia 
de entrar en una alma malvada, ni habitar en un cuerpo suje- 
to á los pecados: In malevolam animan non introíbit sapientia, 
ñeque hcMtavit in corpore subdito peccatis. Vuestro santísimo 
hijo, aunque se empeña en abatirse x>or elevarnos á nosotros, 
nunca .pudo aceptar un abatimiento contrario á la pureza de 
su ser. El no dexó de ser Dios, por humillarse. Y Vos debis- 
teis sostener, en medio de la humillación, el decoro de la Divi- 
nidad. 

No creáis, mis hermanos, que le hubiera sostenido, dejando 
que Maria se sujetase un momento ala ley vergonzosa del pe- 
cado; aunque después derramase sobre ella todos los tesoros 
de sus gracias. El privilegio del Bautista es en verdad un 
grande privilegio, capaz de hacer á un hombre digno de pre- 
parar los caminos del Mesías ; pero no de hacer á una muger 
digna de darle nacimiento. Bastante para que el hijo del Altí- 
simo habite el alma de aquel, y enseñe por sus labios la cien- 
cia saludable de la remisión de los pecados; no para que en el 
seno de esta se ofrezca en holocausto. El santuario destinado 
para que el Dios de Israel habitase en medio de su pueblo, se 
trabajaba con esos instrumentos que ea la misma hermosura y 
magestad le dejaban señales de impureza ; y era suficiente que 
él le santificase después con su presencia, para que alli desde 
entonces pronunciase sus oráculos. Pero el altar consagrado 
para ofrecerle sacrificios, se edificaba de piedras sin labrar : 
porque una vez profanado por el contacto del hierro, jamás 
podia servir para este fin tan augusto. Y ¿haremos á la Di- 
vinidad la injuria de persuadirnos que no concedió á María fa- 
vores proporcionados á la elevación de su destino ? Yo no pue- 
do pensar en el pecado de esta Virgen, sin pensar al mismo 
tiempo en la deshonra de su hijo. No puedo ver en ella un de- 
fecto tan grande, sin acusar involuntariamente a la infinita sa- 
biduría. La mancha de su alma hubiera empañado el espejo 
de la Divina Magestad : su triste situación podia haber turba- 
do el placer tranquilo de las mansiones celestiales : y sus espe- 
sas tinieblas podian haber disminuido, á los ojos del hombre, 
el magestuoso brillo del trono del Eterno. 

¡Qué! i Os sorprendéis, señores? ¿Os parece acaso que son 
mis expresiones partos atrevidos de la imaginación y el entu- 
siasmo? El lenguaje que yo hablo es el lenguaje de la razón y 
de la fé. Si María no fué concebida en gracia original, ella es- 
tuvo algún tiempo en la desgracia del Señor. Y si un fatal ac- 
cidente hubiera cortado entonces los débiles lazos que la unian 
á la vida, se hubiera perdido sin remedio: y este triunfo del 
infierno hubiera cubierto al cielo de ignominia. ¡ Qué especia-* 



—:>Ai )_ 
culo se presenta á la imaginación! ¡Satanás levantando un 
trofeo en medio del abismo contra la celestial Jerusa- 
len! ¡ Los ángeles fieles contemplando 1 i enos de tristeza á su 
rey na y soberana en poder de los ángeles 'apóstatas! ¡Y el 
Todopoderoso viendo por toda la eternidad á su rival sacian- 
do su venganza en la muger que él destinó para su madre! Yo 
no puedo sostener mas tiempo tan horroroso pensamiento. 
Santísima Virgen: ó vos habéis sido concebida sin pecado, ó 
no sois la muger que ha parido al Eedentor. 

Un Eedentor perfectísimo como fué Jesucristo tiene poder 
para redimir de un modo perfectísimo. De este debió usar res- 
pecto de su madre, haciendo brillar en ella toda la eficacia de 
sus méritos. No debió contentarse con dispensarle el mismo 
beneficio que al resto de los hombres. No debió levantarla co- 
mo lo hace con nosotros: sino impedir su caida, como lo hizo 
con los ángeles. No debió redimirla de la muerte, sacándola co- 
mo á Lázaro délas sombras del sepulcro: sino impidiendo que 
muriese como lo hizo con David: Qui redim.it de interitu vitara 
tvam. Y i cómo dudar que así lo ejecutó, cuando nos dice San 
Bernardo que mas vino al mundo por salvar á María que por 
salvar á todos los demás? Plus venit Christits pro María redi- 
mendaj guara pro ómnibus allüs. 

Si un exceso de amor para los hombres es quien le obliga á 
combatir con el mundo, la muerte y el pecado: si por él se aba- 
te tanto, sufre y muere: desciende hasta el abismo: y después 
de haber atado al dragón nuestro enemigo con esa grande ca- 
dena que traxo de los cielos, cierra las puertas del infierno, y 
sube en triunfo á sentarse á la diestra de su padre; Maria tie- 
ne en su victoria mas parte que nosotros. Ella debe gozar de 
las primicias de sus preciosos frutos. Su libertad es la primera 
que yo veo en ese trofeo divino elevado en el Calvario. Pues 
por mucho que ame el Señor las tiendas de Jacob, mas ama 
las puertas de Sion : Diligit Dominus portas Sion, super omnia 
tábemacirfa Jaeób. Maria es rescatada con el mismo precio que 
nosotros. Pero por ella se pagó antes que cmnpiido el plazo 
de la deuda, pudiese perder su libertad: cuando se paga por 
nosotros después que pasado el término, hemos gemido baxo 
el yugo de la mas infame esclavitud. Y era preciso que aque- 
lla por quien habia de darse la salud a todos los demás, la re- 
cibiese la primera. Por eso dice San Ambrosio que el Eedentor 
empezó por su madre la obra que iba á practicar por todo el 
género humano: Dominus redempturus miindum, operationem 
suam incoliavit a matre, ut per quam salas ómnibus parabatur, 
eadem prima fnictum salutis hauriret ex pignore. 

Este verdadero Moyses derrama primero sobre la ara la sam 
M're de la alianza, y después la derrama sobre el pueblo. Y 



—341— 

¡qué! ¿Se contentaría acaso, como Judas Macabeo, con purifi- 
car solamente un santuario manchado ? No : el nuevo taber- 
náculo no es un vaso de corrupción, ni un depósito de cólera. 
Es un edificio fundado sobre la santidad y la justicia: es un 
sagrario impenetrable á la iniquidad y maldición. San Patrio 
hacia ver á los hebreos la necesidad del nxievo testamento en 
las imperfecciones del antiguo. En aquel, les decía, el sacerdo- 
te que ofrecía las hostias por el pueblo, necesitaba ofrecerlas 
por sí mismo: la sangre de los toros y cabríos, no tenia virtud 
para lavar los pecados; y el tabernáculo destinado x>ara inmo- 
lar las víctimas, era construido por los hombres. Si estos fue- 
ron los motivos, grande apóstol, de mudar el testamento, todo 
es mas santo en el nuevo: sacerdote, hostia y tabernáculo. 

Es insultar á un pueblo cristiano pensar que necesita le ha- 
bien de la santidad de Jesucristo. Pero es insultar al mismo 
Dios pensar que él haya admitido la horrible profanación en 
ese tabernáculo que él mismo construyó para su hijo. Prohibe 
á los judíos la entrada en el Santo de los santos, porque allí 
habia de ir el sumo sacerdote el dia de la expiación á ofrecer 
la sangre del cordero por los pecados de Israel : ¿y dejaría que 
el demonio se apoderase de ese templo vivo dónde habia de 
entrar el día déla Encarnación el eterno pontífice del nuevo 
sacerdocio, que venia al mundo á ofrecer, no sangre de anima- 
les, sino de la suya propia, por los pecados de todas las nacio- 
nes! Lejos de nosotros tan execrable pensamiento. Al nuevo 
paraíso jamás ha entrado la serpiente. La ciudad santa fué, des- 
de su fundación, cercada con fuertes y elevados muros. Siem- 
pre guardaron doce ángeles cada una de sus puertas. María 
es la zarza misteriosa que se conserva siempre inalterable en 
medio de las llamas abrazadoras del crimen que devoran al 
resto de la tierra. No puede acercarse á ella el ángel de tinie- 
blas que extermina toda la naturaleza: porque el Cordero in- 
molado desde el origen del mundo la señaló desde entonces 
con su sangre sacrosanta. Por eso la iglesia, aplicándole el 
elogio que hace el Espíritu-Santo de la sabiduría increada, ia 
llama la primogénita de todas las criaturas: Primogénita ante 
omnem creaturam. 

Colocaos conmigo, señores, mas allá del origen del tiempo : 
trasportaos á esa época anterior á la naturaleza y á los siglos : 
y figuraos, como yo, á la Trinidad augusta acabando de tratar 
en su consejo eterno el grande asunto de la creación de María. 
¿No os parece á todos, como á mí, que le estáis oyendo decir: 
Hagamos pues una obra perfectísima! La conducta adorable 
de las tres personas sacrosantas hace creer que la menor imper- 
fección hiciera indigna á María de las sagradas relaciones 
iba a contraer. 



—342— 

Cuando el Todopoderoso por boca de Moyses habla al pue- 
blo de las víctimas que le habla de inmolar, le manda prime- 
ramente que sean inmaculadas: Immaculatum offerent. Y 
mientras le va designando con la mayor proligidad sus diver- 
sas especies, á cada paso le repite el mismo encargo. La que 
tuviere mancha, le dice, no la ofreceréis vosotros, ni yo la 
aceptaré: Si macnlam lidbuerit, non offeretis, naque erit aóceptOr 
lile. Y ¿ereeremos que este Dios tan celoso de la pureza de su 
culto, se descuidase con María, y la dexase salir corrompida de 
sus m anos ? ISTo, católicos. Si esos animales en cuya limpieza po- 
nía tanto empeño, servían de materia á los sacrificios figurados 
del tabernáculo, María suministra la materia del verdadero sacri- 
ficio del Calvario. Sí: de su cuerpo saca el suyo el Salvador del 
mundo : de allí toma esa sangre preciosa que derramó por 
nosotros en el árbol de la cruz. ¡Qué gloria para Maria con- 
currir tan de cerca ala admirable, á la portentosa Eedencion! 
Pero ¡qué gloria mas grande todavía, ser preservada, en favor 
de este concurso, de la culpa original! Pues ni el hijo de Dios 
habia de pretender lavarnos con- una sangre manchada; ni hu- 
biera sido á su Padre acepto su holocausto: Si maculam Jiábue- 
■rit, non offeretis, ñeque erit aeeeptaMli. 

Y Yos, Espíritu-Santo, que cuidasteis tanto de la integri- 
dad del cuerpo de esta virgen ¿hubierais podido sufrir la 
corrupción de su alma? Cesad espíritus orgullosos, cesad 
de blasfemar, diciendo que el Señor no os ha hablado con 
bastante claridad para creer inmaculada la Concepción de 
María. lío esperéis que venga á disipar vuestras dudas el án- 
gel que disipó las dudas dé José. Las suyas fueron justas, y 
las vuestras son sacrilegas. José solo conocía á María por su 
esposa, y vosotros la conocéis por la esposa del Espíritu-Santo. 
¡ Ah mis hermanos ! Este esposo divino es sumamente delica- 
do : él no podia sufrir un solo sartal mal puesto en el cuello de 
su esposa. 

En fin Jesu-Cristo que tenia tantos títulos magníficos como 
primogénito del Padre celestial, se gloria sin embargo de que 
el mundo le conozca por hijo de María: Filius hominis. Asi se 
llama él mismo á cada paso en todo el discurso de su vida: y 
aun hace alarde de este nombre en la acción mas gloriosa de 
su divino misterio. Sí: él quiere que se sepa que ese juez ter- 
rible que ha de aparecer el último dia de los siglos con toda 
la pompa de su gloria á juzgar á los vivos y á los muertos, es 
hijo de María: Cum venerit filius hominis, sedebit super sedem 
majestatis suce, et congregcíbuntur ante eum omnes gentes. Y ¿se 
hubiera gloriado Jesucristo de tener por madre á una muger 
que habia sido en un tiempo esclava del demonio 1 ¿ Quién de 
vosotros, señores, teniendo un padre distinguido por el lustre 



— 343— 
de su cuna y el esplendor de su virtud, desearía ser conocido 
por el nombre de su madre, si este trajese consigo alguna'nota 
vergonzosa? ¡Quién no procura ocultar su origen infame! 
Yo bien sé que Jesucristo se abate hasta el exceso : que saca 
su gloria de las afrentas e ignominias; pero jamás quiso apa- 
recer culpable á los ojos de los hombres. Cuando en la casa 
del Pontífice Caifas le cubren el rostro los sacrilegos ministros, 
y burlándose del nombre de profeta, le dicen que adivine quien 
le hiere, él no contesta una palabra. Cuando los príncipes de 
los sacerdotes le dicen que descienda de la cruz, si quiere que 
ellos crean que es el rey de Israel, parece que no oye sus bla- 
femias. Pero apenas se trata de sospechar pecado en su perso- 
na, él no puede sufrirlo . Se despoja un momento de la ordi- 
naria mansedumbre del hombre de dolor: y revistiéndose de 
la magestad propia del hijo del Altísimo, pregunta indignado 
á los judíos: ¿Quién de vosotros podrá convencerme de peca- 
do ? Quis ex voMs arguet me de peccato f 

Que guarden los evangelistas un profundo silencio sobre la 
pureza de María; que yo la leo, católicos, en esta pregunta de 
Jesús: ¿Quién de vosotros podrá convencerme de pecado. Para 
que él desafiase á los judíos cgii tanta satisfacción, era preciso 
que su madre pudiese desafiar a los demonios, y preguntarles 
también: Quis ex voMs arguet me dé peccatol De lo contrario 
Jesucristo hubiera temido con justicia que los judíos le argu- 
yesen con el pecado de María: que aunque con él no po- 
dían probarle que estaba manchado en su persona podían 
probarle que lo estaba en la persona de su madre. !No le hu- 
bieran convencido de que era un criminal: pero le hubieran 
convencido de que estaba deshonrado por un crimen. Pues así 
como los hijos participan de la gloria de sus padres, un padre 
sin honor (nos dice el Sabio) es la deshonra de su hijo: Dedecus 
filii pater sine honore. Cuando trata de pecados, decia San 
Agustín, yo no puedo sufrir que se hable de la Virgen: Excep- 
ta Yirgene matre, de qua cum de peccatis agitur nullam prorsus 
liábere voló qucestíóném. Y ¿por qué. Por el honor del Señor: 
Propter lionorem Domini. 

Sí, Santísima Virgen: el honor de vuestro hijo es quien em- 
peña al Todopoderoso en desplegar en obsequio vuestro toda 
la energía de su brazo. La divina maternidad es el augusto 
fundamento de la grandeza vuestra. Por ella nacisteis y vivis- 
teis siempre en la inocencia mas perfecta: por ella moristeis 
sin pecado á los ojos mismos de aquel que juzga las justicias: 
por ella dividís hoy la gloria del Altísimo, y sois la soberana 
de su reyno. Pero permitidme que os diga que todos somos 
hermanos de Jesucristo : que si sois madre suya, sois niadre de 
todos los hombres: y que esa diestra omnipotente que en con- 



—344— 
sideración á vuestro hijo primogénito, obró en Vos tamaña 
maravilla, puede en consideración á Vos, obrar otras muchas 
en el resto de vuestros hijos. 

Y ¿se podrá creer sin crimen que la cualidad magnífica de 
madre de Dios le haga mirar con desprecio la de nuestra ma- 
dre común ? ¿Verá ella con indiferencia perecer á sus hijos los 
hombres, por quienes ofreció tan generosamente en el Calva- 
rio el sacrificio de su hijo Dios! ¿Acaso se habrá olvidado de 
que somos sus hijos, después de la advertencia que Jesús le 
hizo al tiempo de morir, en la persona del discípulo amado? 
Ecce films tuus. 

¡ Retiraos de mi pensamiento, blasfemias tan injuriosas á 
Maria! Desde el seno de la felicidad donde habita, siempre 
está arrojando sobre la tierra miradas de ternura. Después del 
dia de su gloriosa asunción, siempre está ocupada en recibir 
nuestras súplicas, y presentarlas al pié del trono celestial. Las 
entrañas que llevaron nueve meses la salud del mundo, no han 
cesado de pedirla en diez y ocho siglos. Manifestad, mis her- 
manos, vuestras aflicciones y miserias: abrid vuestro corazón 
á esta mediadora tan generosa y compasiva. No os acobarde 
en su presencia la enormidad de vuestros crímenes. Habladle 
sin temor. Cuanto es mas deplorable el estado de los infelices 
que la imploran, tanto mas los compadece. Ser grande peca- 
dor es un motivo poderoso para invocarla con mejor suceso. 
Pero no penséis salvar á la sombra de sus altares vuestras pa- 
siones favoritas: no oséis interesarla en vuestros proyectos 
criminales. Maria solo escucha las oraciones dictadas por la 
compunción y la humildad: y cierra sus oidos, con horror, á los 
sacrilegos votos del hombre impenitente. No seáis impruden- 
tes como Adonías que creyendo que Salomón nada podia ne- 
gar á su madre Betsabé, ñeque inim tibi negare quidquam po- 
testj la empeña en proteger sus miras ambiciosas: no sea que 
experimentéis, como él, el justo castigo de una temeraria peti- 
ción. Pedidle, como iridió Mardoqueo, vuestra salud y la del 
pueblo, y la alcanzareis como él. Sí : la alcanzareis sin duda. 
El título dereyna de los cielos, no es un título vano y sin po- 
der. La que obtuvo en las bodas de Cana el primer milagro de 
Jesucristo, puede todos los dias obtener otros nuevos. Ella 
puede arrancaros de los brazos de la muerte, y retirar vuestras 
almas de las puertas del abismo. Su intercesión debe inspirar 
mas confianza álos cristianos, que la que inspnó á Judas Ma- 
cabeo la oración de Jeremías. 

Yo creo oir al Salvador del mundo, dirijir á María estas 
tiernas palabras que dirigió á Esther en otro tiempo el rey 
Asuero. ¿Qué pedis, para que se os conceda en el momento? 
Quid petris, ut detur tiMf Ya pasó este tiempo en que después 



—345— 
de tres días de ausencia, respondía con dureza á vuestras amo- 
rosas reconvenciones: ¿No sabéis que debo ocuparme en el 
servicio de mi padre? Ya pasó ese tiempo en que pareciendo 
desconoceros cuando me esperabais en las puertas de la Sina- 
goga, gritaba: ¿Quién es mi madre, y quienes son mis herma- 
nos! Esas humillaciones pasageras preparaban entonces vues- 
tra gloria presente: y ese ligero abatimiento fué el fundamen- 
to que yo puse al gran poder que hoy tenéis en el cielo y en la 
tierra. ISTo temáis mas en vuestro hijo una conducta semejan- 
te. Ha llegado el tiempo de glorificaros, madre mia, á los ojos 
del universo. Si antes cuando me pedias un prodigio, os pre- 
guntaba: muger ¿qué hay de común entre vos y yo! Quid mi- 
M et Ubi est mulierf ahora os pregunto: ¿qué pedis para satis- 
facer vuestros deseos? Quid petis, uídetur Ubi? A vuestra voz, 
mi cólera apagada se mudará en clemencia; los dardos de mi 
justicia caerán sm fuerza de mi mano; yo contendré mis rayos 
antes que lleguen á la tierra; y mis ángeles volarán á socorrer 
á vuestros siervos. ¿Queréis que ahora se obre algún j)odigio 
nuevo. Toda la naturaleza está pronta á obedecer á vuestra 
voluntad primero que á sus leyes ¿ Queréis inundar el mundo 
con los torrentes de mis gracias ? Los tesoros de mi misericor- 
dia están abiertos: vos podéis disponer de todo cuanto encier- 
ran. ¿Qué pedís, madre mia, que desea complaceros un hijo 
omnipotente! Quid petis, ut detur Ubi? 

Pedidle, Virgen purísima, pedidle por nosotros : Loqiiere pro 
nobís. Pedidle que el digno príncipe que hoy os consagra su 
culto, no cese de recibir en estos días calamitosos esas inspira-' 
ciones de la sabiduría celestial con que supo burlarse de tan- 
tos enemigos el gefe del pueblo de Israel. Pedidle que separe 
de nosotros ese terrible azote que después de seis años tiene 
levantado todavía. Pedidle que cesen ya tantos dias de deso- 
lación y de sangre. Pedidle que los horrores de la guerra que 
están añijíendo nuestro suelo, vayan todos á aflijir á la región 
fatal en que nacieron. Pedidle que borre de sobre la haz de la 
tierra á ese pueblo rebelde donde prendió primero la. llama de 
la discordia que ha abrazado á todas las Américas. Pedidle 
que el ángel exterminador que disipó en una noche el ejercito 
de Sennaquerib, baje pronto, y con su espada vengadora corte, 
destruya, aniquile, y acabe de una vez con esas bandadas de 
v facciosos que talan nuestros campos, roban nuestras casas, cor- 
rompen nuestras vírgenes, profanan nuestros templos, despre- 
cian nuestros ministros, ultrajan nuestra religión, é insultan á 
nuestro Dios. Pedidle que vibre sus tremendos rayos. . . .Pero 
no le pidáis nada de esto, dulcísima María. ¡ Yo me olvidaba 
de que esos miserables que nos están causando tantos males, 

Litera tit r a —33 



—346— 
son nuestros hermanos, é hijos vuestros! Pedidle mas bien 
que derrame sobre ellos las luces de su gracia : que descorra el 
velo espeso que Jes impide ver la verdad y la justicia; y que 
poniéndoles delante de los ojos el profundo abismo en que van 
á hundirse con la patria, si no abandonan los caminos del fa- 
natismo y el error, los torne en ciudadanos fieles y virtuosos. 
Pedidle en fin, Señora, que nos dé á todos ese ánimo generoso 
en los combates con que se alcanza después de la carrera, la 
corona inmortal de la justicia. Es la gloria eterna que os deseo 
á todos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espiritu-Santo 
Amen. 



Que en la solemne misa de acción de gracias 
celebrada en la real Universidad de San 
Marcos de Lima, en el recibimiento del 
Excelentísimo señor D. Joaquín déla Pe- 
zuela y Sánchez Virey del Perú etc. etc. 
Dijo, el dia 21 de Noviembre de 1816, D. 
José Joaquín de Larriva y Ruiz, maestro 
en artes, Dr. en Sagrada Teología, y cate- 
drático de Prima de Psicología en dicha 
Universidad. 



a la excelentísima señora vlreyíta del pebtj, doña 
María Angela Oeballos y Olarria. 



Excma. Señora. 



M yo he pensado jamas en hacer comercio con mis obras 
vendiéndolas por un poco de protección ó de favor, ni esta ha 
menester acogerse á sombra alguna para salir al público ; por- 
que su interesante materia, aunque esté desnuda enteramente 
de los arreos de la elocuencia y de las gracias del estilo, la hace 
digna de presentarse á todas las luces, y la asegura del apre- 



—348— 
ció y estimación universal. Pero yo he pintado el carácter mo- 
ral de nuestros Príncipes : y creería faltar á mi deber, si no pu- 
siese en las manos de su Excelentísima esposa el retrato de un 
corazón sobre que le dan tantos derechos sus virtudes. 

Dios guarde á V. E. muchos años. 

Lima y Mayo 22 de 1817. 

Excma, señora. 

José Joaquín de Larriva. 



DlXERUNTQUE OMNES VIRI ISRAEL AD GEDEON: DOMINARE 
NOSTRI TU QUIA LIBERASTI NOS DE MANU MADIAN. QUIBUS 
ILLE AIT : NON DOMINABOR VESTRI , SED DOMINABITUR VO- 
BIS DOMINUS. 

Y DIJERON Á GEDEON TODOS LOS VARONES DE ISRAEL: SE TÚ 
NUESTRO PRÍNCIPE, PORQUE NOS HAS LIBRADO DEL PODER 

DE MAMAN Á LOS QUE ÉL RESPONDIÓ: NO SERÉ VUESTRO 
PRÍNCIPE, SINO QUE SERA EL SEÑOR EL QUE MANDARÁ. SOBRE 

vosotros. Cap. 8. de los jueces, y. 22 y 23. 



Excmo. señor: 



El Dios de Abrahain, de Isaac y de Jacob, ese Dios grande 
y terrible, que derrama su cólera, á manera de un torrente, so- 
bre las naciones ingratas que olvidando sus beneficios, le des- 
conocen y desechan ; llena de bendiciones y de prosperidad á 
estas mismas naciones, cuando se tornan, á él, é imploran sus 
clemencias. Y con la misma facilidad con que pone los reinos 
en manos de sus enemigos, rompe sus cadenas, y los vuelve á 
levantar á su antiguo lustre, grandeza y poderío. Al pueblo de 
Israel, á ese pueblo escogido, á quien sacó tan milagrosamen- 
te del Egipto: por quien estuvo en el desierto cuarenta años 
consecutivos multiplicando maravillas: y á quien puso luego 
en posesión de la tierra feliz por donde corrian arroyos de le- 
che y de miel, empleando para desalojar a las gentes belicosas 
que por todas partes la ocupaban, la fuerzairresistibledesu bra- 
zo omnipotente; le tuvo oprimido siete años bajo el pesado yugo 
de los hijos de Madian, porque hizo el mal en su presencia de- 



— 350 — 

jando al Dios de sus mayores, y consagrando a los dioses age- 
nos sus adoraciones y sus cultos : fcecerunt autemflUi Israel ma- 
lum in conspectu Domini, qui tradidit illos in manu Madian 
septem annis, et opressi sunt valde ab is (1). Pero apenas oye sus 
clamores, cuando arroja sobre Gedeon una mirada de virtud: 
y levantándose este valiente hijo de Joas lleno de gracia y for- 
taleza, convoca sus guerreros al sonde la trompeta; se lanza al 
valle de Jesrael armado de la ira del Señor; embiste á manera 
de un león al campo enemigo; hace perecer sobre el campo 
ciento veinte mil combatientes; humilla á los madianitas; y 
restablece la paz de Israel : Humiliatus est autem Madian co- 
ramfiliis Israel, neo portuerunt ultra cervices elevare. Sed quie- 
vit térra (2). Penetrado de gozo todo el pueblo al ver que ya 
puede respirar libre de la penosa y larga servidumbre que ha- 
bía padecido: y reconociendo que Gedeon portan señalada vic- 
toria merecia ser el primero en la casa de Jacob: sé tú nuestro 
príncipe, le dice, porque nos has librado del poder de Madian: 
Dominare nostri tu, quia liberatis nos de manu Madian. Pero 
este generoso caudillo, tan piadoso como esforzado, y tan sa- 
bio en la religión como en la guerra: no seré vuestro príncipe, 
contesta, sino que será el Señor el que mandará sobre vosotros: 
Non dominador vestri, sed' dominabitur vobis Dominus. ¡ Qué 
gloria para Gedeon, y qué satisfacción para Israel ! Gedeon se 
mira aclamado por defensor de la fé y de las leyes de Israel; 
é Israel oye de boca de Gedeon que es el mismo Dios el que se 
ha de encargar de su defensa. Israel se regocija de que sea re- 
vestido Gedeon de la suprema autoridad, porque ha sabido li- 
bertarle de la opresión y tiranía; y Gedeon le muestra que el 
cielo es quien debe gobernarle, porque fueron sus estrellas (3) 
las que pelearon por él contra sus tiranos y ox>resores. Gedeon 
sabe que manda en los corazones de Israel : Dominare nostri 
tu, quia liberatis nos de manu Madian ; é Israel sabe que va a 
ser mandado por un príncipe que siemj>re caminará por los ca- 
minos del señor : Non dominabor vestri sed dominaMtur vobis 
Dominus. 

¿IÑTo parece esta historia, Señor Excelentísimo, una profecía 
sellada en el eterno testamento, para que tuviese su pleno 
cumplimiento en Y. E. y en nosotros? El reino del Perú, este 
reino tan protejido de los cielos, á qir.en trajo el Señor la luz 
del evangelio desde las remotas regiones del oriente ; donde no 
permitió que se tocase la bocina guerrera por tres siglos ente- 
ros; y donde habia derramado, con mano liberal, todos los bie- 
nes de la concordia y de la paz; llegó al fin, sin duda por sus 
crímenes, á anegarse en la sangre de sus hijos; sufrió cerca de 
siete años de vejaciones y de insultos; y vio gemir á muchos de 
sus pueblos bajo el peso formidable de las armas enemigas: 



—351— 
fecerunt autemfilii Israel malum in conspeeM Dominí, quí iftí-> 
didit illos in manu Median setem annis, et opressi sunt valde ab 
eis. Pero el Dios de nuestros padres se acuerda de sus miseri- 
cordias, y le sucita uu salvador en la persona de Y. E. Siente 
V. E. su espíritu confortado de lo alto, y corre á ejecutar las 
órdenes divinas. Hace resonar los instrumentos bélicos en los 
confines del reino; levanta sus estandartes; reúne á sus valien- 
tes ; empuña con su diestra la espada del Señor ; acomete á los 
rebeldes que habitan las riberas del Rio de la Plata; les arranca 
de las manos tres victorias; disipa como humo sus numerosas 
huestes, y aleja de nuestra tierra la ruina y el oprobio: Rumi- 
liatus est autem Madian coramfilíis Israel, neo potuerunt ultra 
cervices elevare. Sed quievit térra. 

I O dias de libertad y de consuelo ! ¡ O fuertes de mi patria ! 
I O Pezuela ! Los cielos son testigos, Señor Excelentísimo, de 
los ardientes votos que hicimos subir entonces hasta el excelso 
trono del Dios omnipotente, á fin de que descendiesen sobre 
V. E. y su familia sus bendiciones y sus gracias. Por eso he- 
mos mirado como obra de esa mano soberanamente poderosa, 
la elevación de Y. E. al vireinato del Perú. Por eso nos regoci- 
jamos tanto aquel felice dia en que se presentó Y. E. por la 
primera vez en la capital de su gobierno. Y al verle cubierto 
de laureles, y con la espada aun teñida con la sangre de nues- 
tros enemigos, adoramos al Señor; y con virtiéndonos después 
á nuestro ilustre libertador: proteja Y. E. le decíamos, nuestra 
religión y nuestras leyes, porque acaba de proteger nuestra 
hacienda y nuestras vidas ; pronuncie nuestros juicios, porque 
ha sabido dirigir nuestros combates ; sea nuestra cabeza y nues- 
tro príncipe, porque ha sido nuestra defensa y nuestro escudo: 
Dominare nostri tu, quia liberasti nos de manu Madiam. Esto 
significaban, Señor Excelentísimo, las voces de aclamación y 
los gritos de alegría con que llenábamos los aires. Y recor- 
dando entonces la sabiduría, el celo y la virtud de Y. E. creía- 
mos, en los trasportes de nuestro júbilo, oírle contestar : el 
brazo del Dios fuerte es el que ha disipado las ominosas nu- 
bes que se habían agolpado sobre vuestras cabezas, y que 
amenazaban desatarse en una copiosa lluvia de horrores y de- 
sastres. El se dignó de acaudillar vuestros valientes escuadro- 
nes, ha combatido por mí, y ha puesto en mis manos la victo- 
ria. Así, no soy yo, sino él, quien debe mandar sobre vosotros: 
Non dominabor vestri sed dominabitur vobis Dominus. 

Ya ha visto Y. E. todo el plan y la división de mi discurso. 
Digo en primer lugar, que Y. E. tiene derecho á gobernar un 
pueblo á quien acaba de librar de las cadenas que las gentes 
enemigas le tenían preparadas: Dominare nostri tu, quia libe-- 
rasti nos de manu Madian Digo después, que las santas dispo- 



—352— 
sicíones del alma de V. E. deben hacernos esperar que gober- 
nará este pueblo en la equidad y la justicia: Non dominaoor 
vestri, sed domineibitwr rolm Dominus. 

Espíritu divino, fuente inagotable de toda felicidad y todo 
bien: Vos que habéis enriquecido nuestro suelo con el tesoro 
inestimable de un gobernador sabio y virtuoso, enriqueced mi 
alma con la claridad de vuestras luces, para que tratando de 
él con dignidad, sea yo un intérprete fiel de los piadosos senti- 
mientos del cuerpo por quien hablo, y todo este acto ceda en 
honor y gloria vuestra. Así os lo suplico por la intercesión de 
vuestra sacratísima esposa, á quien saludo con el ángel: Ave 
Maeta. 



PRIMERA PARTE. 



La diestra formidable del Dios omnipotente, en cuya pre- 
sencia se derriten los montes ( 4 ), las nubes se inflaman, 
tiemblan los fundamentos de la tierra, y se estremecen los cie- 
los de los cielos, no ha menester auxilio alguno para defen- 
der sus intereses. Una sola mirada del Fuerte de Israel basta 
para confundir a los enemigos de su gloria. Una palabra suya 
basta para exterminar á todos los soberanos, derribar todos 
los tronos, y destruir todos los imperios del universo. JSTo hay 
escudo ni lanza que pueda libertar de sus furores: no hay fuer- 
za que valga contra él; y aquellos ejércitos que ponen espanto 
á las naciones por la pericia de sus jefes, por la disciplina de 
sus escuadrones aguerridos, y por la muchedumbre de sus car- 
ros y caballos, á un soplo de su indignación se agitan, se dis- 
persan, y al fin desaparecen, á manera de las pequeñas pajas 
que nadan en los aires, ó como el débil polvo que se levanta de 
la tierra. Trescientos hombres de su antiguo pueblo, sin otras 
armas que teas encendidas y trompetas, disipan en un instan- 
te á los amalecitas, y á todas las gentes del oriente que coli- 
gadas contra ellos, habían penetrado en sus tierras como una 
multitud de langostas, y que parecian por su número las are- 
nas que se hallan en las playas del mar (5); y un solo ángel de 
las innumerables legiones que rodean el trono de su inmensa 
magestad, mata en una noche ciento ochenta y cinco mil guer- 
reros al rey de los asirios (6) que, después de habar tomado to- 
das las ciudades de Judá (7), oso insultar delante de los muros 
de Jerusalem su nombre sacrosanto (8). 

LlTKR AT t T liA — 34 



—354— 

Sin embargo, á veces confia su causa á los brazos de los 
hombres: y ora sea para encontrar en ellos méritos bastantes 
que premiar; ora para concillarles, con la admiración y grati- 
tud, la obediencia y el respeto de los pueblos, suele ejercitar 
en las empresas de su gloria á los que tiene destinados para 
regir á los demás. Así lo practicó con Josué, por cuya espada 
(puso se obrase en Baphidim la destrucción de Amalee (9), pa- 
ra que entrase dignamente, después de la muerte de Moyses, á 
ser el legislador y el príncipe de su pueblo. Así lo practicó 
con David, á quien hizo triunfar del Filisteo (10), para que me- 
reciese ascender al trono de Saúl. Así lo jjracticó con Siinon r 
en cuyas manos puso las numerosas tropas de Demetrio 
(11), para que sucediese con justicia á su hermano Jonatas 
en el mando de Israel. Así lo ha practicado también con V. E. 
á quien no solo ha dado diferentes victorias sobre ios enemigos 
del Perú, sino que le ha conducido siempre como de la mano, 
para que tuviese derecho á la alta dignidad en que ha llegado 
al fin á colocarle. El primer favor que le dispensa es un ilus- 
tre nacimiento que haciéndole subir por los Pezuelas, Sánchez, 
Muñozes, Vélaseos, y otros mil nombres célebres, hasta la mas 
remota antigüedad, le presenta una genealogía tejida de trofeos 
y blasones; y que enlazando ai reino de Aragón con los de 
Murcia y de Cárdena, los llena á todos de esj>lendor, grandeza 
y Hombradía, 

¡ No permita el Señor que el espíritu de adulación me haga 
prostituir sus eternas palabras ¡ Caigan sobre mí los tremen- 
dos castigos destinados á los que osan profanar lo santidad de 
sus templos, si á los inciensos puros que arden sobre esas aras 
en honor de la Divinidad, mezclo un grano de aquel que 
tributa el mundo á los ídolos infames de la ambición y del or- 
gullo ! To no pienso abusar de mi sagrado ministerio : y si re- 
cuerdo a Y. E. los grandes acontecimientos de su vida, es para 
que adore la benéfica mano que ios ha dirigido; y para que pos- 
trándose ante el Dios que fabricó los cielos y la tierra, y que 
sentado sobre los querubines (12), dicta leyes al universo en- 
tero, y fija los destinos de los pueblos y ios príncipes, se humi- 
lle en su presencia, bendiga sus designios, confiese la grande- 
za de su nombre, y le entone con nosotros cánticos nuevos de 
gracias y de gloria. 

Dotado V. E. de ese herico valor que sabe despreciar los pe- 
ligros y la muerte, y de ese temperamento robusto que puede 
soportar todas las fatigas de la guerra, comienza á llevar las 
armas á los catorce años, después de haber cultivado en el co- 
legio de Segovia los talentos militares con que habia nacido. 
Sirve en varios departamentos del reino, mostrándose siempre 
el mismo en la actividad y el pundonor; pero creciendo sin ce- 



—355— 
sar en la opinión y en el aprecio de sus jefes. Pasa sucesiva- 
mente por todos los grados de la milicia ; pero con una rapidez 
tan grande como su mériro. La fortuna de acuerdo con la na- 
turaleza parecen empeñarse en protegerle, en exaltarle y distin- 
guirle. Si esta le liabia enriquecido, en la profusión de sus fa 
vores, con todas aquellas disposiciones eminentes que empie- 
zan á formar los grandes capitanes; aquella le prepara, en el 
brillante teatro de las revoluciones de la Europa, los ejemplos 
y lecciones que deben consumarlos. Tenia V. E. genio, pene- 
tración, vivacidad, ardimiento, espíritu y firmeza: y los repe- 
tidos combates, sitios y batallas que le presentan á la vista los 
inmortales marqueses de San Simón y Castelar, le dan luces, 
disciplina y experiencia, y le hacen maestro en el arte de arro- 
llar batallones, de rendir fortalezas, y de ganar ciudades y 13ro- 
vincias. Su profesíom le lleva á diferentes lugares. La 
victoria no le acompaña en todos ; pero la gloria jamás 
le desampara. No ha triunfado siempre, pero siempre ha 
merecido triunfar; porque en todas ocasiones se ha portado 
con igual bizarría, con igual denuedo, con igual fortaleza. Y 
demasiado superir á los acontecimientos de la suerte, para aba- 
tirse en los adversos, ó envanecerse en los prósperos, manifies- 
ta vencedor, toda la moderación y compostura de vencido ; y 
manifiesta vencido, todo el aliento y dignidad de vencedor. 
La diversidad de situaciones no tiene el menor imperio en V. 
E. La situación de su alma siempre es una ; y sin necesidad de 
violentar los movimientos naturales de su corazón magnánimo, 
aparece el mismo en Portugal , en el campo de San Boque, en 
Guipúzcoa, en Navarra, en Tolosa y en Iruu. 

¡ Qué cuadro tan brillante se podría aquí formar de las ac- 
ciones extraordinarias con que V. E. supo señalarse en el sitio 
de íxibraltar, en la batería de San Carlos, en el monte Dia- 
mante, en la loma de Luis XIV en la cabeza del puente Bue- 
naventura, y en las orillas de] rio Bidasoa! ¡ Qué interés y qué 
gracia, podrían darle estos puntos tan grandes y célebres aho- 
ra, cuantos pequeños é ignorados antes de que hubiese V. E. 
consagrado su memoria, marcándolos á todos con el indeleble 
sello de los esfuerzos mas heroicos, y logrando contener en al- 
gunos el impetuoso torrente con que amenazaban inundar á la 
Península entera, las huestes de la República ! ¡ Oon qué ras- 
gos tan bellos se podría presentar á V. E. ora dirigiendo la 
construcción de baterías; ora ordenando el apostadero de ca- 
ñones violentos, ora defendiendo su puesto, ora desalojando al 
enemigo de una posición ventajosa; ora tomándole toda su ar- 
tillería; ora salvando la suya, y sosteniendo con ella una glo- 
riosa retirada; ora alentando á sus soldados ; ora reparando las 
pérdidas pasadas; ora abriéndose camino por entre el fierro y 



— 356— 
el fuego; ora sorprendiendo ii la victoria en medio de su vuelo; 
y ora forzándola á poner sobre la cabeza del león de las Espa- 
ñas el laurel con que iba ya á coronar á las águilas francesas! 
¡ Cuanto se podia decir de la generosidad con que expuso mil 
veces su importante vida por su rey y por su patria ! ¡ Cuanto 
de la intrepidez con que llenó de terror á sus feroces rivales ! 
¡Cuánto de la sagacidad y entereza con que se ganó el respeto 
y la confianza de sus subditos ! ¡ Cuanto de la prudencia y 
energía con que hizo que sus superiores le admirasen, y que le 
creyesen digno de los elogios mas magníficos! Y ¡cuanto en fin 
de ese complejo tan raro de virtudes militares que desplegó con 
frecuencia, y con que dio á conocer que no estaba vinculada álos 
años la ciencia de la guerra, y que era desde entonces V. E. un 
consumado general ! Pero á la manera que el sol, aunque nos 
alumbra en toda su carrera, cuando llega á subir á la mi- 
tad del cielo, lanza una luz tan viva y penetrante que hace olvi- 
dar la claridad de los;primeros rayos que despedían en el orien- 
te; así Y. E. con los prodigios que después ha obrado, prodi- 
gios superiores á cuantos idearon los poetas para realzar la 
gloria de sus héroes fabulosos, hace desaparecer de nuestra 
vista sus primeras campañas y victorias. 

¡ Campañas y victorias ! ¡Qué! ¿Pienso acaso que estoy en 
una de las tribunas de Atenas ó de Roma, y me olvido de que 
hablo en la cátedra evangélica consagrada á pronunciar orá- 
culos divinos ? i A la casa del Dios de mansedumbre y de paz, 
vengo á celebrar las conquistas y las guerras que siemx>re lle- 
van consigo la idea de desolación, de muertes y desastres! 
Cuando debia pedir al Señor que el serafín que purificó los la- 
bios del profeta Isaías con el carbón del altar (13), viniese á 
purificar los mios para poder alabarle dignamente: ¿ios hago 
yo mismo mas impuros manchándolos con sangre? ¡Ah! Yo 

temo que venga sobre mí. Pero ¡Señor! ¿Yos mismo no 

dictasteis á vuestro siervo Moyses las leyes que debían reglar 
las batallas y los sitios (15)? ¿]No mandasteis á Josué que con- 
quistase la tierra de Canaan (15), y que hiciese perecer al filo 
del cuchillo desde el hombre hasta la muger, desde el infante 
hasta el anciano (16)? ¿Nó marchasteis mil veces en persona 
á la frente de los escuadrones de Israel, y peleasteis por ellos 
(17)? Cuando queréis ostentar toda la magnificencia y pompa 
de vuestra divinidad pió aparecéis armado de rayos y relámpa- 
gos y truenos (18)? ¿üíó os presentan las santas escrituras, ya 
¡disparando saetas (18), ya llevando en la mano la espada en- 
sangrentada (20), ya disponiendo tropas al combate (21), ya 
derrotando enemigos y poniéndolos en fuga (22)? ¿Nó nos ha- 
béis dicho por boca de Isaías, que os llamáis el Dios de los 
ejércitos (23)? Y en fin ¿no os complacéis en que los coros de 



— ->;> / — 
vuestros ángeles hagan resonar continuamente con este nom- 
bre terrible las bóvedas del cielo (24)? 

Sí, Señor Exornó. Esa profesión brillante que defiende los 
intereses de la religión, la autoridad de los monarcas, y la 
tranquilidad de las naciones, merece ser recomendada por los 
ministros sagrados en el augusto templo de la eterna verdad. 
Y cuando yo ensalzo los triunfos de V. E. no hago sino imitar 
al apóstol San Pablo, que hablando de los ilustres personajes 
que honraron con su fe la descendencia de Abraham, celebra 
particularmente á Barac, á Sansón, á Jephté, y á otros vale- 
rosos caudillos que pelearon con esfuerzo las guerras del Se- 
ñor, y que corriendo victoriosos desde el Eufrates hasta el Lí- 
bano, con humillación y oprobio de los enemigos de su pueblo, 
supieron sostener la reputación de su nombre, y el crédito de 
sus armas (25). La gloria que se ha ganado V. E. con sus em- 
presas militares, es una gloria cristiana : y la iglesia misma 
debe erigirle trofeos, y solemnizar la pompa de sus triunfos. 

Ya habia dado V. B. grandes pasos acia el heroísmo : y se 
hallaba en estado de servir de baluarte á su nación contra las 
ambiciosas miras de las otras, cuando se ve precisado é inter- 
rumpir la gloriosa serie de sus acciones inmortales, para venir 
á arreglar, en clase de subinspector y comandante, el cuerpo 
de artillería del departamento de Lima. ¡ Qué ! Cuando se veia 
aun humear la sangre generosa que acababa de correr por los 
campos de Navarra y Cataluña: cuando los ecos del estruendo 
pavoroso con que las trompas marciales hicieron retemblar el 
Pirineo, se repetian aun por el Oróspeda, el Guadarrama y el 
Moncayo, y se dejaban percibir sobre las costas del Mediterrá- 
neo y el Atlántico : cuando roto el equilibrio de las potencias 
europeas, debían esperarse convulsiones políticas que las agi- 
tasen de nuevo: cuando se creia indispensable volver á tomar 
las armas para deshacer con ellas los vergonzosos tratados de 
la paz de Basilea: cuando mal afirmados los pendones castella- 
nos, parecían vacilar sobre las altas torres de Rosas y Figue- 
ras: y cuando el coloso de la Francia, creciendo sin cesar a 
fuerza de atrocidades y perfidias, amenazaba oprimir á todo 
el continente, y sepultar su religión y sus leyes bajo las ruinas 
de sus tronos : ¡ se desprende la España de un hombre extraor- 
dinario, en cuyo brazo poderoso debía cifrar su honor y su 
salud. Y ¿adonde le destina? Ala región mas quieta y pacífi- 
ca del globo, donde la dulce calma que reinaba en los espíritus 
jamás era interrumpida por el estallido del cañón: donde no 
osaba ijresentar su semblante horrible la pálida discordia: don- 
de no apenas se conocían los terribles nombres de guerra y de 
combates: y donde permaneciendo en todo su vigor los víncu- 
los sociales y la justicia pública, no habia necesidad de forta- 



—358— 
lezas para man tenerse en repeso, ni de jércitos para hacerse res- 
petar. ¿No era esto, señor Excnio., pri yarse la monarquía de los 
inmensos recursos que podia encontiaren V. E. en medio de la 
crisis espantosa que sentía aproximarse; y obligarle á quedar os- 
curecido para siempre en unos lugares apacibles en quenunca se 
ofrecian aquellas brillantes ocasiones que inmortalizan el va- 
lor y los talentos militares? Pero. . . . ¡ Ay ! ¡Qué diversos son 
nuestros juicios de los juicios del Señor! Estas ocasiones no 
tardaban mucho en ofrecerse a V. E. y en elevarle al colmo de 
la prosperidad y la grandeza. Las trágicas escenas que acaba- 
ban de representarse en el antiguo mundo, iban muy en breve 
á repetirse en el nuevo, la desolación, el quebrantamiento y el 
estrago iban á desplomarse sobre los dos imperios" con que 
tanto acrecieron el poder y la opulencia de Castilla los traba- 
jos inmortales de Cortes y de Pizarro : rios de sangre iban a 
correr por toda la extensión del hemisferio, y á llevar del uno 
al otro extremo el horror y la aflicción. Ño fué la España, 
señor Excelentísimo, fué el mismo Dios quien hizo venir á V. 
E. desde los remotos climas en que nace el sol, hasta las pla- 
gas en que muere, para que retirase al Perú, con la fuerza irre- 
sistible de su brazo, del borde de ese abismo que estaba 
abriendo su justicia para hundir en él á una tierra que habia 
resuelto visitar. Por grandes que hubiesen sido los triunfos de 
V. E. fueron pequeños ensayos de los milagros, por decirlo así, 
que habia de obrar entre nosotros : y sus famosas campañas no 
fueron sino lecciones con que el Todo-poderoso quiso formar 
en Europa al defensor de las Américas. 

Permita V. E. que yo interrumpa aquí la relación de sus 
proezas: y que en el transporte de mi dolor, me olvide un mo 
mentó de su gloria, para llorar los males de mi patria. ¡ O 
América! ¡Desdichada América, asilo en otro tiempo de 
la envidiable paz, y hoy centro del desorden, de la rebelión 
y la anarquía! ¡qué fatal influencia te condujo hasta el ex- 
ceso de empeñarte en destrozar tu propio seno, haciéndote 
enemiga de tí misma! O mas bien ¡qué crimen tan enorme te 
ha podido atraer la maldición del cielo! Y haré, dijo el Dios de 
los ejércitos en los dias de su furor, que se vengan á las manos 
egipcios contra egipcios; y peleará cada uno contra su herma- 
no, y cada uno contra su amigo, ciudad contra ciudad, provin- 
cia contra provincia; y reventará el espíritu de Egypto en sus 
entrañas, y trastornaré su consejo: Et concurrere faciam JEgip- 
tios adversus JEgytios; et pugnaMt vir contra fratrem suum, et 
vir contra amicum simm, emitas adversus civitatem, regnum ad- 
versus regnum; et dirumpetur spiritus JEgypii invisceríbus ejus, 
et consilium ejus prcecipitabo (26). Estas terribles amenazas 
fulminadas contra el reyno delimpio Faraón ¿no parecen mas 



—359— 
bien fulminadas contra tí? ¿Echas menos por ventura, en tu 
lamentable situación, alguna de las circunstancias que descri- 
be el profeta? ¿No has visto al fuego de la discordia elevar 
en medio de tí su llama abrasadora, y á tu suelo malhadado 
brotar por todas partes los disturbios ominosos y las crueles 
disensiones? Et concurrere faciam JEgyptios adversus JEgyp- 
tios. ¿No has visto á tus hijos pelear contra tus hijos, y a tus 
fuertes contra tus fuertes? Et pugnaba vir contra frairem 
suum, etvir contra amicum suum. ¿No has visto a Méjico ar- 
marse contra Méjico, á Quito contra Quito, a Santa-Fé contra 
Santa-Fé, á Chile contra Chile, á Bnenos-Ayres contra el Pe- 
rú, y al Perú contra JBuenos-Ayres? Civitas adversus civitatem, 
ragnum adversus regnum. ¿No has visto al monstruo de la re- 
volución nacer de tus entrañas, destruir tus instituciones polí- 
ticas, hollar tus máximas morales, desterrar- las ideas de la 
justicia y del orden, esparcir en tus términos facciones y par- 
tidos, y romper de un golpe los lazos respetables que urdan á 
tus pueblos y á tus provincias y á tus reynos ? Et dirumpetur 
spiritus JEgypti in visceribus ejus. ¿Nó has visto desconcerta- 
dos tus perversos designios, tu prudencia confundida, trastor- 
nados tus planes, disipada tu fuerza, y tus cálculos burlados? 
Et consüium ejus praecipitdbo. ¿Te resta mas que ver? ¡ Oh! ¡ Si 
vieras también cumplirse en tí el fin glorioso de esta profecia, 
así como has visto cumplirse su tremendo principio ! ¡ Si des- 
pués de haberte herido el Señor con su espada dura y fuerte, 
usara de misericordia contigo, y te sanara las heridas (27) ! 
¡ Si después de haberte oprimido como á Egypto, te ensalzara 
como á él, diciendo : Bendito mi pueblo de América, como habia 
dicho: Bendito mi pueblo de Egypto ! Benedictus populus meus 
JEgypti (2¡&); Pero aun tiene extendida su formidable mano: 
aun sigue derramando sobre tí el cáliz de su ira. La guerra 
asoladora no cesa de afligirte : tus calamidades y desastres se 
multiplican diariamente : y á cada instante tus víctimas se in- 
molan á millares en las aras detestables del fanatismo y del 
furor. Llena estás de tribulación y de tinieblas: el desfalleci- 
miento y la angustia en medio de tu tierra : tus casas van que- 
dando sin hombre, tus ciudades sin habitador, y yermas tus 
campiñas. Tus pueblos se han hecho como cebo fuego de (29): 
tu esplendor y tu riqueza se han convertido en oscuridad y en 
miseria: necios se han vuelto tus sabios: y tus valientes sir- 
viendo están de pasto á las aves del cielo, y á las fieras de los 
montes. La abominación y el escándalo.... ¡Ah! ¡Qué me 
vea precisado á hablar de unos sucesos que quisiera arrancar 
de la serie de los años, ocultar á la posteridad, y aun borrar 
de ini memoria! Pero yo correré un velo sobre esa lóbrega 
noche que formada en el caos á que se habian reducido los ne- 



—360— 
gocios públicos por la funesta variedad de opiniones é intere- 
ses, obligó á nuestros vecinos infelices á cometer tantos críme- 
nes, y á derramar (anta sangre. Solo mostraré este desgracia- 
do tiempo [>or aquel lado que mira V. E. y que aparece tan 
claro, tan bollo, tan magnífico. 

La insurrección de las Américas no ha sido para V. E. sino 
un motivo de aumentar sus timbres y su gloria: y las batallas 
de Vilcapuquio, de Ayouma y de Wiluma que asegurando su 
libertad al Perú, pusieron en las manos de V. E. las riendas de 
su gobierno, son tres monumentos inmortales de su actividad 
y de su esfuerzo. No espere V. E. que yo me empeñe en hacer 
una descripción particular de estas maravillosas campañas tan 
dignas de la envidia de los Marcelos y Scipiones. Para pintar ta- 
les cosas es necesario saber ejecutarlas, ó teñera lo menos una 
pluma tan valiente como la espada que las hizo. Jamas el sitio 
de Troya hubiera sido, sin Homero, tan famoso en el mundo ; y 
su memoria habría perecido sin él en la oscuridad de los siglos. 
]STo sabriamos estimar nosotros el verdadero precio de la derrota 
de Darío, si no hubiera existido un Quinto Ourcio. Y nuestros 
pósteros no conocerán todo el aliento, bizarría, capacidad y pru- 
dencia que ha manifestado Y. E. en los reencuentros que ha teni- 
do con los ejércitos facciosos de Belgrano y de Rondeau, si no 
aparece en nuestros dias un genio semejante al de los célebres 
panegiristas de Aquiles y Alejandro: ó si V. E. mismo no es- 
cribe, cual otro César, la historia de su vida. Por lo que hace á 
mi, que no poseo los menores conocimientos de estas profun- 
das materias, ni el lenguaje sublime con que deben tratarse; y 
que no lograría con mis palabras sino degradar su mérito, y 
empañar su brillantez: yo tiemblo, señor Excelentísimo, por la 
suerte de mi pais, cuando veo al enemigo envanecerse con sus 
victorias del Tucuman y de Salta ; jurar nuestro exterminio; 
prepararse á borrar nuestro nombre de la tierra; y decir por 
nuestras tropas, como el orgulloso egipcio por los escuadrones 
deMoyses: Los perseguiré y alcanzaré, dividiré sus despojos, 
y mi alma irritada será plenamente satisfecha: Perseqicar et 
comprehenclam, dividam spolia, implébitur anima mea. Desenvai- 
naré mi espada, los heriré con ella, y mi mano los hará caer 
muertos á mis pies: Évaginabo gladium liieum, interficiet eos 
maiius mea (30). Pero cuando oigo á V. E. prometernos deno- 
dado arrancarle los laureles con que acababa de coronar sns 
sienes vencedoras, obligarle á abandonar las provincias de que 
se habia enseñoreado, y forzarle á regresar á sus antiguos pa- 
bellones, me lleno dé confianza: creo llegado el tiempo de nues- 
tra salvación y libertad: y me parece ver en Y. E. no solo un 
guerrero tan fuerte y animoso como Gedeon, sino también un 
hombre inspirado como él. 



—361— 
Todos aquellos que os combaten serán confundidos, y se lle- 
narán de vergüenza: Ecce eonfundentur, et erubescent omnes, 
qui pugnant adversum te. Todos aquellos que seos ponen por 
sus contradicciones, serán reducidos á la nada, y perecerán: 
Erunt quasi non sint, et peribunt viri, qui eontradicunt t'ibi 
Buscareis á esos hombres que se rebelaron contra vosotros y 
los encontrareis: Quceres eos, et non inventes, viros rebelles tuos. 
Y aquellos que os hacian la gueria, serán como si jamás hubie- 
sen sido, y desaparecerán: Erunt quasi non siut, et veluti con- 
sumptio homines Mellantes adversum te (31). Así hablaba á los hi- 
jos de Israel, cuando les anunciaba las conquistas del rey justo, 
ese Dominador supremo ante quien se disipan todo el poder y 
las fuerzas de la tierra, como el polvo de los montes delante 
del viento: y así habla V. E. á los hijos del Perú, cuando desti- 
nado por la providencia bienhechora á proteger nuestra causa, 
acaudillando las huestes del ínclito Fernando, parte animado 
de los mas heroycos sentimientos, á comunicar su espíritu á 
nuestros soldados abatidos, á volver por el honor de nuestras ar- 
mas ultrajadas, y á restituir á nuestra gloria marchitada su lustre 
y su belleza. ~Éo importa, nos dice, que hayáis sido dos veces 
derrotados: yo voy á hacerme cargo de organizar vuestro ejérci- 
to, y de dirigir vuestras peleas. Ensoberbézcanse en buenhora 
vuestros feroces rivales con sus triunfos pasajeros, y extiendan 
hasta Lima sus ambiciosos proyectos; que yo me presentaré de- 
lante de sus líneas, y ellos serán bien pronto confundidos y humi- 
llados. Eeunan todas las fuerzas de los pueblos sublevados; que 
yo los atacaré, y ellos desaparecerán. Empleen todos los re- 
cursos del arte para fortificar sus posiciones ; que yo demolerá 
sus fortalezas, entraré en las ciudades que han tomado, venga- 
ré vuestra sangre con la suya, y me servirán de trofeos los in- 
fames estandartes que han tremolado en vuestras plazas. Y. E, 
nos lo ofrece, y Y. E. nos lo cumple con aquella fidelidad in- 
violable que siempre acostumbró guardar en sus palabras. 
Hace una marcha de seiscientas leguas, venciendo á cada paso 
unos obstáculos que para otro general hubieran sido insupera- 
bles : arrostra con intrepidez los inmensos peligros que parecen 
nacer y multiplicarse debajo de sus pies: introduce en sus tro- 
pas el coraje, la disciplina y el orden: conduce su ejército, su 
artillería, sus trenes y bagajes por rios caudalosos y por cimas 
casi inaccesibles de escarpadas montañas : sufre con mayor se- 
renidad las tempestades, las fatigas, los frios y las nieves: vue- 
la rápidamente de precipicio en precipicio : toma medidas sa- 
bias y oportunas para acercarse á sus contrarios sin que ellos 
le esperasen : logra sorprenderlos en varias ocasiones : ios aco- 
mete siempre con fuerzas inferiores: pero 'el Dios de Sabaot, 

LlTERAT fJILA — 35 



— 3G2— 
empeñando por nosotros el brazo de su magostad, renueva en 
V. E. las milagrosas victorias de los ilustres Macabeos; y para 
valerme de los términos de la escritura santa, apenas manda 
V. E. que sus soldados se formen en batalla, y que bagan re- 
sonar en sus campos los clarines guerreros, cuando se introdu- 
cen en el campo enemigo la confusión y el desorden: y las 
rebeldes legiones que desde las márgenes del Rio de la Plata 
vinieron á insultarnos y á desolar nuestra tierra, pávidas y 
deshechas se entregan á la fuga: Et exierunt de castris in pras- 
lium; et tuba cecinerunt. ... et congressisunt, et contrita sunt 
gentes, et fagerunt in campum (32). 

¡ Oochabamba, Ohuquisaca, Potosí, Arequipa, Cuzco, Hua- 
manga, Puno La-Paz, Huancavelica, que habéis gemido tanto 
tiempo en la opresión y esclavitud: y vosotras todas fértiles y 
ricas provincias del Perú, á quienes ha tenido abatidas el te- 
mor de la horrenda tempestad que habia oscurecido el hori- 
zonte por la parte del Medio-dia: alzaos y respirad a la sombra 
de los laureles del invencible Pezuela ! ¡ Cantad al son de 
vuestras arpas vuestra libertad y su valor: y levantad por to- 
das partes estatuas y obeliscos que inmortal izen al mismo 
tiempo sus glorias y las vuestras ! ¡ Esculpid en mármoles y 
bronces las grandiosas hazañas Pero antes ¡ tributad hon- 
ra, virtud y bendición al que sentado sobre el globo de los cie- 
los y con el iris en la mano, vive y reina en los siglos de los 
siglos ! 

¡ Benditas sean, Señor, para siempre vuestras misericordias ! 
¡Enzalsada sea vuestra grandeza, y loado vuestro nombre í 
Vuestras son las guerras, y vuestras las victorias, y vuestro to- 
do cuanto hay en los cielos y en la tierra ! Vuestra espada, ¡ ó 
gran Dios! es la que ha peleado y vencido por nosotros : y la 
que ha puesto tantas veces en la cabeza de nuestro valeroso 
caudillo la corona del triunfo. Pero de nada serviría que hubie- 
seis confortado sus manos para que rompiendo las cadenas que 
las gentes enemigas nos tienen preparadas, adquiriese un de- 
recho á gobernarnos: Dominare nostri tu, quia líber asti nos de 
manu Madian ; si no hubieseis también confortado su espíritu 
á fin que nos gobernase en la equidad y la justicia: Non do~ 
minabor vestri, sed dominabitur vobios Domínus. 



SEGUNDA PARTE. 



Hay un falso valor que obliga á precipitarse en peligros inú- 
tiles por la gloria del mundo. Hay por el contrario un valor 
verdadero que solo permite exponer la vida por la gloria del 
Señor. E] primero, siempre acompañado de temeridad y de in- 
justicia, hace al hombre cometer toda especie de atrocidades y 
de crímenes. El segundo, dirigido siempre por la sabiduría y 
la prudencia, le hace obrar acciones grandes, magníficas, su- 
blimes, El falso valor es un vicio que degrada la naturaleza. 
El verdadero es una virtud que la ensalza y ennoblece. Aquel 
puso á Alejandro las armas en la mano para que desolara al 
universo, y unió á su nombre el desprecio y la abominación de 
los siglos. Este sostuvo el brazo de David para que libertara 
del poder del filisteo á los hijos de Israel, y le mereció los elo- 
gios del Espíritu-Santo (33). Sin aquel, seria mas feliz el gene- 
ro humano. Sin este, no podrían mantenerse los estados ni ha- 
cerse respetables. Este es el firme apollo de los imperios y los 
tronos: este es el fecundo origen de la grandeza y heroísmo: 
este es la admirable cualidad que infundió el espíritu de Dios 
á todos aquellos jefes que en los días de su misericordia se 
dignó conceder á la casa de Jacob, y que infunde aun á los 
ilustres personages que hace nacer con el destino de presidir y 
de juzgar sus pueblos. No se puede ser un grande hombre de 
guerra, sin ser al mismo tiempo un príncipe benéfico, Las dis- 
posiciones que forman á ambos son las mismas. Y el que sabe 
portarse como héroe á la frente de un ejército, colocado á la 
frente de un reino, sabe gobernar con equidad, y pronunciar 
su juicio con rectitud de corazón. 



—364— 
Así, señor Excelentísimo, si yo no viera en V. E. mas que 
uno de esos generales intrépidos que llevan en pos de sí el es- 
trago y el terror; que corren sin cesar de peligro en peligro; 
que se precipitan en él tanto mas impetuosamente, cuanto les 
parece mas terrible; que atacan á sus enemigos sin contarlos; 
que ven sin inquietud correr su sangre ; que se complacen en 
hacer gemir a los pueblos desolados; que esperan los últimos 
golpes con un aire de audacia y de desprecio; que aumentan 
su fiereza cuando llega la victoria á declararse contra ellos ; y 
que después de haber sido vencidos y deshechos, dejan perci- 
bir en sus semblantes la amenaza y el furor, mientras que sus 
cuerpos estendidos sobre el polvo, están ya casi helados por la 
muerte; ni yo creia á V. E. conducido al mundo del Peni por 
la diestra omnipotente, ni pudiera dar á mi discurso una for- 
ma sagrada y religiosa. Pero, gracias á Dios, yo puedo imitar 
al Eclesiástico que después de haber alabado la fortaleza de 

Josué, alaba su religión: Fortis in bello Josué JEt secutus 

est a tergo potentis (3á). Después de haber hablado del brillan- 
te y magnífico exterior de los combates y triunfos de V. E. 
puedo hablar de su interior mas brillante y mas magnífico: 
después de haber presentado sus acciones por aquel lado que 
las hace aparecer grandes á los ojos de los hombres, puedo 
presentarlas por el otro que las hace aparecer grandes á los 
ojos del Señor. El valor de V. E. es un valor cristiano y salu- 
dable: el esfuerzo de su espíritu tiene por fundamento aquella 
íe que, según el apóstol San Pablo, hizo, que los Macabeos 
conquistasen reynos, y que pusiesen en fuga ejércitos formida- 
bles (35). La justicia y la humanidad solamente le han puesto 
las armas en la mano ; Y. E. ha sido siempre el protector de 
los débiles, el asilo de los inocentes, el recurso de los desgra- 
ciados, la esperanza y el amor de los hombres de bien; lejos 
de prodigar la sangre humana, no la derrama sino con el fin 
de conservarla; si Y. E. ataca, es á los enemigos que amena- 
zan su patria, y que se harían muy poderosos sino se les pre- 
viniese, ó á unos vecinos rebeldes y furiosos que es preciso 
contener; si lleva á otro país los horrores de la guerra, no es 
sino con el objeto de alejarlos del suyo, ó para obligar á unas 
gentes feroces á desear la paz y dejar á las otras gozar de sus 
dulzuras; si conquista, es á unos pueblos inquietos que miden 
sus derechos por su audacia y por sus fuerzas, que tratan de 
turbar el reposo de los otros, y que tienen necesidad de leyes 
y de freno para su propia felicidad. Terrible en las batallas, 
Y. E. ha sido siempre modesto en las victorias; tan esforzado 
general como buen ciudadano, si ha mandado á las tropas con 
autoridad, ha obedecido á las leyes con respeto; y tan supe- 
rior á sus pasiones por su sabiduría como á sus enemigos por 



, —365— 
su aliento, lia sabido vencerse á sí mismo en medio de los 
triunfos con la misma destreza con que lia vencido los ejérci- 
tos en medio délos combates. En fin, como solo ha hecho la 
guerra por cumplir con sus deberes, jamas ha pensado en su 
fortuna particular: y si acaso le lisonjea el vireynato del Perú 
con que acaba de recompensar el soberano sus inmortales tra- 
bajos, es porque le pone en situación de continuar al estado 
sus importantes servicios, haciendo florecer con sus oráculos 
un reyno que ha salvado con sus armas. 

¡ Qué grande y qué magnífico sois en vuestros dones, ó Dios 
de clemencia y de verdad! Vos habéis adornado el corazón de 
nuestro Príncipe con una mezcla de virtudes que parecen in- 
compatibles. Le hicisteis esforzado para que pudiera defen- 
dernos de nuestros poderosos enemigos ; y al mismo tiempo le 
hicisteis moderado y prudente para que sr piera contener la 
impetuosidad de su valor. El ha manifestado sobre" el campo 
que era digno de gobernar nuestras ciudades : peleando vues- 
tras batallas, ha hecho ver que era capaz de administrar vues- 
tra justicia, y de velar sobre la observancia de vuestras leyes 
sacrosantas. ¡ Qué grande y qué magnífico sois en vuestros do- 
nes, ó Dios de clemencia y de verdad ! Jamas cesaremos nos- 
otros de anunciar vuestras bondades, y os diremos alabanza 
un dia y todos los dias (36). 

Perfecciona, Señor, mis pasos en tus senderos, para que no 
sean movidas mis pisadas : Perfice gressus meos in semitis tuis ; 
ut non moveantur vestigia mea (ol). De esta manera confesaba 
el profeta que no podia caminar en la integridad y la inocen- 
cia sin el socorro del Señor; que todas las buenas obras de los 
hombres son hijas de ]a gracia ; y que la misericordia y el jui-^ 
ció que deben distingir á los que juzgan á los pueblos, no son 
mas que emanaciones del juicio y misericordia de aquel Dios 
que juzga las justicias. Asi, señor Excmo., solo al que habita 
eñ los cielos debemos dar la gloria; solo en su magnificencia 
debemos regocijarnos, cuando contemplárnoslos ilustres ejem- 
plos de beneficencia y de bondad que tanto resplandecen en 
la vida de Y. E. Y ¿quién, en efecto, sino el Dios omnipotente 
que muda cuando quiere los corazones de los hombres, y re- 
nueva sus espíritus, podia haber dado á Y. E. ese fondo de 
justicia que se deja descubrir en todas sus acciones? ¿Quién 
podia haberle enriquecido con ese conjunto admirable de vir- 
tudes militares y cristianas que antes nos hizo ver en Y. E. un 
invencible caudillo, y que hoy nos hace esperar un juez equi- 
tativo, sino aquel quena dicho por boca de Salomón: Mío es 
el consejo y la equidad, mia es la prudencia, niia es la fortale- 
za. Por mí reynan los reyes, y los legisladores decretan lo jus 
to: por mí los príncipes mandan, y los pederosos decretan Ya 



—360— 
justicia? Meúm est consilium, etéqmtas, mea est prudentia, mea 
estfortitudo. Per me reges regnant, etlegum conditores justa de- 
cernunt. Per me principes imperant, \ei potentes decernunt justi- 
tiam (88 ). ¿ Quién podía haber grabado en el alma de V. F. 
los principios eternos de la verdadera rectitud, sino el mismo 
que ñutes los grabó en el alma de su siervo David 1 

Caminaba yo en la inocencia de mi corazón en medio de mi ca- 
sa. No proponía delante de mis ojos cosa injusta: aborrecía á los 
que hacían prevaricaciones. Corazón torcido no se allegó á mí : 
al malicioso que se apartaba de mí, no le conocia. Perseguia al 
que en oculto decía mal de su prógimo. Con hombre de ojos alti- 
vos y de corazón insaciable, con este no comía. Mis ojos sobre los 
fieles del país para que se sienten conmigo: el que andaba en ca- 
mino sin mancilla, ese me servia. No morará en medio de mi casa 
el que obra con soberbia : el que habla cosas inicuas no entró de- 
recho en la vista de mis ojos. De madrugada mataba á todos los 
pecadores del país, a fin de exterminen de la ciudad del Señor á 
todcs los que obraban maldad (39). Tal es el modelo de justicia 
que este rey santo propone en su persona á todos los príncipes 
del nmndo. Y tal es la conducta que debemos esperar guarda- 
rá Y. E. gobernando nuestros pueblos, porque esta misma 
guardó g-obernando nuestras tropas. Sí, señor Excmo. V. E. 
puede decir, con el Salmista, que en medio de su familia, en lo 
interior de su casa, en aquellos momentos en que el hombre 
oculto á lo demás, se ve libre de la sujeción que dan los ojos 
del público, siempre su corazón se inclinaba á lo justo: Pa- 
rambulabam in innocentia cordis mei in medio domus mece (40). 
Que jamas trató de practicar la injusticia, ni consintió que la 
practicasen los otros; y que siempre le fueron odiosos los tor- 
cidos procedimientos de los hombres perversos : Non propone- 
bam ante oculos meos rem injustam : facientes prevaricationes 
odivi (41). Que arrojó de su lado y de su casa á los que cami- 
naban con depravado corazón, y que no comunicó con los 
malignos que se apartaban de su recto proceder : Non adheesit 
mihi cor pravum: declinantem a, me malignum non cognoscebam 
(42). Que tuvo cerrados sus oidos á la abominable detracción, 
y que no permitió que en su presencia se hiriese con murmura- 
ciones la fama de los prógimos: Detrahentem secretó próximo 
suo, hunc persequebar (43). Que jamas depositó su confianza 
en esos hombres altivos que desprecian á todos, y que poseí- 
dos de la ambición ó de la avaricia, nunca se sacian de rique- 
zas ó de honores mundanos: Superbo oculo, et insatiabili cor de, 
curtí, hoc non edebam (44). Que solamente dio lugar en su esti- 
mación y en su aprecio á los sinceros y fieles de su ejército, y 
que no admitió á su servicio ni consultó jamas sino á los que 
habían dado pruebas de sabiduría y de conducta irreprehensi- 



—367— 
ble: Ocnli jnei adfideles terree ut sedeant mecum. Anibularis in 
via immaeulata, Me mihi ministraba!; (45). Que jamas habito 
en el hombre soberbio y engañoso : y que el malicioso y el 
inicuo, ó no fueron admitidos, ó duraron muy poco en medio 
de su casa: Non habitabit in medio domus mex qui facit super- 
biam: qui loquitur iniqua, non direxit in conapeetu ovulorum 
meorum (46). Y en fin, que ha perseguido con calor á los mal- 
vados, y trabajado con celo en extinguirlos, para que no con- 
tagiándose los otros con el perverso ejemplo de sus excesos y 
delitos, floreciese la virtud en un ejército que adoraba al Dios 
verdadero, y combatía por su causa: In matutino interficiebam 
omnes peccatores térra : ut disperderem de civitate Domini omnes 
operantes iniquitatem (47), 

A vosotros os llamo por testigos de la verdad de mis pala- 
bras, valerosos guerreros, que guiados á la campaña por este 
insigne caudillo, os habéis coronado de una gloria que jamas 
se acabará. Hablad, oficiales y soldados del ejército real del 
Alto-Perú, vosotros que le observasteis tan de cerca, cuando 
trabajabais con él en la grande obra de la libertad de nuestra 
patria. Arrimad un momento las armas vencedoras en obsequio 
de aquel que os enseñó á llevarlas : levantad por vuestro jefe 
esa voz magestuosa con que él hizo que dieseis tantas veces el 
grito de victoria. Decid si no admirasteis su celo en sostener 
vuestros derechos ; y si no hizo que siempre venciese la razón 
en vuestras diferencias y disputas. Decid si no examinaba con 
la diligencia mas solícita las calidades de sus subditos, cuando 
trataba de la distribución de los empleos. Decid si los respe- 
tos humanos fueron capaces de doblar su escrupulosa justicia ; 
y si dejó alguna vez á la virtud sin recompensa, ó al crimen 
sin castigo. Decid si á pesar de su afabilidad y su dulzura, le 
visteis desviarse un punto á la diestra ó la siniestra de aquella 
senda que trazó la mano del Eterno para que caminasen por 
ella los magistrados y los jueces; y si no pudiera asegurar, co- 
mo Ezequías, que siempre anduvo delante del Señor en la per- 
fección y la verdad (48). Decid. . . . pero no es preciso que di- 
gáis mas. Proseguid, generosos campeones, vuestras honrosas 
fatigas; que á mí, para hacer sensible la justicia de mi héroe, 
me es bastante hablar de su religión y su jiiedad. 

¿Por qué manda Dios á los hebreos, señor Excmo., que sus 
reyes escriban para sí, luego que se hubieren sentado sobre el 
solio de sus rey nos, un Deuteronomio de su íey, le tengan 
siempre consigo, y le lean todos los dias de su vida (49) % ¿Por 
que David, viéndose próximo á entrar en el camino de toda la 
tierra, y tratando de instruir á su hijo kSalomou que iba á suco* 
derle en el trono de Israel, de los senderos que debia seguir 
para gobernar su pueblo con rectitud de justicia, le dice sola- 



—308— 
menté qtie guarde los preceptos del Señor, cumpliendo sus ce- 
remonias y sus mandamientos y sus testimonios y sus juicios 
(50)? Y ¿porqué este, empeñado en juzgar con equidad, pide 
un corazón dócil al Dios omnipotente (51) % Porque el princi- 
pio de la sabiduría es el temor del Señor (52) : porque iui buen 
principe que pone toda su gloria en la felicidad de los hom- 
bres (pie gobierna, ha de tener la ley de Dios por regla de to- 
das sus acciones : porque el amor á la religión le es indispen- 
sable para no traspasar los límites legítimos de su autoridad y 
su poder: y porque, como dice muy bien el padre San Agus- 
tín, no se puede ser justo, sin ser piadoso al mismo tiempo: 
Quce egitur jiistitia est liominis, qnce ipsum hominem Deo vero 
tollit (53)? Y ¿quién ha dado jamas pruebas mas brillantes de 
religión que V. E.? ¿ífó le viinos nosotros poner el mayor es- 
mero en levantar un templo al Dios de los ejércitos en el par- 
que de artillería que formó para que nos sirviese de seguridad 
y de defensa, y que es acaso el baluarte que ha salvado á nues- 
tro Lima; mostrando que tenia mas confianza en el brazo del 
Señor que en los cañones y murallas, y que estaba íntimamen- 
te penetrado de que toda la gloria y fortaleza de la guerra 
viene de los cielos (54) f ¿ ~Nó le vieron los pueblos que habían 
empezado a conmoverse por las disensiones de sus jefes, res- 
tablecer la paz en el momento cuando marchaba a la campa- 
ña, sin necesitar valerse del funesto recurso de las armas, solo 
con las luces de aquella sabiduría preferible á las fuerzas (55)> 
que sale de la boca del Señor (56), y que no llegan á alcanzar 
sino los que la aman de veras, y de corazón la buscan pidién- 
dola al Altísimo (57) i Y ¡ cuántos habrá en mi auditorio que 
le hayan visto prepararse á los combates con fervorosas ora- 
ciones; llorar la necesidad en que se hallaba de destruir las 
obras del Criadora quien amaba tiernamente; enviar sus vo- 
tos hasta el cielo para que descendiese la victoria á coronar 
sus estandartes, desde el excelso trono del Dios de las batallas; 
y presentarse después delante del enemigo con desiguales 
fuerzas, pero con ese aire de superioridad y fortaleza que las 
bayonetas no pueden infundir, y que solo respiran los que te- 
men al Dominador del universo que cria la paz y la guerra 
(58), que reparte á su arbitrio las derrotas y los triunfos (59), 
y que cuando le place salvar á los que adoran su grandeza, le 
es indiferente ejecutarlo con muchos ó con pocos (60)! Jamas 
podremos admirar bastantemente la confianza en el Señor que 
acreditó Y. E. en esa retirada inmortal que llenó de aliento á 
sus soldados, y á sus enemigos de terror; y que hará eterno 
s\i nombre en los fastos del Perú. Yo contemplo á Y. E. en 
Suipacha, después de la batalla de Ayouma, sabiendo los des- 
trozos que las gentes rebeldes habían hecho en el Cuzco y en 



—369— 
Puno y en La-Páz, el estado de insurrección en que se halla- 
ban estos pueblos, y las expediciones que marchaban contra 
Huainanga y Arequipa ; y me parece ver al Macabeo, cuando 
vuelto á la Judea después de haber derrotado á los hijos de 
Amnion, sabe que todos sus hermanos que estaban en Tubiu, 
habian sido pasados á cuchillo, y llevados en triunfo sus des- 
pojos y sus mujeres y sus hijos: que las naciones de Galaad 
se preparaban á tomar la fortaleza de Datheman en que los 
Israelitas se habian refug'ado: y que les príncipes de Ptole- 
mayd i, de Tiro y de Sidon se habian coligado para entrar y 
destruir la Galilea. Este valiente caudillo deja la Judea al 
cuidado de Azarías y Joseph : manda tres mil hombres con su 
hermano Simón á socorrer á Galilea: y parte él mismo á la 
frente de ocho mil á la tierra de Galaad (61). ÍTo podia V. E. 
tornar este partido. La tribulación era la misma, pero las cir- 
cunstancias muy diversas. Judas Macabeo recibe estas noti- 
cias en un lugar pacífico en que nada habia que temer; y V. E. 
las recibe en el centro de la guerra, y á la rjresencia de un 
ejército que era preciso contener. Y ¿qué es lo que hace V. E? 
Manda al Cuzco mil y trescientos hombres á las órdenes del 
fuerte é intrépido Eamirez que se colma de gloria en las ori- 
llas del Cupi ; y marcha después á Condocondo con unos po- 
cos batallones, atravesando ciento veinticinco leguas por en- 
tre las huestes enemigas, y con la misma serenidad con que 
marcharía á la frente de los ejércitos victoriosos que acaban 
de dar la paz á las potencias de la Europa. ¿Hubo jamas una 
resolución mas heroica? Parece que dictaba la prudencia re- 
tirarse en masa hasta llegar á colocarse en una rjosicion ven- 
tajosa que con poca fuerza pudiera sostenerse, y mandar socor- 
ros desde allí á los pueblos interiores. Otro general asi lo ha- 
bría practicado: y acaso hubiera marchado con todas sus 
guarniciones, evacuando enteramente unas provincias que 
acababan de ser reconquistadas a costa de tanta sangre y tan* 
tos sacrificios. Pero V. E. se desprende generosamente de la 
mitad de sus tropas, antes de emprender su retirada, á pesar 
de eucontrarse cercado de enemigos por los costados, por la 
retaguardia y por el frente; porque creyó que marcharía acom- 
pañado de esa nube misteriosa que sirvió de mur lia en el de- 
sierto á los hijos de Israel (62): y que en el caso de ser acome- 
tido, podría contar con el refuerzo de las milicias celestiales, 
acaudilladas por aquel que a un ligero movimiento de la mano 
de Moyses, hundió al egipcio cou sus carros y caballos en los 
abismos del mar, y que hizo caer los muros de Jericó al solo 
Buido de las trompetas de Josué (63). 

rasta, seúor Eterno., ser «r guerrero cristiano para creer la 

Litek^tüiía — 36 



—370— 
suerte ele las batallas en las manos del Altísimo; para invocar 
su nombre santo en medio de los peligros; y para pedirle for- 
taleza, cuando los enemigo se aproximan. Pero, para buscar 
al Dios vivo después de las victorias, para postrarse ante el 
trono de su terrible magestad, y abatir basta el polvo una 
freii te ceñida de laureles; para ofrecerle humildes sacrificios 
con unas manos vencedoras, y para rendirle unas armas que 
acaban de rendir millares de hombres ; es preciso estar anima- 
do de los mismos sentimientos que aquellos ilustres jefes de 
los escuadrones del Señor que debieron mas triunfos á su reli- 
gión que á sus espadas. Jamas está el hombre mas en riesgo 
de olvidarse de Dios, que en esos momentos brillantes en que 
su sabiduría y su valor le elevan hasta el colmo de la grandeza 
y de la gloria. Pero Y. E, jamas se acuerda mas de Dios que 
cuando acaba de /encer. El sonido encantador de los instru- 
mentos marciales, los vivas y aclamaciones de las tropas, el 
apasible ruido de las armas, y los diferentes gritos de los ven- 
cedores y vencidos, que seducen el alma de un general victo- 
rioso, le llenan de altivez, y le obligan á creerse un pequeño 
Dios sobre la tierra; inspiran áV.E. sentimientos piadosos, le 
hacen confesar su pequenez y dependencia, humillarse al pié 
de los altares, alabar y bendecir al Dios del cielo. Entonces es 
cuando reconoce mas que nunca las clemencias y las justicias 
del Señor: cuando mas adora su poder infinito : y cuando ad- 
mira mas las maravillas de su diestra. jSo se contenta con de- 
cir á sus soldados la obligación en que están de tributar sus 
homenajes y sus votos á ese caudillo invisible que ha comba- 
tido por ellos y disipado á sus contrarios. Y. E, quiere instruir- 
los con su ejemplo: y después de darle gracias haciendo, como 
Barac, que se le entone un cántico solemne en el mismo lugar 
de la pelea (64); manda á ejemplo de David, que los despojos 
enemigos se lleven á su templo, para que sirvan de trofeos al 
que ha dirigido los sucesos y dado la victoria (65). ¡ Oh! ¡ Cuán- 
to diria yo aun de los religiosos sentimientos del corazón de 
V. E,. si no recordase ahora que V. E. mismo nos los ha dado 
escritos con su mano en su glorioso parte de la batalla de Wi- 
luma ! Este pequeño rasgo pinta con mas energía la situación 
dichosa de su alma, en aquellos momentos que seguían á los 
triunfos, que los discursos mas pomposos del orador mas elo- 
cuente. Las tres banderas que remito, dice Y. E. al Excmo. Sr. 
Marques déla Concordia, pido d Y. É. sean colocadas en la capi- 
lla de Santa Bárbara del jictrque de artillería, cuya obra dirigida 
por mí con aprobación de Y. E. merece mi memoria como hijo de 
este cuerpo á quien debo mi educación militar ; esperando que Y. JE. 
se sirva autorizar con su persona el acto de su colocación, y dedi- 
cación á la Yírgen del Carmen generala de este ejército del rey, 



—371— 
que es á quien debemos hoy la satisfacción que por su protección 
hemos conseguido los que le componemos. 

¡O Lima, ainada patria niia! Levántate, regocíjate, esclaró 
cete, porque va á revirar en tí el que te crió: el -Señor de los 
ejércitos es el nombre de él. Porque el Señor te llamó como á 
muger desamparada y angustiada de espíritu, y te dijo tu 
Dios: Por un momento, por un poco te desamparé, mas yo te 
recogeré con grandes piedades. En el momento de mi indig- 
nación escondí por un poco de tí mi cara, mas con eterna mi- 
sericordia me he compadecido de tí. ¡Pobrecilla! combatida 
de la tempestad sin ningún consuelo. Mira que yo colocaré 
por orden tus piedras, y te cimentaré sobre zafiros, y pondré 
en tu gobierno la paz, y en tus presidentes la justicia (66). 

¡Gran Dios! Con el príncipe que Vos nos acabáis de dar, 
liemos visto caer sobre nosotros la última de estas bendiciones 
magníficas que Isaiais anunció sobre los hijos de Jacob. Ha- 
ced que caigan todas las demás según la muchedumbre de 
vuestras clemencias inefables. Escuchad nuestros votos, Dios 
inmenso, que estendisteis los cielos para fijar vuestra morada, 
que hacéis humear los montes con tocarlos, y en cuya presen- 
cia todo el mundo es como una gota del rocío de la mañana 
que desciende á la tierra. ¿Por qué nos dej aseéis, Señor, des- 
viar de vuestras sendas? Volveos á nosotros, y haced que nos 
regocijemos en vuestras entrañas compasivas. Haced que no 
levanten ya banderas unos pueblos contra otros, que no se 
ensayen mas para la guerra, y que de sus espadas forjen ara- 
dos y de sus lanzas hoces (67). Haced que reyne la paz entre 
nosotros en el siglo del siglo, que la salud ocupe nuestros mu- 
ros, y que se tornen en gozo y alegría el lloro y el lamento. 
Haced en fin, que sean largos los dias de este príncipe que ha 
adquirido un derecho á gobernarnos, salvándonos con su bra- 
zo de nuestros crueles enemigos: para que juzgándonos en la 
equidad y la justicia, como nosotros esperamos de las disposi 
ciones santas de su alma, nos haga dignos á todos de ser go- 
bernados algún dia inmediateinente por Vos en el reyeo in 
destructible de vuestra gloria perdurable. Ambu". 



Lugares de la Sagrada Escritura de que se ha hecho uso 

en el Sermón. 



1) Judie, cap. 6. v. 1. 

2) Judie, cap. 8. v. 28. 

3) Judie, cap. 5. v. 20. 

4) Isai. cap. 64. v. 1. 

5) Judie, cap. 7. v. 7. et seq. 

6) IV. Eeg. cap. 19. v. 35. 

7) IV. Beg. cap. 18. v. 13. 

8) IV. Eeg. cap. 18. v. 35. 

9) Exod. cap. 17. v. 13. 

10) I. Eeg. cap. 17. v. 48. 49, 
v I. Mach. cap. 10. v. 82. 

Isai. cap. 37. v. 16. 

Isai. cap. 6. v. 6. 7. 

Deut. cap. 20. v. 1. et seq. 

Jos. cap. 1. v. 2. 

Jos. cap. 8. v. 2. 

Deut. cap. 1. v. 30. cap. 20. v. 4. Judie, cap. 5. v. 8. I. 

Mach. cap. 4. v. 30. 

Exod. cap. 19. v. 18. 

Deut. cap. 32. v. 23. 

Isai. cap. 34. v. 6. 
, Isai. cap. 13. v. 4. 
22) Psal. 88. v. 11. 
^23) Isai. cap. 51. v. 15. 
(24) Isai. cap. 6. v. 3. 
{25) Ad Hebr. cap. 11. v. 32. 33. 34, 



11 
12 
13 
14 
15 
16 
17 

18 
19 
20 
21 



—374— 

(26) Lsai. cap. 19. v. 2.3. 

(27) lsai. cap. 19. v. 22. 

(28) lsai. cap. 19. v. 25. 

(29) lsai. cap. 9. v. 19. 

(30) Exod. cap. 15. v. 9. 

(31) lsai. cap. 41. v. 11. 12. 

(32) I. Mach. cap. 4. v. 13. 14. 

(33) Eccli. cap. 47. v. 6. 7. 8. 

(34) Eccli. cap. 46. v. 1. 8. 

(35) Ad Hebr. cap. 11. v. 33. 34. 

(36) Psal. 67. v. 20. 

(37) Psal. 16. v. 5. 

(38) Prov. cap. 8. v. 14. 15. 16. 

(39) Psal. 100. 

(40) Psal. 100. v. 2. 

(41) Psal. 100. v. 3. 

(42) Psal. 100. v. 4. 

(43) Psal. 100. v. 5. 

(44) Psal. 100. v. 5. 

(45) Psal. 100. v. 6. 

(46) Psal. 100. v. 7. 

(47) Psal. 100. v. 8. 

(48) IV. Eeg. cap. 20. v. 2. 3. 

(49) Dent. cap. 17. v. 18. 19. 

(50) III. Eeg. cap. 2. v. 2. 3. 

(51) III. Eeg. cap. 3. v. 9. 

(52) Prov. cap. 1. v. 7. 

(53) De civ. Dei. lib. 19. cap. 21. 

(54) I. Mach. cap. 3. v. 19. 

(55) Sap. cap. 6. v. 1. 

(56) Prov. cap. 2. v. 6. 

(57) Sap. cap. 6. v. 12. 

(58) lsai. cap. 45. v. 7. 

(59) lsai. cap. 41. v. 2. 

(60) I. Mach. cap. 3. v. 18. 

(61) I. Mach. cap. 5. 

(62) Exord. cap. 13. v. 21. 22. 
í-63) Jos. cap. 6. v. 20. 

(64) Judie, cap. 5. v. 11. 

(65) I. Eeg. cap. 21. v. 9. 

(66) lsai. cap. 54. v. 5. 6. 7. 8. 11. cap. 60. v. 17. 

(67) lsai. cap. 2. v. 4. 



ORACIOM FÚNEBRE 

^ue dijo el Dr. D. José Joaquín de Larri va 
en las solemnes exequias celebradas, en la 
Santa Iglesia Catedral de Huamano-a el 9 
de Octubre de 1824, por los valientes de 
la patria que murieron en la batalla de 
Junin. 



ÁL EXCELENTÍSIMO SEÑOR SlMON BOLÍVAR, PRESIDENTE LI- 
BERTADOR DE LA BePÚBLICA DE COLOMBIA, ENCARGADO 
DEL PODER DICTATORIAL DEL PERÚ &. &. &. 



EXCMO. SEÑOR. 



La oración fúnebre que tnve el honor de pronunciar en la 
catedral cíe Huáinanga el nueve del corriente, es una obra que, 
apesar de estar desnuda de toda la hermosura del lenguaje, de 
todas las gracias del estilo, y de todos los arreos de la elocuen- 
cia y oratoria de que no la pudo vestir mi pobre pluma, tiene 
un derecho indisputable á la protección de V. B. Y saldría al 
público oscura y desairada, si no llevara escrito, por delante, 
el nombre esclarecido del Dictador del Perú. Los valientes- 
guerreros, cuyas muertes lamenta, acompañaron á V. E. en to- 



—376— 
«lá» sus campañas: y espusieron sus vidas eu todos sus comba- 
tes. Concurrieron á sus triunfos: y dividieron sus peligros y sus 
trabajos y fatigas. V. E. los guió hasta los campos de Marte, y 
allí les enseñó á que cortasen laureles: pero ellos los cortaron, 
y ayudaron á tejer esa preciosa corona que vemos hoy ceñir 
sus sienes venturosas. Los dirijió acia la gloria : pero ellos re- 
movieron los obstáculos, y le allanaron el camino. 

Sin embargo, señor excelentísimo: si V. E. no fuera mas que 
un esforzado capitán, si todo su saber se limitara á derrotar 
ejércitos, á rendir fortalezas, y á conquistar ciudades y pro- 
vincias, yo no me atreviera á presentársela con la propia mano 
con que he presentado tantas á los enemigos de su nombre. 
Pero es también, por fortuna, un hombre lleno de sabiduría y 
de prudencia. Entiende los resortes del corazón humano, co- 
mo las leyes de la guerra: posee tanto el arte de conocer á los 
hombres, como la ciencia de vencerlos: y sabe que el imperio 
de las circunstancias, asi como las fuerzas de las armas, los 
obligan, á veces, á que obren contra su opinión y sentimien- 
tos. Yo me glorío, por tanto, señor excelentísimo, de que Y. 
E. me habrá hecho justicia en el tribunal de su corazón: y me 
habrá declarado en su juicio, por un amigo verdadero de los 
pueblos de la América; mirando con desprecio unos escritos 
que, ó fueron trabajados con vna pluma forzada, ó dictados por 
el interés de atajar los progresos de una revolución espantosa 
cuyos ambiciosos corifeos no trataban de quitarnos el yugo de 
la España, sino para imponernos otro mas pesado ; y entroni- 
zar en nuestro suelo al despotismo y tiranía que, disfrazados 
con los nombres de Libertad y de Patria, hicieron jemir á los 
peruanos hasta que vino Y. E. á desterrarlos de aquí, y esta- 
blecer entre nosotros la Patria verdadera y la verdadera Li^ 
bertad. 

Admita pues, Y. E. la ofrenda que le consagran no mi adu- 
lación y mi temor á su poder y á su grandeza, sino mi admira- 
ción y gratitud á sus talentos y á su mérito. Y, mientras que 
su fama reposa en ese templo magestuosa que le han levanta- 
do unas proezas en que tuvieron tanta parte las víctimas ilus- 
tres de JUisTrN", permita que yo ofrezca en sus altares este 
grano de incienso, pequeño sí, pero puro, y muy menos grato 
|>or su olor, que por la intención con que le quemo. 

Dios guarde á Y. E. muchos años. 

Huamanga 11 de Octubre de 1824. 
Excmo. Señor. 

José Joaquín de Larri va. 



QUOMODO CAECIDBRUNT FORTES IN PROELIO ? 

¿CÓMO MURIERON UNOS HOMBRES TAN ESFORZADOS EN LA 

guerra? Libro segundo de los reyes, capítulo primero, 
verso veinticinco. 



Señor (1). 



¡ Qué investigables son los caminos del Señor, y qué altos 
los misterios de su profunda sabiduría! ¡ Quién podrá sondear 
los abismos inmensos de su gloria, y penetrar los arcanos de 
su misericordia y su justicia! El hiere, con formidables plagas 
el corazón de Egipto, para libertar á los hebreos de la penosa 
esclavitud que, bajo los impíos Faraones, habían sufrido cua- 
tro siglos: cuarenta años los acompaña en el desierto; obrando 
en su favor tan repetidas maravillas, que parecía hacer osten- 
tación de su virtud omnipotente: entrega en su poder los trein- 
ta y un reyes que habitaban desde el ISTilo hasta el Eufrates: les 
abre las puertas de las ciudades enemigas: disipa, como humo, 
sus numerosas j entes ; y los pone en posesión, con la fuerza 
irresistible de su brazo, de aquella grande y deliciosa tierra 
que prometió á Abraham, en premio de su fé, para que fuese 
la heredad de su venturosa descendencia que debia multipli- 
carse como las arenas del mar ó las estrellas del cielo. 

Después de tantos y tan señalados beneficios, los abandona 
de repente á manos de los Sirios: los hace esclavos, después de 
los hijos de Madian: al poco tiempo los sugeta á la domina- 
ción del filisteo: y los obliga á ir llevando, sucesivamente, el 



(1) El Sr. D. D. José Sánchez Carrion, Ministro General de los Negocios 
del Perú, que presidió la función. 

Literatura — 37 



—378— 
pesado yugo de todas las naciones idólatras que consintió per- 
donase la espada de Josué, para que sirviesen, algún dia, de 
instrumento á sus venganzas. Es verdad que los hebreos, con 
sus prevaricaciones y maldades, á cada paso provocaban la có- 
lera del cielo, y atraian sobre sí los anatemas del Señor ; y 
que apenas olvidaban el culto de los ídolos, y le clamaban á 
su Dios, cuando su Dios los oia: y sucitaba un varón de forta- 
leza y de virtud, para que rompiese las cadenas que les habían 
forjado su ingratitud y su perfidia. Othoniel, Barac, Gedeon, 
Sansón, Jecté, David, Judas, Simón, Jonatas, Innume- 
rables son los salvadores de Israel que, armados de la espada 
del Señor, triunfaron siempre de los enemigos de su nombre. 
Pero ¡ah, qué estos triunfos les fueron muy costosos! El mismo 
Dios les ponia las armas en la mano: los animaba á la pelea: 
enviaba un ánjel del cielo, para que los guiase á la campaña: y 
marchaba en persona muchas veces, al frente de los ejércitos, 
y dirigía los combates. Sin embargo la muerte no los perdo- 
naba. Y aunque siempre llevaba Israel la palma de la victoria 
la llevaba siempre salpicada con sangre de sus hijos. ¡ Quién 
será capaz de numerar las víctimas ilustres que fueron sacrifi- 
cadas en la larga serie de las sangrientas guerras que sostu- 
viéronlos judíos, con tanta reputación, por la libertad de su pue- 
blo y por la gloria de su Dios. En Baalthamar solamente, adon- 
de fueron á vengar, por orden del Señor r el exceso cometido, 
por los benj amistas de Gabaa, con la mujer de un levita, de- 
jaron sobre el campo de batalla cuarenta mil de sus guerreros. 
¡Ah! ¡Quién no se siente aquí penetrado de asombro, y escla- 
ma con David: ¿Como murieron unos hombres que jamás to- 
maron la saeta, sin consultar primero,, postrados en el templo, 
los oráculos divinos? ¿Cómo murieron unos hombres á quie- 
nes nunca llebaron al combate ni la ambición de estender con 
temerarias conquistas los términos de sus tierras, ni la codi- 
cia de encontrar, en países extrangeros, tesoros y riquezas? 
¿Cómo murieron unos hombres que pelearon siempre las guer- 
ras del Señor: y cuyo brazo confortó el Dios omnipotente, para 
que defendiesen su patria, su relijion y sus leyes? Quomodo 
ceeiderunt f&rtes m praeliof 

Cristianos: á quienes el clamor de las campanas, esos alta- 
res vestidos de luto, esos cantos melancólicos, ese sacrificio de 
expiación, esta oración que pronuncio, y todo este fúnebre 
aparato de sagrados misterios, recuerdan la memoria de los 
cuarenta y nueve fuertes de la Patria que, perecieron á manos 
de los opresores del Perú, en los campos de JUNTO ¿no sen- 
tís, allá en el fondo de vuestro acongojado corazón, un impul- 
so secreto que os fuerza á llorar con el Profeta, y á preguntar 
como él. | Cómo han muerto los generosos campeones que, 



—379— 
después de haber libertado su pais del yugo de la España; ven- 
ciendo dificultades casi insuperables y arrostrando peligros 
inminentes, vinieron hasta nosotros, desde unas regiones tan 
lejanas, tan solo por ayudarnos en la gloriosa empresa de li- 
bertar el nuestro? ¿ Cómo han muerto los bravos que defen- 
dieron tan heroicamente las sagradas causas de nuestra inde- 
pendencia y libertad: y que, en catorce años de combates, solo 
han sabido blandir sus formidables lanzas contra los enemigos 
de la América. Quomodo ceviderunt fortes in praelio? 

¡ Ah! Quiera el Espíritu Santo lanzar hasta mi alma un ra- 
yo de su luz, para que yo acierte á contestar á esta pregunta 
del Profeta: y que, cuando hablo de los ilustres muertos que 
honran hoy la iglesia santa, no pronuncien mis labios una so- 
la palabra que no sirva de gloria al Todo-Poderoso, y de edifi- 
cación á mis oyentes. 

El Dios que habita en los cielos, es el solo señor de las bata- 
llas. En sus manos están los triunfos y victorias: y él los re- 
parte con arreglo á los invariables planes que trazó su diestra 
omnipotente, desde antes de los siglos, en el gran libro que 
encierra los diferentes destinos de todos los imperios y nacio- 
nes. Los cálculos mas fundados y los mejores consejos de la 
prudencia humana salen errados al fin, cuando no van de con- 
cierto con sus designios sacrosantos. El valor y la destreza de 
nada sirven sin su ayuda: y la bayoneta y el cañón solo son 
instrumentos de su adorable justicia. El conforta el brazo de 
los débiles: y hace caer las espadas de mano de los fuertes. ÍJo 
necesita de armas ni soldados, para rendir las fortalezas que 
los hombres creen inespugnables: y aquellos ejércitos que pare- 
cen invencibles por la sabiduría de sus jefes, por la disciplina 
de sus tropas, y por la multitud de sus caballos, á un soplo de 
su indignación, se ajitan, se esparcen, y al fin desaparecen: á 
manera de las pequeñas pajas que nadan en los aires, ó como 
el débil polvo que se levanta en la tierra. Trescientos hombres 
mandados por Gedeon, con cántaros de barro y teas encendi- 
das, en lugar de lanzas y de espadas, derrotan en Ammoréh al 
ejercito unido de todos los pueblos del oriente: y caen por tier- 
ra: los muros de la sobervia Jericó al solo ruido de las trompe- 
tas de Josué. ¡Qué grande eres Señor de los ejércitos, y qué 
admirable en tu poder! Tú formaste el globo de la tierra: y to- 
das las revoluciones que padece^ son los efectos variados de tu 
justicia y tu clemencia que se alternan para obrar sobre los hi- 
jos de los hombres. Sepultas á los pueblos que te olvidan en 
la humillación y la miseria: y los levantas otra vez, cuando se 
tornan á tí, á su antiguo lustre, grandeza y poderío. Adoré- 
mosle, católicos: y entonemos en su loa cánticos de gloria; por 



— 380— 
«¿ue ya se ha dignado de levantar al nuestro, tres siglos ago- 
viado bajo el enorme peso del yugo de la España. 

No esperéis de mi que os lleve ahora hasta los tiempos an- 
teriores á la conquista de la América para haceros ver, en las 
tinieblas de la idolatría y el error, el principio de su esclavi- 
tud; ni que os descubra, en la fó y relijion de nuestros días, el 
motivo de su redención. Tampoco esperéis que os hable de las 
vejaciones y ultrajes que nuestro pueblo ha sufrido de la na- 
ción conquistadora; vejaciones y nltrajes semejantes a los que 
sufrió, de Asíria y de Caldea, el pueblo del Señor. Yo he su- 
bido á este lugar á consolaros en la pérdida d.e los valientes 
guerreros que compraron, con su sangre, el triunfo de JUNIN. 
Todo lo demás, por justo y santo que sea, es ajeno, el dia de 
hoy, de mi sagrado ministerio. Y, si hablo de la historia de 
nuestra feliz revolución, no es otro mi designio que esclarecer 
á vuestra vista el derecho que tienen, en su muerte, á nues- 
tras oraciones y plegarias los que hicieron, en su vida, tantos 
sacrificios por nuestra salud y nuestra gloria. Así es que solo 
me oyréis aquellos razgos que contienen las brillantes campa- 
ñas de los soldados de Colombia. 

¿Las brillantes campañas de los soldados de Colombia? Aquí 
confieso, señores, que me siento abrumado: y que las fuerzas 
mías no son bastantes poderosas á sostener un asunto de tanta 
gravedad. La multitud de acciones me embaraza. Yo no qui- 
siera omitir ninguna de ellas: y es imposible describirlas to- 
das. Caracas, Araure, Bocachica, Santafé de Bogotá, Tunja, 
Boyacá, Carabobo, Pastos, Quito. . . . ¡Jamás acabaría, si in- 
tentase repetir los memorables nombres de todos los lugares 
fortunados que han servido de teatros á sus glorias inmortales! 
No hay monte, no hay valle, no hay rio, no hay puente, no hay 
prado, no hay bosque, no hay lago, no hay punto en todo el 
círculo que encierra á la Nueva-Granada y Venezuela en que 
no hayan erigido un altar á su heroico patriotismo, ó levan-; 
tando un trofeo contra los enemigos de su causa. ¡Qué no ten- 
ga yo la habilidad de grabar en vuestras almas un mapa to-r 
pográfico de ese ameno y vasto territorio cuyo nombre es. ya 
famoso en todas las regiones de ia tierra, para esplicaros allí, 
con distinción y claridad, esos prodigios de valor que hacen 
hoy el asombro de ambos mundos, y que pasarán por fabulosos 
en las edades venideras! Entonces os diría — En este sitio burla- 
ron la vigilancia española, y socorrieron una fortaleza que, por 
falta de bastimentos, iba á entregarse ya en manos de sus con- 
trarios. Aquí los sorprendieron en sus mismos campamentos. 
Y allá les ganaron un combate que les valió cien pueblos. De 
este monte desalojaron á las tropas enemigas que se habían 
fortificado en las ■alturas, y les tomaron los cañones: en este 



—381— 
valle las batieron, por este desfiladero pasaron persiguiendo á 
las reliquias que habian escapado del filo del cuchillo: y en 
aquella cañada las alcanzaron, é hicieron prisioneras. Mas de 
una vez tiñeron las aguas de este rio con la sangre española. 
A este otro le pasaron á nado. En menos de dos dias constru- 
yeron este puente. Y en aquel, con pocas compañías, embara- 
zaron el paso á muchos batallones. En este puerto se embarca- 
ron para ir á tomar aquella isla. De este castillo hicieron una 
salida repentina, y dejaron sitiados á sus mismos sitiadores. 
A corta distancia de esta loma sufrieron una rota. En esta 
quebrada se vieron obligados á abrirse camino con los sables, y 
á pasar por encima de una batería que habia construido el ene- 
migo en aquella garganta. En este pueblo se rehicieron: con- 
tramarcharon cien leguas en pos del enemigo: y le encontra- 
ron y batieron á la otra banda de esta cordillera. Cerca de es- 
ta laguna ganaron dos batallas. En la orilla de este arroyo en- 
tonaron un himno al Dios de la libertad por un triunfo que aca- 
baban de alcanzar. En la falda de aquel cerro, de cuya cum- 
bre se despeña ese torrente de agua cristalina, sorprendieron 
á una división que les iba á tomar la retaguardia. En este lla- 
no coronado de flores, y cercado por todas partes de árboles 
frondosos, se batieron un dia entero, contra una fuerza supe- 
rior a la suya, y forzaron á los españoles á replegarse á sus 
trincheras. Al pie de este collado se vieron precisados, una 
vez, á abandonar el campo, á la vista de un ejército que conta- 
ba doble número de infantes y caballos. Y en este bosque des- 
cansaron después de una honrosa retirada. A esta plaza la to-: 
marón por asalto. A esta otra la obligaron á rendirse. Y á 
aquella la defendieron hasta forzar al enemigo á levantar el 
sitio. Todos estos campos solitarios, en que no se mira un pue- 
blo, un pago ni una choza, están llenos de trofeos levantados 
por sus manos. Y todas estas ciudades, en que veis enarbola- 
das las banderas de la libertad, ó fueron defendidos por su 
constancia, ó conquistadas por su valor. Entonces podria des- 
cribiros su rapidez en las marchas, su vijilancia en los sitios, 
su ardimiento en los combates, y su coraje en las batallas. Y 
no me olvidaría de enseñaros allí el venturoso lugar qua vio 
nacer al inmortal BOLIYAE, al genio de la guerra que diri-> 
jió, con su prudencia y conocimientos militares todas estas 
marchas, todos estos sitios, todos estos combates, y todas es- 
tas batallas; y á quienes deben los colombianos sus triunfos y 
victorias, y Colombia su libertad. 

Mientras que esta república naciente marchaba, con pasos 
tan jigantes, al término dichoso de su suspirada independen- 
cia, el Dios de los ejércitos, cuyos juicios son profundos abis- 
mos, según la frase del Profeta, dejaba caer desde lo alto de los 



eielon, un torrente de males sobre el suelo del Perú : y parecía 
haber decretado, irrevocablemente, su eterna esclavitud. Le 
libertaba del poder de los reyes de España, y ponia su destino 
en manos de sus hijos. Pero era para que fuese el despotismo 
mayor, mayor la tiranía. Le quitaba unas cadenas, para car- 
garle (le otras mas pesadas. Entregaba en las manos de las 
tropas españolas tres ejércitos enteros que eran toda su fuerza 
y toda su esperanza. Y, para hacerle apurar hasta la hezes el 
cáliz de su ira, le abandonaba á la anarquía y á todos los hor- 
rores de la guerra civil. Acordaos de ese tiempo de turbación 
y de desorden en que, dividida la república entre Biva-Agüe- 
ro y Torre-Tagle, era el Perú enemigo del Perú, y la Patria 
de la Patria. Entonces se confundía la causa mala con la bue- 
na, la pasión con la justicia, y el interés con el derecho. Los 
anarquistas y facciosos atizaban el fuego de la fatal discordia. 
Y los hombres de bien se veian precisados á seguir el torrente 
délos partidos: como aquellos pilotos que, sorprendidos de 
repente por una tempestad, abandonan el rumbo que llevaban, 
y se dejan correr á discreción del viento y de las olas. ¡Hasta 
ahora tiemblo, señores, cuando pienso en esos dias de escánda- 
lo y de duelo ! ¡ Dias amargos ! ¡ Dias terribles, en que se tuvo 
á pique de fracazar la nave del estado! Y en que seguramente 
habría fracazado, si SIMÓN BOLIVAE, cual otro Simón el 
Macabéo que, después de haber dado la paz á Jerusalem, fué 
á batir en Galilea á los enemigos de sus hermanos, no hubiera 
volado á socorrerlo con sus valientes tropas; dejando asegura- 
do para siempre la independencia de Colombia. Atraviesa los 
mares. Y apenas se presenta en nuestras costas, cuando disi- 
pa los disturbios de la ambición y la codicia : como disipa el 
sol las sombras de la noche, cuando se asoma al horizonte. 

Entretanto los españoles que, ufanos con sus triunfos, pen- 
saban llevar sus armas hasta mas allá del ecuador, para batir 
al héroe que destruyó en esas plagas su imperio y su poder, se 
dan mutuamente parabienes de haber ahorrado una marcha 
tan larga y tan dificil: reúnen sus lejiones: se aprestan para el 
combate; y avanzan sobre Pasco, creídos de que van á repre- 
sentar una escena semejante ala de lea ó de Torata ó de Mo- 
quegua. Ya BOLIVAE había marchado, en busca suya, tres- 
cientas y mas leguas ; sin que las nieves de los Andes ni los 
yelos de las punas hubiesen disminuido, en los pechos de los 
valientes que mandaba, ese fuego sagrado que les hacia decir 
continuamente: Muramos por nuestros hermanos valerosa- 
mente, y no pongamos tacha á nuestra gloria: Moriamir in 
virtute pro fratibus nostris, etnon inferamus crimen gloria nos- 
tres. Impaciente el LIBEETADOE por encontrar al enemigo, 
dejando atrás sus infantes, se habia adelantado con solos sus 



—383— 
caballos. Y lo misino había hecho el general Canterac que 
mandaba las tropas españolas. En los campos de JUNIN se 
encuentran estos jefes: y ambos se empeñan en dar una bata- 
lla decisiva, No parecía prudencia aventurar la suerte del Pe- 
rú en una acción que iba á darse con fuerzas tan desio-u a _ 
les. Pero el general B OLIVAS no contaba^|solamente con el 
número de sus tropas. También contaba con su disciplina y su 
valor. Y contaba, ademas, con la presencia suya que valia mas 
que muchos escuadrones. Pero contaba, sobre todo, con el 
poderoso brazo del Dios de las batallas que, cuando quiere 
premiar con la corona del triunfo á los que pelean por su cau- 
sa, le es indiferente hacerlo con muchos ó con pocos- Ordena 
sus caballos: dá la señal de combatir: y seiscientos, solamente 
aguardan a pié firme á mil doscientos que los cargan al galope. 
La tierra se estremece al repetido golpe de sus robustos pies: 
los huesos, que se rompen al ímpetu de las lanzas hacen un' 
ruido mas horrible que los gritos de los heridos: la sangre bro- 
ta por mil distintas bocas: caen en tierra soldados y caballos: 
la muerte corre precipitadamente por las filas: y la victoria" 
indecisa, vuela de campo en campo, sin saber donde fijarse! 
¿Adonde se fijará? ¡Pobre patria mía! Parece que tus fierros' 
van á remacharse para siempre. Nuestros escuadrones errolla- 
dos Mas ¡Qué agradable sorpresa! Los húzares y granade- 
ros de Colombia y el primer Eejimiento del Perú hacen un mi- 
lagro de valor: y fuerzan á la victoria á coronar sus armas 
Los españoles huyen: y los nuestros levantan un trofeo, 

Pero ¡ay, que le levantan sobre los cuerpos de sus'bravos 
que quedaron exánimes sobre el camqo de batalla! i No los 
veis allí tendidos, pálidos y desfigurados? No veis todavía la 
ira y el furor pintados en sus rostros? ¿No veis atravezados 
esos corazones que aun palpitan, y que fueron las aras en que 
ofrecieron á la patria tantos sacrificios? ¿No los veis en apti- 
tud de empuñar otra vez la lanza ensangrentada; y como que 
quieren levantarse para vengar sus muertes? ¿No los veis lie 
nos de polvo' cubiertos de heridas, y envueltos al mismo tiem- 
po en su sangre y sus laureles? No los veis ¡Separemos la 

vista de un espectáculo tan fiero y tan terrible! ¡No nos afina- 
mos mas con los tristes despojos de la muerte! ¡O muerte cruel 
ó inexorable! ¿Por qué hieres con tanta indiscreción? ¿No te- 
nias bastantes víctimas entre los injustos opresores del pueblo 
americano? Pues ¿por qué has teñido tu bárbara guadaña con 
la sangre preciosa de sus ilustres defensores? Pero ¿quién eres 
tú para que puedas responderme? ¿Dónde está tu poder des- 
pués que Jesucristo, levantándose triunfante del sepulcro 
rompe, al salir tu cetro contra la losa que le cubre? Arbitro 
soberano de los destinos de los hombres: á tí es á quien debo 



—384— 
preguntar. Tú eres justo, Señor. Pero yo te pregunto cosas 
justas. ¿Para qué imprimiste en el fondo de nuestros corazo- 
nes esa pasión tan fuerte por la prosperidad y por esa razón 
que nos hace conocer nuestro alvedrio, nuestra dignidad, nues- 
tros derechos, si nos ha de castigar, cuando queremos defen- 
derlos? Si es injusta la causa de la América ¿por qué no man- 
das un ánjel que estermine de una vez á todos los criminales 
que combaten por ella? Y, si es justa, Señor ¿por que nos ven- 
des tan caras las victorias? ¿ Por qué has hecho morir á nues- 
tros fuertes en la jornada de JUNTN" ? Quomodo cecidenmt for- 
tes in praeliof 

No importunemos, católicos, al Todo-Poderoso. Cuando Ju- 
das Macabeo, después de haber derrotado al gobernador de la 
Iduméa, fué á recojer los muertos de su ejército, para llevar- 
los á enterrar en los sepulcros de sus padres, halló escondidas, 
debajo de sus túnicas, las ofrendas de los ídolos de Jámnia 
que estaban prohibidas por la ley á los hijos de Israel. Enton- 
ces conoció que aquella habia sido la causa de su muerte: oró, 
por ellos, al Señor: y mandó que se ofreciesen, por sus almas, 
sacrificios de expiación. Conozcamos, como Judas Macabeo, 
que nuestros fuertes murieron por algunos pecados que habian 
cometido: procuremos, como él, borrarlos con sacrificios: y ele- 
vemos nuestros ardientes votos y fervorosas oraciones hasta 
el excelso trono del Dios de las clemencias, á fin de que se dig- 
ne de dar la paz en el Cielo á los que tanto trabajaron por 
darnos á nosotros la paz sobre la tierra— Amen (1). 



(1) Nota del orador — Los lectores dichosos que han tenido la suerte de 
conocer de cerca al LIBERTADOR de Colombia, y de observar sus pasos 
en todos los pueblos que ha pisado, habrán encontrado un héroe en lugar 
del hombre detestable que nos habia configurado la política infernal de los 
mandatarios españoles: y no estrañarán ver su elojio en una pluma que an- 
tes se empleó en desloor y en vituperio suyo. Y aquellos miserables que 
junen en los fierros todavía, aunque me noten ahora de voluble y sin ca- 
rácter, conocerán, á su vez, la justicia que he tenido para mudar de len- 
guaje. 



-^u-s^J^C^/g^s 



MEMORIA 

Sobre los rios navegables que fluyen al Marafion, 
procedentes de las cordilleras del Perú y Boli- 
via 9 Por el señor don Tadeo Haenke, Miembro 
de las Academias de ciencias de Yiena y de 
Praga, y Botánico pensionado por S. M. 0. en 
la expedición que da la vuelta al mundo, y otras 
en el Perú. (1) 



Las provincias del Perú, conquistadas y ocupadas hasta el 
dia por la corona de España, son una parte bien pequeña de 
todo el trozo del continente de la América meridional. Ellas 
forman, en rigor una faja larga, que sigue la dirección de la 
costa del mar Pacífico, pero muy angosta en consideración del 
anchor del continente, cuyos límites en general son los de la 
cordillera interior, ó con otro nombre, de la de los Andes. La 
precipitada declividad de sus nevadas cumbres hacia el lado 
del Oriente, la aspereza y fragosidad sin ejemplo de sus cami- 
nos, y lo impenetrable de sus bosques, que desde este punto 
se extienden como un laberinto á millares de leguas y á unos 



[1] Concluida la publicación de las obras del Dr. Larriva, he creído con- 
veniente colocar por término del Tomo II este interesante documento que 
será del agrado de los lectores por el mérito que abraza todo su contenido. 
— El Editor. 

Literatura — 38 



—380— 
términos hasta, el dia poco conocidos, son las principales cau- 
sas y obstáculos que hasta ahora han impedido así á sus pri- 
mitivos habitantes, como á sus advenedizos colonos de inter- 
nar y reconocer mas lo interior de estas dilatadas provincias. 
Si á esto se agrega el peligro de tantas naciones bárbaras y 
propiamente feroces que habitan estos terrenos trópicos, lo in- 
sufrible de sus calores, la molestia de innumerables insectos, y 
otros animales ponzoñosos, y la multitud de rios caudalosos é 
intransitables; no se debe esfcrañar que en la mayor parte del 
Perú, sns conquistadores pusieron fin con el término de la cor- 
dillera á mayores progresos. — Se puede asegurar que por las 
referidas causas gravísimas, y el espíritu en otros tiempos tan 
dominante para conquistas, ahora sumamente abatido y casi 
extinguido, hayan quedado reinos enteros incógnitos no sola- 
mente entre las posesiones portuguesas y españolas, sino aun 
entre las mismas españolas. El Gran Chaco, los terrenos entre 
el Paraguay y Chiquitos, los que desde Mojos y Apolobamba 
se extienden hasta las orillas del rio de las Amazonas y TJca- 
yale, son de esta clase: y por no ser difuso, paso con silencio 
infinitos otros situados entre los rios Puras y Huallaga : sin 
mencionar otros tantos situados á la orilla septentrional del 
rio de las Amazonas, entre el rio Orinoco y las cordilleras de 
Quito y Santafó de Bogotá. 

Los rios que infinitos y todos sumamente caudalosos des- 
cienden de la cordillera en toda su vasta extensión han sido en 
aquellas partes, donde mas se haya internado, el único recur- 
so, y un camino que la naturaleza misma abrió en un océano 
ds bosques y montes intransitables. Seguramente estarían to- 
davía en el olvido sepultados los nombres de Chiquitos, Mo- 
jos y Apolobamba, sino el rio Paraguay, el rio Grande, el Be- 
ni, hubieran enseñado á sus primeros conquistadores esta sen- 
da, y los hubieran llevado en sus olas á tan remotas tierras, 
rodeadas y aisladas propiamente por todos lados de invenci- 
bles dificultades para otra entrada. Sin duda alguna, entre 
todos los terrenos del Perú, son los de Chiquitos, de Mojos y 
Santacruz de la clase donde mas hayan avanzado los dominios 
españoles hacia el oriente ; pero estas conquistas no se siguie- 
ron por el rumbo de la cordillera del poniente al oriente, sino 
del sur al norte, mediante la larga y penosa subida de sus 
conquistadores por el rio del Paraguay, y muchos años des- 
pués de sus primeros establecimientos se buscó primero la co- 
municación con los pueblos del Alto Perú mediante los rios 
Beni, Mamoré é innumerables otros que por una dilatada ra- 
mificación comunican con ellos. 

Aquí es donde la astucia y el celo de la nación portuguesa, 
favorecida de la navegación de diferentes rios y cíe los torre- 



—387- 
nos intermedios menos fragosos que la cordillera, avanzó por 
diferentes caminos sns puestos: no como si tuviera poblados y 
cultivados los terrenos que 'median desde las costas del Brasil 
á estos, sino únicamente con el fin para poner límites á los do- 
minios españoles por esta parte, y para atajar de una vez sus 
progresos y conquistas liácia el interior y al centro del conti- 
nente. 

Las nombradas provincias, como infinitas otras situadas al 
oriente de la cordillera de los Andes, tienen en las actuales 
circunstancias una desgracia común, tan felices que por otra 
parte sean sus terrenos y preciosas sus producciones. Esta 
desgracia — este atraso tan grande de la felicidad de numero- 
sas naciones que habitan estos terrenos, es la célebre cordille- 
ra de los Andes, serranía única en su clase tanto por la eleva- 
ción de sus cumbres como por lo difuso y extendido de su 
cuerpo, y por lo encadenado de sus ramos derramados á todas 
direcciones y a insignes distancias: parece que la naturaleza 
levantó esta barrera para apartar las naciones de las llanuras 
orientales de las otras que en sus alturas y en su falda occiden- 
tal habian establecido su domicilio, y para dar á cada una di- 
ferente giro de sus producciones y frutos. Se puede decir de 
este inmenso trozo amontonado de tierra lo que dice Horacio 
del océano: 

jSTequidquam Deus abscidit 

Prudens océano dissociabili 

Térras. 

Ella es que con los infinitos peligros que acompañan su 
tránsito, ó imposibilita enteramente la extracción de los frutos 
de estas naciones orientales, ó si se vencen aumenta de tal 
modo su costo, que los gastos de la conducción solamente á 
los pueblos del Alto Perú igualan su valor intrínseco. Si esto 
se verifica en la distancia de estos pueblos mas inmediatos, 
será absolutamente imposible de poder destinarlos para la ex- 
tracción á España por la excesiva distancia que media entre 
estos paises y los puertos del mar señalados para el efecto, y 
su mayor costo: y en el caso propuesto de Mojos ó Chiquitos 
tendrán, si es para Lima, que pasar una doble cordillera y mas 
de 200 leguas por tierra y el resto de 600 leguas por mar: si es 
para Buenos Aires ademas de la cordillera tan dilatada hasta 
Jujui, un camino por tierra de mas de 600 leguas donde me- 
nos. A excepción de metales nobles y de piedras preciosas no 
habrá fruto alguno que pueda soportar unos gastos tan creci- 
dos de conducción en lomos de bestias por tan excesiva dis- 
tancia. 

Estos inconvenientes irremediables en el actual sistema del 



—388— 
jiro y extracción de los frutos de los referidos países y. de infi- 
nitos otros situados al oriente de la cordillera, deben causar 
precisamente nn desmayo jen eral en estas naciones: con indo- 
lencia y languidez miran el cultivo de los frutos mas preciosos: 
y en vista de las dificultades que presenta su salida, se conten- 
tan con aquella corta cantidad que provea su consumo domés- 
tico, pudiendo abastecer con el estímulo de nn seguro interés 
dilatados reinos y provincias. Pero en verdad no son mas que 
aparentes estas dificultades y obstáculos que presenta la ex- 
tracción de los frutos de estas provincias orientales: son rela- 
tivas y dependientes únicamente del sistema del actual jiro de 
comercio : variando este, y logrando dar á esta extracción otra 
dirección y otro rumbo, desvanecerán por sí mismo todas las 
dificultades: las naciones desmayadas cobrarán nuevo aliento 
para el cultivo de sus fértiles terrenos : el estado y la religión 
conseguirán nuevas conquistas, afianzarán las antiguas, y el 
comercio tomará nuevo vigor con el ahorro de inmensas dis- 
tancias. 

La naturaleza parece ha formado todos los objetos del con- 
tinente de esta América en un punto mayor: aquí solamente 
amontonó esta inmensa serranía de la cordillera de los Andes : 
aqní derramó un rio de las Amazonas y de la Plata: aquí pro- 
dujo bosques y llanuras sin límites y sin ejemplo en otros paí- 
ses : ella misma también es que en el aparente caos de las co- 
sas que produjo, nos parece indicar y enseñar las sendas mas 
cómodas y mas cortas para la mutua comunicación de las vas- 
tas provincias reunidas en este trozo tan grande de tierra, y 
para la extracción de sus frutos tan varios y abundantes. Los 
rios innumerables, todos ellos caudalosos y navegables, que 
descienden de la cordillera, son estas sendas que la naturaleza 
misma abrió, demoliendo y destrozando cerranías, y arrazando 
bosques impenetrables para allanar j>or el medio de la maleza 
un camino cómodo para el tránsito de los hombres. 

El rio de Amazonas, ó el Marañon, el príncipe de los rios de 
este orbe, es el canal principal, y sin exajeracion una mar de 
agua dulce, que desde el mar del norte casi alcanza el otro ex- 
tremo del continente, atra vezándolo con su derrame por el es- 
pacio de cerca de mil leguas, y comunicando con todas las pro- 
vincias del Perú, que desde el otro lado de la línea equinoccial 
se extiende á mas de 18° de latitud austral por medio de una 
multitud de rios navegables y entretejidos entre sí, que al fin 
todos tributan á él el caudal de sus aguas. 

La naturaleza del asunto de que trato, exije dar aquí una 
sucinta relación de los principales rios navegables, que de los 
altos del Perú del lado del sur descienden á estas llanuras 
orientales, y se incorporan con el rio de las Amazonas. 



—389— 

Siguiendo la dirección del poniente al este desde la célebre 
angostura del Pongo de Manserriche, es el primero el rio Hua- 
Uaga: sus vertientes mas distantes son en las inmediaciones 
de Lima en muy corta distancia de las del mismo Marañon en 
la altura austral de 11°: uno de sus principales ramos descien- 
de de los minerales de Pasco al este de Lima, por una larga y 
fragosa quebrada, á la ciudad de Huánuco : entra después á las 
montañas de los Andes de Chinchao y Cochero, donde yo mis- 
mo en el año de 1700 por el mes de Junio, cuando hice la pri- 
mera entrada á estas mentañas, reconocí su embocadura en el 
sitio donde se junta con el rio de Olimchao: lleva su curso al 
norte entre las diferentes ramificaciones de los Andes por el 
pais de los Lamas, engrosando con las aguas que descienden 
de las montañas de Huamalies, Moyobaniba y Chachapoyas, 
todas abundantísimas de las mas excelentes especies de quina 
ó cascarilla: en la latitud austral de cerca de 7 o pasa rjor una 
angostura ó pongo semejante al de Manserriche, pero mucho 
mas corta: y desde allí sigue entre montañas en terrenos lla- 
nos hasta su unión con el Marañon, junto á las misiones de la 
Laguna en la latitud de 5 o , y poco mas ó menos en el meridia- 
no de 77° de lonjitud occidental de París. Este es el rio en que 
bajó Pedro de Ürsoa el año de 1560 enviado por el virey del 
Perú D. Antonio Hurtado de Mendoza, Marques de Cañete, 
para buscar la célebre laguna de oro de Parrima, y la villa 
Manao del Dorado: su expedición tuvo un trájico fin, porque 
murió á manos de la traición de un soldado rebelde. Por él 
subió en varias ocasiones el famoso misionero el P. Samuel 
Fritz en su viaje pasa Lima. 

El segundo de este orden es el rio Ucayale: su grandeza y 
su caudal de aguas disputa en el sitio donde se incorpora con 
el Marañon á este último la primacía; y por este motivo le 
declararon varios escritores por el verdadero Marañon. Su orí- 
jen mas distante es de la laguna.-de Chinchaicocha en las pam- 
pas ele Pombon 30 leguas al este de Lima en la altura de 11° 
30'. Es sumamente dilatado el terreno que vierte las aguas pa- 
ra formar el crecido cuerpo de este rio respetable, uno de los 
mayores de todo el continente. He seguido y atravezado sus 
manantiales, y he reconocido varios de sus embarcaderos en 
el viaje desde Lima á la ciudad del Cuzco y mas adelante en 
el año de 1794 desde los rios de Yauli, flauja, Mayoc, Manta- 
ro, Canaire, Tambo, Pachachaca, Apurimac, Paucartambo? 
Vilcanota, hasta el partido de Oailloma perteneciente á la in- 
tendencia de Arequipa, y al lado del oriente hasta los confines 
del partido de Carabaya. Saliendo de los términos estrechos d© 
la cordillera engrandece con el rio Perrene, y en la latitud 8 o 
con el rio -Pachitea : siguiendo su curso por la dilatada pampa 



■—390— 
del Sacramento entre un laberinto de bosques y rios que sin 
número desaguan en él: sus orillas están pobladas de infini- 
tas naciones, cuyos nombres solamente componen un vocabu- 
lario, y que claman por misioneros para recibir ía ley clel evan- 
jelio. Después de haber corrido un trecho inmenso desagua en 
el Marañon junto á las misiones de San Joaquin de Omaguas 
en la latitud austral de 4 o 30', y en el meridiano' de 73° de lon- 
jitud occidental de París. 

Bajando á la misión de San Joaquin de Omaguas, desembo- 
can en la misma orilla en distantes intervalos los rios Yavari, 
Yutay, Yuruta, Fefe y Ooari: son del segundo. orden; sin em- 
bargo, suben en ellos cóinodainente embarcaciones menores á 
grandes distancias en unas navegaciones de varios meses has- 
ta los confines del Alto Perú. 

En el meridiano de 63° y la latitud de 4 o sur desagua el rio 
Purus, ó con otro nombre, Ouchivara: es rio del primer orden, 
y según las relaciones de los indios, igual al Marañon. Nadie 
hasta el dia ha podido fijar su oríjen : pero tengo suficientes 
datos para señalar casi con seguridad el ámbito de sus ver- 
tientes desde la cordillera de Yilcanota hasta algo mas al este 
de las montañas de Oarabaya, de las cuales bajan muchos y 
muy considerables rios muy ricos en oro. Los indios bárbaros 
Ohuntachitos, Machuvis y Pacaguaras, que viven al poniente 
de las misiones de Apolobamba, me dieron noticia el año de 
1794 por el mes de Octubre, que al poniente en distancia de 
unas diez jornadas de las orillas del rio Beni, bajaba un rio 
muy grande y caudaloso por aquellas llanuras pobladas de 
empinada arboleda. Se explicaban de un niodo muy inteligi- 
ble, que en sus mismas orillas vivían sus familias y un gran 
número de j entiles: que en su lengua le llamaban Mano, y 
que era mayor y mas ancho que el rio Beni en cuya orilla era 
la concurrencia. Como en el intervalo desde el rio Ucayale 
hasta el rio de la Madera desemboca rio ninguno de este porte, 
tengo muchos motivos á creer que el rio Purus y Mano es uno 
mismo, y que la variedad del nombre depende dé las diferen- 
tes naciones que en esta gran distancia hasta su desagüe en el 
Marañon viven en sus orillas, de las cuales cada una les da 
otro nombre. 

En distancia de 50 leguas del anterior, siguiendo al este, 
desemboca el famoso rio de la Madera en el meridiano 60° 30' 
y la latitud de cerca de 3 o 30' sur: lleva el nombre de la Ma- 
dera de los muchos troncos y árboles que arrastra consigo en 
tiempo de sus inundaciones desde Noviembre hasta Abril : sus 
manantiales descienden del dilatado seno que forma la cordi- 
llera de los Andes desde los altos de Pelechuco, Sorata, la Paz, 
hasta lo mas interior de los dominios españoles, que son Mo- 



—391— 
jos, Chiquitos y la cordillera de los indios Oliiriguanaes. Por 
el motivo de la gran extensión que ocupan sus vertientes, por 
la seguridad de la navegación en sus ramos principales, por 
su mayor inmediación al mar del norte, y por la comunicación 
que ofrece mucho mas cómoda que los otros con el rio de las 
Amazonas y con los establecimientos portugueses, así de aquel 
rio hasta su desembocadura á la mar como de los mas avanza- 
dos y inmediatos á las colonias españolas, me detendré algo 
mas en su descripción. 

La cordillera interior ó la de los Andes que desde Quito, con 
corta diferencia, siguió el rumbo de ÍT. O. á S. E. antes de lle- 
gar á los confines de la provincia de la Paz en los 16° de latí* 
tud austral, forma primero una incurvacion ó un seno consi- 
derable: y de él variando su rumbo antiguo, tuerce ahora mas 
al este, apartándose de este modo de la costa, y penetrando 
desde este punto mas á lo interior ó al centro del continente* 
Esta variación causa el efecto de producir en corta distancia 
el punto ó la linea notable que determina la dirección y el 
curso de las aguas á ambos lados, quiero decir al N. y al S« á 
los dos comunes desaguaderos de todo el continente, el rio de 
las Amazonas y el de la Plata. — Esta linea importante cae 
algo mas adelante de los 18° de latitud austral, y aparta las 
aguas de uno y otro lado según la declividad y la caida que 
presentan las serranias al 1ST. ó al S., y el rio de las Amazonas 
recibe ahora por la internación mayor de la cordillera hacia 
el este, no solamente sus aguas del i>oniente, sino también del 
sur, y aun una gran parte de ellas del mismo este. Los ramos 
principales que forman el rio de la Madera son el rio Beni, el 
Mainoré y el Iténes: los tres navegables desde muy poca dis- 
tancia de su oríjen. 

De los tres es el rio Beni el brazo mas oeste, y se forma de 
un sin número de rios muy considerables, los cuales como se 
juntan en muy poca distancia uno del otro, forman en breve 
un cuerpo muy crecido y respetable: todos bajan de los altos 
de la cordillera y su ámbito se extiende desde Pelechuco, Su- 
ches, Sorata, Ohallana, Songo, la Paz, Suri, hasta la misma 
provincia de Oochabamba. El mas distante al oeste es el rio 
Tuche : á este siguen el de Aten, de Mapiri ó Sorata, el del 
célebre mineral de oro de Tipuani, de Ohallana, de Oorico, los 
cuales van en un cuerpo : en otro con el nombre del de Ohulu- 
mani se reúne el de Tamampaya, de Solacama, el de la Paz,de 
Suri, Oañamiña, y el mas al este de todos los rios Cotacajes. 
He tenido la fortuna de reconocer el oríjen de todos ellos en 
mis continuados viajes, y el año de 1794 el dia 22 de Setiem- 
bre, me embarqué en el rio de Tipuani bajando de él al Beni, 



—392— 
conducido de indios, hasta las misiones de Apolobamba y|Mo- 
jos al pueblo de Beyes carca de Mamas, y Tumupasa. Esta 
navegación no duró arriba de cuatro dias por la rapidez de su 
corriente, mientras que lleva su curso dentro de las mismas 
q ebradas de la cordillera, que aquí baja á considerable dis- 
tancia. Tiene varios pasos malos, pero la destreza de los in- 
dios en el manejo de las bal zas aparta todo peligro para el na- 
vegante. Mas abajo del pueblo de Beyes recibe todavía del la- 
do del poniente varios otros rios como el Tequeje, el Masis, ó 
de Gavinas, y otros: desde su unión con el Manioró en cerca de 
10° latitud austral, pierden ambos su nombre, y de esta unión 
resulta el rio de la Madera. Su curso en las llanuras es suave, 
igual y majestuoso, y sin peligro ya alguno : forma islas de 
considerable tamaño, y su anchor en varias partes exceden un 
cuarto de legua: abunda con asombro de toda especie de pes- 
cados, y varios anfibios, pero particularmente cocodrilos ó 
caimanes: ambos bordos están poblados ele arboleda espesa y 
sumamente elevada: una multitud de naciones bárbaras viven 
en ellos, las cuales empiezan á ser visitadas de los misioneros 
de Apolobamba, y son los Gavinas, Pacaguaras, Bubues, Tor- 
romanas, Nabas y Tobatinaguas del lado occidental, y del 
oriental los Bulepas y muchas otras. Seria sumamente fácil de 
comunicar el Beni con el Mamoré mediante el rio Yacuma, 
cuyo nacimiento es en los contornos de Beyes, y que atraviesa 
de este pueblo del poniente al oriente tas llanuras dilatadas 
entre ambos, y que junto al pueblo de Santa Ana desagua en 
el Mamoré. La declividad del terreno es tan insensible y casi 
anivelada al horizonte de la mar, que en distancia de mas de 
60 leguas no llegará á veinte pies. 

El segundo, ó ramo intermedio, es el Mamoré: no es infe- 
rior en nada al Beni: divide el terreno dilatado de las misiones 
de Mojos en dos considerables trozos, bajando del sur al norte 
casi en medio de ellas. El rio Chaparé que en un cuerpo reú- 
ne los rios Paracti, San Mateo, Coni, Oliimoré, Saeta y Mata- 
ni: desciende de la cordillera y montañas habitadas de la na- 
ción i uracarés, inmediatas ala ciudad de Oochabamba. El 
rio Grande que divide la provincia de Oochabamba de la de 
los Charcas es otro brazo en que desaguan los rios de la ser- 
ranía inmediata á la ciudad de Santa Cruz, y desde la unión de 
ambos en la latitud austral de 16°, recibe propiamente el nom- 
bre de Mamoré. Los Mojos navegan en él contra la corriente 
con los frutos y otras producciones industriales de su pais. 
mas de cien leguas desde el pueblo de la Exaltación hasta las 
inmediaciones de Santa Cruz. El mismo año de 1794 por Oc- 
tubre y Noviembre, he continuado mis investigaciones desdf 
el rio Beni al de Yacuma, siguiendo después mi navegado* 



en el Mamoré y rio Grande hasta el puerto de ítorés, cercano 
á Santa Cruz. 

El ramo tercero, ó el mas oriental, es el rio Iténes: su m&i? 
miento es de las serranías bajas de lo mas interior del Br¿ Sil, 
del cual hasta el dia han trascurrido muy pocas noticias por 
los portugueses sus dueños: corre del este al poniente: sus 
aguas son mas transparentes y claras que las del Beni y Ma- 
moré, y aun subiendo alguna distancia mayor en él; se hallan 
piedras, que en los terrenos bajos del Beni y Mamoré, son tan 
I>reeiosas como los diamantes: el caudal de sus aguas es me- 
nor que en los dos antecedentes: pasa inmediato al fuerte del 
príncipe de Beyra, uno de los puestos mas avanzados de la na- 
ción portuguesa, situado en la latitud de poco mas ó menos de 
12° austral y en el meridiano de 66° 30' al occidente de París; 
se une con el Mamoré casi en la misma latitud, pero un medio 
grado mas al poniente de dicho fuerte. 

Estos son los tres ramos principales del célebre rio de la 
Madera, el mas propio de todos los referidos para una comu- 
nicación con la España por el lado del mar Atlántico y para 
la salida de los frutos de todos los países situados al lado 
oriental de la cordillera de los Andes. — Causa dolor al ver 
que los habitantes de las mas pingües y fértiles posesiones es- 
pañolas de este continente, situadas en esta parte, tengan que 
valerse con inmensos trabajos de un camino retrógrado hacia 
los establecimientos de la costa, para la extracción de sus fru- 
tos, bregando con todos los elementos en la subida tan peno- 
sa contra la corriente de los rios que al acercarse á la cordille- 
ra á cada paso adquieren mas furia y rapidez, y en el paso de 
la misma cordillera, tan funesta para los infelices indios, que 
acostumbrados al temple deleitoso de sus países y sin otro 
abrigo que una lijera camiseta, sufren en esta helada rejion de 
la atmósfera todas las calamidades y la intemperie de una Si- 
beria y Camschatka : cuando por otra parte, siguiendo el rum- 
bo al este, y entregando sus bajeles á la corriente favorable de 
los rios, sin otro trabajo que una sencilla dirección de ellos, se 
acercarían millares de leguas á la metrópoli. Condamine dice 
en su viaje, que se debe mirar la cordillera como un estorbo 
que iguala á mil leguas de un viaje por mar. 

A excepción de los terrenos de Guayaquil, situado al lado 
del poniente de la cordillera, son las montañas de los Andes y 
las llanuras orientales los únicos países que producen los fru- 
tos mas nobles de esta América. Todo el oro y el mas superior 
£jue se conoce es un producto exclusivo de ellas, y me atrevo á 

Literatue.a—30 



—394— 
asegurar, que uo hay rio ni quebrada alguna en la inmensa' 
extensión de olías, que no esté provisto de este metal, bien que 
la suerte recompensa en una parte mas que en la otra los 
trabajos de su extensión, de mayor ó menor profundidad. 

El cacao de Apolobamba, de Mojos de Yuracarés y de todos 
los bosques que de ellos continúan hasta las orillas del Mara- 
ñon, exceden en bondad muclias veces al de Guayaquil. Las 
mas excelentes especies de quina ó cascarilla se crían ex- 
clusivamente en este lado de la cordillera de los Andes. 
¿Qué diré del algodón, de bosques enteros de añil, del bálsa- 
mo de Oopaybe, de la zarzaparrilla, raíz de la China, de la re- 
sina elástica, de la bainilla mas fragante que con prodigalidad 
produce la naturaleza en estos temperamentos? Los espesos y 
empinados bosques de las orillas de todos estos rios encierran 
maderas de singular fortaleza, hermosura y de todos los coló-' 
res, no solamente útiles para la construcción de casas, sino pa- 
ra navios de alto bordo. Varias de ellas destilan resinas muy 
fragantes y gomas medicinales: cójese también en ellas una 
especie particular de corteza llamada así de clavo, en su ex- 
terior parecida á la canela, aunque mucho mas gruesa y mas 
obscura por la edad de los árboles, que aquella de la India 
Oriental, pero del gusto y del olor del clavo. 

La comunicación del Perú por este lado del rio de las Ama- 
zonas y del mar Atlántico seria el arbitrio mas poderoso para 
adelautar la civilización de los indios de estos países, median- 
te el tráfico con sus frutos y el trato con otras jentes, de que 
hasta ahora carecen : las misiones tomarían nuevo vigor, y se 
irían conquistando nuevas naciones, y con ellas dilatadas pro- 
vincias incógnitas hasta el dia. Si por este camino bajasen las 
producciones del Perú, y si la España tuviera arbitrios para 
formar algún establecimiento ó puerto en una de las bocas 
del rio de las Amazonas, ¡cuántas ventajas no lograría la na- 
vegación con el ahorro de inmensas distancias ! — ¡ Que" diferen- 
cia de un viaje de España á la boca de este rio, que se hace en 
poco mas ó menos* de un mes, á otro por el Cabo de Hornos á 
Lima, ó aun hasta Guayaquil ! Lo" menos se ahorrarían cerca 
de tres mil leguas ida y vuelta. Los indios son excelentes ma- 
rineros en la navegación para los rios: manejan con destreza, 
ajiiidad y pocos hombres unas lanchas y unas canoas de 50 á 
60 pies de largo, y de mucha capacidad y buque : son incansa- 
bles en este ejercicio, aunque dure muchos meses: no necesi- 
tan que llevar provisiones de víveres, porque en toda parte la 
abundancia de pescado, de antas, venados, monos y otros ani- 
males, que con la flecha matan, los provee de todo lo necesa- 
rio para su mantención : ademas hay un sin número de frutos 



.silvestres y raices, de que de tiempo en tiempo hacen sus aco- 
pios. 

Toda la dificultad para realizar este proyecto cousiste eu la 
oposición tenaz de la nación portuguesa tan celosa de sus in- 
tereses; pero en las actuales circunstancias del inmediato ajus- 
te definitivo de paces, se pudieran allanar estas dificultades, y 
mas con el poderoso influjo de la Francia, para que entre am- 
bas naciones estuviera común la navegación del rio de las 
Amazonas y del de la Madera, teniendo ambas naciones mu- 
tuos intereses en los países situados á sus bordos, y estando 
repartido entre ambas todo el trozo inmenso del continente. 
No llevo otros designios en la propuesta de este proyecto, si- 
no el deseo y el celo con que aspiro á contribuir cuanto per- 
mitan mis fuerzas al bien y á la felicidad de la nación espa- 
ñola, cuya jenerosidad me lia procurado los medios de visitar 
estos remotos países y á invertir en su utilidad los mismos co- 
nocimientos que he adquirido en unos largos y penosos viajes 
de ellos. — Nadie se persuada que sea una quimera, un sueño 
de un delirante, ó una idea imposible de ejecutar: sí confieso 
dificultosa por la sola opocision de los portugueses: pero mi- 
rando la corte el asunto con el empeño que merece, no dudo 
se bailarían medios para que la nación portuguesa cediese al- 
go del rigor de sus pretensiones de ser absolutos dueños del 
rio de las Amazonas y de infinitos otros, que todos adquieren 
su ser y su existencia en los dominios españoles. 

La Francia, cuyo entusiasmo de protejer los derechos de la 
humanidad y de las i entes — esta poderosa potencia, aliada y 
amiga de España, insiste en el día de hacer del cabo de Bue- 
na Esperanza un puerto y una recalada libre para todas las na- 
ciones navegantes á la India: ellas con su respeto podrá tam- 
bién suavizar la tenacidad de la nación portuguesa en sus pre- 
tensiones, y efectuar que en el rio de las Amazonas y de la 
Madera por derecho de j entes se en arbole la bandera españo- 
la. Me ofrezco yo el primero á tentar esta nueva senda, para 
pasar á España por los citados rios, si la corte tuviera por bien 
de proveerme con los necesarios pasaportes, recomendaciones 
y los instrumentos astronómicos contenidos en la adjunta no- 
ta, para poder pasar sin demora y sin vejación alguna por los 
puertos fortificados que posee la nación portuguesa en ambos 
rios. Serviría este viaje preliminar para reconocer y exami- 
nar metódicamente todo el curso del rio de la Madera, su son- 
da, malos pasos, rios colaterales y las precauciones necesarias 
en la navegación ; y en jeneral, para adquirir una idea délos 
terrenos que bañan sus aguas, de la índole de sus habitantes, 
y de sus producciones. Los vientos lestes, que, según refiere 



— 39fi— 
Condainine en su viaje, reinan desde Octubre hasta Mayo, fa- 
vorecen á esta navegación para subir á la vela contra la cor- 
riente en áinbos rios, bien que en lo interior del continente son 
ios sures y nortes los vientos dominantes, que en la estación 
de las aguas alternan siempre uno con el otro. 

Los adjuntos dos planes ilustrarán los puntos mas interesan- 
tes de jeografía, y en particular el del JST9 1? de la nueva in- 
tendencia de Santa Cruz, proyectada por V. S., servirá para 
conocer los rios que forman el de la Madera : y el N? 2? la con- 
tinuación de su curso basta el punto de su unión con el de las 
Amazonas, como también la parte mas oriental de este último 
hasta su salida á la mar. 

Por la íntima relación que tienen las misiones con el asunto 
de que acabo de tratar, me será permitido de hacer alguna 
mención del actual estado de ellas. Desde la conquista de am- 
bas Américas ha mirado siempre la piedad de los reyes de Es- 
paña la conversión de tantas naciones de j entiles como un 
asunto de suma importancia. Se han gastado con jenerosidad 
y sin reparo inmensas smnas en estas conquistas espirituales, 
pero con varios sucesos y progresos mas ó menos felices en 
diferentes épocas. En el dia, extinguido ya el entusiasmo que 
en otros tiempos inflamaba á todo el mundo á conquistas, no 
se deben mirar los misioneros como meros conquistadores es- 
pirituales, sino también como temporales, siendo ellos actual- 
mente los únicos por cuya mano siguen ó se pierden las con- 
quistas de las naciones bárbaras, y con ellas los paises y pro- 
vincias que habitan. De una misión bien establecida y dirigida 
con el incremento de neófitos se forma un pueblo, y de muchos 
pueblos una provincia. Es un principio muy errado y que ha 
causado infinitos daños, en creer que cualesquiera fraile sea 
idóneo para la reducción de los infieles y la predicación del 
evanjelio : cuando el exacto y feliz desempeño de este ministe- 
rio exije sin disputa unos hombres de un talento é instrucción 
superior, de mucha resolución y de singular prudencia. La 
providencia debe haberlos llamado con señas infalibles para 
este destino: debe haberles dado una robustez inalterable pa- 
ra sufrir los ardores de la zona tórrida, las plagas de los insec- 
tos y la intemperie de la estación de las aguas: una memoria 
feliz para aprender con facilidad tanto idioma de indios: su filo- 
sofía principal debe ser la experiencia y el estudio del hombre, 
de este ente que en mas formas diferentes se presenta que el 
mismo chameleon, y aquí sobre todo, del hombre en el estado 
de su ferocidad, así como salió de la mano de la naturaleza, 
sin sujeción, sin otra ley que de la superior fuerza, ajitado de 
violentas pasiones los únicos resortes de sus acciones, con una 



—397— 
palabra una bestia furiosa con la sola forma exterior del 
nombre. 

Ninguno de los referidos dones relumbra en los mas de los 
religiosos de San Francisco que actualmente acuden á este 
destino con extraordinarios gastos del Estado : se persuaden 
de haber cumplido con todas sus obligaciones en hacer rezar 
tumultuariamente todos los dias las oraciones acostumbradas : 
el amor á las riquezas los hace olvidar todas las plausibles re- 
glas de pobreza que prescribe mi instituto Ellos sacan increí- 
bles ventajas de la rusticidad é inmenso trabajo de los neófi- 
tos, á quienes reatan con tareas que no podrían llenarlas, aun 
cuando fueran bestias de carga. En el gobierno temporal se 
manejan con despotismo, ignorantes en todo lo que son cono- 
cimientos económicos é industriales; y gracias si paramos solo 
en esto, y se cometiesen deslices que la moderación debe ca- 
llar por respeto á su estado, y porque no hay duda que un 
cuerpo religioso es digno de las primeras atenciones, cuando 
observa las reglas de su instituto, y cuando no abusan sus 
miembros de sus facultades. Por otra parte, el indio dirigido 
por estos maestros, aun por treinta y mas años, no ha apren- 
dido otra cosa sino el rezar como un loro unas oraciones que 
no entiende ; no ha adquirido la mas leve idea sólida del Ente 
Supremo que debe ser el principio y fin de sus acciones: sus 
conocimientos industriales han quedado lo mismos como an- 
tes de la llegada de su conversor y después de tantos años 
queda el indio tan gentil como antes, y arrojando al fin las 
cadenas de una sujeción imprudente, se va otra vez al monte. 
Este es el estado deplorable de las misiones á cargo de estos 
religiosos: esta conducta contraria en la principal causa que 
desde la expulsión de los jesuítas no solamente nada se haya 
adelantado, sino que un número considerable de ellas se haya 
perdiólo enteramente: en lugar de avanzar, se ha ido atrás; y 
los portugueses siguen paso por paso ocupando mas y mas 
terreno; y acercándose cada dia mas á los dominios espa- 
ñoles. 

La época mas feliz para las misiones españolas situadas en 
ambas orillas del rio de las Amazonas, era á fines del siglo pa- 
sado. El célebre misionero el P. Samuel Fritz, jesuíta alemán, 
dotado de la providencia de todos aquellos dones que adornan 
este ministerio, entró el año de 1686 a los pueblos de las nacio- 
nes bárbaras de este rio: redujo en poco tiempo la numerosa 
nación délos Omaguas y Cocamas: á su ejemplo acudieron las 
naciones comarcanas de su propio muto, los Yurimaguas, Ai- 
suares, Banomas y otras, atraídas únicamente del buen trato 
con que les enseñaba á vivir con leyes justas y policia no co- 



—308— 
nocida de ellos hasta entonces. Con esto método conquistó en 
pocos años todos los países que corren desde el rio Ñapo hasta 
cerca de la desembocadura del rio de la Madera; sin emplear 
para ello otras armas sino las de la dulzura de su trato y de 
su singular prudencia. Con las conquistas tan dilatadas de tan- 
tas naciones se aseguró un largo trecho de terreno del domi- 
nio lejítimo de la soberanía de España en ambas orillas del rio 
de las Amazonas. Pero causa dolor el ver el estado actual de 
ellas: d3sde la desembocadura del rio de la Madera, situada 
poco mas ó menos en el meridiano de 61° al occidente de Pa- 
rís se han ido retirando y abandonando estas misiones hasta 
la de Pebas, que actualmente es la última de las posesiones 
españolas, situada en el meridiano de 71° con la pérdida de 
10° de lonjitud de terrenos, que considerándolos aun como li- 
nea recta, importan 200 leguas, y los portugueses han avanza- 
do las suyas hasta la de San Pablo inmediata á Pebas, con la 
conquista de todo aquel territorio y de los rios que comunican 
con el Perú. Me persuado que los portugueses tuvieron mejor 
suerte en la elección de los religiosos que destinaron para es- 
tas conquistas; son carmelitas, hombres de otra instrucción y 
conducta que los actuales del Perú, y que con patriotismo mi- 
ran los intereses de su patria. 

El sabio jesuíta Samuel Fritz no solamente tuvo talento, 
prudencia y fortuna para tantas conquistas, sino al mismo 
tiempo excelentes luces en las ciencias matemáticas y la astro- 
nomía: el era el primero que levantó un mapa de todo el dila- 
tado curso del rio de las Amazonas, y el académico parisiense 
Condamine no reparó de insertarlo por modo de comparación 
en la misma mapa que acompaña su obra. Algunos conoci- 
mientos superficiales de jeografia y deluso de la aguja debían 
ser inseparables del oficio de un conversor, para poder dar 
cuenta al gobierno del distrito con alguna relación de sus ex- 
cursiones, de las serranías, rios, lagunas, y otras circunstancias 
propias de aquellos terrenos en que ejerce sus funciones apos- 
tólicas: pero estos conocimientos tan útiles se hallan casi del 
todo desterrados de nuestros misioneros, y apenas se halla 
uno ú otro que tenga instrucción suficiente para llevar un con- 
fuso diario de sus viajes. El fomento y el arreglo de las misio^ 
nes en las orillas del rio de las Amazonas, Ñapo, Ucayale, Pu- 
nís, de la Madera, Beni y en !a parte mas septentrional del 
Mamoréj es un asunto que por todos modos merece la aten- 
ción del gobierno, por la inmediación de la nación portuguesa 
que se aprovecha del mas leve descuido ; apoderándose de 
nuevos terrenos, y acercándose á paso precipitado á los domi- 
nios españoles: las providencias que el gobierno juzgare opor- 
tunas, tocan particularmente á los colejios de propaganda de 



— 39í>— 
Quito, de Ocopa y del que nuevamente se está ítmdando en eÉ 
pueblo de Tarata, en la provincia de Cochabainha. Es cuanto 
se me ofrece informar á V. E. en e:te grave é importante 
asunto, consecuente al oficio que se lia servido pasarme con fe- 
cha 1? de Marzo último. 

Dios guarde á Y. S. muchos años. — Góchabaniba y Abril 20 
de 1799. 

ÍADEO HaENKE. 

Señor Gobernador Intendente de esta provincia, D. Francisco" 
de Viedma. 



FIN DEL TOMO SSGtJNÍ>®í' 



ÜSTDICE 
DEL SEGUNDO TOMO 



PAGINAS?. 



Relación de las excursiones de los piratas que infestaron 
el mar del Sur en la época del coloniaje.— Año de 

1567.-— Francisco Drak, ingles 3 

Año de 1577. — El mismo Drak 3 

Año de 1581. — Juan Ojenkan, ingles 4 

Año de 1587.— Tomas Candiscli ó Cavendiscíi, ingles. . 5 

Año de 1593.— Eicardo Achines, ingles 5 

Año de 1595.— El mismo Francisco Drak 6 

Año de 1598.— Mau, Almirante holandés 7 

Año de 1599.— Oliver de Nort, natural de Utrech 8 

Año de 1615. — Jorge Spilberg, ingles 8 

Año de 1616.— Jacobo Maire de Ainsterdain, y Guiller- 

mo*Schouten, holandés 9 

Año de 1624.— Jacobo Heremita Clerk, holandés. 9 

Año de}1633.— Enrique Breant, holandés 10 

Año de 1639 ó 40.— Pié de Palo, holandés 11 

Año de*1656.— Mr. Pewn, Almirante ingles : 12 

Año de 1669.— Enrique Morgan, natural de Gales 12 

Ado de 1670.— Carlos Enrique Clerk, ingles 14 

Literatura — 40 



—402— 

PAGINAS. 



Año de 1679. — Cokson Hárris, Bournano, Saukins, 
Sharp, Oook, Allesson, Eowe, Watlin y Macket, 
ingleses 14 



*& j 



Año de 1G79. — Bartolomé Charps, Juan Guarí en y 

Eduardo Bolmen, ingleses 15 

Año de 1682. — Oook y Oowley, ingleses 1(5 

Año de 1683. — Eduardo David, flamenco 17 

Año de 1685. — Marcerti y veintidós filibusteros 18 

Año de 1687. — Los filibusteros ingleses que acompaña- 
ron á David en el primer combate que tuvo en Pa- 
namá 18 

Año de 1699.— Los Mrs. Pointy y Oassé 19 

Año de 1699. — Mr. Beauche Govin, navegante francés. 20 

Año de 1707. — Wodes Eogers, pirata ingles 20 

Año de 1708. — Tomas Oolb, pirata ingles 21 

Año de 1709. — Dampierre y Eoggiers, ingleses 22 

Año de 1715. — Dos piratas ingleses infestaron los mares 

del Sur 22 

Año de 1720. — Juan Oliperton, ingles .'. 23 

Año de 1726. — Una escuadra de cuatro navios zelande- 
ses de trato y guerra salió de Amsterdam con el 
fin de introducir su comercio en los puertos del 

Perú 23 

Año de 1727. — Hosier, Almirante ingles 24 

Año de 1735. — Oornelio Andrés, liolandes 24 

Año de 1740. — Eduardo Wernón, Almirante ingles. ... 25 

Año de 1741. — Jorge Anson, ingles 27 

Año de 1744. — Juan Pink, ingles 38 

Año de 1763, — Macnaniara, comandante ingles y Hugo 

Stackhouse su teniente 38 

Colección de las producciones en prosa y verso serias, 
jocosas y satíricas del ilustre literato Dr. D. José 
Joaquín de Larriva. 
Trajedia famosa intitulada La ridiculez andando ó la 

medalla de López: 45 

La Angulada ó historia de don Gaspar Eico & 61 

El Nuevo Depositario í 67 

Nueva Depositaría 109 

El Sacre 117 

Diálogo i „ 123 

El Fusilico del General Flores. 129 

La Araña — Fábula 138 

Al Crítico coscorronero 140 

Pregunta suelta al autor del Diccionario analítico &. . 141 



—403— 

PAGINAS. 

Apología del filósofo Epicúreo 145 

Diálogo Don José — Don Antonio 147 

Diálogo segundo Don José — Don Antonio. 153 

Descripción del Museo latino 159 

Las Profecías del cojo Prieto 169 

Elogio al Virey D. José Fernando Abascal 109 

Arenga que pronunció en la Universidad el 27 de Di- 
ciembre de 1812 185 

Otra Arenga que pronunció en el besamanos de 19 de 

Abril de 1813 ' 187 

Comercio. — El comercio sostiene las operaciones políti- 
cas y la guerra & . 190 

Fábula— El Mono y los Gatos 199 

Elogio del Excmo. é Iltmo. Sr. Arzobispo Las Heras 
pronunciado en la Universidad el 27 de Octubre de 

1815 203 

Epitafio puesto en el sepulcro de la Inquisición. — So- 
neto 212 

En la muerte de doña Mari a ¡Moreno asesinada por don 

E. Cevada el 2 de Agosto de 1813. — Soneto 213 

El Conciso : 214 

Elogio del Libertador Bolivar pronunciado en la Uni- 
versidad el dia 3 de Junio de 1826 217 

Curso de Jeograíia Universal de las cinco partes del 

Mundo 229 

Oración fúnebre de Maria Antonia de Borbon princesa 
de Asturias pronunciado en la Catedral de Lima 

en Junio de 1807 283 

Eelacion de las exequias que se celebraron en la Cate- 
dral de Lima el 30 de Abril de 1819 por los jefes y 
subalternos del ejército real que perecieron en la 
Punta de San Luis el 8 de Febrero del mismo año . 303 

Oración fúnebre pronunciada en dicho dia 317 

Panegírico de la Concepción de Maria pronunciado en 
la Catedral á nombre del Virey Abascal el segun- 
do dia de la octava en 1815 331 

Sermón pronunciado en la misa de acción de gracias 
celebrada en la Universidad en el recibimiento del 

Virey Pezuela el 21 de Noviembre de 1816 347 

Oración fúnebre pronunciada en las exequias celebra- 
das en la iglesia Catedral de Huamanga (boy Aya- 
cucho ) el 9 de Octubre de 1824 por los valientes 
de la Patria que murieron en la batalla de Junin. . 375 
Memoria sobre los rios navegables que fluyen en el Ma- 



—404— 

PAGINAS. 

rañon, procedentes de la cordillera del Peni y Bo- 
livia: por el señor don Tadeo Haenke, Miembro de 
las academias de ciencias de Viena y de Praga, y 
Botánico pensionado por S. M. C. en la expedición 
que da la vuelta al mundo, y otras en el Perú 385 



FIN DEL ÍNDICE.